Escribir con el cuerpo: ANA MENDIETA (con versos de ALEJANDRA PIZARNIK)
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Un tiro no es la muerte, lo saben las perdices; a veces, un quítame allá unas plumas, una cojera de largo recorrido, una molleja vacunada contra el saturnismo con los anticuerpos del gris del perdigón. Si hay suerte, tan sólo un ruido hueco que rompe los colores del paisaje resquebrajando la sustancia grasa de la greda y desatornillando los anclajes que endurecen los planos de la cal. Sin embargo, la muerte es siempre un tiro: nos deja, por mucho que la esperemos, el hueco que ayuda a los forenses a definir el calibre del destrozo y que los demás llamamos, impropiamente, vacío. Cuanto más se vive, medida temporal el vivir y no otra cosa, más escopeteado se está, más vacíos de calibre diverso ensombrecen nuestro todo, por poco que éste sea.
Me llega hoy otro disparo por la espalda y me reverdece los ronchones de la ausencia –interminable picadura de pulga–, de las ausencias: soy ya, todo yo, una criba garbancera, más hueco, más vacío que pellejo, uncida a un aro que malamente sostiene templado el tambor de la tristeza: ha muerto José-Miguel Ullán sin decir “Ni Mu”.
A la izquierda de este rincón con ventana donde escribo tengo colgada una litografía, regalo de mi mujer, donde sobre una rama de arquitectura extraña y traída por los pelos aparecen prendidos, cada uno con sus colores, quince pajaritos: un pinzón, un petirrojo, un jilguero, un pardillo, un verdecillo, un verderón, y así hasta quince… y en ella no estás tú, el pájaro Ni Mu, porque es antigua. Si los litógrafos siguieran dibujando sobre las piedras –ese era el pacto del verbo, hoy lo hacen sobre hojalata– saldrías en las láminas del mañana junto al jilguero y al petirrojo por méritos propios del piar: que eso es ser poeta y no otra cosa.
Parece que fue ayer: Descolgué el teléfono y eras tú. Me debías carta y te disculpaste. Recuerdo mi respuesta: “En esta editorial el afecto no caduca”… y sin más nos pusimos a hilvanar la edición de Ni Mu. Como editor sabías lo que cuesta untar los papeles con colores y fuiste comprensivo, salió el libro y todo te pareció maravilloso. Recuerdo ahora tus palabras como si estuvieran tiernas: “Poetas hay muchos, lo que tenemos que defender es a los editores de verdad, que son pocos y en peligro de extinción”. Guardo la nota en la que me decías que te había gustado mucho el color azul de la portada –única sorpresa que te escondí hasta el final–…
Y los dibujos que me regalaste los mandé enmarcar y los puse al lado de un Beuys para ver si saltaban chispas o dialogabais en besos interminables. Los cuadros, tú lo sabes Marcelino, que decía Nicolás, cogen vida en las paredes; y los tuyos no se comportaron de otra forma: un día, al entrar en la sala de máquinas de la editorial tus dibujos estaban inexplicablemente en el suelo, los cristales rotos, los palos de los marcos descompuestos y los poemas de papel intactos debajo de la ruina. Pensé que el de los fieltros tenía celos de tus tintas y que te había lanzado una pizarra para joder. A punto estuve de separaros… y no era eso: los cuadros –barómetro de tantas cosas– cogen muerte también y a saber si se rompieron porque sí al saberte roto. No fue el de Kleve si no tu herida lo que debió de reblandecer la cola de los marcos.
La vida es más larga que nosotros y, en un marco nuevo, he de poner otra vez tus poemas sin letras en la pared de enfrente de los pájaros que el dibujante anónimo pintó sobre las piedras –una piedra por cada color–. Ahora ya todo está roto y acaso no se muevan más las cosas de puro rotas. Llueve o llora la nube sobre la línea del páramo y lo hace a ráfagas… la incertidumbre de la poesía se transparenta en los planos de gris del agua al caer… ¿Te acuerdas del grabado de Rembrandt “Las Tres Cruces” en su primer estado? Pues así como sobre Cristo en la plancha cae la luz sobre las cebadas hoy aquí: turbia, dolida, desconsolada… sin arreglo posible me parece. Aunque luego pasa el tiempo y se nos encallece la niebla y, como hay que dar de comer al gato y regar la datura y echar migas a los peces rojos de la pila, se nos acaba por transparentar hasta la luz negra de los ratos negros. Ley de vida dicen.
Te echaremos de menos los tres: el gato, Rosa y yo. Nos vemos cualquier día y editamos otro.

Acabamos de recibir el volumen de ensayos sobre poesía
‘La experiencia de lo extranjero’,
de MIGUEL CASADO.
Editado por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores.
Una maravilla.
(Sobre el libro:)
La experiencia de lo extranjero es, en cierto sentido, la de la literatura, pues el escritor construye, dentro de su lengua, una lengua propia, extranjera; es también la experiencia de la traducción, que pone en contacto nuestros hábitos mentales y culturales con los ajenos, impregnándose en éstos de su diferencia y ampliando así el mundo.La presente colección de ensayos sobre poesía se acoge a este título para indicar el carácter de la crítica como género de pensamiento y escritura, situada siempre del lado del texto, tratando de abrir lecturas más que de juzgar o establecer categorías. Al final de este recorrido, tal vez la crítica acabará mostrándose como reflexión sobre la vida, forma de apuesta existencial.

La literatura de una disidente
Paisajes de la apátrida
Enajenación respecto al propio país, la vida bajo la dictadura y la búsqueda de una patria nueva son los temas que Herta Müller maneja como variaciones, con dolorosa insistencia, en su amplia obra, que abarca una veintena de libros de narrativa, ensayo y poesía. Esta, hasta hoy, más bien marginada escritora señala con títulos como ‘Lo cierto es que no me hicieron nada’ (poesía) o ‘La mirada extraña o el pedo en la farola’ (ensayo) el fondo autobiográfico de un proyecto literario altamente politizado y sustentado por una escritura dura, lúcida, mordaz y de alto vuelo poético.
* La pérdida de relato del hombre actual.
* La pérdida de lenguaje como articulación interior.
* El lenguaje ya no es capaz de informar el mundo, de hacerse cargo de su figuración.
[Después de leer un artículo de JUAN CARLOS SUÑÉN,
titulado ‘Un siglo sin repuesta’,
sobre HUGO VON HOFMANNSTHAL,
publicado (haz click:) en el nº 13 de la revista El CRÍTICO.]

VI
PINTAR NO ES AFIRMAR


ADAM ZAGAJEWSKI
(Del libro ‘En la belleza ajena’.
Ed. Pre-Textos. Valencia, 2003)
Hoy, viajando en barco por la blogosfera, llegamos por casualidad (…o no) a Pensamiento en imágenes, el cuaderno de bitácora de JOSÉ LUIS MOLINUEVO, que recomendamos desde aquí como un interesantísimo plástico y reflexivo sitio estético por descubrir y por el que discurrir.
Curioso: a Molinuevo arribamos dando el salto desde el blog ultraterreno del pirata DAVID MURDERS…


