Fragmento de ‘La gran nevada’, de EDUARDO FRAILE VALLES, con muñeco de nieve (en una calle de León, hoy)

‘LA GRAN NEVADA’
¡Qué bonito! Fue el invierno mejor de todos los inviernos posibles, el Invierno por antonomasia y con mayúscula de nuestra niñez, entre otras cosas porque aquel invierno —¡tan pronto, ay!— dejamos de ser niños. Un sol ciego de envidia restallaba su látigo contra el perfil de las cosas, sacudiendo la alfombra mágica que se había ceñido exactamente al trazado de las calles, a la inclinación de los tejados, y sobre la que resultaba peligroso caminar. Menudas chispas. Era el neto delirio de la luz, el Rococó de la blancura, la dictadura (vivíamos en una, pero no lo sabíamos) de lo esplendente, de lo deslumbrante, de lo enceguecedor. El ciego sol se estrella, etcétera, de don Manuel Machado.
La construcción del aeroplano (no sé si he dicho ya que se nos ocurrió hacer una máquina con la que volaríamos) marchaba viento en popa. Algo tendría que ver la llegada del Apolo a la Luna –eso sí que fue el 69— con nuestra extravagancia aeronaval. Armstrong, Collins, y Aldrin: lo recitábamos de carrerilla y no parecían astronautas, sino la línea delantera del Manchester United. No teníamos clase. Con tanto helar, y en virtud de la dilatación anómala del agua al solidificarse, habían reventado todas las calefacciones, con lo que dispusimos de más tiempo para perder con el dichoso avión. Fueron las vacaciones de Navidad más largas y maravillosas, pero también las más incomprensibles.
Detente a recordar: tenías una herida del tamaño del mundo (en el colegio imitabais a Jesús Hermida, corresponsal en Nueva York, y a José Antonio Plaza, eternamente acatarrado tras la niebla londinense). ¿Qué fue de los compañeros en ofuscamiento –por la luz tanta, la luz no usada nunca que os atrevisteis a mirar a los ojos, ¡sinvergüenzas!-, en la navegación? ¿Dónde están? ¿Qué se hicieron? Y volasteis, recuerda (a ti se te daban igual de bien las dos, pero es que lo de Hermida lo bordabas), y caísteis de bruces desde una altura que podríamos decir indescifrable: la belleza, y os hicisteis añicos como un vaso de Duralex (nadie podrá firmarnos nunca esa escayola). Cuéntalo: ¿cómo eran, Dios mío, cómo eran?
(…)
EDUARDO FRAILE VALLES
(Teoría de la luz. Fragmento del poema ‘La gran nevada’.
Valladolid, Ed. Difácil, 2004)
LECTURAS A LA SOMBRA DE UN COCOTERO La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO










