Isla Kokotero

July 7, 2007

‘Será mejor que no vengan’, un relato inédito de ÁNGELES VALDÉS-BANGO

Ángeles Valdés-Bango

    Antes de que llegasen, pensó: “Será mejor que no vengan”. Mientras esperaba, y cuando el tiempo iba pasando, la ansiedad, porque no venían, la hizo llorar.
    Desde el verano, y el otoño ya estaba muy avanzado, se venía repitiendo aquella escena; al principio, espaciadamente, y, desde hacía cerca de un mes, casi a diario, pero aquella era la primera vez que la espera la había llevado al llanto.
    Cuando despertaba de una siesta, una tarde, en plena canícula, en una soledad planeada, escondida entre unos pinos, y respirando el olor de un mar que apenas podía oír, salió de un sueño, que no fue capaz de recordar, sintiendo la añoranza de una plenitud que nunca había existido; y poco después, y ella creía que ambas cosas estaban relacionadas, comenzaron aquellas esperas que, muy pronto, se impusieron como su más importante ocupación.
    Los que habían de llegar no aparecieron definidos con claridad, pero mejor sería decir que no se concretaron en la oscura idea con la que luego se perfilaron, hasta que las esperas se repitieron, una y otra vez, como un difuso sentimiento de ausencias. Y aquella concreción, tan imprecisa, la había conseguido, o se le había ocurrido, como por arte de magia o, quizás, por los propios anuncios de aquellos que habían de venir, y que accedían a ella gracias a las esperas mismas.
    Es de suponer que las primeras esperas pudieron estar llenas, solamente, de una cierta nostalgia triste, en el centro de un estupor que le impedía pensar; aunque, a medida que pasaba el tiempo, se convencía, un poco más, de que lo que había logrado incorporar, a lo que tenía por certidumbres sobre todo aquel trabajo que se daba, ya lo había sabido desde siempre. Y, también, es bastante probable que todos los hallazgos que iba descubriendo, y que contribuían, en general, a despertar en ella la facilidad para la obsesión, y para la repetición, que tienen algunas personas, fueran debidos a su denodado empeño en responder a la pregunta: “¿Qué es lo que me está pasando?”.
    Todo aquel inevitable y complicado afán, pues así era como ella, honestamente, lo veía, no era sólo que influyera en su vida, sino que, según su razonamiento, no la dejaba vivir lo que, en cualquier otro caso y momento, hubiera vivido. Y el pensar, de este modo, significaba, para ella, que no sentía la vida como lo que puede proporcionar felicidad y placer, siempre que se sepa bucear bien, en ella, como había creído hasta entonces; pues, por lo que podía experimentar, la estaba viviendo como una sucesión de duros obstáculos que le dificultaban, en demasía, la tarea, que se había impuesto, de ir abriendo todas las puertas y todas las ventanas, de sí misma, para llenar sus vacías oscuridades con los que habían de llegar.
    Fue ya en su adolescencia, cuando se acostumbró a las planificaciones metódicas para todo lo que le debía acontecer en los días y los meses y los años que se siguieran, y hasta en las sucesivas horas de un día cualquiera; y había aprendido a ponerlas en práctica, rigurosamente. Y no había vuelto a hacerlo, desde que empezó a encontrar una inexplicable y explícita y despegada censura a su comportamiento, procedente hasta de su misma madre y de sus propios hijos; e incluso imaginaba que su marido no había llegado a censurarla nunca, por esta costumbre, probablemente porque ponía mucho cuidado en ocultársela.
    Este aspecto de su carácter, era lo que la había convencido de que se completaría en lo que debiera ser, aunque había ido perdiendo el aplomo suficiente para afirmarlo con esa rotundidad, siempre que no descuidara ninguna de las posibilidades que los tiempos, en los que viviera, pudieran ofrecer a una persona como ella; y la había hecho creer en la lucha, incluso encarnizada pero incruenta, por lo que consideraba la ampliación de sus oportunidades. Y había estado segura, hasta entonces, de que había coronado con éxito todo lo que había emprendido, y de que no había fallado en ningún intento de mejorar.
    Así que, mientras dejaba que la clase se le fuera de las manos, situación que sus alumnos no estaban acostumbrados a conseguir, ella, suponiéndose escamoteada ante los demás, se dedicaba a enumerar todo lo que creía poseer, enunciando también algunas pertinentes aclaraciones sobre el particular: “Tengo una carrera universitaria, y soy la única, de mis amigas del pueblo, que la tiene; saqué las oposiciones a la primera, y mis compañeras de curso necesitaron varias convocatorias o, todavía, están en ello; me las arreglé, muy bien, para enganchar a Eduardo, y sé que muchas me envidiaron; tengo dos hijos, inteligentes y brillantes y con mucho futuro, de los que me puedo sentir orgullosa…”.
    En este punto, solía detenerse sin arriesgarse a seguir con aquella lista, que tenía confeccionada, poco más o menos en los mismos términos, desde los años en los que aún no había dejado de ser una adolescente, y que le había servido para ir marcando, después de cada triunfo, la consecución de todo lo que había perseguido; pues se había encontrado, inesperadamente y sin saber cómo, ante la certeza de que no todo estaba en esa lista, y tampoco podía estar.
    Y el alcance de aquella idea, que sinuosamente había aparecido entre sus pensamientos, la inquietaba; sobre todo, porque se sentía incapaz de determinar sus consecuencias. Por esa razón, cambió el sentido de la pregunta que se hacía, y la transformó en: “¿Qué es lo que no me está pasando?”.
    A partir del momento en el que había comenzado con las esperas, y les reservaba toda la dedicación que le parecía debía ser para ella, no volvió a tener tiempo para nada y para nadie. Y, tratando de evitar cualquier intromisión inoportuna, nunca olvidaba planificar las horas y los días y los lugares en los que se entregaría a esperar; y, como quién se cuida de una amenaza de muerte, modificaba los trayectos que tenía que recorrer para trasladarse a algunos rincones no frecuentados, en los que se decidía a repetir la espera, cuando creía haber encontrado, en uno cualquiera de ellos, algún atisbo de que sería el acertado para que, los que vendrían, llegasen hasta allí. Y pensaba: “Para que me encuentren esperando”.
    A pesar de asistir al desmoronamiento de aquel diseño en el que había tratado de mantener su vida, lo que le hacía creer, buscando algo que la sostuviera, que no debía darse todo por perdido y que había una cierta seguridad de acertar en lo que estaba emprendiendo, era pensar que había un vínculo entre el nuevo método que estaba utilizando y la configuración de la vida que iba dejando atrás. Toda vez que, según reflexionaba y suponía que se daba cuenta de ello, los que no venían, no vendrían de fuera de sí misma, y, además, que ella siempre, y ahora con renovado ahínco, había sabido de aquella añoranza de plenitud; aunque, en esto último, admitía que pudiera estar equivocada.
    Por eso, en la espera que la llevó al llanto, realizando un planteamiento que añadió un gran temor a su inquietud, llegó a la indefinible conclusión de que si los que habían de venir no existían, ni existirían fuera de ella, ¿qué fuerza externa sería capaz de hacerlos surgir en su interior?
    En esa espera, sin que hubiese encontrado apoyo en ninguna otra razón aparente, fue en la que empezó a referirse a aquellos a los que estaba esperando como los que faltaban. Y el cuidado que puso en darles lo que consideraba un nombre propio, y por unos motivos que presumía cercanos a los que dan lugar a la inscripción civil de un nacimiento o al bautismo religioso de un recién nacido, derivaba de la misma naturaleza que ella atribuía a aquellos que esperaba que viniesen; ya que, sin explicarse, en modo alguno, qué es lo que le había llevado a ello, pudo llegar a saber que, los que habían de venir, eran tan humanos como su propio yo y, en realidad, serían su yo cuando llegasen.
    Otra razón, y no meramente tangencial, de aquella apresurada y forzada nominación, estaba en un sentimiento rayano en el pánico, que trataba de controlar sin mucha fortuna, en el que se hundía; y para el que buscaba encontrar un cierto alivio en la delimitación de la clase de temor al que se enfrentaba y en cómo debía llamarse a aquello que temía.
    Ese mismo día, por la noche, se fue a la cama al límite de sus fuerzas y, cuando intentaba conciliar el sueño, su marido la desveló: “Me han dicho que andas por ahí sola, cavilando. Si estás pensando en dejarme, no es lo que te imaginas. Sé que siempre se dice eso, pero fue una tontería. Y luego no sabía cómo dejarlo; cosa que también se dice, ya lo sé. En realidad, se alargaba sin que nos diéramos cuenta”.
    Aterrorizada y atónita, buscó algo de resistencia en el puro deseo de no haberla gastado en su totalidad, y la encontró en una recomendación que su padre le hacía, en todas las ocasiones oportunas: “Siempre hay que mantener el tipo”. Y, por un repentino y perverso interés en destapar a quién se estaba refiriendo, le preguntó: “¿Por qué la elegiste precisamente a ella?”. Y, antes de darle tiempo a contestar, pensó: “Se está desahogando. Quiere quitarse este peso de encima”.
    _ “Sé que tienes que estar muy molesta, por tratarse de tu mejor amiga. Pero tienes que creerme que fue ella la que empezó; y que yo no tenía ni idea de que ella y Juan ya no se entendían”.
    _ “Nunca fue mi mejor amiga; aunque lo diga, sin ninguna razón. Tendrías que estar convencido, de ello. De todos modos, lo importante no es ella, lo importante eres tú. Después de todo, yo sí creía que tú eras mi mejor amigo”.
    _ “Y lo soy. Puedes estar segura”.
    _ “Creo que debes marcharte. Necesitas llegar a saber, muy bien, dónde estás y dónde quieres estar. Y tienes que enterarte de cómo vas a vivir, de ahora en adelante. Puedes ir al apartamento de Andrés. Hasta el verano, no vuelve de Estados Unidos”.
    _ “¿Y qué dirán los niños? ¿Qué dirá la gente?”.
    _ “La gente que diga misa. Y los niños ya no son niños”.
    _ “Te estoy diciendo la verdad. No sé por qué ocurrió. Y daría veinte años de mi vida porque no hubiera sucedido”.
    _ “Siempre quedará mucha verdad en lo que no se diga. Y no creas que te quedan tantos años como para darlos así, frívolamente. Tal vez, debamos plantearnos si renovamos nuestro contrato”.
    _ “Yo te quiero”.
    _ “No digas estupideces, ahora. Será mejor que vayas a dormir a la habitación de Adela. Su cama siempre está hecha. Y, si no quieres, coges ropa limpia y hay suficientes camas libres como para hacer todo tipo de pruebas”.
    Cuando él se fue, cayó en un hondo y enfermizo sopor como en una antesala de la muerte. Al amanecer, empezando a salir de aquella especie de inconsciencia, todavía retomó su vida desde un estado del que le era difícil salir, y dijo débilmente: “No tengo que dejar que me vuelvan a ver, mientras espero. Por si me pongo a llorar”. Imploró para que le llegase algo de lucidez, y después, con una voz que no reconocía, pudo volver a hablar: “Y mucho menos esa zorra hija de la gran puta”.
    Entonces, de pronto, la invadió una ira sorda y profunda que pareció que la ahogaría. Cerró sus ojos y selló su boca, para esforzarse en sobrevivir; y, cuando dejó de ahogarla, su mundo, que ya no era su mundo, había dejado de existir. Y, en el mundo en el que ahora entraba, con todas y cada una de las elementales partículas de su ser y con todos sus alientos y sin reserva alguna, la odió.                                              

    ÁNGELES VALDÉS-BANGO (Este relato forma parte del libro ‘Nada sucedía como lo había imaginado y otras certezas’, de próxima publicación)   























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