¿Por qué se escribe?, por AGUSTINA BESSA-LUÍS
Si se pudiese aplicar a la literatura un estilo naïf, respondería que, a nosotros, los veteranos, hace ya mucho tiempo que dejó de interesarnos este tipo de preguntas. Escribir, o es un ejercicio del recuerdo –con flores y escenas campestres, un tanto autodidacta–, tal y como lo practicaban las damas suecas del siglo XIX o la abuelita Mosés: un producto de la buena educación, un medio de sofocar la personalidad y dejar una impresión en los nietos. O no lo es.
Para mí no lo es. Por eso irrito a mi público, e incluso a los lectores ocasionales, que me leen en un artículo o en una entrevista de periódico.
Francamente, ¿por qué creen que escribo? Para incomodar al mayor número posible de personas con la máxima inteligencia. Por nacisismo, que es un hecho de civilización. Para ganarme la vida y para figurar en la Larousse con el mismo realismo utópico con que se define a Madame Pompadour, que, siendo bajita y como una muñeca, es presentada como "grande, bien-faite". La fama de un hombre altera las opiniones, al igual que el amor imaginario o el erotismo pretencioso.
Escribo para desengañar con merecimiento, que es el medio de dejar un recuerdo valioso.
Dicho esto, quiero explicar a qué se debe que los portugueses se resistan a responder a este tipo de preguntas. Constituimos un pueblo muy antiguo, que no ve sabiduría en la actividad profesional. Ser pobres no nos obliga a ser brutos, ni a obedecer a los patrones de la sensiblería infantil.
Escribir es esto: conmover para ahuyentar la angustia y aliviar el miedo, que a los pueblos siempre les parece un brebaje de laboratorio, cada vez más adulterado. Pienso que el escritor de mayor éxito (no en las ventas, sino en su adaptación profunda a la sociedad) es aquél que protege a los hombres del miedo: por su audacia, delirio, imaginación, piedad o transfiguración. Pero por qué se escribe, eso no se sabe con certeza. Porque la exactitud poética de un acto humano no corresponde totalmente a su evidencia. Se ama la palabra, se usa la escritura, se despiertan las cosas del silencio en que fueron creadas. Después de todo, escribir es algo así como corregir el destino, que es ciego, mediante un regocijo de la Naturaleza, que es precavida.
AGUSTINA BESSA-LUÍS (Texto fechado en 1985, incluido en el libro ‘Contemplación cariñosa de la angustia’, cuatro ed., Valladolid, 2004)
La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO



