que vuelvo a entrar en el mundo: primero empecé
como un punto pequeño, fijo; todavía veo
aquel viejo yo, una chincheta azul oscura

empujada a escena,
una dura cabecita emergiendo
del rumor y el florecer puntillistas.
Después de un tiempo la mota
empieza a licuarse. Ciertos calores
La derriten.
Ahora a toda prisa, me iba
diluyendo en gamas
de rojo quemado, verde ardiente,
biografías completas nadaban hacia mí
y me engullían como a Jonás.
¡Jonás! Yo era Wittgenstein,
Mary Wollstonecraft, el alma
de Louis Juvet, muerto en
una fotografía ampliada.
Hasta que devorada, casi hecha jirones,
aprendí a volverme
poco apetecible. Escamosa como un bulbo seco
tirado en el sótano
me serví de mí misma, no dejé que nada me usara.
Era como cobrar un subsidio personal,
a veces más como modelar ladrillos en Egipto.
La vida que allí había era mía,
poner una y otra vez
la mano sobre un ladrillo caliente
y tocar el espíritu del sol
con frugal alegría,
nombrar una y otra vez
las meras necesidades.
Qué importan ya aquellos días. Pronto
la práctica puede hacerme casi perfecta, me
atreveré a habitar el mundo
con el movimiento vigoroso de una anguila, sólida
como una cabeza de col. Tengo invitaciones:
un bucle de niebla se eleva humeante
de un campo, visible como mi aliento,
las casas a lo largo del camino permanecen esperando
como ancianas que tejen, ansiosas
por contar sus historias.
ADRIENNE RICH (De la antología ‘Poemas 1963-2000′.
Traducción: Mª Soledad Sánchez Gómez. Ed. Renacimiento, Sevilla, 2002)