‘Clarividencia’, por EMILIO GANCEDO FERNÁNDEZ
Habían salido a pasar el día en el campo. Era una ladera tibiamente soleada, aunque de vez en cuando bajaban de las redondeadas cumbres soplos de aire frío que les levantaban un estremecimiento. Se oían ladridos lejanos y flotaba en el aire una especie de vaho que traía recuerdos de humo, leña quemada y abono junto a una pared de piedra. Creía que iban a estar ellos dos solos en aquel rincón de la ribera, en cambio, parejas y familias se habían asentado en los mejores lugares: en la pequeña playa pedregosa junto al río, bajo el gran roble, en el estrecho prado. Además, se ortigó una mano y el terreno que eligieron para merendar era áspero y desigual. El aroma de humo y boñigas se iba diluyendo poco a poco a medida que se apagaba la tarde, siendo reemplazado por la muy leve fragancia del piorno mezclado con la humedad de escaramujos y hondas pozas que emergía del río. Miró el valle, oyendo remotas voces de niños que correteaban y posando la vista, sin fijarla nunca, en las pedreras mojadas y en los árboles celados por la yedra y el lúpulo salvaje. En un recodo, tres botellas de plástico se esforzaban inútilmente por salir del pequeño remolino en el que estaban atrapadas. Cuando llegara a casa tenía que ponerse a repasar el proyecto, línea por línea, para poder presentarlo mañana en la reunión de primera hora, frente a la dirección de la compañía al completo. Entonces miró a Elena. Sus ojos oscuros, optimistas y brillantes. La felicidad lo hinchó como si fuera un globo de aire caliente. Y sintió cómo le invadía la convicción, la exacta certidumbre, de que éste era el cielo que le correspondía, sin duda la recompensa a los extraños y desconocidos trabajos de una vida anterior.
LECTURAS A LA SOMBRA DE UN COCOTERO La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO











el amor es eso, escalera de color… cuando te llega, nunca sabes por qué sí, o por qué no…
Comment by lindoso — June 28, 2008 @ 2:47 am