‘La mujer trabajadora’, una columna de SUSANA BARRAGUÉS (con pequeño poema)
“Tengo miedo de ser esa mujer que se detiene un día, frente a los escaparates de unos grandes almacenes, y descubre que no se reconoce a sí misma en su reflejo. Tengo miedo de ser esa mujer que asustada, deja caer las bolsas de la compra por el suelo, y grita señalándose a sí misma en el cristal. Tengo miedo de ser esa mujer que se recompone, mira alrededor, recoge deprisa las bolsas de la compra, y deja tras de sí a una parte de ella misma enloqueciendo frente a su reflejo en el cristal. Tengo miedo de ser esa mujer que se aleja caminando de sí misma, comentando con desconocidos, ¿Has visto a esa mujer, que grita frente a su reflejo, como si no se reconociera a sí misma?”

LA MUJER TRABAJADORA
Lo femenino es símbolo de lo cóncavo. Así, desde el origen de los tiempos, la mujer ha sido asociada a cosas que contienen: recipiente, receptor, resguardo y protección, y también hogar, casa, cama, cazuela con garbanzos, destino, llegada, beso y vientre. Los primeros cultos del ser humano en su vibrante relación con lo celeste y los designios de lo incomprensible tenían que ver con la fertilidad, tal esas estatuillas de mujer de caderas ampulosas que eran utilizadas a modo de amuletos, o los exagerados vuelos de los vestidos de la corte de Luis XIV en Versalles, símbolo de fecundidad, buen parto y generación de muchos frutos.
Ser recipiente, concebida para el porte y acarreo, el símbolo que obligaba a la mujer a cumplir con una ley antigua de almacén andante sigue vigente en nuestros días, y puede comprobarse con el sencillo ejercicio de sentarse en un banco de la calle y observar el flujo de transporte de las cosas: por todas partes se ven mujeres con bultos, bolsas de la compra, ropa y zapatos, bebés y biberones, bocadillos, maletas, flores, tuppers con lentejas y albóndigas. También fuera de las fronteras de nuestro primer mundo y hasta allí donde han visto mis ojos, las mujeres cargan con los bultos más insospechados sobre sus cabezas, kilos de ropa, cazuelas para limpiar y pilas de leña, siendo ese peso un buen indicador del estado de los derechos de la mujer en el planeta.
Las bolsas de los ojos son otro tipo de bolsas con las que también cargan algunos de esos seres-recipiente, que por cuestión de matices, dejaré de identificar con “mujer”. Ojeras verdes y azuladas que son símbolos del otro peso, el del dolor de los otros. Dentro de un autobús siempre verás un ser-recipiente cavilando en secreto con cara de no haber dormido, tratando de resolver a saber vete a saber qué dilema porque se ha embebido del dolor de los otros, maridos, novias, hijos y desconocidos, sin que nadie se lo pida ni se lo agradezca.
Cualquier cosa perfectamente innecesaria cumple el requisito de entrar en la bolsa de un ser-recipiente. No lo digo en broma, yo misma volqué sobre la repisa del conductor del autobús un secador del pelo, dos aguacates, un vieja cinta de cassete con villancicos que mi madre quiere pasar a mp3, tres botones, unos calcetines, un libro de poemas, un paraguas plegable, jarabe para la tos, y precisamente todo menos el monedero con el dinero del billete. En previsión de que algo pueda hacer falta cuando menos se lo espera, algunos seres cargan un surtido interminable de artilugios de cuidado, atención y detalle que sólo sirven para dar confort, atmósfera y sentido de intimidad a los espacios. Ese desmedida debilidad por lo inservible todavía se sigue asociando a la mujer como heredera de una larga tradición, en la que ella cargaba con todos los trastos por “si podían hacer falta”, para la comodidad y reconforte de todos.
“Las leyes de lo real las escriben los hombres” dice la escritora Ángeles Mastretta. Cosas reales, a saber, los tendidos telefónicos, los raíles del tren, los peajes de autopista y los estadios de fútbol, las máquinas expendedoras de tabaco y el motor del coche, en general, muchos inventos útiles que han permitido ampliar conciencias y horizontes. Cosas no tan reales, ese vapor de sensaciones que producían los tapetes de ganchillo de las abuelas, la mercromina en las heridas, los remiendos en la ropa, las croquetas caseras de jamón y otro tipo de aportaciones que ya no son más de dominio exclusivo de la mujer, sino de cualquier individuo. Mañana día 8 de marzo las científicas, maestras, jueces, ingenieras y escritoras celebran el día de la mujer trabajadora. Felicidades, por otro lado y además, para todos los seres que acarrean y alivian el peso invisible de lo cotidiano y la parte no real de la existencia.
LECTURAS A LA SOMBRA DE UN COCOTERO La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO










