Sobre ‘Los sueños apócrifos’, el último libro de ALBERTO R. TORICES

ENTREVISTA CON ALBERTO R. TORICES
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Publicado por Camparredonda
(el sello de Gregorio Fernández Castañón)
‘Los sueños apócrifos’, el último libro de Alberto R. Torices,
exorciza los demonios y los sueños de 32 inmortales de las letras
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Con ‘Los sueños apócrifos’ Alberto R. Torices ha consumado una violación literaria. Siguiendo en cierto modo los pasos de Saul Bellow, se inmiscuye en los sueños, en los santuarios más íntimos de los personajes creados por Thomas Mann, Cervantes, Cortázar o Kafka y logra con ello arrancarlos de la irrealidad onírica a la que sus «padres» les condenaron. La diferencia es que estas cartas sí tienen destinatario.
En «Infierno es un espejo», mezclas «La Náusea» y «A puerta cerrada». ¿Se puede escapar de esta trampa mortal que es la vida?
A Sartre le sobraban motivos para escribir que el infierno son los otros, y más en el momento en que lo dijo. A mí, me dio a pensar que, puesto que no hay diferencia ensencial entre los otros y uno, puesto que compartimos la misma naturaleza, no puede haber infierno mayor que el que cada individuo lleva dentro, el que podríamos ver si nos colocásemos frente al espejo que más cruda y fielmente nos retratase. Ese espejo, quizá, podría ser el sueño, los sueños, donde aparecemos tal como somos, sin posibilidad de mejorar, de adornar el retrato. Y el sueño es laberinto, no hay escapatoria posible: el despertar es sólo una dilación de la trama, un momentáneo descanso. Es una trampa, como tú dices, y siempre caeremos en ella, pero al mismo tiempo es la manera de conocerse a uno mismo, la tarea más ambiciosa que puede proponerse un ser humano, en la que cabe la posibilidad de redimirse, de elevarse un poco del barro con el que estamos hechos todos.
¿Hasta qué punto el infierno no es más que la proyección que hacemos de nosotros mismos en los demás? ¿Cuál habría sido el sueño infernal de Garcin?
Claro que el infierno es una proyección, lo mismo que el cielo. Dios y el demonio: lo mejor y lo peor de nosotros concentrado en una figura externa a la que venerar o temer. En el fondo, una manera de tratar con lo desconocido e ingobernable de uno mismo. El ser humano es fabulador por naturaleza, por defecto, y llega hasta el extremo de inventarse a su propio creador (esto Onetti lo bordó) y, en consecuencia, también su propia destrucción, su condena. En ese sentido, demonizar a los demás responde a la misma estrategia: lidiar con la bestia que llevamos dentro, desde detrás de la barrera. Y habría que citar, para responder a tu pregunta, al otro gigante que compartió época con Sartre: Camus. El infierno se halla en estado latente en cada uno, a la espera de las circunstancias propicias para germinar y extenderse, y esto puede suceder a veces al final de una vida larga y virtuosa, como en ‘La muerte en Venecia’. En El maestro y Margarita , Bulgákov le hace decir a uno de sus personajes que el único pecado para el que no hay perdón posible es la cobardía. Y sin embargo, es tan humano ser cobarde, tan comprensible flaquear ante los grandes retos… Por eso nos hemos inventado un Dios infinitamente misericordioso, a la medida de nuestra infinita imperfección. Y quizá por ello el sueño infernal de Garcin podría ser el de verse convertido en Dios, obligado a serlo y a someter a juicio la cobardía de los hombres.
¿Qué sentido tiene la cobardía en un mundo en el que estamos condenados? Y si no lo estamos ¿qué sentido tiene de todas maneras?
‘La caída’ y de forma parecida ‘El extranjero’ fue una especie de bautismo, de iniciación a eso que se llama la posmodernidad, que quizá no sea otra cosa que aturdimiento y confusión del individuo, incapaz de salir de sí mismo por cobardía, por comodidad o por simple narcisismo. No sé si estamos condenados o no… Desde luego, sí a ser conscientes de nuestra fragilidad y del corto plazo de tiempo del que disponemos, y también a sospechar seriamente que con el último suspiro volveremos a ser lo que éramos antes de nacer: nada. Esas certezas son insoportables, y quizá la cobardía de Garcín, la indiferencia de Mersault, o el narcisismo de Castell sean reacciones inevitables, o cuando menos comprensibles, aunque no merezcan nuestro admiración. El nihilismo aportó ópticas muy lúcidas e interesantes para comprender nuestra naturaleza y nuestra historia, pero tuvo y sigue teniendo un grave inconveniente: es un veneno paralizante. Es el vino de la cobardía ofrecido por la mano de una bacante…
Jay Gatsby y Adso de Melk tienen el mismo sueño, el de la fugacidad de los instantes que son los que al final siempre parecen eternos. ¿Hay alguna manera de obtener los sueños y que estos no se marchiten?
Podría parecer que sí: escribirlos… Pero en realidad tampoco: cuando transcribes un sueño lo estropeas, siempre, desaparece el misterio, la atmósfera, y aparecen tramas y transiciones que nunca existieron… Yo he escrito algunas veces mis sueños y el resultado es siempre una carnicería, una flor pisoteada. Eso es algo que va ligado siempre a la escritura: nos servimos de la memoria, pero a nuestro capricho, o a capricho de la propia obra, que pide, exige ser llevada por aquí o por allá, y llega un momento en el que uno no podría decir con seguridad si cierto pasaje fue vivido o inventado. De todas formas, no hay que confundir lo que soñamos dormidos y lo que soñamos despiertos. Habría que utilizar incluso palabras distintas para designar uno y otro fenómeno, porque no tienen nada que ver. Es verdad que tanto en un caso como en otro estamos a merced de cosas que no podemos gobernar, pero despiertos aspiramos a cosas bellas, factibles o no, razonables o no; mientras que al dormir todo o casi todo es amenazador, siniestro, frustrante. Por lo menos cuando yo duermo, y creo que esto se ve en mis apócrifos: cadalsos, enfermedades, anacondas… También es verdad que a menudo, el desenlace de lo que soñamos despiertos no son más que despojos, cenizas, pero aún así me parece que ésa es una de nuestras más hermosas facultades: desear lo imposible.
O atrevernos a ser devorados por nosotros mismos. ¿Es tan difícil ser devorados por los Tadzios con los que nos encontramos en nuestra vida?
En la vida de un hombre no hay dos «Tadzios», nunca. Puede suceder que no haya ni siquiera uno, el único posible. Pero tras el primero, siempre, tras el primer Gran Sueño convertido en realidad, en carne y hueso, se acabó. Te parecerá exagerado, pero es que yo soy un romántico… Y esa materialización de lo soñado en realidad, no se da para nuestro gusto, para nuestra felicidad: raramente los sueños realizados nos hacen felices. El sueño se hace realidad para colocarnos ante el gran reto, ante la prueba de fuego: entonces es cuando hay que demostrar qué clase de soñador es uno: serio o frívolo, valiente o cobarde, vulgar o innovador. En todo caso, antes fracasar ante uno mismo, que triunfar ante los demás.
En el de Truman Capote, se toca en cierto modo este tema. En «Plegarias atendidas», rememora la frase de Santa Teresa: Se llora más por las plegarias atendidas que por las no atendidas. ¿Estás de acuerdo?
A Truman Capote, en efecto, su propia ambición se le echó encima durante el proceso de escritura de ‘A sangre fría’. Cumplió su sueño, su objetivo, escribió una gran novela cubriendo del modo más brillante el caso del asesinato de los Clutter. Pero el éxito no le privó de sufrir enormemente por la condena a muerte de Perry Smith.
En tu sueño resucitas a Don Quijote y le devuelves a la vida cuerdo, como en el momento de su muerte. ¿La cordura sólo se adquiere ante la certeza del final?
El cuento que dedico a Don Quijote quizá sea el mayor homenaje de todos los que contiene el libro. En ese cuento yo mismo me convertí en personaje, en criatura soñada, y de algún modo quise granjearme su protección. Y sí, esa lucidez plena quizá sólo sea posible al final de la vida, de una vida verdaderamente vivida. Una paradoja terrible, si esto es así: una vez sabemos, ¿para qué? Además, es muy posible que al final, lo creado acabe devorando al creador. Eso también es paradójico, pero quizá no haya modo más digno de morir para un cazador solitario: ser comido por el oso.
Moby Dick…
LECTURAS A LA SOMBRA DE UN COCOTERO La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO










