‘Domingo’, un cuento de LUIS MARIGÓMEZ (con fotografía del autor)

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Casi siempre una vez al mes vamos al pueblo a comer con mi madre. Vive con mi hermano pequeño desde que murió mi padre, hace casi diez años, en su casa de toda la vida.
Este año el campo está apagado, para ser mediados de marzo. Al salir, vemos un almendro en flor, en frente de un almacén, esplendoroso, pero luego, el verde de los sembrados aparece oscuro y la tierra seca.
Hago el trayecto sin esfuerzo, al cabo de tantas veces, tantos años, conozco cada curva, casi cada árbol, y me gusta ver los cambios en el paisaje a lo largo de las estaciones, que sigan ahí sus distintos elementos con sus pequeñas variaciones. La vaguada cerca del último cruce, que a menudo está cubierta por una lámina de agua en la que a veces nada algún pato, hoy está seca.
Las primeras veces que hice el camino, de niño, con mi padre, en el camión, íbamos del pueblo a la ciudad, a recoger mercancía. La carretera del desvío desde la general estaba todavía sin asfaltar. Ahora tiene incluso raya central y un pequeño arcén. Parábamos a mitad de camino, en El gallo rojo, a tomar algo.
Mi madre está hoy sola en casa. Mi hermano ha ido a comer con unos amigos. Acaban de estar mi hermana y las niñas, pero no hemos llegado a tiempo de cruzarnos con ellas. Nos enseña la terraza, todavía con pocas plantas después de los fríos, y la habitación que hace de invernadero, llena de tiestos macilentos. Comemos pronto los tres, en el cuarto de estar. Ella se levanta y trae las viandas de la cocina: cóctel de gambas, filete empanado, fresas con yogur y café. Nos levantamos todos a recoger y ella se viste para salir a la calle.
Después de las heladas de los últimos días, el aire hoy es templado y suave. Vamos a ver la obra casi acabada de la casa de mi hermana. Admiramos los espacios, todavía sin pintar y sin muebles, pero ya con puertas y con los baños terminados. En el porche, orientado al sur, protegidos por el tejado, hace como para quedarse un rato de charla, pero no hay mesa ni sillas. Los suelos están cubiertos de serrín y de restos de cables de la instalación eléctrica.
Caminamos a un barrio en el que están construyendo mucho y comentamos lo que nos parece cada edificio. Antes, cuando era niño y hasta hace pocos años, aquello era sólo un arenal. Hay casas enormes. Algunas están hechas con buen gusto, en otras prima el deseo de llamar la atención de los propietarios. También hay viviendas modestas.
Entramos en la cafetería del Hotel a tomar algo. Cuando ya nos hemos sentado, vemos al tío Miguel jugando la partida, como todas las tardes desde hace muchísimos años. El otro día al volver a casa no estaba su mujer, la hermana de mi madre, que apenas sale, y se puso muy nervioso buscándola por todos lados. Había ido con mi madre y otras amigas a celebrar la fiesta de algún santo. Mi madre lo cuenta riéndose. Mi tío nos ve y se levanta a saludar. Tiene la piel tostada, como si siguiera trabajando en el campo, aunque lleva un montón de años sin ocuparse directamente de siembras ni cosechas.
Entra un hombre delgado, no muy alto, mayor pero todavía ágil; se queda mirando las mesas de los que juegan a cartas. Trabajaba en una herrería, ya se ha jubilado. Lo recuerdo bien de cuando iba a la tienda, enfundado en un mono azul y siempre gastando bromas. Mi madre nos recuerda su desgracia. Hace dos años uno de sus dos hijos, un médico que acababa de terminar sus estudios de especialidad y que había conseguido plaza en un hospital en Madrid, murió cuando esperaba a que el semáforo se pusiera verde, arrollado por un camión. Desde entonces ni su mujer ni él han podido superarlo. Ella no deja de llorar y apenas sale de casa. Él parece que se anima un poco ahora, después de tanto tiempo. Se acerca a saludarnos. Mi madre le pregunta qué tal están.
–Ya ves ¿Cómo quieres que estemos? Yo salgo un rato por las tardes, vengo por aquí y me doy una vuelta. Ella sigue sin querer ver a nadie. Damos paseos por el campo. Paramos en el cementerio y allí parece que se serena. Pero cuando llega a casa enseguida empiezan los llantos otra vez. Mi hijo dice que vayamos unos días a Madrid con él, pero ella no quiere. Estuvimos en Canarias y se pasó todo el tiempo agarrada a la cama y sin dejar de llorar. Yo no sé qué hacer.
Al acabar la frase se le saltan las lágrimas. Mi madre trata de consolarlo.
–Hay que salir adelante como sea. Yo perdí a mi marido y lo pasé muy mal. Mis hijos están pendientes de mí y no tengo ninguna queja, todo lo contrario. Pero por la noche en la cama estoy sola y eso no lo puede arreglar nadie. Todavía me acuerdo de la tarde en que, al salir de misa, con mis amigas, pasábamos por aquí, ellas entraban y yo marchaba para casa y me obligaron a quedarme. Ya hacía cuatro años que había muerto. Poco a poco hay que salir adelante. Anímala a que venga contigo, que hable con la gente.
Se acercan una pareja de jóvenes, son el hijo de un primo y su mujer. El hombre se despide. Se casaron el año pasado. Apenas los recuerdo. Supongo que los vería en el entierro de su madre, que murió de repente, de un infarto, sin cumplir los sesenta. Irradian una luz llena de una alegría reposada. Les preguntamos por la familia. No quieren sentarse. Tienen prisa. Se van a Madrid ahora.
Volvemos a casa. Al poco rato aparecen mi hermana y las niñas. Comentamos cómo nos gusta su casa y hay una queja unánime en lo que están tardando en terminarla. Las niñas nos cuentan los colores que han elegido para la pintura de sus habitaciones. Llevamos a la mayor y a su novio a la ciudad.
Cuando montamos en el coche el sol ha caído mucho y lo tenemos de frente al principio del viaje. Mi sobrina nos habla de sus planes de futuro, contradictorios, atentos a los estudios y a la primera salida que aparezca. Al llegar, ya ha oscurecido.
LECTURAS A LA SOMBRA DE UN COCOTERO La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO










