Más sobre JOSÉ-MIGUEL ULLÁN: “Llamando para atrás”, por VÍCTOR M. DÍEZ
"Llamando para atrás",
un artículo de VÍCTOR M. DÍEZ sobre JOSÉ-MIGUEL ULLÁN
y su libro Ondulaciones, en el diario digital Peatóm…
"Llamando para atrás",
un artículo de VÍCTOR M. DÍEZ sobre JOSÉ-MIGUEL ULLÁN
y su libro Ondulaciones, en el diario digital Peatóm…
FLAMENCOS GIRATORIOS
Por VÍCTOR M. DÍEZ
(Publicado en Peatóm)
Dicen que un género está muerto cuando ya no se compone para él. Esto vale, por ejemplo, para la Zarzuela, quizás para el jazz como ya intuyó Miles Davis hace treinta años. Un género se convierte entonces en un estrato de un tiempo cultural, por más que siga interpretándose con todo rigor y toda justicia. Pero el flamenco no es un género propiamente dicho. Entendemos por flamenco una tradición que se renueva, o se renovaba, en la oralidad. Por su idiosincrasia propia es como esas “flores que crecen en la basura”, en la miseria, en el dolor ¡Bendito estiércol! Como escribió el poeta Karlotti.
El hecho es que el flamenco está en un callejón sin salida. La muerte de Camarón, la mal llamada fusión, la falta de una figura rotunda, el puro negocio… Hay muchos factores que reflejan la decadencia. No sería ético decir que falta un contexto miserable, de explotación y hasta persecución para que afloren estas joyas. Siento mucho respeto por los intentos “intelectualizadores”, artísticos que merodean en las mentes más avezadas del flamenco, pero eso no quita para que los resultados no sean siempre los más interesantes. O al menos podemos decir que delatan un marchamo de lo crepuscular.
Hay ahora mismo una avalancha de novedades que incursionan el flamenco en territorios insospechados. Hablemos de algunos, como el último que ha llevado adelante Juan Peña el Lebrijano, uno de los pioneros en descerrajar las fronteras del flamenco. Suyos fueron aquellos experimentos maravillosos con la Orquesta Andalusí de Tánger o el disco-relato Persecución, con textos y voz del poeta Félix Grande. Lo que ahora ofrece es un extraño trabajo, intentando musicar el poético lenguaje de Gabriel García Márquez, bajo el título Cuando el Lebrijano canta, se moja el agua. Cuenta el de Lebrija que esta frase se la escribió en un papel el Nóbel colombiano en cierta ocasión, escuchándole. El reto es de órdago, como el propio cantaor admite, ya que se encontró con la dificultad de cantar textos en prosa que debió acentuar como poemas. “Tuve que acordarme de cómo debí reinterpretar los poemas árabes con nuestra acentuación, eso me ayudó a encontrar el camino”, afirma Peña.
Otro que “tal baila” es nuestro querido Enrique Morente que, desde hace años, no para de llevar a cabo extraños experimentos que le han granjeado los odios de todos los puristas del mundo flamenco. Valor no le falta al granaíno para acometer trabajos con grupos más cercanos al punk como Lagartija Nick, con aquel famoso álbum Omega. Ahora nos propone un trabajo basado en los textos y la obra del genial pintor Picasso: ahí es ná. Pablo de Málaga, con ese mote que parece nombre flamenco, titula el disco que presentará en los próximos días en el Auditorio del Museo Reina Sofía.
Otro que viene, además distribuido en exclusiva por un periódico de tirada nacional, es el Cigala, con lo que llaman la segunda parte de su celebérrimo Lágrimas Negras, que editó junto al gran Bebo Valdés. El nuevo trabajo de Dieguito, ya sin el longevo pianista cubano, se titulará Dos lágrimas. Segundas partes… La buena voz del sobrino de Farina no le redime de un cierto despiste, de haberse quedado colgao de un sueño. Él mismo cuenta que Bebo tuvo que decirle un día: “Ande ahí, chico, vuele libre, yo ya no tengo futuro…”. El pobre Cigala se había quedado absorto a la cola del piano y no se atrevía ni a moverse. El éxito, la pasta, lo fácil que se lo pone… En fin, esperemos que la próxima vez caiga en otras buenas manos musicales que le lleven a nuevos e interesantes territorios.
Por último querría hablarles de otro disco que se ha presentado este año y que cumple el canon de flamenco culto. Es un disco del grandísimo guitarrista Juan Manuel Cañizares. Se trata de la interpretación de la Suite Iberia del maestro Albeniz, concebida para piano, con dos guitarras. En la ejecución de este músico portentoso salen a la superficie los rasgos flamencos que en la partitura parecían magmáticos, latentes. Olé y Ole.
No somos quienes para juzgar, quizás sólo tenemos la oportunidad de asombrarnos ante los retos que proponen o aceptan nuestros artistas. La música de raíz está sin duda en una vertiginosa puerta giratoria. No sabemos si saldrá despedida o se inscribirá en el corazón de la contemporaneidad. Veremos.
6 a.m.
Me muero por intentarlo. Oigo estas palabras entre sueños y me sale un arrullo de paloma del fondo de la garganta, donde el gaznate se junta con la nariz. Esa parte que se seca cuando tienes miedo. Me muero por intentar llevaros a donde vivimos.
(…)
Conocí una vez a una perra trufera. A su amo, afirmaba, le habían ofrecido veinte mil por ella. ¡Y él prefirió quedarse conmigo! Decía esto sacando la lengua. ¡Tendrías que vernos! En septiembre, cuando todavía anochece tarde, trabajamos todo el día y volvemos a casa con cinco, seis, siete kilos. Hablo de las negras. En mayo salimos a por las blancas. Las blancas son más discretas y tienen un sabor más joven.
¿A qué huelen las trufas?, le pregunto. A sexo, me responde, sobre todo a sexo. Sexo en la tierra desnuda, bajo los robles. Huelen a sexo masculimo. El problema es que yo no paro de encontrarlas, una y otra y otra, pero nunca echo un polvo. A final del día odias el olor. No es mejor que trabajar en un local de strip-tease. Y lo que es todavía peor: tienes que andar con mil ojos para no arañarte la nariz.
(…)
(Del libro KING. Una historia de la calle, de JOHN BERGER.
Ed. Alfaguara, Madrid, 2000. Traducción: Pilar Vázquez)
505) "Lo más comprensible de un lenguaje no es la palabra misma, sino el tono, la intensidad, la modulación, el tempo con que se dice una serie de palabras — en suma, la música que está detrás de las palabras, la pasión que está detrás de esa música, la persona que está detrás de esa pasión: todo aquello, por tanto, que no puede ser escrito. Por ello no tiene la menor importancia la escritura."
F. NIETZSCHE
(Del libro ‘Aforismos’. Edhasa, 1994.
Traducción: Andrés Sánchez Pascual)
Por alguna razón, la expresión ‘Angelus Novus’ nos lleva directamente a Miguel Suárez y también a la revista El Signo del Gorrión, en la que había una sección con ese epígrafe. Elegimos al azar un número de El Signo, el 24, y aparece LOUISE BOURGEOIS, con un puñado de pequeños fragmentos bajo el título genérico de LA EXPRESIÓN DE UNO MISMO ES SIGNO DE LO SAGRADO Y DE LA FATALIDAD.
Reproducimos algunos:
Mis primeras obras son el miedo a la caída. Luego, aquello pasó a ser el arte de caer, de cómo caer sin herirse. Y más tarde se ha convertido en el arte de quedarse colgado.
En mi infancia, todas las mujeres de la casa manejaban la aguja. De siempre me han fascinado las agujas, su poder mágico. Utilizamos la aguja para arreglar algo que se ha estropeado. Es una invocación al perdón. La aguja nunca es agresiva, no es un alfiler.
Mis cuchillos parecen lenguas: Te quiero, te odio. Si tú no me quieres, estoy preparada para el ataque. Son de doble filo.
El color es más fuerte que el lenguaje. Es una comunicación subliminal.
El azul representa la paz, la meditación, la escapada.
El rojo es la afirmación, a cualquier precio —sin tener en cuenta los peligros del combate—, de la contradicción, de la agresión. Simboliza la intensidad de las emociones implicadas. El negro es el duelo, el arrepentimiento y la pesadumbre, la culpabilidad, el retraimiento.
El blanco significa regresar a la casilla de salida. Es la renovación, la posibilidad de empezar de nuevo, de volver a partir de cero.
El rosa es femenino. Representa el amor y la aceptación de sí mismo.La espiral es un intento de controlar el caos. Tiene dos direcciones. ¿Dónde te sitúas tú: en la periferia, o en el vórtice? Empezar desde el exterior remite al miedo a una pérdida de control: enroscarse hacia el interior es estrecharse, retraerse, compactarse hasta desaparecer. Empezar por el centro es afirmar. El movimiento hacia el exterior representa la donación y la pérdida de control, la confianza, la energía positiva, la vida misma.
Las espirales —hacia qué volverse— representan la fragilidad en un espacio abierto. El miedo hace girar el mundo.
Ser un artista es una garantía de salud mental. Se es capaz de asumir el sufrimiento.
Monto cada escultura como se cura a un enfermo. Más vale saber lo que se hace. Hay que seguir una estrategia si se quiere obtener los resultados deseados. Mis esculturas son ecuaciones infalibles. Las ecuaciones deben ser sometidas a prueba. ¿Baja la tensión? ¿Desaparece el impulso? ¿Remite el dolor? O funciona, o no funciona.
LOUISE BOURGEOIS (Declaraciones recogidas en una recopiación de escritos autobiográficos, en traducción de Luis Miguel Cañada, publicadas en el nº 24 de la revista EL SIGNO DE EL GORRIÓN)
"En la experiencia de la lectura, la poesía —toda verdadera poesía— se muestra como uno de los géneros de pensamiento más poderosos. Esto ocurre porque el pensamiento —como también el mundo— es inseparable de la red de los lenguajes, y la poesía consiste en crítica que el lenguaje se hace a sí mismo, disidencia de lo codificado, puerta para la posibilidad de cambio. Ocurre, porque el pensamiento no se limita a las habilidades de la razón, ni se mide sólo en términos pragmáticos de eficacia, sino que incluye el espacio todo de la mente y el espíritu humanos —lo sensible, lo inconsciente, lo emocional…—, y la poesía resulta ser síntesis de esa clase de espacio."
MIGUEL CASADO
(De ‘La poesía como pensamiento’, Ed. Huerga y Fierro, 2003)
"Pero el pensar es un decir poético, y no sólo poesía en el sentido del poema y del canto. El pensar del ser es el modo originario del decir poético. Es en él donde por vez primera el lenguaje accede al habla, esto es, accede a su esencia. El pensar dice el dictado de la verdad del ser. El pensar es el dictare originario. El pensar es el decir poético originario, que precede a toda poesía, pero también es el elemento poético del arte, en la medida en que este llega a ser obra dentro del ámbito del lenguaje. Todo lenguaje poético, tanto en este sentido amplio como en el más estricto de lo poético, es en el fondo un pensar. La esencia poética del pensar guarda el reino de la verdad del ser."
MARTIN HEIDEGGER (De ‘Sendas Perdidas’, traducción de José Rovira Armengol, Buenos Aires, Ed. Losada, 1969)
… pues sí, qué lujo, como cuando estuvo en el suplemento Culturas de Diario 16, o en el ABC cultural (y no sólo por Ullán, sino por los colaboradores a los que dio cuartel). ¡Quién pudiera volver a encontrarse una columna así cada semana!. Las devorábamos. Tan bien hiladas que están (todavía sorprende), hable de lo que hable. Especiales.
Tuve el privilegio de aparecer en una de ellas. Ese día me llamaron todos los amigos que la leyeron, desde Burgos a la Conchinchina: "¡Tía, que sales en la columna de Ullán!".
Ayer la encontré, con otros tesoros, en la caja de las cosas perdidas (debería decir la caja de los imperdibles, más bien), mientras buscaba un viejo artículo de Manuel Rivas sobre Ferrín. Me encantó toparme con ella. Y vuelvo a devorar ahora las viejas columnas de Ullán, que acaba de reunir su obra completa en el libro Ondulaciones (Galaxia-Gutenberg / Círculo de Lectores, con estudio-introducción de Miguel Casado)–. Resulta que tengo a mano otro libro libro titulado Como lo oyes (Articulaciones) –Ed. Dossoles, Crítica, Burgos, 2005–, en el que se reúne una selección de las columnas que José Miguel Ullán publicó semanalmente en El País, entre abril de 1994 y julio de 1998, y que constituyeron un espacio singular en la prensa española que debería estudiarse en las facultades de Periodismo.
Por asociación, el lujo de encontrar la columna de José- Miguel Ullán me llevó también a empaparme de la Mala Rodríguez, que llevaba tiempo sin escuchar ni rapear.

Dedicatoria del libro "Ni mu" de JOSÉ MIGUEL ULLÁN:
"El autor le dedica Ni mu, secuencia muda ("¿qué no decirte, / en fin, / a estas alturas y a renglón seguido?") a Manuel Ferro. Y, de paso, aclara que el poema se fue haciendo al son contagioso de la Mala Rodríguez, en su disco Lujo ibérico, y al fluir de su palabreo: Deja que te empape / con lo que yo me empapo… Por lo demás…."
* * *
Pero ahí va el artículo de El País (26 de abril de 1996):
De vértigo
Por JOSÉ-MIGUEL ULLÁN
Pasa por Madrid el novelista libanés Rafic Harès, huyendo de los bombardeos, y aún conserva agudeza y templanza para observar que en España la gente se desploma, a menudo, sin más, en plena calle, venga o no venga a cuento. Y a cuento viene su observación, pues antes yo le había preguntado: "Después de 15 años sin pisar por aquí, ¿cómo ves ahora esto?". Me acordé de Ved Mehta preguntándole a Ludwig Wittgenstein: "¿Cuál es su meta filosófica?". Y volví a estremecerme con la madre de todas las respuestas que uno no quisiera escuchar, sino decir: "Mostrarle a la mosca la salida del frasco". Pero acordarse y estremecerse son sensaciones que siempre llegan tarde, con lo que Harès tuvo su tiempo para mostrarme su sorpresa: "Son muchas las personas que van caminando tan tranquilas y, de pronto, ¡zas!, caen redondas". Y le extraña muchísimo que no se hable de ello en las tertulias radiofónicas, en los copiosos programas sociológicos de las televisiones o en las columnas razonables de los periódicos. No me extrañaría que tuviese razón. A lo mejor hemos perdido el racial equilibrio y, turbados, ni llegamos a ver que otros pierden la vista, la cabeza y hasta el sentido. Rafic Harès, a todo esto, ayer tarde se fue a París y, desde allí, es bastante probable que se extienda la idea de que España está al borde del síncope, precisamente ahora cuando no pasa nada de nada y a nadie se le ocurre pensar en otra cosa que no sea cómo salir del frasco en el puente florido de mayo.
Desmayarse no está mal, como los curas no ignoran, pero todavía es peor no caer en la cuenta. Acongojado, he pensado por un instante o dos en escribirle una carta a Eloísa Otero, que acaba de publicar un tembloroso y venenoso libro de poemas, Cartas celtas, en la colección Provincia, de León. Pero la facilidad me ha llevado a descolgar el teléfono para hablar con Martín Casariego, que también acaba de publicar nueva novela, Mi precio es ninguno (Plaza & Janés, Barcelona), trepidante y feliz por encima de todas las desdichas pasajeras. Casariego le da la razón a Rafic Harès, pues, en efecto, él mismo se había olido el fenómeno, aunque pensó que era exclusivo de adolescentes y no cosa mayormente española. El pintor Rodrigo, a quien llamé a continuación, opina que él está con María Zambrano en que tales caídas en picado ocurren porque, en realidad, tenemos varias almas en un solo cuerpo y es propio de esas almas enzarzarse en discordias sin ni siquiera percibir que cuerpos hay, en fin, que no lo aguantan.
Tal vez lo más curioso sea que, en esta feria finisecular de sensaciones a ras de tierra, no hubiesen ya previsto los viejos escritores que esto era lo que venía. Don Gaspar Núñez de Arce, ministro modernista de Ultramar en el Gabinete de Sagasta y declamado a la perfección por Rafael Calvo, tuvo el insigne mérito de adelantarse al aturdimiento nacional, que colea, con sólo darle por escribir El vértigo. Luego, en 1919, hizo buen uso de ese mismo título el argentino Armando Discépolo, hermano del famoso autor de tangos, figura alto aturdida del boedismo. En un alarde de coherencia, 10 años más tarde, el propio Armando escribió el drama titulado ¡Levántate y anda! Y en pleno Mayo del 68, más o menos, un boliviano, Gastón Suárez, pisaba la moralizante escena con su otra Vértigo o el perro vivo. O sea, que aquí no hay nada peor que haber perdido el hilo de la tradición con tanto decir amarla.
Dan vahídos. Y, según Rafic Harès, que lo andará contando por París, las que más se desploman aquí son las mujeres. De ahí que me haya ido a ver a las hermanas Ten. Y las dos coinciden, entonadas, en no achacárselo a la prueba gratuita de carne de vaca loca ni al ejemplo de Ana García Obregón. Ellas me hablan de vértigo doméstico, que las mujeres no se atreven a consumar en la cocina, pero que luego, al ir tan ricamente por la calle, les viene a la cabeza… y cataplaf. Me dejan la pregunta machacada: " ¿Tú crees que se puede resistir, impunemente, día tras día, la visión de una espumadera plastificada, renegrida por culpa del dichoso ragout recomendado por Arguiñano?".
Cuando se dice que el viejo Z. fue una vez escritor y que después de su ‘Novela indefinida’ no escribió nada más, no significa que no escribiera nada. Al contrario, escribía incansablemente aunque no escribiera nada. Copiaba las cartas de su mujer, que le había abandonado cinco o seis años antes, después de casi una vida compartiendo con él la misma habitación. La obra radical y enferma de amor que Z. creó en su vejez, consistía en reproducir la letra de su mujer en imitaciones cada vez más sutiles. A través del movimiento de la escritura de ella, Z. aprendió a hacer suyos el movimiento de su mano, el movimiento de su brazo, el movimiento de todo su cuerpo, y por fin el movimiento de su pensamiento y de su sentir. Las cartas de su mujer —los originales no sobrepasarían la docena— llegaron a repetirse en infinitas, innumerables copias que al final eran tan perfectas que el mismo Z. era incapaz de distinguirlas de las cartas escritas por su mujer, y así las había perdido.
* * *
No oímos bien nuestra propia voz. Para nuestro oído es como si nunca saliera por completo al exterior. Pero percibimos la voz de otra persona como auténtica expresión, como algo externo y como signo de su libertad original. Dependemos de que nos oigan.
* * *
Mi memoria de su voz y su manera de hablar produce una cantidad ilimitada de nuevas frases que no proceden del recuerdo, que nunca fueron pronunciadas por H. y sin embargo nacen inconfundiblemente de su modo de expresarse.
BOTHO STRAUSS (De ‘La dedicatoria’)


por GONZALO ABRIL.
Extraído del libro Presunciones, Ed. Junta de Castilla y León, Valladolid, 1988
Recién estrenado el gobierno de Miterrand, un coloquio de humoristas en la TV francesa convulsionó al público bienpensante: los participantes, presuntamente borrachos, habían utilizado numerosas palabras "sucias" y habían llegado a alguna exhibición obscena. Más de un comentarista ¿de izquierda? opinó que, si bien la TV ha de abrirse a todas las ideas, debe ponerse límite a aquellos modos de expresarlas que chocan con el buen gusto y la decencia. Supongo que es el punto de vista compartido por todos los directivos de las televisiones oficialmente democráticas. Pero no sé porque razón los criterios de buen gusto y decencia presentan un carácter más universal e inapelable que las ideas. A fin de cuentas, las expresiones (verbales o no) reputadas de soeces forman parte del patrimonio y estilo cultural de ciertos grupos sociales, que a su vez pueden considerar insultantes, amén de ininteligibles, los buenos modales expresivos oficializados por la TV.
Se trata sólo de un ejemplo en el que se evidencia cómo la proscripción de "otros" estilos expresivos es una operación de censura que resulta habitualmente invisible, por la sencilla razón de que estamos acostumbrados a percibir solamente la censura de los contenidos. Y sin embargo en nuestra sociedad esta última forma de censura (de la que Brecht culpaba a una pequeña burguesía incapaz de digerir todo cuanto puede tragar) tiende a convertirse en excepcional, o residual, mientras la violencia sobre modalidades de expresión se ejerce de modo masivo y cotidiano. Puede parecer una reflexión inoportuna cuando están en candelero asuntos tan escandalosos como los de Vinader, Arzumendi, Erauskin, etc., y cuando temas como el ejército, la monarquía o la cuestión vasca continúan siendo seriamente vedados; pero no pretendo ser oportuno sino señalar una tendencia en la estrategia actual de la represión comunicativa que puede ser tanto más eficaz cuanto más la ignoremos en nombre de las cuestiones "urgentes" (que siempre constituyen, independientemente de su importancia, una coartada).
En su sentido amplio, la censura se produce en cualquier sistema público de comunicación. Y ello no se debe sólo ni necesariamente a una explícita voluntad censora de los poderes políticos y económicos. En cierto modo la censura, en cuanto a constricción o limitación, es inherente al uso de cualquier lenguaje, que nunca es un instrumento transparente y que inevitablemente contiene tipificaciones derivadas de las relaciones de dominación. Aunque no al modo de un reflejo, como entendía cierto marxismo tosco, porque también el lenguaje produce relaciones de dominación y poder y la interacción lingüística es un escenario, como otros, de los conflictos sociales. En palabras de Foucault, el discurso "no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha".
Machado ponía en boca de Juan de Mairena esta pregunta inquietante: "¿De qué nos serviría la libre emisión de un pensamiento esclavo?". Pregunta que cuestiona a la vez la inocencia del lenguaje y la del pensamiento, que lejos de fluir virgen y espontáneo dimana también en virtud de confrontaciones de fuerzas, en función de lo que Deleuze ha denominado la "violencia selectiva de la cultura":
En resumidas cuentas, la exigencia de una libertad de expresión sin la crítica radical de los medios expresivos, del discurso, puede conducir a la reproducción, eso sí, aparentemente libre, del discurso del otro (de la dominación), a que sea el otro quien hable a través de nosotros. Por poner un ejemplo algo torpe, si reivindicamos que los héroes de la cultura de masas eran los sojuzgados (mujeres, negros, homosexuales, viejos, etc.) en lugar de los varones blancos heterosexuales y jóvenes, estamos proponiendo una inversión de los contenidos, pero libramos de la crítica al propio discurso que hace girar las relaciones humanas en torno a los avatares de los héroes. Los cómics de la revolución cultural maoísta son un buen ejemplo real del fracaso de esa estrategia contenidista: los "nuevos" héroes proletarios eran vehículos tan potentes como los viejos héroes burgueses para transmitir valores jerárquicos y autoritarios.
Un discurso es un repertorio de contenidos y de formas (como las fórmulas de "género" que acabo de mencionar) y también es, en negativo, una ausencia de las formas y contenidos excluidos: en ocasiones resulta más importante lo que no se dice que lo dicho. Es sobre todo la actividad de un sujeto, que puede resultar tan impersonal como la "racionalidad burguesa" o el "buen sentido" (del poder). Por eso la pregunta definitiva no es quien emite, sino qué voz habla a través del emisor, quién habla el discurso que circula, es decir, que circunda a emisores y receptores.
Vuelvo al problema del principio: un lenguaje aparentemente neutro y consensual (como el de tantos debates televisivos) es represivo en la medida en que se ha encubierto su carácter hegemónico, o sea, el hecho de haber sido impuesto por las clases o grupos dominantes como una "lengua franca". Sabemos que la necesidad de recurrir a ese tipo de lenguajes en las relaciones institucionales, públicas, etc., supone para ciertos sectores de la sociedad de articular su biografía simbólica, su expresión emocional y su memoria colectiva. Sabemos, por ejemplo, que difícil puede resultarle a un alumno expresar su discrepancia (o su simple deseo de discrepar) cuando se ve obligado a aceptar los códigos (represivos) del profesor, independientemente de que éste sea tolerante con ideas opuestas a las suyas. Si trasponemos este ejemplo a la comunicación masiva entenderemos mejor el significado de una anécdota como la que refería al principio.
Aparece, pues, el problema de las minorías, o más bien, puesto que la nuestra es una sociedad de minorías, el problema de las subculturas subordinadas. Una subcultura es una solución específica en cuanto al modo de vivir y entender la vida y un modo de expresar la propia experiencia. Ciertamente los modos masivos de comunicación no ignoran hoy la existencia de alternativas culturales, pero suelen hablar de y por ellas en lugar de dejarlas hablar. Los medios masivos nombran a los drogadictos, a los gitanos o a las lesbianas, pero evitando que sus propias palabras, actitudes corporales o estilos de conversación se manifiesten de modo autónomo (aun con todas las limitaciones de tal autonomía).
El meollo del asunto es que los medios funcionan como modelos reguladores de las prácticas discursivas y así ejercen, sin que en ello intervenga necesariamente una mala voluntad, como gendarmes de una cultura cohesiva y totalitaria, no por la vía de una censura rudimentaria ni por una persuasión mágica, a lo Goebbles, sino por la absorción versallesca y formal de las diferencias. Todo puede ser trivializado o, lo que para los efectos es lo mismo, etiquetado de "exotismo" ("que programa tan crudo el de los maricas, pobrecillos…"). No olvidemos que en la TV, avanzadilla de las nuevas estrategias del orden, imperan, por encima de cualquier censura, la fascinación y la espectacularización. Como ha señalado recientemente S. Blum, la TV no extrae su poder de la representación, de la ideología, de la conexión con los movimientos de conciencia social, sino de cuanto en la gente es experiencia informe y rutinaria, de la repetición, del ceremonial, de la trivialidad. La pantalla actúa como un sumidero en el que el sentido y la diferencia (política, ideológica, cultural) vienen a desvanecerse con el chisporroteo de una gota de agua sobre una plancha caliente.
Por todo ello puede resultar muy ingenua la reivindicación de objetividad o de certidumbre: los medios de masas respaldan su poca o mucha eficacia precisamente en el mito de la veracidad (de una verdad incontrovertible más allá de las diferencias de opinión y lenguaje). Las estrategias del sinsentido y de la parodia, como entendieron en Radio Alicia, pueden, al menos ocasionalmente, resultarnos hoy más útiles, por conmovedoras, que las estrategias de (re)producción de sentido y de certidumbre.
En resumen, la aspiración radical a una libertad expresiva no puede "pisar el palito" de los contenidos censurados ni agotarse en una acomplejada actitud de defensa: es preciso conquistar una expresión no hipócrita del pluralismo cultural y luchar en el terreno de las formas y los usos comunicativos. Es preciso, también, abandonar la confrontación de "ideas" en aquellos espacios comunicativos que disuelven la confrontación. Tenemos que reapropiarnos nuestro discurso, si es verdaderamente nuestro, y exigir también el derecho al silencio cuando no se quiere hablar, porque la charlatanería de la cultura de masas alienta la confianza en la vigencia de la Palabra y evita la apertura de un espacio de distancia, de reflexión y de respuesta.
“Azotavírgenes, litronero”, solía escribirme algún supernumerario cabrón, hará unos 20 años, allá en mi mesa de la Universidad de Navarra. Era su respuesta a la lista de escritores favoritos que yo también apuntaba sobre esa misma mesa para distraerme durante las aburridas clases de literatura. “Bukowski”, ponía, por ejemplo, yo por la mañana, y por la tarde llegaba él, escupía lapos de agua bendita, lo borraba y anotaba sus palimpsestos: “Sindios, macarra, invertido”…
En un momento de las conversaciones que en 1970 mantiene con el crítico de cine Jean Duflot, Pier Paolo Pasolini hace una apasionada defensa del milagro. Ante la perplejidad de su interlocutor, que no entiende cómo un ateo confeso como él puede sostener tales posiciones, Pasolini no duda en afirmar que la espera del milagro es inherente a la naturaleza del hombre. Por dos razones. Porque tiene que ver con la necesidad de consuelo y, sobre todo, porque el milagro es forma de "la emoción pura, de la belleza inexplicable". Federico García Lorca, cuya obra sobrevive milagrosamente al aluvión de homenajes a que se ve expuesta por los motivos más peregrinos, las habría suscrito con entusiasmo. De hecho, en una de sus conferencias, habla de uno de los milagros descritos por Santiago de la Vorágine en La leyenda dorada, proponiéndole como imagen de lo que para él debe ser la poesía. Santa Brígida está abstraída en sus oraciones cuando las maderas del altar se pueblan bajo sus dedos virginales de "ecos vivos, de ramas floridas y de nidos". Esa imagen se confunde con la poesía, que para Lorca no surge del querer sino del movimiento del amor. Es en este punto donde hay que entender su distinción entre el poeta imaginativo (Góngora) y el inspirado (San Juan). Es una distinción que, en cierta forma, reproduce la que él mismo estableció poco antes entre el cante flamenco y el jondo en una célebre conferencia. El poeta imaginativo pertenece al dominio de la estética, de la lógica y del paisaje; el inspirado al de la noche, de lo que permanece cerrado, concentrado en sí mismo. Lorca escribe: "Canta como un ruiseñor sin ojos". ¿Pero no es eso lo que hace Santa Brígida en la escena descrita? Ha cerrado los ojos, y al apoyarse en el altar, siente cómo la madera se abre y se puebla de sonidos e incitaciones extrañas. Si ese momento es poético es porque lo poético es siempre "lo que está en el filo, a punto de caer en el sitio de donde no se vuelve".¿Pero qué significa estar en el filo? Que el poeta, como luego dirá María Zambrano, es el que no teme su propia condenación. En su conferencia sobre Góngora, Lorca lo describe como un explorador, un aventurero que se interna en el bosque. Sabe lo que busca y lo persigue sin vacilación, negándose a las otras llamadas de la espesura. Su tarea es descubrir territorios, encontrar relaciones nuevas entre las cosas, iluminar el mundo con la metáfora. Pero esto no basta. En este primer estadio, el pensamiento del poeta aún pertenece a la lógica, al dominio del querer. Tiene un plan, y busca de acuerdo a la lógica interna de lo que quiere. Es decir, no ha accedido a la experiencia del milagro. Para hacerlo es necesario un golpe de fortuna o, tal vez, una mirada distinta, que lo lleve del querer al amor.AUTORRETRATO

Para hacer retratos satisfactorios, probablemente viene bien hacer algunos autorretratos y también haber aprendido a aceptar las fotografías que otros te han hecho. ¿Cómo es posible, si no, comprender la turbación, la ansiedad, incluso el pánico, que a menudo asalta a la gente cuando sabe que está siendo fotografiada?
No me tengo por demasiado gordo, mi nariz es grande, pero no exorbitantemente larga. Y, sin embargo, no pude aceptar mi apariencia física durante años. Solía soñar con parecerme a Samuel Beckett. (Tener un perfil como el suyo tal vez implicaría también otra forma de vida). Me hice una serie de autorretratos y cada vez "disfrazaba" mi rostro porque lo rechazaba totalmente. Gesticulaba, hacía trucos con la luz, movía la cámara deliberadamente. La cura para este juego teatral llegó cuando me vi obligado a mirarme a mí mismo durante la duración completa de una película para la televisión –una película titulada Un fotógrafo entre los hombres, realizada por Claude Goretta–. La dosis fue lo bastante fuerte como para curarme. Este hombre al que veía ante mí existía con todas sus debilidades. Era real y en cierto sentido estaba más allá de mi control. Yo ya no era responsable de su apariencia.
Algunos años después, durante un seminario que yo dirigía sobre fotografía, se decidió que cada uno de nosotros hiciera una fotografía –retrato– a cada uno de los otros. Cuando me llegó el turno para posar, uno de los estudiantes observó casualmente: "Bajo esta luz, tu cara me recuerda un poco a Samuel Beckett".
JOHN BERGER (Del libro ‘Otra manera de contar’)
Fascismo
El fascismo no es un suceso que sobrevenga por casualidad o que crezca de la nada. Es algo potencial, implícito en cada uno de nosotros, agazapado en el seno de toda sociedad.
Las tiranías son enfermedades de los pueblos no desarrollados, pero el fascismo es la enfermedad política de la democracia. El fascismo se vota. El fascismo consta de dos elementos principales: el voto y el silencio que le acompaña. Primero se vota a favor de quien promete orden y autoridad; sin saber muy bien por qué, en general por una secreta nostalgia que proviene de lo más oscuro del alma. Después ya sólo hace falta mirar hacia otro lado y callar: seguir yendo al médico, al cine o a pasear.
El fascismo es universal. No es propio de una raza o de un pueblo. Es algo inherente al hombre y a las naciones. Es la mezcla explosiva de un sentimiento turbio y la realidad de una nación. Por lo tanto, ya tenemos un tercer componente, un elemento más: necesitamos un voto, un silencio y una idea nacional.
Cuando alguien se siente de una nación es porque se cree elegido. En caso contrario le basta con sentirse de algún sitio. Pero no es nada fácil contentarse con ser de cualquier lugar. Se ansía una raíz que calme el hambre de superioridad. La nación es una idea muy cómoda para creerse alguien en nombre del Estado, del municipio, del barrio o de la comunidad. Un alguien suficiente para enfrentarnos con quien sea por una cuestión local.
Es muy difícil no sentirse de una nación, pero es algo demasiado fácil de negar. Los nacionalismos son temibles, pero la afirmación de no nacionalismo también. A veces se es nacionalista sin saberlo. Por ello es tan peligroso ser antinacionalista. Peligroso y sospechoso. Puede ser un sentimiento sincero, defensivo, necesario para contrarrestar la tontería más peligrosa que existe, que es la nacional. Pero también puede ser la reacción exasperada de quien le ha venido muy bien no ser nacionalista mientras nadie lo confesaba, o no se alentaba, o se prohibía serlo. No es muy preciso decir que hay que tolerar el nacionalismo. Ni tampoco lo es la osadía de combatirlo. Hay que aguantarlo y vigilarlo. Ahora y siempre. Es una tarea inacabable, como la democracia o como el hombre.
El nacionalismo, igual que el fascismo, antes que enfermedades políticas son enfermedades del hombre. No son sólo dolencias políticas que se combaten con programas políticos. Son afecciones del deseo de poder de los hombres. El deseo es el cuarto elemento del delito: un voto, un silencio, una nación, un deseo.
La estructura de la democracia formal ya no es suficiente para neutralizar el fascismo, porque la democracia no apaga algunos deseos: como los de vencer, medrar o ganar, por poner algunos ejemplos de dominio, distinción y propiedad. Al revés, la democracia los incita. Los necesita para funcionar. El antídoto más eficaz del fascismo sería, entonces, una educación de los deseos. Pero el deseo es algo muy difícil de educar. Sería necesaria la Educación, esto es, la imposibilidad. Algo que apagara los microfascismos que generamos a nuestro alrededor y que expulsara al fascista que habita en nuestro interior.
Todos llevamos un fascista inscrito en el cuerpo. El cuerpo es potencialmente fascista. Es un organismo con miedo. Posee un silencio muy particular, pero cuando habla el resultado es aún peor. Es mal asunto que hable el cuerpo, por su regusto de autoridad. Hay que hablar a través del cuerpo, pasando las palabras por su filtro de razón, pero no hay que hablar con el cuerpo.
El cuerpo es el quinto elemento. Un voto, un silencio, una nación, un deseo y un cuerpo. Este es el Pentateuco moderno del totalitarismo. Los cinco libros de la Verdad.
FERNANDO COLINA (Del libro ‘De locos, dioses, deseos y costumbres’, ed. Pasaje de las letras, Valladolid, 2007. Recopilación de artículos de opinión del psiquiatra Fernando Colina publicados en el periódico El Norte de Castilla. Este artículo, en concreto, se publicó el 27-5-2006)
“A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y reír… simplemente por nada. ¿Qué puede hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad…, de felicidad plena…, como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?
¿Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer "beodo o trastornado"? La civilización es una estupidez. ¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius?”.
KATHERINE MANSFIELD

(…Pero no se lo dieron –en el mismo caso está Andrés Martínez Oria y su novela ‘Más allá del olvido’, o incluso el premiadísimo y buenísimo Luis Mateo Díez–, ni se lo darán mientras estén en el jurado personajes como Gonzalo Santonja, Nicolás Miñambres, etc, que leen bastante poco y mal y prefieren darle el premio a Juan Manuel de Prada, ellos sabrán por qué… En fin. Sin comentarios. Y sé lo que me digo. Como tributo rebelde, dos páginas de Calle Feria –págs. 479-481–, la gran novela de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO, amigo, poeta y, sobre todo, gran escritor):
MI VIEJO AMIGO
Te escribo esta carta a esa dirección de Feria, 4 porque estoy seguro de que alguien la hará llegar a tus manos. Me extrañó que me colgaras tan bruscamente el teléfono el otro día. ¿Qué pasó? Volví a llamarte y ya fue imposible. Cuando supe que estaba ante Alicia, de inmediato me acordé de ti, de nosotros los de entonces, que ya no somos los mismos, como tú dirías.
Conseguí tu número porque hablé con los restos de mi familia, aunque ya ninguno vive en nuestra calle. Se lo dieron a regañadientes en la redacción de un periódico donde me dicen que a veces mandas colaboraciones (¡como Mature!). Pero sólo tenían eso de ti. Eso y un número de cuenta corriente. O tal vez no quisieron dar otros datos por criterios de tipo confidencial Lo cierto es que te estoy escribiendo como quien arroja al mar una botella con el pasado dentro, como entonces, lo mismo que entonces, cuando hacíamos aquellos juegos con los que salvábamos las tardes calamitosas de nuestras adolescencias. También Alicia nos socorrió. Cómo he vuelto a acordarme de aquellas mañanas de domingo y de sus simpáticos gestos de caridad corporal, que provocaron en nosotros entonces verdaderas tempestades íntimas. De todo tuve que olvidarme cuando falle el otro día en su contra. Ella me miró continuamente durante las sesiones del proceso con aquellos mismos ojos, dañados por el tiempo y las ofuscaciones. Pero no me dijo nada en ningún momento. Y yo se lo agradecí. ¿Tú crees que me reconocería?
Los laberintos de la vida nos han ido alejando. Yo jamás he vuelto a pisar la calle Feria. Y la ciudad sólo por inevitables asuntos de ritualidad familiar. De ti nunca más supe hasta ahora, según te he dicho. Pero me acuerdo mucho de aquel mundo que inventamos. ¿Cómo no nos volveríamos del juicio –permíteme esa expresión por deformación profesional– con aquellos juegos de palabras, aquellas entregas al azar objetivo, según tú las llamabas, aquellas invenciones pasadas por la tristeza de los días ordinarios en la ciudad? Creo que si no nos escapamos a tiempo de allí hubiésemos terminado con grillos en la cabeza. Estábamos demasiado pendientes de fundar una manera de vivir, la que queríamos, la que no nos daban más allá de nuestra calle. Tuvimos esta intuición de colorear la vida mejor de lo que ella estaba, tan pobretona y resignada a aquellas circunstancias. Pero seguir era una temeridad. Y cuando se terminó aquella edad maravillosa y aparecieron las alas grises –pero seguras– de la sensatez, lo mejor fue lo que hicimos: ponerse de espaldas a la calle y salir de todo aquello. ¿Te quedarán a ti dudas sobre lo juicioso de la decisión? No lo sé porque desconozco todo de ti. Quién eres ahora. Qué haces. Pero por si acaso te adjunto este relato de un desaparecido más –como nuestro Mature, como nosotros– que acabó por darle más cuerda al pensamiento de la necesaria. Lo contó alguna vez Paco el barbero, el novio de Palmira, otra desaparecida. Yo sólo lo oí empezar aquella noche porque mi abuelo no me dejó quedarme en el serano y enseguida me mandó a casa a acostar. Así que tiempo después lo completé por mi cuenta para que aquellas palabras iniciales de Paco ocuparan un lugar en el mundo. Acepta este "Manuscrito" –propiamente otra botella al mar, sí, dentro de la botella de la carta– como un homenaje a aquel tiempo delicado y a nuestra salvación. Ya me dirás, si quieres, qué te parece. Es lo único que desde entonces he escrito.
Tu amigo
MUÑOZ
(…)
TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO (Del libro ‘Calle Feria’, Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Ed. Algaida, 2007)

"(…) Una mujer o un hombre que escribieran la verdad de su vida, escribirían una gran obra. Pero nadie se ha atrevido a escribir la verdad de su vida. Jean-Jacques Rousseau hizo este supremo sacrificio por la Humanidad: revelar la verdad de su alma, sus acciones y pensamientos más íntimos. El resultado fue un gran libro. Walt Whitman ofrendó su verdad a América. Su libro estuvo algún tiempo prohibido como "libro inmoral", expresión que hoy nos parece absurda. Ninguna mujer ha dicho toda la verdad de su vida. Las autobiografías de las mujeres más famosas constituyen una serie de relatos de su existencia exterior, detalles y anécdotas livianos que no dan ninguna idea de su vida verdadera. Los grandes momentos de gozo o de tristeza quedan en silencio. (…)".
"Preguntad a los artistas. Están que trinan. Se les había dicho que, obra a obra, con su hacer tejían las fibras más sutiles y esenciales del ADN que la comunidad humana necesita para su reproducción. En los libros de historia encontraron esrito de mil maneras cómo los artistas del pasado habían perfeccionado las proezas del hombre, de qué modo su labor había ensanchado el ámbito del espíritu y hasta qué punto su huella había llegado a constituir el tesoro más valioso que nos había dejado la gesta terrible y ambigua de los pueblos. Por eso no entienden por qué ahora se los ignora arrojándolos fuera del escenario principal: ¿por qué? ¿por qué precisamente ahora? ¿es que no sirven para nada sus denodados esfuerzos? Nunca antes demostraron los artistas más arrojo y tenacidad que ahora, ni emplearon en su faena tal variedad de industrias y erudiciones. Y sin embargo, ninguna de esas excelencias parece servirles para restaurar la grandeza que, no hace tanto, poseía su tarea. (…) Y la conclusión, nítida y lacerante, es que la humanidad no los necesita" (…).
ÁLVARO GARCÍA-MIGUEL (Fragmento del catálogo de la exposición mortajas, de A. G.-M., en la galería Paloma Pájaro, Salamanca, 2001)
¿Dónde se abre un refugio, noble amigo,Son muchas las voces que resuenan en Contra Maquilero. Así, en la sección decimoquinta el verso “permíteme cantar y ser eléctrico” es homenaje al I sing the body electric de Walt Whitman, poeta sobre el que muy acertadamente escribió José Martí. Sin embargo, además de los homenajes, hay también parodias e inversiones. Quizás por eso el patrón métrico del primer endecasílabo de Contra Maquilero pueda evocar para algunos la canción de Grisóstomo que inicia el capítulo XIV del Quijote, en la que podemos leer:
para la paz y la libertad?
El siglo se ha despedido impetuosamente
y lo nuevo se inaugura con una catástrofe.
Dame, desdén, una torcida soga.Contra Maquilero es imprecación desgarrada, pero también poema pastoral, en el sentido que dio al término William Empson en Some versions of Pastoral, por eso concluye esperanzadamente pidiendo pan en la sombra para resistir y evocando a la fugaz, esquiva y deseada Marcela, que el poeta tomó también de la primera parte del Quijote para simbolizar la utopía y la revolución, esa misma Marcela que se menciona en las palabras finales del ensayo Mitos y cansancio clásico, de José Lezama Lima.
Mas, ¡ay de mí!, que con cruel victoria
vuestra memoria el sufrimiento ahoga.