Isla Kokotero

July 1, 2009

‘El siglo de CRÉMER’, por ERNESTO ESCAPA, con viñeta de FER

El 27 de Junio de 2009, a las 9.20 de la mañana,
nos dejó el inolvidable VICTORIANO CRÉMER

~ ¡Un placer y un privilegio haberte conocido, maestro! ~
Viñeta de FER en homenaje a Victoriano Crémer

Viñeta homenaje del dibujante FER
~ ~ ~

 EL SIGLO DE CRÉMER
Por ERNESTO ESCAPA
(Publicado en EL MUNDO DE LÉON,
el 29 de junio de 2009)

El poeta centenario Victoriano Crémer seguía subiendo cada día al palomar de su casa para escribir y contestar las cartas, mientras tosía alto si alguien se acercaba con la pamplina de tratarle como a un anciano. Incluso, a veces, protestaba la costumbre de sus hijos jubilados de entretenerle con visitas de cháchara. Aunque el juego de Crémer con su edad viene de lejos, y el autor de la primera tesis sobre su obra reconocía que ateniéndose a lo publicado “pudo haber nacido en cualquiera de los años que median entre 1900 y 1915”, lo cierto es que ya era sobradamente centenario. Estos descuadres biográficos le han venido muy bien a Victoriano para los disimulos de una vida estragada por la provincia. Unos rácanos homenajes leoneses, celebrados localmente en las Navidades de 2006, dieron por satisfecho el trámite de las gratitudes con el poeta que entonces cumplía cien años. Y ya con eso, todos conformes. Era no conocer a Crémer, que ni cerraba aquel invierno su siglo ni por eso se iba a quedar quieto.  

Una trayectoria centenaria da para mucho. Sobre todo, si ha sido tan hacendosa como la de Crémer. Hace ochenta años, fue libertario de Pestaña; hace setenta y tres, preso político en San Marcos; hace sesenta y cinco, fundador de la revista de poesía Espadaña; hace medio siglo, obtuvo el premio de novela Nueva España de los exiliados en México; hace cuarenta y seis, el Nacional de Poesía. Un premio Nacional singular, que no llevaba el rótulo habitual de José Antonio, sino la dedicación a Leopoldo Panero, que acababa de morir. Hace tres lustros, recibió el Castilla y León de las Letras. Estos mojones de su añada, Crémer los repasaba como hitos de un recorrido malbaratado por la cicatería de las circunstancias. La inclemencia doméstica con los sueños más hermosos. También se resintió del desdén gremial hacia su empeño por recobrar, en tiempos infames, la dignidad de la conciencia poética. En esa época, las recompensas le llegaban de lejos, como aquella acogida fraternal de Max Aub al premiar El libro de Caín: “De Burgos a León, camino llano, ahí está Victoriano”.

Los versos de Max Aub cartografian un campo interior de fidelidades. Crémer vivió la posguerra más abrupta en vecindad con las madres y viudas de antiguos compañeros, que no entendían la anomalía de su supervivencia. Durante décadas fue el ancla interior de una resistencia sin alardes ni manifiestos, que no hizo más ruidos de los precisos. En esa retaguardia fue tejiendo su obra. Quizá por eso, los reconocimientos le han llegado casi siempre con los plazos vencidos. A los sesenta años, recibió el carnet de periodista, en un gesto que quiso parecer magnánimo, cuando llevaba publicados tantos artículos en la prensa como para cubrir con ellos la Tierra de Campos.

Y de entonces a hoy, no ha cejado. Al visitarle la ambulancia para su último traslado, pidió un rato hasta rematar los artículos de la semana y se preocupó por el cobro de su estipendio mensual. La enciclopedia Larousse había ilustrado su biografía con la foto de Primitivo García, un asturiano que pasó por la prensa azul de León, mientras la Espasa de1999 lo dio por fallecido tres años antes. Esos gazapos son el tributo de una vida por libre, en la displicente nebulosa de la provincia. Pero su poesía no es calderilla y a ella hay que volver. Nadie como él mereció el reconocimiento de “esta tierra de hosco censo”. Y sin embargo, se despidió escribiendo “la ciudad ignora que me muero”.

Tras algunos escarceos anteriores, en 1944 apareció su libro de poemas Tacto sonoro. Fue también el año de Espadaña, la revista que se convirtió en ariete de la nueva poesía rehumanizada, a la vez que conectaba el 27 interior con los nombres del exilio. Fundada por González de Lama, Nora y el propio Crémer, éste supo sostenerla a lo largo de 48 números y seis años. También supo despachar a tiempo los enredos falangistas para copar su invento, aquel ardid que respaldó Nora de los Vivales (Vivanco y Rosales), ayudados por Panero, Valverde y el teórico Aranguren.

La poesía de Crémer tiene como protagonista al hombre en su circunstancia. Lo que evoluciona a lo largo del tiempo no es el tema, sino su enfoque y dicción.  Otros tres libros integran la primera etapa de su obra lírica, que concluye con la década ominosa. En ella expresa la angustia y el desgarro de la muerte cercana. En ese escenario, apela a Dios y recibe la respuesta del silencio. Por eso la religiosidad de sus poemas es conflictiva, más de imprecación que de consuelo. En su segunda etapa se produce el paso del compromiso existencial al social. Cuatro nuevos libros afirman su condición de juglar del mundo humilde. Su poesía última amplía el arco desde mediados de los setenta hasta el siglo veintiuno. En ella conjuga los temas de siempre con voz más reflexiva, a la vez trémula y serena.

Como novelista, Crémer obtuvo el Premio Nueva España de México con Libro de Caín (1958) y ha publicado Historias de Chu-Ma-Chuco (1970), Los trenes no dejan huella (1986) y La casona (2001). Relatos en los que la memoria personal de la tragedia bélica y su descalabro se engarza en alegorías de urdimbre mítica. Más explícito es el testimonio de El libro de San Marcos (1980), donde recuerda su paso por el campo de concentración instalado en el antiguo hospital de peregrinos.

Hace más de treinta años, el poeta Victoriano Crémer estampó un testamento en el broche del libro que los profesores y la crítica calificaron como su despedida. “Me pesan ya los dedos cual si llevara un siglo escribiendo o arando / el pliego con la pluma, intentando llenar los sueños de sustancia”. Los analistas no habían reparado en la argucia del poeta, que ya en su título enmendó aquel testamento como inútil. En las postrimerías de 2008 nos sacudió con los versos de El último jinete: “Estoy solo y me duele / la sombra que proyecto”. O estos: “¿Qué fue de aquel que intentara / cambiar el mundo, verso a verso? / Cesó un día cualquiera de un mes, / arrastrado por caballos de plomo. / Y fue olvidado; / como manda la Santa Madre Iglesia / y decretan los tiernos alacranes”.  

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