El 27 de Junio de 2009, a las 9.20 de la mañana,
nos dejó el inolvidable VICTORIANO CRÉMER
~ ¡Un placer y un privilegio haberte conocido, maestro! ~
Viñeta homenaje del dibujante FER
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El poeta centenario Victoriano Crémer seguía subiendo cada día al palomar de su casa para escribir y contestar las cartas, mientras tosía alto si alguien se acercaba con la pamplina de tratarle como a un anciano. Incluso, a veces, protestaba la costumbre de sus hijos jubilados de entretenerle con visitas de cháchara. Aunque el juego de Crémer con su edad viene de lejos, y el autor de la primera tesis sobre su obra reconocía que ateniéndose a lo publicado “pudo haber nacido en cualquiera de los años que median entre 1900 y 1915”, lo cierto es que ya era sobradamente centenario. Estos descuadres biográficos le han venido muy bien a Victoriano para los disimulos de una vida estragada por la provincia. Unos rácanos homenajes leoneses, celebrados localmente en las Navidades de 2006, dieron por satisfecho el trámite de las gratitudes con el poeta que entonces cumplía cien años. Y ya con eso, todos conformes. Era no conocer a Crémer, que ni cerraba aquel invierno su siglo ni por eso se iba a quedar quieto.
Una trayectoria centenaria da para mucho. Sobre todo, si ha sido tan hacendosa como la de Crémer. Hace ochenta años, fue libertario de Pestaña; hace setenta y tres, preso político en San Marcos; hace sesenta y cinco, fundador de la revista de poesía Espadaña; hace medio siglo, obtuvo el premio de novela Nueva España de los exiliados en México; hace cuarenta y seis, el Nacional de Poesía. Un premio Nacional singular, que no llevaba el rótulo habitual de José Antonio, sino la dedicación a Leopoldo Panero, que acababa de morir. Hace tres lustros, recibió el Castilla y León de las Letras. Estos mojones de su añada, Crémer los repasaba como hitos de un recorrido malbaratado por la cicatería de las circunstancias. La inclemencia doméstica con los sueños más hermosos. También se resintió del desdén gremial hacia su empeño por recobrar, en tiempos infames, la dignidad de la conciencia poética. En esa época, las recompensas le llegaban de lejos, como aquella acogida fraternal de Max Aub al premiar El libro de Caín: “De Burgos a León, camino llano, ahí está Victoriano”.
Los versos de Max Aub cartografian un campo interior de fidelidades. Crémer vivió la posguerra más abrupta en vecindad con las madres y viudas de antiguos compañeros, que no entendían la anomalía de su supervivencia. Durante décadas fue el ancla interior de una resistencia sin alardes ni manifiestos, que no hizo más ruidos de los precisos. En esa retaguardia fue tejiendo su obra. Quizá por eso, los reconocimientos le han llegado casi siempre con los plazos vencidos. A los sesenta años, recibió el carnet de periodista, en un gesto que quiso parecer magnánimo, cuando llevaba publicados tantos artículos en la prensa como para cubrir con ellos la Tierra de Campos.
Y de entonces a hoy, no ha cejado. Al visitarle la ambulancia para su último traslado, pidió un rato hasta rematar los artículos de la semana y se preocupó por el cobro de su estipendio mensual. La enciclopedia Larousse había ilustrado su biografía con la foto de Primitivo García, un asturiano que pasó por la prensa azul de León, mientras la Espasa de1999 lo dio por fallecido tres años antes. Esos gazapos son el tributo de una vida por libre, en la displicente nebulosa de la provincia. Pero su poesía no es calderilla y a ella hay que volver. Nadie como él mereció el reconocimiento de “esta tierra de hosco censo”. Y sin embargo, se despidió escribiendo “la ciudad ignora que me muero”.
Tras algunos escarceos anteriores, en 1944 apareció su libro de poemas Tacto sonoro. Fue también el año de Espadaña, la revista que se convirtió en ariete de la nueva poesía rehumanizada, a la vez que conectaba el 27 interior con los nombres del exilio. Fundada por González de Lama, Nora y el propio Crémer, éste supo sostenerla a lo largo de 48 números y seis años. También supo despachar a tiempo los enredos falangistas para copar su invento, aquel ardid que respaldó Nora de los Vivales (Vivanco y Rosales), ayudados por Panero, Valverde y el teórico Aranguren.
La poesía de Crémer tiene como protagonista al hombre en su circunstancia. Lo que evoluciona a lo largo del tiempo no es el tema, sino su enfoque y dicción. Otros tres libros integran la primera etapa de su obra lírica, que concluye con la década ominosa. En ella expresa la angustia y el desgarro de la muerte cercana. En ese escenario, apela a Dios y recibe la respuesta del silencio. Por eso la religiosidad de sus poemas es conflictiva, más de imprecación que de consuelo. En su segunda etapa se produce el paso del compromiso existencial al social. Cuatro nuevos libros afirman su condición de juglar del mundo humilde. Su poesía última amplía el arco desde mediados de los setenta hasta el siglo veintiuno. En ella conjuga los temas de siempre con voz más reflexiva, a la vez trémula y serena.
Como novelista, Crémer obtuvo el Premio Nueva España de México con Libro de Caín (1958) y ha publicado Historias de Chu-Ma-Chuco (1970), Los trenes no dejan huella (1986) y La casona (2001). Relatos en los que la memoria personal de la tragedia bélica y su descalabro se engarza en alegorías de urdimbre mítica. Más explícito es el testimonio de El libro de San Marcos (1980), donde recuerda su paso por el campo de concentración instalado en el antiguo hospital de peregrinos.
Hace más de treinta años, el poeta Victoriano Crémer estampó un testamento en el broche del libro que los profesores y la crítica calificaron como su despedida. “Me pesan ya los dedos cual si llevara un siglo escribiendo o arando / el pliego con la pluma, intentando llenar los sueños de sustancia”. Los analistas no habían reparado en la argucia del poeta, que ya en su título enmendó aquel testamento como inútil. En las postrimerías de 2008 nos sacudió con los versos de El último jinete: “Estoy solo y me duele / la sombra que proyecto”. O estos: “¿Qué fue de aquel que intentara / cambiar el mundo, verso a verso? / Cesó un día cualquiera de un mes, / arrastrado por caballos de plomo. / Y fue olvidado; / como manda la Santa Madre Iglesia / y decretan los tiernos alacranes”.

(…) Ahora esta mujer menuda e intrépida, que pasó la primera infancia en los bosques boreales de Canadá, ha escrito un tratado breve sobre las deudas, los préstamos, las hipotecas, los plazos que se cumplen, los intereses que se acumulan y no pueden pagarse —Payback: Debt and the Shadow Side of Wealth—, y nada menos que un crítico del Financial Times asegura que es una explicación clara y precisa de la catástrofe económica en la que nos encontramos. Banqueros experimentados, premios Nobel de Economía, doctores de Harvard, líderes mundiales, genios de la creación de modelos matemáticos computerizados, han llevado al mundo a una ruina cuya escala todavía no conocemos. Está bien pues que una escritora armada sólo de curiosidad y talento nos recuerde en menos de doscientas páginas una sabiduría que es tan antigua, tan universal, tan enraizada en la mente humana que ni siquiera le pertenece en exclusiva a ella. (…)
Una nueva columna de opinión, como todos los jueves, en EL MUNDO DE LEÓN, dentro de la sección EL ESPEJISMO DE LA GALBANA. Esta semana se la dedicamos a JOSÉ-MIGUEL ULLÁN.
"Y tu cuerpo / tu miércoles / tu clase / Todo se irá arreglando / tu mechón de cabellos…". Estos versos de José-Miguel Ullán durante mucho tiempo presidieron la pared de nuestra habitación de estudiantes, en Madrid, bajo un dibujo de Carlos Suárez. Comenzaban los años 80, leíamos de aquella ‘El placer del texto’, de Barthes, ‘Descripción de la mentira’, de Gamoneda, ‘Punto cero’, de Valente… y Ullán no dejaba de ser un mito poético ya entonces (’Maniluvios’, ‘De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado’…), y eso que no sospechábamos siquiera lo que aún estaba por llegar de su pluma a contracorriente.
Es curioso lo mucho que pueden llegar a dar algunas personas, recibiendo tan poquito a cambio. Lo comentaba la poeta Amalia Iglesias: "Ullán siempre abrió puertas a los demás, y se quedó del otro lado. Como le pasó a Juan Larrea con la generación del 27: ni Lorca, ni Dámaso Alonso, ni tantos otros hubieran llegado a ser lo que fueron sin la figura y el ánimo de Larrea".
Se fue Ullán el sábado por la noche, tan callando, sin haber recibido un sólo premio importante, aunque él fuera mucho más importante que todos los premios de literatura juntos, incluidos el Cervantes y los Nacionales de Literatura (que algunos grandes poetas alcanzaron, entre otras cosas, gracias a él). Por no hablar del Castilla y León de las Letras, en cuya nómina se le ignoró como si hubiera nacido en México –país con el que tendió tantos puentes– en lugar de en una pequeña aldea salmantina.
En Castilla y León estuvo estrechamente vinculado a los poetas de ‘El Signo del Gorrión’ (Miguel Casado, Olvido García Valdés, Carlos Ortega, Ildefonso Rodríguez, Gustavo Martín Garzo, Esperanza Ortega, Miguel Suárez, Tomás Salvador González, Luis Miguel Marigómez), revista que ilustró durante sus casi 30 números, y en la que siempre se notó su mano.
A mí me regaló complicidades y un ondulado haiku, entre cartas, libros y dibujos: "Liquen rehúsa / ese amor que no atisba / por donde aún nunca". Y me enseñó que la poesía (su poesía) conduce a lugares no habitados todavía.

