Isla Kokotero

December 16, 2008

Fragmento de ‘La gran nevada’, de EDUARDO FRAILE VALLES, con muñeco de nieve (en una calle de León, hoy)

 

Muñeco de nieve, hoy en León. Foto de Elo

FRAGMENTO DE
‘LA GRAN NEVADA’


(…) Aquel invierno fue más invierno que ningún invierno (Alvaro Pombo). De aquel nevar como quien no quiere la cosa, aquel polvillo, como si de repente se hubieran puesto a sacudir alfombras en el cielo (alfombras voladoras, por lo tanto), pasamos a la contemplación entusiasmada, extática, de los copos más suntuosos que hubiésemos visto en nuestra vida. Nevó tenaz, excelsa, abrumadoramente. Nevó días y días, contra toda razón, contra esto y aquello, contra la sal insulsa que repartían a paladas los camiones de la basura y del ejército. Nevó sin esperanza, con convencimiento. Nevó y nevó. Y luego, encima, heló mucho, llegamos a los 17 grados bajo cero, nuevo récord del mundo en la ciudad, que estuvo prácticamente mes y medio vestida de primera comunión.

¡Qué bonito! Fue el invierno mejor de todos los inviernos posibles, el Invierno por antonomasia y con mayúscula de nuestra niñez, entre otras cosas porque aquel invierno —¡tan pronto, ay!— dejamos de ser niños. Un sol ciego de envidia restallaba su látigo contra el perfil de las cosas, sacudiendo la alfombra mágica que se había ceñido exactamente al trazado de las calles, a la inclinación de los tejados, y sobre la que resultaba peligroso caminar. Menudas chispas. Era el neto delirio de la luz, el Rococó de la blancura, la dictadura (vivíamos en una, pero no lo sabíamos) de lo esplendente, de lo deslumbrante, de lo enceguecedor. El ciego sol se estrella, etcétera, de don Manuel Machado.

La construcción del aeroplano (no sé si he dicho ya que se nos ocurrió hacer una máquina con la que volaríamos) marchaba viento en popa. Algo tendría que ver la llegada del Apolo a la Luna –eso sí que fue el 69— con nuestra extravagancia aeronaval. Armstrong, Collins, y Aldrin: lo recitábamos de carrerilla y no parecían astronautas, sino la línea delantera del Manchester United. No teníamos clase. Con tanto helar, y en virtud de la dilatación anómala del agua al solidificarse, habían reventado todas las calefacciones, con lo que dispusimos de más tiempo para perder con el dichoso avión. Fueron las vacaciones de Navidad más largas y maravillosas, pero también las más incomprensibles.

Detente a recordar: tenías una herida del tamaño del mundo (en el colegio imitabais a Jesús Hermida, corresponsal en Nueva York, y a José Antonio Plaza, eternamente acatarrado tras la niebla londinense). ¿Qué fue de los compañeros en ofuscamiento –por la luz tanta, la luz no usada nunca que os atrevisteis a mirar a los ojos, ¡sinvergüenzas!-, en la navegación? ¿Dónde están? ¿Qué se hicieron? Y volasteis, recuerda (a ti se te daban igual de bien las dos, pero es que lo de Hermida lo bordabas), y caísteis de bruces desde una altura que podríamos decir indescifrable: la belleza, y os hicisteis añicos como un vaso de Duralex (nadie podrá firmarnos nunca esa escayola). Cuéntalo: ¿cómo eran, Dios mío, cómo eran?
(…)

EDUARDO FRAILE VALLES
(Teoría de la luz
. Fragmento del poema ‘La gran nevada’.
Valladolid, Ed. Difácil, 2004)

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