ENTREVISTA CON ALBERTO R. TORICES
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Con ‘Los sueños apócrifos’ Alberto R. Torices ha consumado una violación literaria. Siguiendo en cierto modo los pasos de Saul Bellow, se inmiscuye en los sueños, en los santuarios más íntimos de los personajes creados por Thomas Mann, Cervantes, Cortázar o Kafka y logra con ello arrancarlos de la irrealidad onírica a la que sus «padres» les condenaron. La diferencia es que estas cartas sí tienen destinatario.
En «Infierno es un espejo», mezclas «La Náusea» y «A puerta cerrada». ¿Se puede escapar de esta trampa mortal que es la vida?
A Sartre le sobraban motivos para escribir que el infierno son los otros, y más en el momento en que lo dijo. A mí, me dio a pensar que, puesto que no hay diferencia ensencial entre los otros y uno, puesto que compartimos la misma naturaleza, no puede haber infierno mayor que el que cada individuo lleva dentro, el que podríamos ver si nos colocásemos frente al espejo que más cruda y fielmente nos retratase. Ese espejo, quizá, podría ser el sueño, los sueños, donde aparecemos tal como somos, sin posibilidad de mejorar, de adornar el retrato. Y el sueño es laberinto, no hay escapatoria posible: el despertar es sólo una dilación de la trama, un momentáneo descanso. Es una trampa, como tú dices, y siempre caeremos en ella, pero al mismo tiempo es la manera de conocerse a uno mismo, la tarea más ambiciosa que puede proponerse un ser humano, en la que cabe la posibilidad de redimirse, de elevarse un poco del barro con el que estamos hechos todos.
¿Hasta qué punto el infierno no es más que la proyección que hacemos de nosotros mismos en los demás? ¿Cuál habría sido el sueño infernal de Garcin?
Claro que el infierno es una proyección, lo mismo que el cielo. Dios y el demonio: lo mejor y lo peor de nosotros concentrado en una figura externa a la que venerar o temer. En el fondo, una manera de tratar con lo desconocido e ingobernable de uno mismo. El ser humano es fabulador por naturaleza, por defecto, y llega hasta el extremo de inventarse a su propio creador (esto Onetti lo bordó) y, en consecuencia, también su propia destrucción, su condena. En ese sentido, demonizar a los demás responde a la misma estrategia: lidiar con la bestia que llevamos dentro, desde detrás de la barrera. Y habría que citar, para responder a tu pregunta, al otro gigante que compartió época con Sartre: Camus. El infierno se halla en estado latente en cada uno, a la espera de las circunstancias propicias para germinar y extenderse, y esto puede suceder a veces al final de una vida larga y virtuosa, como en ‘La muerte en Venecia’. En El maestro y Margarita , Bulgákov le hace decir a uno de sus personajes que el único pecado para el que no hay perdón posible es la cobardía. Y sin embargo, es tan humano ser cobarde, tan comprensible flaquear ante los grandes retos… Por eso nos hemos inventado un Dios infinitamente misericordioso, a la medida de nuestra infinita imperfección. Y quizá por ello el sueño infernal de Garcin podría ser el de verse convertido en Dios, obligado a serlo y a someter a juicio la cobardía de los hombres.
¿Qué sentido tiene la cobardía en un mundo en el que estamos condenados? Y si no lo estamos ¿qué sentido tiene de todas maneras?
‘La caída’ y de forma parecida ‘El extranjero’ fue una especie de bautismo, de iniciación a eso que se llama la posmodernidad, que quizá no sea otra cosa que aturdimiento y confusión del individuo, incapaz de salir de sí mismo por cobardía, por comodidad o por simple narcisismo. No sé si estamos condenados o no… Desde luego, sí a ser conscientes de nuestra fragilidad y del corto plazo de tiempo del que disponemos, y también a sospechar seriamente que con el último suspiro volveremos a ser lo que éramos antes de nacer: nada. Esas certezas son insoportables, y quizá la cobardía de Garcín, la indiferencia de Mersault, o el narcisismo de Castell sean reacciones inevitables, o cuando menos comprensibles, aunque no merezcan nuestro admiración. El nihilismo aportó ópticas muy lúcidas e interesantes para comprender nuestra naturaleza y nuestra historia, pero tuvo y sigue teniendo un grave inconveniente: es un veneno paralizante. Es el vino de la cobardía ofrecido por la mano de una bacante…
Jay Gatsby y Adso de Melk tienen el mismo sueño, el de la fugacidad de los instantes que son los que al final siempre parecen eternos. ¿Hay alguna manera de obtener los sueños y que estos no se marchiten?
Podría parecer que sí: escribirlos… Pero en realidad tampoco: cuando transcribes un sueño lo estropeas, siempre, desaparece el misterio, la atmósfera, y aparecen tramas y transiciones que nunca existieron… Yo he escrito algunas veces mis sueños y el resultado es siempre una carnicería, una flor pisoteada. Eso es algo que va ligado siempre a la escritura: nos servimos de la memoria, pero a nuestro capricho, o a capricho de la propia obra, que pide, exige ser llevada por aquí o por allá, y llega un momento en el que uno no podría decir con seguridad si cierto pasaje fue vivido o inventado. De todas formas, no hay que confundir lo que soñamos dormidos y lo que soñamos despiertos. Habría que utilizar incluso palabras distintas para designar uno y otro fenómeno, porque no tienen nada que ver. Es verdad que tanto en un caso como en otro estamos a merced de cosas que no podemos gobernar, pero despiertos aspiramos a cosas bellas, factibles o no, razonables o no; mientras que al dormir todo o casi todo es amenazador, siniestro, frustrante. Por lo menos cuando yo duermo, y creo que esto se ve en mis apócrifos: cadalsos, enfermedades, anacondas… También es verdad que a menudo, el desenlace de lo que soñamos despiertos no son más que despojos, cenizas, pero aún así me parece que ésa es una de nuestras más hermosas facultades: desear lo imposible.
O atrevernos a ser devorados por nosotros mismos. ¿Es tan difícil ser devorados por los Tadzios con los que nos encontramos en nuestra vida?
En la vida de un hombre no hay dos «Tadzios», nunca. Puede suceder que no haya ni siquiera uno, el único posible. Pero tras el primero, siempre, tras el primer Gran Sueño convertido en realidad, en carne y hueso, se acabó. Te parecerá exagerado, pero es que yo soy un romántico… Y esa materialización de lo soñado en realidad, no se da para nuestro gusto, para nuestra felicidad: raramente los sueños realizados nos hacen felices. El sueño se hace realidad para colocarnos ante el gran reto, ante la prueba de fuego: entonces es cuando hay que demostrar qué clase de soñador es uno: serio o frívolo, valiente o cobarde, vulgar o innovador. En todo caso, antes fracasar ante uno mismo, que triunfar ante los demás.
En el de Truman Capote, se toca en cierto modo este tema. En «Plegarias atendidas», rememora la frase de Santa Teresa: Se llora más por las plegarias atendidas que por las no atendidas. ¿Estás de acuerdo?
A Truman Capote, en efecto, su propia ambición se le echó encima durante el proceso de escritura de ‘A sangre fría’. Cumplió su sueño, su objetivo, escribió una gran novela cubriendo del modo más brillante el caso del asesinato de los Clutter. Pero el éxito no le privó de sufrir enormemente por la condena a muerte de Perry Smith.
En tu sueño resucitas a Don Quijote y le devuelves a la vida cuerdo, como en el momento de su muerte. ¿La cordura sólo se adquiere ante la certeza del final?
El cuento que dedico a Don Quijote quizá sea el mayor homenaje de todos los que contiene el libro. En ese cuento yo mismo me convertí en personaje, en criatura soñada, y de algún modo quise granjearme su protección. Y sí, esa lucidez plena quizá sólo sea posible al final de la vida, de una vida verdaderamente vivida. Una paradoja terrible, si esto es así: una vez sabemos, ¿para qué? Además, es muy posible que al final, lo creado acabe devorando al creador. Eso también es paradójico, pero quizá no haya modo más digno de morir para un cazador solitario: ser comido por el oso.
Moby Dick…


COMO NOS LA TOCÁBAMOS AYER…

(Una postal Deicida, o dos, o tres…)

Las hojas vivas (Escolio)
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"Una pulsión de narrador y de viajero amamanta al que sueña. El que se despide deja una nota “Carga leche y ladrillos es el Shadow Waltz”. No tengas miedo a decir. Ni a tu doble, ni al espectro que dejas sentado ahí, o te acompaña en los trenes y siempre elige ventanilla para ollar la ribera opuesta. Los pies dentro del río activan la memoria de lo derruido, como señal de la que está siempre cayendo. Un mundo en destrucción. Y una alegría en el miedo. No lo que es, lo que está siendo. No lo que fue, lo que se está yendo. Un vibrato la voz, un sedal de pesca vibrando, la imagen temblando en el sueño. Un duermevela del vigía; del fumador que sentado no puede estar, que pasea de aquí para allá. Libre volador que parece encerrado porque ha creado su mundo y ahora se asfixia porque es perfecto. Él, lo querría más ancho, menos firme, más de otro, más adentro. (…)".
Por VÍCTOR M. DÍEZ (sigue leyendo en oidoentierra).

SHARON KEEFE UGALDE
‘LAS COSAS COMO ERAN’
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ESPERANZA ORTEGA
«Un maravilloso viaje en el tiempo, sin nostalgia y con un punto de humor;
una espléndida recuperación mítica de la infancia».
JOSÉ MARÍA MERINO
La primera vez que estuve expuesta a su obra, en la Galería Juana de Aizpuru, tuve una de las experiencias estéticas más impactantes de mi vida, pues raras veces la carga poética de la obra plástica es tan intensa y está tan a ras del contenido y de la imagen. Una de las obras describía las diferentes fases de una enfermedad cuyas víctimas se deshacían en un polvo dorado, mediante objetos que habían sido tocados por ellos y paneles que mostraban la evolución de la enfermedad. La preocupación de Dora García por el cuerpo también está presente en su obra “Heartbeaters“, en la que documenta la afición obsesiva de un grupo de gente por escuchar los latidos de su propio corazón.
Esa cercanía a lo poético se convierte en una nueva manera de acercarse a la narratividad en su obra “Todas las historias”, presentada en el Espacio Uno del Reina Sofía en 2005. En ella, la artista intenta hacer un censo de todas las historias posibles en el mundo (empezando por muchas ya contadas antes), primero a través de su blog y más adelante, a través de la edición de tres libros casi imposibles, que casi no existen: del primero y del segundo sólo existe un ejemplar en el mundo. El tercer volumen, llamado “Todas las historias, volumen III”, quizá pueda conseguirse aún en la librería La Central de Madrid. La sensación de leer, reducidas a su esencia, grandes narraciones de la literatura, el teatro, el cine y la imaginación desbocada de la artista, despojadas de su envoltorio de “entertainment”, es un acto de levedad contradictoriamente enciclopédico, un ejercicio de despojo y de radicalidad, en el sentido de búsqueda de la raíz misma de las narraciones, de su núcleo fundamental.
Abro al azar el libro de papel: “Un pez ve cómo unos submarinistas raptan a su único hijo y va a buscarlo a la lejana pecera en la que lo encierran.”
Abro al azar el blog: “Un joven busca en diversos cuartos de pensión el rastro de la mujer amada.”
La intensidad de la lectura de estos resúmenes se acerca tanto a la lectura de poesía, como a la visita a una exposición llena de imágenes, algunas de ellas inquietantes, en las que encontramos los ecos de momentos ya vividos.
"Cada 21 de marzo una esquela en el diario el País. Y ante tanta originalidad más de uno ha pensado en un mensaje en clave, de la CIA incluso" (…).
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Para leer la historia, haz click en:
El bolsillo del albornoz lleno de notas.
Como el blog ‘Incisivos y caninos’ de ADOLFO MUÑOZ
es muy reciente, de momento sólo tiene dos post:
En todo viaje hay pérdida y encuentro. Se deja atrás más de lo que uno premedita, se quedan las formas cotidianas viviendo sin uno. Es la soledad del avión. Como ir sin piel, a la búsqueda de otra rutina en el punto de destino.
En éste se halla también más de lo prometido: el país, la ciudad, la gente, el grupo con el que uno se encuentra, son más que lo anticipado. Son, propiamente hablando, otra cosa. Bajo los mismos nombres hay mudanzas. Y también hay nombres y presencias nuevas. Chile limita al norte con el Perú / Y con el cabo de Hornos limita al sur.
Las horas, las estaciones
Chile está lejos, pero no más que otros lugares. Trece horas de avión, pero cuatro de diferencia horaria. Ese es el misterio de los tiempos diversos y simultáneos con los que casi estamos acostumbrados a vivir. La redondez de la tierra, la sincronía de las distancias.
La luz deslumbra porque es verano, casi, y uno llega del invierno. El verdor es pujante, de estreno, sin mezcla de sepias ni oros. Sólo en la mañana, el cerro de Santa Lucía juega a agazaparse en el nimbo otoñal, pero le dura poco. Se dispara la luz y se descubren las siluetas potentes de los árboles, arbustos, hojas, el trenzado misterioso que aísla al parque de la ciudad que lo rodea de forma tan ceñida que lo convierte en un parque urbano, cuando es un lugar de distancia y misterio.
Las horas que en el telefonillo pueden verse a simultáneo: qué hora es en Madrid, qué hora en Munich, qué hora en Chicago, qué hora en México, circulan con la misma parsimonia sin tregua del supuesto Tiempo universal. Pero en el fondo del sueño, en la constelación del despertar, cabe una espina de duda: ¿cómo puede ser que vivamos en tantos tiempos diversos, a la vez?
Es la pregunta que resolvió el comienzo del sigo XX, cuando decretó que hay otros mundos, pero están en este; que hay otros tiempos pero gravitan sobre este instante. Ahora.
Otra cosa son las estaciones. Mudan dándose el relevo. Sobre las últimas señales del otoño de Madrid se trenza la despedida de la primavera andina. El campo abierto, el colosal despojamiento de la cordillera, es el lugar de reunión de los tiempos. Allí se dan cita, en increíble lucha mortal, sin testigos, invierno y verano.
Transmisión
Qué llega a quién y cómo, de lo que uno transmite. El espacio del seminario, decía Barthes, es falansteriano. En el circulan siempre saberes, pero también posiciones de los sujetos, lo incierto de la representación y lo indiscernido del deseo.
Llega una estudiante de Antofagasta como el testigo de un mundo distante y presente que merodea las ciudades. En realidad nadie merodea ninguna ciudad en este país que tiene 4000 kilómetros de largo (de Madrid a la India, casi). Alguien viene del norte, a tiro hecho, a Santiago o a Viña. A este merodeo celebrado lo llama Lucho, el tabú del incesto académico.
Al acabar el seminario sobre El malestar en la sociedad de consumo, una señora madura, venerable, atenta, me interpela:
—¿Sabe quien tiene resueltas todas estas contradicciones que usted plantea? ¡Mao Zedong!
—¿El gran timonel?— replico yo, entre sorprendido y zumbón.
—El mismo.
—Pues tendré que volverlo a leer.
En medio de las preguntas, se encadenan las de Gisela: sobre productos de consumo, sobre la mujer dimidiada, sobre la mística, sobre…Los esquemas del llamado Power Point permiten algunas excursiones a los ejemplos vitales y a las cuestiones que desbordan las disciplinas.
Seguramente eso es lo que llega, lo que va y viene. Haciendo vínculo.
Congreso
La convocatoria principal es un congreso titulado Marx 160 años del Manifiesto. Es un pretexto decidido y cuidadoso para revisar la obra de un autor vivo. De toda una escritura. De un extemporáneo al que se puede leer todavía como a un clásico. Porque tiene un texto abierto, peleón, docto, rabioso, un texto joven. Y, al mismo tiempo, carga con la etiqueta del prohibido, del peligroso (estamos en Chile). Existe, sigue existiendo una mirada comprometida, militante, a la búsqueda de razones o de formulaciones sólidas para un sentimiento libertario que no niega las contradicciones sangrantes del presente.
La mirada militante latinoamericana. La sensibilidad de quien toma las teorías como posible bagaje para la vida.
El ritual del congreso impone sus modulaciones. Su subir y bajar escaleras, ocupar butacas, comer por grupos, entrar en una vida cotidiana como de convalecientes de balneario.
Los retazos que quedan son nítidos. La presentación del campo de problemas es brillante y alentadora, a cargo de Nelly Richards. La rotundidad de las ponencias que abren lecturas (Etienne Balibar), lo demasiado académico del venerable Martin Jay. Los paralelismos de las búsquedas (Christian Retamal, a quien presento, además de sus títulos académicos, como amigo mío). La presencia sabia de Eduardo Sabrowsky. La intervención sagaz de Francisca Pérez Prado, que interviene como feminista y psicoanalista en una mesa de propuestas gay, y se cuestiona sobre el sentido del término “Manifiesto”.
Y un grupo numeroso de jóvenes de discurso apretado, sin sujeto que enuncia, como si fueran nietos de Althusser —a quien no sé si han leído— y que con unos pocos autores contemporáneos (Laclau, Negri) arman una escolástica un tanto cerrada y autosatisfecha, sin ventanas a la calle.
—Hay Marx para rato, dice, al concluir, Sabrowsky.
Hay otros congresos paralelos. Uno lo forma la reunión para celebrar, en casa de uno de los componentes de Las yeguas del Apocalipsis, Francisco Casas que, con Pedro Lemebel (para Bolaños, el mejor poeta de su generación) fundaron en la dictadura pinochetista una firma gay de intervención, arte, fotografía, escritura, cuya valentía y talento se siguen admirando.
El otro congreso simultáneo, efímero y feliz, es la celebración del 100 cumpleaños de Claude Lévi-Strauss. Con un grupo de treintañeros, profesores de ciencias sociales, convocados por Marjorie Murray, nuestra estudiosa en Madrid de las culturas materiales de varias familias, de varias redes. Nuestra Oscar Lewis particular.
Un asadito y mucha risa. Algunas citas de los propios libros en boca de lectores tan inteligentes como irrespetuosos. Compartir la capacidad de sorprenderse, de anular las jergas académicas, de llamar a las cosas por su nombre.
Cerro
Tan cerca de las casas y las calles y tan distante en sí mismo. Un lado da sobre la calle de nombre desmesurado, Victoria Subercaseaux, en donde vivieron los Allende antes de que empezara todo. Otro sobre la O’Higgins, otro sobre la Alameda. No alcanzo bien a precisar el perímetro. El cerro Santa Lucía es un espacio mágico, delicadamente trazado, construido con palacetes de ladrillo, con jardines británicos que pasan misteriosamente por franceses (a Vicuña Makenna, su promotor le acusaron de afrancesado), con explanadas en desnivel como bancales refinados, con kioskos, marquesinas. Es un respiro, un lugar de abducción, una trama vegetal para ir directamente al país de los cuentos fantásticos. Disfrazada de parque de recreo, es la otra escena de la ciudad, temida y anhelada.
Esperando la aparición de la Bella y la Bestia al merodear el castillo, Sanhueza, mi guía, recomienda no exponerse al sol.
De Bolaño, lo nuestro
Traigo un par de libros uno de Bolaño, Entre paréntesis, que contiene sus columnas de prensa gerundense, los pregones de fiestas en Blanes, diario de su vuelta a Chile veinticinco años después, cientos de libros leídos y comentados. Y otro sobre Bolaño, Bolaño Salvaje, colección de testimonios de sus amigos, recogida por Paz y Faverón, más un CD con su viuda Carolina y otros escritores: Vila Matas, Fresán, Villoro, etc.
Sigo admirando la potente vitalidad, literaria y de la otra, la astucia minuciosa, la pasión de revolver entre todas las escrituras, clásicas, de ahora, altas o triviales, con la pluma en la mano. Una pluma tan sólida y certera, tan liviana en apariencia. Una reverberación de la vida que se fue y que sigue su pulsación en los cuadros de este libro. Retador, amistoso, vandálico. Capaz de hacer vivir, mejor que en el original, el gesto de Borges, o sea de un clásico:
”La historia es así. Borges va al teatro a ver una representación de Macbeth. La traducción es infame, la puesta en escena es infame, los actores son infames, la escenografía es infame. Hasta las butacas del teatro son incomodísimas. Sin embargo, cuando se apagan las luces y comienza la obra, el espectador, Borges uno de ellos, vuelve a sumergirse en el destino de aquellos seres que atraviesan el tiempo y vuelve a temblar con aquello que a falta de otra palabra mejor llamamos magia”.
Llaman la atención muchos párrafos, redondos, fugaces. Pero retengo lo nuestro. Dos alusiones a Miguel Casado y a Olvido García Valdés. Miguel Casado, poeta, reseña a "uno de mis poetas favoritos”, con quien se escribe y lee sus poemarios, aprecia su sobriedad, su altura: “entonces, para adaptarse al ancho de vía se detiene el tren, y justo en ese momento, antes de llegar a su destino geográfico pero habiendo llegado sobradamente a su destino creativo, se detiene el poema”. La poeta Olvido García Valdés narra el encuentro con aquella a quien conoce en Toledo, (como en persona a Miguel) adonde llega de visita con la familia, y con quien dice no compartir lecturas ni autores, pero cuyos libros le sorprenden y le conquistan. Como lo hace el paseo toledano exhaustivo, amistoso. Y que Olvido le compra a Lautaro, el chavalín, “en la primera juguetería que pasamos… tres juguetes”.
Ay, Allende: hay Allende
Para seguir descifrando qué se nos perdió en Chile —pregunta que vuelve una y otra vez— leo dos libros sobre Allende. Uno de la excelente periodista recién desaparecida Patricia Verdugo, Allende: cómo la Casa Blanca provocó su muerte, donde se recogen de manera sobria y precisa los papeles de la CIA desclasificados por orden de Clinton, y se asiste a un plan implacable que comienza al menos diez años del Allende Presidente. El otro, de un periodista y colaborador de su entorno, Eduarda Labarca, Salvador Allende. Biografía sentimental, abundante y muy bien documentado: en él aparece un Allende humano, demasiado humano, requebrador de damas y correspondido por ellas, pero sobre todo inmerso en el pulso de una multitud de retos, problemas, alianzas, logros, derrotas, vistas todas ellas desde el lado de la intimidad. La construcción de un antihéroe (un ser humano republicano, coqueto, seductor, frágil, padre, amigo, esposo, vecino de varias ciudades, enamorado de numerosos amores) en el bulto de la estatua que Allende mismo se encargó en sus últimos tiempos de publicitar, de modo trágicamente sublime: “Toca este brazo, es carne de estatua”, decía, “mira estas manos, son historia”.
Diurno de Chile, porque hay una ganancia en luz. Incluso la que ilumina a la vez la construcción de una cultura democrática y la persistencia de la animadversión de clase.
Luz de mediodía en las pendientes que descienden a Valparaíso. Fulgor de la Playa Grande de Quintay. Cocuyos encendidos de la tarde que señalan las costas de Reñaca y de Concón.
Ante la llegada de la noche, diciendo adiós a los amigos, la despedida irónica, con voz susurrada, de Claudia:
—Bueno, cuídate… En realidad no te cuides nada, ¿por qué hay que cuidarse tanto?


"Flaubert, nadie duda de ello, marca una fecha en la historia de la escritura. Si suponemos que pueda constituirse en historia esa búsqueda del escribir, demonio perverso, silencioso y ausente que, en la edad moderna, hace de todo escritor un Fausto sin magia. (…) Así, él ensalza la prosa, es uno de sus grandes descubrimientos. Él dice que la prosa es más difícil que la poesía, que es el colmo del arte, que la prosa francesa podría alcanzar una belleza de la que no se tiene idea. Pero ¿qué entiende por prosa? (…). Y ¿qué es escribir bien? Si George Sand le reprocha esta vocación de las frases bellas, sonoras y redondeadas, que aparentemente es la suya, en seguida contesta: (…) ‘Escribir bien es sentir, pensar y decir bien a la vez’. (…)"
MAURICE BLANCHOT
(El diálogo inconcluso. Cap. VIII: ‘El problema de Wittgenstein’.
Monte Avila Ed. Caracas, 1970)
REPORTAJE
Los cronopios salen de juerga
Tres inéditos de Julio Cortázar conmemoran el 25º aniversario de su muerte
Por JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
para El País. 27/01/2009

"La bebida de la señorita Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: sólo así se comprende lo que vale la bebida de la señorita Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. Un obrero textil que no piensa más que en telar, en la fresquera, en la cama y vuelta al telar; este obrero bebe unas copas el domingo y se tropieza con un lirio de la ciénaga. Y toma esta flor y la pone en la palma de su mano, examina el delicado cáliz de oro y de pronto le invade una dulzura tan intensa como un dolor. Y ese obrero levanta de pronto la mirada y ve por primera vez el frío y misterioso resplandor del cielo de una noche de enero, y un profundo terror ante su propia pequeñez le oprime el corazón. Cosas como éstas son las que ocurren cuando uno ha tomado la bebida de la señorita Amelia. Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella."
CARSON McCULLERS (De ‘La Balada del Café triste’, fragmento)
RAZONES PARA LA LECTURA
Para ser inteligente, para creerse inteligente, para sentirse inteligente. Para no estar solo, para estar solo, porque más que solo vale estar mal acompañado aunque mucho se diga que no hay libro malo. Porque hace frío ahí fuera, porque llueve sobre el corazón y gusta ver la tinta sobre los campos de nieve. Para ser entre la gente. Para fumar sin sentirse culpable, para dejar de fumar y las manos no se escapen en busca del aire de nadie.
Para tener un libro de bolsillo en el bolsillo y ocuparse de un mientras, un ya veremos y de un entretanto. Por vista, gusto, tacto, olfato y oído y para saber qué alumbra lo que tanto nos gusta. Por ego y por apego. Para esconderse, para mostrarse, para vestirte, para desnudarte. Porque sí, por si, porque no, para no. Para ser feliz, por no ser feliz, por infeliz. Para andar el camino, para encontrar el camino, para olvidar el camino, para construir un camino, para hacer un alto en el camino. Para no perder el tren.
Por sed, por hambre, por tierra, mar y aire. Para mirarse en el espejo, por reflejo incondicionado, para conocer quién nos habla desde el otro lado del espejo. Por ti, por mí y por ella. Porque queremos ver y que nos vean y sin embargo qué morbo da la “cita a ciegas” (el autor pone la alcoba, el editor la casa, el narrador es el que la luz apaga).
Para ver el humo que avisa donde está el fuego. Porque estar cansado tiene plumas, la avaricia comienza en el dar y porque sólo entonces soy como te quiero. Para tener la libertad que no tiene el solitario. Para pedirte perdón por el daño que me hiciste, echar sal en mis heridas e intentar saber cómo me llamo. Porque puedes estar en misa y repicando, nadar y guardar la ropa, ser Caín y el guardián de tu hermano. Porque si no se las lleva el viento, arden las palabras. Por pié quebrado y tan callado. Para conocer la voz de mi amo y para ver si de una vez alcanzo el silencio. Para ser el enfermo y el psiquiatra. Porque yo no soy como te amo.
Porque el poema es una copa de vino, y se fue, y el mañana no ha llegado. Por punto de partida y de hoja en hoja y leo porque me toca. Porque hay vida más allá del punto y aparte y es sano andar a pie de página. Porque si pierdo la memoria qué pereza. Para ni ser ciego en Granada ni nos obliguen a elegir entre la pena y la nada. Para jugar con fuego y no salir quemado. Porque la letra con letra entra, y sale y vuelve a entrar como beso que no quiere que te calles.
Porque entre todos los libros que he leído nunca he leído aquel entre cuyas letras desfallecieron de amor Paolo y Francesca. Para tirar la mano, esconder la piedra y mojar el pan en sangre ajena. Para que me llames y me ames. Para acabar con la propiedad privada de mis palabras. Porque si echas cuentas te sale a cuento y hasta te sobran dos quijotes y medio sancho. Y por los libros de los libros, mal o bien, pero amén.
~ ~ ~NOTA: Por este artículo, publicado en el diario Público, el 30 de mayo de 2008, CONSTANTINO BÉRTOLO ha recibido el IX Premio Periodístico sobre Lectura que otorga la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. El jurado se decidió a premiar este texto "por su reflexión sobre la lectura como un acto apasionado y contradictorio, donde es posible lo que en la vida es imposible".
Puedes leer aquí otro artículo del mismo autor, (haz click): ‘El editor como crítico frustrado: Constantino Bértolo en el I Encuentro de Crítica y Medios de Comunicación’.
[Dicen que el saber no ocupa lugar. Haz click aquí para leer las asombrosas y facilísimas instrucciones para hacer un iglú, por si viene la glaciación o por si algún día de estos te quedas atrapado/a en la nieve, que nunca se sabe…]
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CITAS
DE
GOTTFRIED BENN
Sobre la poesía y el arte
La palabra del poeta no sustenta idea alguna, no sustenta ningún pensamiento, ni ningún ideal; es existencia en sí, expresión, gesto, hálito. Es una especie de realización de naturaleza animal; en su lado oscuro radican su rareza y la pobreza de su alcance, observable incluso en grandes obras.
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La poesía moderna, la poesía absoluta es la poesía sin fe, la poesía sin esperanza, la poesía que no se dirige a nadie; una poesía de palabras que usted ensambla de un modo fascinante.
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Vivimos cosas distintas a las que éramos, escribimos cosas distintas a las que pensábamos, pensamos cosas distintas a las que esperábamos, y lo que queda es distinto a lo que proyectamos.
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Hoy sucede realmente así, sólo existen dos tipos de trascendencia verbales: los axiomas matemáticos y la palabra como arte. Todo lo demás es palabra comercial, fórmulas para pedir una cerveza.
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El arte es formación y ruptura, es un juego fatal de fuerzas incipientes, pendientes de solución, fragmentarias. Es cierto que también es político e incluso eminentemente político, pero en un sentido muy distinto al que lo son todas las otras manifestaciones culturales y políticas. El arte es político en el seno de aquellas profundas capas del ser en las que surgen las verdaderas revoluciones; es allí donde deja su impronta, haciendo imposible cualquier retroceso.
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Para quien busca expresar su interior, el arte no es algo propio de las ciencias del espíritu, sino algo tan corporal como una huella dactilar.
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¡Palabras, palabras-sustantivos! Les basta abrir las alas para que de su vuelo caigan milenios.
GOTTFRIED BENN
Un relato de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
(incluido en el libro ‘León. Palimpsesto’)
en el que el zamorano errante recuerda su llegada a León, en el verano de 1993, y sus primeros contactos y sensaciones en la ciudad durante aquellos días, durmiendo en un piso prestado en el barrio de La Sal, al otro lado del río y de las vías del tren, descubriendo personajes y explorando los bares por las calles del Crucero…

Vine también a León a buscar nombres. Eso fue lo primero. Cuando alguien entra en una ciudad para quedarse, no sólo hay que prestar los ojos a la crema de la novedad; está también la fuerza del oído, donde estallan palabras nunca esperadas que provocan la fiesta de las nomenclaturas. Está también el dominio de los nuevos olores, los más inmediatos, los irremediables (aquí serían el olor verde oscuro de la humedad en muchos portales y el olor a sudor viejo de los castaños del Paseo de la Condesa).
Pero yo venía sobre todo a oír lo sobrevenido.
Mi llegada a la ciudad era una visita de escucha, un cuidadoso espionaje verbal. Así que me preparé a recoger cucharadas de palabras y a ver menciones sueltas: los comercios y las lápidas y los rótulos de las calles. Me orientarían sobre la sustancia de la ciudad y sus intríngulis, que acaban asomando su hocico, sí, en el plumaje breve de los nombres.
Llegué entonces en el verano de 1993. Solo. Yo solo. Con el estímulo secreto de una desorientación total. Me habían prestado un piso hundido en la parte sur, en el barrio de La Sal (pero yo entonces no sabía que se llamaba así ni por qué) y hacia allí me dirigí con dos o tres pistas en la cabeza que me habían dado: pasar las vías que rompían de parte a parte el barrio de El Crucero, dejar a la espalda el ruido de la ciudad, buscar el fondo de una calle que se llamaría Doña Urraca, preguntar en una pequeña tienda de ultramarinos económicos, la única de toda esa zona. Ahí me darían la llave. Ya me estaban esperando, cuando llegué.
Le di importancia a los primeros nombres propios porque el dueño del comercio se llamaba Isidoro (también se llamaba así quien me había prestado el piso). Le di importancia a aquellos ángulos de calles retiradas, con alusiones emplomadas en cierta extraña severidad (Calle Tizona, Calle Babieca, Calle Doña Constanza, Calle Cofradía del Ciento) que formaban un inesperado ensamblaje reticular. De esa tarde inicial me queda ese recuerdo, además del calor desazonante de primeros de agosto y algo más: el recado que aquel hombre me dio como consuelo amistoso: “Si sale allá al atardecer llévese algo encima, que luego hará fresquín”. Fresquín. Eso dijo el dueño de los ultramarinos. No encajaba aquel diminutivo, casi una palabra de puntillas, de esas que parecen hacer burbujas efervescentes, en los usos particulares de aquel hombre, algo hosco y con trato espinoso, como su bigote de cerda apretada y su pelo entero y grifo, así que deduje que el diminutivo sería un uso patrimonial del lugar, como en efecto lo era. De modo que cuando recorrí aquella casa a ciegas, ya llevaba conmigo la calderilla agradable de unos cuantos nombres sueltos, flotando como larvas nerviosas en el solar de una memoria aún sin amueblar, aún sin haberse hecho con las primeras tramas de la ciudad, de la verdadera ciudad.
La ciudad. La ciudad era un cogollo de calles tentaculares que irradiaban desde las inmediaciones de la catedral. Deseché esa tarde de agosto acertar con eso que da en llamarse arterias urbanas. Preferí esa otra capilaridad menor y de calibre gastado: calles secundarias de traseras de almacenes con antiguos letreros despintados, ya inválidos (pero no para mí); fachadas sin carne, saltada por el tiempo; platos con bombillas muertas en lo alto de algunos chaflanes. Emprendí una descubierta por los aledaños. Cuando regresé a dormir, ya tenía claro algo más. La ciudad tenía memoria, una memoria húmeda y oscurecida de despensa. También se me impuso una primera visión del mundo del carbón, la presencia de su charol muerto emborronando el contorno de muchas ventanas abiertas a ras de suelo para volcar allí los sacos y los serones a lo largo del invierno. Las manchas tiznadas aquí y allá lo delataban. Froté un dedo contra uno de esos borrones atormentados. Fue como una unción obligatoria. Pero ya no quise saber más. Era como si hubiera captado el color de la respiración de la ciudad. Con eso bastaba.
También al día siguiente hice por huir de visiones primordiales, como quien se conforma con recibir cartas de alguien a quien decide no querer conocer. Todavía. Así yo mismo, el centrífugo, sólo quería saber de la ciudad por los nombres recién llegados hasta mí:
Isidoro. Fresquín. La Sal. Carbón.
Casi al final de la tarde del segundo día me dirigí por la izquierda hacia una mancha verde y airosa de árboles que divisé en un paseo extralimitado. Parque de Quevedo ponía en la verja (Quevedo, otro nombre aliado ignominiosamente con la ciudad). Pasé y me senté a fumar contra el calor, entre pavos reales ostentosos que primero se me acercaron majestuosidad pero que se iban acobardando entre quejidos dolorosos a medida que la noche se despachaba. “Se va a cerrar esto”, me dijo el vigilante. Y me volví al barrio de La Sal, al piso que me habían dejado por unos días, los justos para oler desde un ángulo la ciudad y decir a qué huele a través de sus nombres, de los nombres comerciales (MUEBLES “LA CONFORMIDAD”; GASEOSA “LA CANTARINA”), de la topografía casi burlona (Papalaguinda), de esa trenza esparcida de obispos (Almarcha), cardenales (Landázuri), generales (Sanjurjo), héroes (de un alcázar), mártires (doce) que la espolvoreaba con una onomástica estigmática que dice a las claras sobre qué se asienta la ciudad: sobre brillos de cruces y de bayonetas. Eso es lo que luego vi, cuando me lancé a descubrir el ruido cansado de los nombres de la ciudad. Pero eso fue al día siguiente.
El atardecer anterior, el segundo atardecer que pasé en León, sólo llegué hasta ahí, hasta el parque de Quevedo, y no quise seguir, no quise buscar el curso prestigioso de la ciudad. Cuando era pequeño hacía lo mismo con las comidas, era incapaz de entrar en la tajada estrella del plato de buenas a primeras y prefería irla acosando como si se tratara de una operación militar: empezaba por la guarnición (no deja de ser una palabra también de alcance castrense) y jugaba a dejar relieves distintos en el paisaje del plato removiéndolo, hasta que al final, cuando los demás ya habían terminado, me decidía a atacar la tajada ya un peñasco frío y con barbas gelatinosas y estancadas. Y lo mismo cuando he saltado de una ciudad a otra. Nada de buscar su rutilancia ni su cara limpia, con comercios enclavados en mitad del presente; más bien entrar en ella de noche y sin ayuda, como un ser avergonzado, empezando por zonas desestimadas -aceras bien mordidas y bombillas bien baratas, luciendo incluso por el día bajo platillos flojos-, lugares cerca de lo hermoso infame, con rastros de huertas ya perdidas donde aún puede prosperar esforzadamente, junto a la insolencia azul del cardo con su botón exasperado, la memoria vegetal de lo que hubo y con bares de cortinas de piezas ensartadas, que producen al entrar un rugido muy especial, un restrallete sordo y decisivo.
Así había encontrado el RENFE, el bar donde acampé mis primeras noches.
Entré y me turbé cuando se giraron desde las sillas y dejaron de ver la televisión todos los que estaban allí dentro. Enseguida volvieron a colgar los ojos de la película. La muchacha que me sirvió a instancias de su madre se llamaba Camino (“Camino, te toca”, le dijo) y también seguía mirando la pantalla mientras abría la cerveza con el artilugio en forma de horquilla. La espuma salió embravecida, bufando. La mojó pero ella no se dio por enterada. Me puso un vaso al lado del botellín y se fue así, arrastrada por el mesmerismo, de nuevo a sentar. Ya nadie se ocupó de mí a partir de entonces. Tuve la sensación de que tenía que quedarme allí hasta que aquel grupo de ocho o nueve personas quisieran dejarme salir. No me importó. Me agarré al periódico local y fui leyéndolo cuidadosamente desde atrás. Otra manía como la de las comidas: mostrar prevención o indolencia hacia lo importante. Siempre tuve alma centrífuga para todo –comidas, periódicos, ciudades- porque siempre he estado convencido de que lo visible y lo importante se contraponen. Entré en la cartografía local del periódico: cuántas paradas de taxi había, cómo se apellidaban las farmacéuticas (Licenciada Villafañe, Licenciada Llamazares… todas mujeres, sí), las primeras esquelas, con nombres amojamados, fuera de actualidad (Antidio, Ursicino, Everilda, Benevolencia, Efigenio), que probé incluso a decir entre dientes a ver cómo sonaban así, masticados por mí, aunque quizás esto último lo hiciera para comprobar si aún era capaz de hablar, pues exceptuando las dos palabras (“una cerveza”) que había dicho al entrar, desde que había pedido la llave del piso a mi llegada no había hablado en todo el día. Una transfusión asimétrica. Como si yo no pudiera dar palabras pero sí recibir, al igual que ocurre con la sangre, ese otro fluido vital que se comporta así también. Igual pasa con el tráfico de las palabras: se producen transfusiones determinadas entre las que se emiten y las que se acusan. Unas inciden sobre las otras; las hacen más opacas o más transparentes, según. Al menos yo lo creo así.
Vi anuncios flamantes (“Tierra de Montes: donde la calidad de su antracita solamente la supera la nobleza de sus gentes”), avisos de una espectacularidad envejecida (“La hermandad de retirados, viudas y huérfanos de las Fuerzas Armadas en León comunica a sus asociados que su oficina permanecerá cerrada durante el mes de agosto por vacaciones”), titulares raciales (“Se van a terminar las señoritas”), recados crípticos (“¡Sordos! No se dejen sorprender por la dicotonomía”), noticias rebozadas en la aureola de lo tópico (“los poetas supieron cautivar la emoción de sentimiento [sic] del público de La Valduerna, cortaron el aire con el frescor de sus poemas…”) o de una inocente furia rebelde (“Los peluqueros del Bierzo se manifestarán contra Hacienda”).
Pero no hablé. Y no, no había comido tampoco. La extrañeza me mata el hambre. Lo único que se me eriza cuando llego a un lugar nuevo es el apetito del oído, el ansia del ojo en pos de los nombres que me sobrevienen como esos bruscos animales inesperados que sorprenden al buceador en la oscuridad abisal donde todo tiene la dolorosa belleza de lo que linda con el espanto. Coletazos, lametazos, ojos fulminantes. Como esos animales, como ciertas personas que no lo saben, los nombres entran a su manera en relación con quien los está esperando.
También así entró él en el RENFE
También miraron todos pero nada comparado al desconcierto que había provocado un rato antes mi llegada. Nadie le hizo caso pero él no se inmutó, como si ya lo supiera de antemano. Me miró y me dio la espalda. “Alguno atender a Hoyines”, dijo la mujer sin dirigirse a nadie en concreto. Pero todos siguieron encelados en la película. Era un hombre ya mayor, corpulento y no muy alto, con el pelo crespo desde la raíz y un bigote recto como un brochazo delineado sobre el labio. Yo diría que Hoyines se parecía a Faulkner, a esa foto de Faulkner en que el escritor está serio, con el aire ausente de quien se está sometiendo a algo que no le concierne; también debió de recordarme a Faulkner porque llevaba una camisa de cuadros y encima un peto azul (otra fotografía muy repetida del novelista). Se puso a fumar. Tenía abierto el paquete por el lado del revés, para agarrar los cigarros justamente por el cabo del tabaco y no por la boquilla, para no mancharla, como hacen siempre los hombres de oficios grasientos. Encendió con cerilla, haciéndose una abrigada exagerada, innecesaria también, poniendo una mano estudiada como caperuz. Otro gesto sobreviviente de toda una vida. Hoyines entonces había tenido el oficio al aire, eso estaba claro. Grasa y aire. Un garaje. Labores de asfaltado en las carreteras. Una carbonería, en todo caso.
Pero no. Había trabajado en el mundo ferroviario. En el repaso de trenes. Así me lo dijo. Todo el día haciendo labor de carenado, esperando a que llegaran aquellas máquinas llameantes. Y por las noches, sobre todo en época de lluvias o cuando había nevado en el trayecto, tirarse a las vías con un farol a repasar los niveles de grasa de las articulaciones o bien subir a vigilar el combustible del ténder. “Hasta que yo no lo decía, el tren no tenía por qué salir, ¿estamos?”. Me dijo la frase varias veces esa noche, como quien ha de dejar claro que en su vida hubo también un pequeño distrito de poder. Me la repitió al día siguiente, cuando quedamos para que me acompañara por la ciudad. “Le puedo esperar a usted en el Ferroviario, me propuso, a las diez, antes de que nos pegue más el sol”. A las diez. En el Ferroviario, especialidad en tapas de cocina. Allí me encaminaría, de acuerdo. Cinco minutos desde donde estábamos. No había pérdida.
Lo dejé allí, en el RENFE. No me pagó la cerveza ni yo a él el café con gotas de orujo. La familia del bar seguía convocada por la película estruendosa de la televisión. Dejé las monedas en el mostrador, y cuando salí ya quería oscurecer del todo en el barrio de La Sal. En el camino a casa se cruzaron dos vecinos. “Ya bajó el fresquín”, dijo uno; “Ya”, contestó el otro con una cadencia en la palabra imposible de reproducir aquí –oh, la impotencia de la escritura-, como si la vocal se alargara adelgazándose, se levantara un poco de manos. Me dormí con esa música monosílaba en los oídos. La última palabra que oí ese día. Pura música ya, sí.
Las mil voces de la muerte, desde luego, pero también el hueco desdentado de cualquier solar donde el día anterior había una fachada en la memoria de sus habitantes, el establecimiento de relaciones secretas –cuerpos arañándose entre bujías a espaldas de la luz pública-, el estallido insolente de la pubertad en esas muchachas que bajan aún más la vista en el avasallamiento del ascensor, la desaparición de comercios y fuentes y jardines, andamios amarillos que emparrillan varias semanas una acera entera y alteran los itinerarios de los ciegos, reencuentros alegres o reencuentros incómodos, la lluvia del verano que nadie habría dicho una hora antes, los adocenamientos silenciosos (cines, iglesias, museos)…
…En una ciudad cada día se dan todas las formas posibles de la consternación.
Pero yo venía de un pueblo demediado y lleno de culto al control. Once años allí, donde todo era consignado. Ahora en cambio se trataba de no preguntar “quién es” o “qué hace aquí éste”, como ocurría en aquel pueblo. Una ciudad supone otra manera de caber. Frente a la exhibición obligatoria de la identidad, el anonimato; frente a los usos rutinarios, la planificación de una incertidumbre. Y yo estaba allí, por fin. En ese anonimato y en esa incertidumbre. En esa ciudad que se llamaba León donde me importaban más de momento los nombres que los rostros, las curvas del idioma que la cartografía urbana que aquel hombre, “Hoyines”, me quería mostrar a la mañana siguiente. En el entresueño de aquella noche me siguieron visitando palabras como globos voraces. Se inflaban y se desinflaban. Se adelantaban hacia mí. Hacían ruido de trapos gruesos sacudidos. Desaparecían. Las dos primeras noches soñé, en efecto, con los oídos. Las imágenes y las sombras eran también palabras.
A medida que abandonaba aquellos ángulos y me acercaba a los ruidos matinales de la ciudad, el aire iba perdiendo olor a hierba fresca. Crucé las vías y vi, en efecto, el Ferroviario. Hoyines ya me estaba esperando. Volvió a sorprenderme su estatura recortada, su corpulencia poco estridente. Silencioso, bañó la taza del café con orujo un par de veces mientras yo desayunaba. Antes de salir los dos juntos leí el cartón de la pared: “Tapas de cocina. Cecina. Gazpacho casero”. Y esta bomba, que todo lo echaba por los aires debajo del anuncio de Hay Habitaciones: “On parle français”.
Cruzamos el puente sobre el Bernesga, desembocamos en la explanada solar de San Marcos, nos orientamos hacia la izquierda –la ciudad se iba a ensanchar por allí, evidentemente- y me plantó ante una calle larga de fachadas anodinas. “Por aquí entra usted de cabeza en la ciudad. Yo ya me quedo”. Me dejó estupefacto. Los límites de la relación con la ciudad terminaban allí para aquel hombre. Le insistí suavemente una vez pero me dijo que él nunca salía de allí. Que en la ciudad había muchas personas así, que jamás traspasaban esos perímetros, una especie de línea Maginot donde acababa su territorio. ¿Entonces? Entonces supe por primera vez algo que luego comprobaría más veces, cada vez con menos asombro, hasta convencerme de la naturalidad con que muchos hombres de la ciudad se planteaban eso mismo de no salir de un distrito propio que solía terminar en un cruce que ya no traspasaban o en la frontera vegetal de un jardín atrincherado por setos de boj. Más allá de esos hitos fronterizos la ciudad ya no les interesaba. Eran, en efecto, individuos centrífugos. Como yo mismo. Hoyines fue el primero de esa cofradía fantasmal que vi en León. Me despidió en aquella acera y se pegó la vuelta. “Por la noche paro un rato en el bar RENFE”. Así me dejó, plantado frente a una calle que me llevaría al centro. Calle Suero de Quiñones, se llamaba.
“Hoyines” no era “Hoyines” sino “Hollines” -ah, la impotencia de la oralidad-. Me lo aclaró en el RENFE, donde estaba como siempre, beiendo en silencio. No me dio la impresión de estar expectante ante mi primera aventura en la ciudad. Más bien lo encontré así, indiferente, sumido en esa opacidad que exhiben quienes aceptan terminar el día entre lo insípido sin que eso les vaya a conmover en lo más mínimo. Hombres de espíritu acostumbrado a una desolación silenciosa. De esa estirpe venía “Hollines”, llamado así por tener siempre la cara y las manos ennegrecidas por el polvo del carbón de los trenes.
—¿Encontró usted lo que buscaba?
—¿Qué podía buscar yo?
—¿Qué va a ser?: la ciudad
Me pareció que había algo de mitología en aquella indagación. La ciudad como algo externo y escurridizo, más allá de una configuración física, asentada en fundamentos geológicos. La ciudad como una de aquellas quimeras antiguas. Estar ya en ella, vivir en una de sus calles, añadir el nombre propio al censo municipal no parecían gestos bastantes para proclamar que se la conocía. ¿Qué era entonces la ciudad? ¿Cómo meterle en el alma los ojos y reconocerla? Hollines me acababa de descubrir que ni sus emblemas ni sus conmemoraciones identificaban a muchos de aquellos habitantes, hombres centrífugos, que preferían vivir sin salir de unos márgenes para no pertenecer del todo a ella. Ese era el secreto. Pactar una distancia, ser miembro de un distrito sin existencia catastral, más bien una figuración mental que implicaba no entrar en las redes voraces de la ciudad, que como una bicha pluricéfala iba domesticando a sus hijos. Salvo a algunos como “Hollines”, que bebía orujo tristemente en un barrio ferroviario y guardaba lealtad inquebrantable y silenciosa a una decisión compartida por otros individuos en otros cantones de León.
—Quédese afuera. Búsquese un barrio en cualquier ángulo, donde la ciudad no pueda encontrarlo nunca a usted.
Y eso hice. Hace quince años.


Un amigo se llevó ‘Fragmentos de un discurso amoroso’ de ROLAND BARTHES.
Cuando el libro volvió, se le cayó esta hoja.
Poemas, cuentos, poemas-objeto, poemas visuales, poemas-juego, treatremas, relojes, libros alterados, máquinas de texto, esculturas de papel, revistas de poesía, talleres experimentales… En la página de SOFÍA RHEI…
Éste lleva al lado, a la izquierda, la palabra FUTURO:
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Y éste otro pertenece al libro ‘Química’:
"Estaba adoptando malas costumbres. Aunque no fumaba y seguía sin beber alcohol. Pero desde hacía un tiempo aceptaba la suciedad, olvidaba el atuendo correcto que a pesar de la penumbra, el calor y el enclaustramiento habia mantenido hasta ahora. El cuidado de su apariencia exterior, la limpieza y el cambio de ropa se habían ido convirtiendo, de cotidiano placer, en obligación diaria, y pronto lo diario dejó de ser preceptivo, hasta que una noche olvidó desnudarse. Desde entonces llevaba la misma camisa sobre el mismo pantalón. No le molestaba ya notar en su piel una capa suave de sudor, grasa y polvo. Al mismo tiempo empezaron a ocurrirle extrañas desgracias y accidentes, que aceleraban la suciedad y el abandono extendidos por su casa. Así volcó un frasco de miel, del que de vez en cuando tomaba una cucharada, cuando estaba sentado en el escritorio; lo había colocado, sin fijarse, en un montón de papel inclinado."
BOTHO STRAUSS (La dedicatoria)

Es ruso. Toca de maravilla. Hoy estaba nostálgico.
(La foto se tomó en septiembre, por eso aparece en mangas de camisa)
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(SELEVIÓ)
"En las ciudades fronterizas, de límites indecisos, es corriente oír la fórmula: se le vio, se le vio entrar, se le vio haciendo, se le vio… Ese impersonal resume la vigilancia de la ciudad, una vigilancia que un amigo sentía, exasperado, como insufrible, porque se basa en el conocimiento absoluto: todos nos conocemos, me decía, es imposible encontrar un sólo desconocido. La ciudad entera se pasa informes, se comunica con miradas anónimas, que se transforman en noticias: se le vio entrar en la casa donde velan a los muertos, en la estación, en la tienda de los mirones, y ya hay noticia sobre ese particular. Muchos huecos se abren en la calle, ninguno guarda tanto secreto; pero cada vez que alguien entra allí, hay a sus espaldas unos ojos, alguien está mirando, y la boca sin nombre dirá el selevió."
"Vino la primera helada, las calles están endurecidas. El delgado cristal que piso esta mañana es el mismo que ya pisé otros inviernos en la ciudad de los fríos visigodos. Con el sentimiento muy firme de que las calles cambian sus direcciones, los pasos varían sus pulsos, pero la primera helada de cada año es siempre la misma: la música del rito invernal."
ILDEFONSO RODRÍGUEZ
(Despierto y por la calle.
Calendario 2002. Editado por el Ayto. de León)

"Representar el espacio, ocupar un espacio. En un breve relato cuenta Hesse cómo un condenado a muerte entretiene su espera dibujando en la pared de su celda un pequeño paisaje: las casas, un túnel por el que justo va a entrar un trenecillo cuya máquina humea, los árboles frondosos y su sombra a la orilla del río… Cuando el carcelero viene a buscarlo, el hombre le pide que le deje un momento arreglar aún algo en el dibujo y, de modo imprevisible, sube entonces con un saltito al diminuto tren, que imparable continúa su marcha. El carcelero, atónito, contempla cómo el tren va entrando en el túnel, ya sólo se ve la cola y el humo que la envuelve, ya sólo humo, ya nada.
Se podría proponer este relato como imagen del arte. No como mera metáfora de una evasión que nos permite no enfrentar los problemas del mundo, sino como mecanismo que potencia la libertad, como irrealidad que haciéndose real se escapa hacia otro sitio."
OLVIDO GARCÍA VALDÉS (Fragmento inicial de la conferencia ‘Vivo enfrente del bosque: espacios de una imagen’, sobre Remedios Varo. Huerga & Fierro Editores. Madrid, 1999)
SOLDADOS
Pillan, saquean, queman, van aniquilando todo lo que encuentran a su paso, soldaditos de plomo. No saben por qué lo hacen, ni en nombre de qué ley. Llegan atemorizados, culpables; al cabo de unos meses son eficaces máquinas de asesinar.
Se encontraban, escrofulosos y desnudos, en un patio de arena donde soplaba quizás el viento del desierto, junto a un pozo de piedra que sombreaba un alero; habían caído en una emboscada de los resistentes afganos.
Contaron entonces cómo habían defenestrado una casucha y ametrallado a mansalva a sus diecisiete habitantes, que esperaban agazapados en el interior. El primero de los soldados, que abrió la puerta de una patada, lo pagó regando al suelo sus propias tripas. Los otros tiraron granadas por las ventanas y calcinaron a toda la familia. El olor de los cuerpos chamuscados, de la sangre quemada, de los excrementos y el orine era tal que los soldados, después de esa valerosa acometida, iban cayendo desmayados, o presa de vómitos incohercibles. Y seguían liberando al país hermano.
(Les dan heroína y opio: para que todo les parezca un juego.)
SEVERO SARDUY
(El Cristo de la Rue Jacob. Edicions del Mall. Barcelona, 1987)
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