Isla Kokotero

October 12, 2009

Entrevista al poeta MARCOS ANA, por ANTONIO LUCAS en El Mundo

Marcos Ana
ENTREVISTA / MARCOS ANA (Poeta y ex preso político):

«VOY COMO UN SONÁMBULO URGIDO POR EL MUNDO»

Por ANTONIO LUCAS

(Entrevista publicada en EL MUNDO,
el domingo 11 de octubre de 2009)

Tiene el extraño récord de ser el reo
que más tiempo pasó en las cárceles de Franco: 23 años

Entre condena y condena a muerte, comenzó a escribir poesía
y se convirtió en un icono de resistencia

Almodóvar, tras leer su autobiografía, ‘Decidme cómo es un árbol’,
prepara con ella el guión de su próxima película

LOS AÑOS DIFÍCILES. «Lo más duro de los 23 años de cárcel fue, paradójicamente, la libertad. Adaptarme de nuevo al mundo. Yo nací de nuevo a los 41 años»

PRISIÓN. «Mi primera relación con una mujer fue cuando por fin salí de prisión. Ella era una prostituta muy dulce que cuando supo mi historia no me quiso cobrar»


Al portal se accede por un patio de carros que remata al fondo en un gimnasio de mucha maquinita. En el primer piso espera con la puerta abierta Marcos Ana, ensayando una sonrisa elástica que fulmina la cortesía tirante de los primeros encuentros. «Pasa, pasa. Mira lo que quieras. Ya despido a estos amigos. Vienen de Chile para grabar un documental sobre mi vida». Marcos Ana tiene 90 años y ejecuta movimientos de gran elasticidad con un esqueleto que se acostumbró a ir al galope tras dejar la cárcel.

Descubrió la poesía en una celda en la que no había más lenguaje que el miedo. Hasta entonces era un muchacho casi analfabeto que abrevó en las fuentes del socialismo como antesala de la órbita comunista. Entonces, con la Guerra Civil en marcha, expedía consignas revolucionarias hasta que le dieron caza y lo arrojaron al sumidero de la Historia.

Pero 23 años preso no le hicieron perder el equilibrio de palabra que mantiene como credencial. Fue el reo con más horas de prisión del franquismo. Un récord siniestro. Este salmantino honesto, magro y elegante, nació en 1920 en la bancada más mísera de la escala social. Llevaba por nombre Fernando Macarro Castillo. Pero cuando publicó su primer libro de poemas, ya en prisión, quiso rendir homenaje a sus padres asumiendo como identidad sus nombres: Marcos, que murió en un bombardeo de la aviación alemana, y Ana, «que falleció agotada de seguirme cárcel tras cárcel».

Sentado frente al ordenador, Marcos Ana tiene a la espalda una litografía de Picasso y una liricografía de Alberti. Más allá hay una foto del Che, una librería forrada de ediciones de Neruda y una bicicleta estática. Del cráneo a los pies está sostenido por un entusiasmo incalculable. La mañana le golpea en la calva y de la bola de la cabeza le salen recuerdos como un pan recién nacido.

– Al dejar la cárcel me convertí en un ciudadano de la Vía Láctea. No he parado de viajar. Empecé a hacer todo aquello que siempre quise, aunque mucho más tarde. Voy como un sonámbulo apresurado y urgido por el mundo. Soy capaz de ir por la mañana a Estocolmo a dar una charla a la universidad y regresar por la tarde. Eso lo he hecho. Para muchos soy como un extraterrestre. Hace unas semanas tuve un ligero mareo, pero no fue nada. Cosas de la tensión. Ahora tengo que ir a Patagonia, donde vamos a acabar el rodaje del documental que los amigos chilenos realizan sobre mi vida.

Este hombre con testa de patricio está sentado en la butaca del salón, repasando una vida que en verdad son dos. Entró en la cárcel a los 19 años y salió de ella a los 41. Lo entrullaron en 1939 y lo soltaron en 1961. «Me dejaron libre por un decreto que obligaba a soltar a los presos que llevaran más de 20 años ininterrumpidos en prisión. Yo era el único», afirma con una sonrisa.

Salió de allí desnortado y virgen. «No había estado jamás con una mujer. Tuve que aprender a vivir de nuevo. Mi primera relación sexual fue con una prostituta en Madrid. Imagínate. Tenía más de 40 años. Cuando le conté mi circunstancia, la muchacha me trató con una delicadeza enorme. No me cobró las 500 pesetas que habíamos pactado. Así que al día siguiente fui a esperarla a la salida del local donde trabajaba con un ramo de flores enorme. Fue una experiencia preciosa». Por vez primera en su vida, aquella noche, sintió un cuerpo de mujer junto al suyo, la carne como un ascua, miel lenta y milagreada.

Cuando Almodóvar leyó en las memorias de Marcos Ana – tituladas como uno de sus poemas: Decidme cómo es un árbol (editorial Umbriel)– esa aventura de su primera vez, adquirió los derechos para adaptar al cine la autobriografía. «Hemos hablado varias veces. No lo conocía personalmente, pero en el primer contacto descubrí a un tipo con una gran densidad humana. Y muy conmovido por mi historia. Su preocupación es cómo llevar a la pantalla eso que algunos compañeros y yo hemos sufrido, sin malear la intensidad. Lo va a hacer bien, pero aún tenemos que hablar más».

En la prisión de Porlier, Buero Vallejo le presentó a Miguel Hernández. «Sólo compartimos unos días, porque él estaba de paso. Iba a la cárcel de Ocaña. Era excepcional. Siempre rodeado de gente. Enseñaba a leer, a escribir, daba clases de poética, de arte… Las cárceles se fueron convirtiendo en universidades clandestinas. Una vez vencidos los años primeros, los del odio y el hambre, los presos logramos crear un frente carcelario. Era sobrecogedor ver a los condenados a muerte estudiando… Ya ves, con las pocas posibilidades que había de salir vivo de ahí… Aún recuerdo una escena conmovedora: estaba en mi celda y a mi compañero lo llamaron en una saca [asesinatos de reos]. Él estaba leyendo. Y cuando escuchó su nombre dobló la esquina de la página y dejó el libro cerrado sobre el jergón, como si esperase volver. Leer y estudiar, aun condenado a muerte, era una forma de dar salida a nuestros vacíos y desalientos. Sabíamos que muchos no llegaríamos, pero queríamos ir lo más formados posible al improbable encuentro con el futuro. Yo le debo a la cárcel mi educación».

Marcos Ana fue de los afortunados. Estuvo condenado en dos ocasiones al paredón, pero le cambiaron las penas por 30 años cada una. Del terror hizo resistencia y costumbre.

Sobre la mesa acumula un repertorio de papelillos de fumar escritos con caligrafía de hormiga. Por las noches cambiaba la picadura del tabacazo por la brasa de unos versos que después sacaban clandestinamente las visitas para difundir aquellos poemas por medio mundo a través de correos furtivos: «Se disimulaban en capachos de comida, en refajos, en sostenes… Con la poesía estábamos creando un arma nueva», afirma. Después se reproducían en imprentas de tapadillo y en las sacristías de algunas iglesias con techo de uralita.

En esas miniaturas escribió Marcos Ana algunos de sus libros mojando en tinta un alfiler: Poemas desde la cárcel o España a tres voces. Y mientras fundaba tertulias y periódicos libertarios en el penal, enseñaba a escribir y lo torturaban cada cierto tiempo mientras las bayaderas revolucionarias coreaban su nombre desde lo alto de un mitin.

Cuando le abrieron el cerrojo de la calle, le dio un vértigo de aire limpio al que tardó en acostumbrarse. La libertad es bella y, a veces, venenosa. Al mes se fue a París como un evangelista insurrecto. Y regresó definitivamente en 1976.

– ¿Guardó rencor?

– Ni tuve ni tengo de eso. Y no porque sea un vegetariano en política, sino porque cuando uno tiene ideas no lucha para vengarse. Me sentiría muy desgraciado si me impulsara el rencor. Eso es cosa de delincuentes comunes. Y yo no lo era.

– ¿Qué fue lo más difícil de aquellos 23 años de cárcel?

– La libertad. Adaptarme al mundo. Cuando salía al campo en aquellos primeros meses fuera de prisión me mareaba hasta el vómito. Y era, según los médicos, porque el nervio óptico se había acostumbrado a espacios cerrados y verticales. Así que nací de nuevo a los 41 años. A esa edad tuve que descubrir la trama excitante de la vida, como un niño. Las dos especies más cambiadas que encontré al salir de la cárcel fueron las mujeres y los coches.

– ¿El comunismo tiene sentido?

– Sin duda. Pero mi mensaje no es para los comunistas, sino para aquellos que no están con nosotros. Yo estoy en contacto con los jóvenes. Tenemos que comunicarnos, en vez de enviarnos comunicados. No soy un comunista de cuartel. Diferencio el ideal de los instrumentos. Aspiro a una sociedad donde el sol caliente para todos. Llámalo como quieras. Hay que aprender de las ideas de los demás y crear un comunismo nuevo. Este mundo debe cambiar.

Marcos Ana tiene algo de ejemplar único. Desde el voladizo de la calva contempla aún el mundo con asombro, como si abriera por vez primera la trampilla. A los 90 años tiene un vago rumor de héroe humilde rehogado de proteínas. Viaja de un lado a otro como un joven explorador. No sabe lo que es una aspirina. Fibroso y noble, es un comunata de los que levanta el puño cerrado en plan trofeo democrático. Y hoy va con la prisa del superviviente, como un pura sangre de recuerdos sin un gramo de revancha en el galope.

July 1, 2009

La última entrevista con VICTORIANO CRÉMER, por ANTONIO LUCAS (en El Mundo)

VICTORIANO CREMER. © Fotografía de CÉSAR ANDRÉS
[Victoriano Crémer, en los años 70,
en una histórica fotografía de CÉSAR ANDRÉS]
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EN PRIMERA FILA / VICTORIANO CRÉMER / POETA

«LOS INTELECTUALES DE HOY SON UNOS MOMIAS»
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A los 102 años sigue escribiendo casi a diario en los periódicos con un entusiasmo crítico que no cesa. Adscrito a la órbita de la poesía social en España, fue fundador de la mítica revista de literatura ‘Espadaña’. Vive sobrepasado de fuerza e ironía y ha publicado en Visor su nuevo libro de poemas, ‘El último jinete’

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Por ANTONIO LUCAS
(Entrevista publicada en EL MUNDO
el 31 de Mayo de 2009)


Está sentado del lado de la ventana en el Bar Río de León, trasteando el sonotone con manos ágiles de 102 años. Sobre la mesa hay periódicos, un destornillador diminuto, una caja de pilas de botón y un monedero. Lleva un rato intentando arreglar el trasto de la oreja para alcanzar la vegetación de las voces que se cruzan en la pecera del café a esta hora punta de la mañana.
 
Es cauto, serio, algo desconfiado, pero al vernos entrar le salta el muelle de la simpatía y lanza una mano como un cabo suelto para volver de inmediato a su labor de ingeniero hurgando en las tripas del aparato de oír. «Pues tu dirás, pero si esto no funciona no podemos hablar…», amenaza. Sin embargo hace rato ya que estamos hablando, al modo sincopado y repentino de los sordos, gente acorazada para las preguntas y libertaria en las respuestas.

Victoriano Crémer está ceñido a un chásis centenario al que sólo se le ha gripado, ligeramente, el bimotor de las patas. Vive solo. No tiene costumbre de coger el teléfono y anda con un jaleo de cosas por hacer que invita a sospechar si no será la versión leonesa de Benjamin Button, el tipo del cuento de Scott Fitzgerald que envejecía al revés. Desde su arboladura de olmo antiguo ha visto pasar un siglo de todos los colores. Y con el mismo ímpetu, el mismo espanto y la misma rebeldía con que asiste a él lo va cifrando en poemas, en crónicas, en artículos de periódico. Así sigue, enviando cada tarde su columna a un diario de León, bajo el título de Crémer contra Crémer.

- Yo he escrito ya hasta en las paredes. En la cárcel y fuera de la cárcel. En momentos horribles de mi vida y en otros más serenos… No hay nadie que se atreva a hablar hoy como lo hago yo. Necesito 20 años más para decir todo lo que quiero decir… El periodismo no morirá. El hombre empezó a escribir hace miles de años sobre una piedra y no va a dejarlo ahora. Vendrán cosas nuevas, pero nunca faltará un periódico.

Y lo afirma con ese rumor de milagro de quien ya se ha convertido en mitología de sí mismo. El salto al vacío que es toda entrevista le pone alerta. Tiene la alubia del sonotone sujeta con tres dedos y lo levanta de vez en cuando como quien busca frecuencia con el alambre de una antena. «Nada, que esto no funciona. No te voy a poder oír…», informa.

Victoriano Crémer es un poeta que figura en los libros de texto como uno de los nombres más tenaces de la poesía social en este terruño. Fundó la revista Espadaña en 1944 junto a Eugenio de Nora y el cura Antonio González de Lama. Era la publicación antifranquista más valiente de España en el momento más jodido de España, cuando Franco aún ordenaba fumigar rojos a diario como un semidiós eufórico con la saña de quien porta en el escroto un sólo huevo. En el penal de León los falangistas jugaban a los fusilamientos con Crémer. «Ésa era su diversión. Nos sacaban de la celda de madrugada y en el patio del presidio nos disparaban con balas de fogueo. Algún compañero murió del susto. Así pasaba yo los días».

Por esa y otras putadas adquirió temprano un compromiso cívico que encontró altavoz en sus libros y en Espadaña. «La creamos en una de mis salidas de prisión. Pero necesitábamos el apoyo de alguien de derechas. Y no hallé a nadie más de derechas que un cura, González de Lama. Así empezó esa aventura que duró hasta 1951 y donde publicamos a poetas prohibidos como Neruda, César Vallejo, Miguel Hernández…». En aquellos años escribía sin descanso y el resto del tiempo lo ocupaba en sortear el hambre.

Crémer no hace Historia. Él ya es la Historia en persona. Las ideas le manan de la vejez. Aunque conserva fumarolas de aquel joven anarquista y amigo de obispos al que hoy niega. «Ese es un juego que me he traído toda la vida, pero yo no soy anarquista, ni socialista, ni nada. Tan sólo católico, apostólico, de León… Y sindicalista revolucionario», exclama. Una menestra inflamable.

Nació en Burgos en 1907. Tiene un timbre rotundo de barítono desgastado, una voz como una barcaza que atraviesa el Bar Río de punta a punta. Ha sido mancebo de botica, vendedor de libros, mitinero con Durruti, amanuense, obrero tipógrafo… No se ha tomado ni medio Gelocatil desde el siglo pasado. Y aquí está. La memoria le funciona como un loro que, sujeto al hombro, le soplase citas, fechas, datos concretísimos, decimales de una existencia difícil de abarcar. Aprieta el sonotone con el índice y el pulgar y las frases le salen a chorro, a su bola.

- Tengo casi 103 años y en la poesía sigo y seguiré. Por una razón muy sencilla: la poesía es para mí el procedimiento de expresión que mejor responde a mis necesidades. En la dictadura escribí poemas verdaderamente subversivos, unos textos del diablo. Había que hacerlo. Pero estoy convencido de que en la sociedad española, salvo excepciones, nadie sabe una palabra de poesía, ni de prosa, ni de nada. Vivimos un tiempo de analfabetos. Somos un país rico, negociador y… olvidadizo. La prueba está en que muchos de los que llevan las riendas económicas y políticas son los mismos que andaban en la órbita del franquismo.

- Será la mala memoria patria…

- Nada de eso. Será la mala costumbre. Hemos aceptado la imposición de los partidos únicos. Eso corrompe la democracia. ¿Dónde están los intelectuales? ¿La gente crítica de la Cultura? Pues casi todos convertidos en momias. Estamos como en la dictadura, donde sólo había intelectuales de salón. Hay mucho demócrata de vía estrecha. Y como no de puedo ejercer de ciudadano libre ejerzo por libre de ciudadano.

El desacato no es una norma en Crémer, sino un servicio auxiliar permanente. Se mantiene en pie con el cafelito de la mañana, que le engrasa los pistones del lenguaje. En su cóctel molotov de palabras ardientes va haciendo pausas para arrancar el sonotone. «No hay manera. No vamos a poder hacer la entrevista. Es que sin esto no te oigo… Te decía que ahora toca sufrir la avalancha de los pseudodemócratas. Han hecho de la democracia y de la Justicia un cuento, una burlería. Todo es una mierda. Ni esto es democracia real, ni la Justicia es lo que debiera ser, ni existe el socialismo. Aquí ya no hay conciencia de nada».

- ¿Decepcionado?

- Nooo. Convencido. Convencido de que vivimos una gran mentira. La fatalidad de la vida española es que cada cambio nos hace perder algo más de pie. El panorama está tomado por mercaderes y ladrones. Tenemos un presente cimentado en dos pilares: la derecha cierta de Rajoy y la derecha engañosa de Zapatero.

- Desarrolle…

- Su abuelo, el capitán Lozano, me libró de un juicio militar… Porque yo me he salvado de situaciones muy extremas… Y ahora mira, su nieto presidente; alardeando de un socialismo que no es tal. Yo sé lo que ése sabe y lo que no sabe. Y sé que es capaz de todo. Puestos a elegir me quedo con Rajoy, que al menos está en su sitio… Siempre he ido algo a la deriva. Siempre por donde no me llaman.

En este último tramo a Victoriano Crémer le ha temblado el belfo ligeramente. A ratos acerca la mano a la oreja izquierda a modo de trompetilla para atender a una cuestión que responde como si no la hubiese escuchado. Y antes de que la cosa degenere en el asalto al Bar Río y este hombre tome rehenes, ponemos la charla a sotavento, del lugar de su nuevo libro de poemas, El último jinete, publicado por Visor. «Pues eso es. Creo que tiene textos que no están mal. Y, sobre todo, que responden a mi propia conciencia. Si falseas la poesía te falseas a ti mismo. Algo que se da mucho entre los poetas actuales», remata.

No baja la guardia y el discurso se le acelera en ritmo y volumen. Si lo miras de cerca es como si la muerte no existiera. «Yo no me resigno a desaparecer. A mí lo que me apetece ahora es inventar un periódico, algo distinto y peculiar, aunque dure un mes. Aquí sólo se apoya el catecismo, aquello que no invita a sacar los pies del tiesto. Y me asusta ver a los jóvenes de hoy, a los estudiantes. ¿Dónde están? Tienen que recuperar la conciencia de la sociedad, denunciar lo que está mal. Pero no, son más reaccionarios que nunca, no protestan. Es hora de una revolución… Y el rollo este del sonotone… Que no va. Que no te oigo. Que no podemos hacer la entrevista». Pues ya vuelvo mañana, si no le va mal.
 

March 2, 2009

«La poesía siempre trae noticia de algo nuevo», una entrevista con SEAMUS HEANEY, por ANTONIO LUCAS

Seamus Heaney

SEAMUS HEANEY
(Poeta y Premio Nobel)

«La poesía siempre trae noticia de algo nuevo»

EL OFICIO. «La poesía debe ser una revelación, manifestar un pálpito de descubrimiento en aquello que nos viene a decir: de excitación, de estupor, de rareza»
LOS ORÍGENES. «La mía, la de Irlanda del Norte, es una cultura dividida, donde, a pesar de todo, no se pierde la cortesía. Pero lo peligroso repta por debajo de la superficie»
PROYECTOS. Está preparando un nuevo libro de poemas, ‘Human change’, sobre la experiencia de superar un infarto
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Por ANTONIO LUCAS
(Entrevista publicada en EL MUNDO el 1 de Marzo de 2009)

En la mano hospitalaria aloja un vaso de cerveza este hombre alto, con envergadura de dolmen, que arrastra por todo patrimonio unos cuantos poemas memorables y el fulgor de un Premio Nobel. Visto así, en la pecera del Círculo de Bellas Artes, donde una vez más acudió a leer versos, Seamus Heaney extrema su aspecto de leñador, de campesino que no quiere perder del todo el mito profundo del campo, ese rayo de aroma, ese trueno de asombro que tiene la tierra adentro.
    Es un irlandés curtido en el momento más salvaje de Irlanda. Aquellos años en que silbaban las balas por las calles y la sospecha marcaba las cuatro esquinas de la convivencia. Diríamos que este hombre se construyó en el centro de dos fuerzas contrarias. Heaney es un producto genuino de Irlanda del Norte. Exactamente del condado de Derry, donde nació en 1939 al cobijo de una familia católica de pedigrí humilde, agricultores y tratantes de ganado. De aquel paisaje extrajo el poso mitológico de su poesía, y de la alquería con techo de paja donde pasó su infancia le viene el sustrato de humanidad que le desborda, esa energía hecha con la condición de la risa.
    Hay, en él, una fuerza de Nobel atípico. Debe ser esta cercanía de profesor bien entendida, o esa inteligencia que anula los méritos extraordinarios en favor de la virtud de una conversación que salta de un lado a otro marcada por la intuición.
    Aquel día de 1995 en que le ungieron con el galardón de la Academia sueca, Heaney andaba con unos colegas comiendo higos de pala en una remota isla de Grecia. Le llamó su hijo Christopher, le soltó el scoop como un ladrillazo y lo que vino después ya forma parte del mogollón de estos juegos florales. «No creas que he tenido una convivencia fácil con el Nobel. Uno se siente profundamente examinado. He pasado años casi negándolo, distanciándome de la idea del premio. Necesité levantar un refugio donde mis poemas siguieran siendo mis poemas, evitar las condiciones de todo tipo que impone un reconocimiento así… Pero ahora que han pasado tantos años lo voy aceptando mejor», ataja.

—La poesía como revelación.
—Sin duda. Para mí es importante que la poesía tenga ese sentido. Que manifieste un pálpito de descubrimiento en aquello que nos viene a decir, de excitación, de estupor, de rareza. Y a la vez debe llevar implícito un reto, como lleva en sí la sorpresa. Un buen poema es lo más parecido a la idea del viaje, a la experiencia del shock. Pienso, por ejemplo, en L’a tierra baldía’, de T. S. Eliot, un libro que es imposible entender ni sentir si no se aprecia esa conmoción permanente que lo impulsa, si no se siente en esos versos un golpe íntimo que te deja noqueado.

Seamus Heaney es hombre de poco gesto. Clava los ojos diminutos en el reborde que hace la prisa de la espuma dentro del vaso quieto y va desanudando conceptos, emociones, recuerdos y otras mercancías como quien rinde culto a los cinco sentidos de la memoria.
—Mira, hay poemas que te cambian la onda. Incluso los hay que te modifican la manera de escribir o de palpar el mundo con las palabras. Podría decirte ahora ‘Aullido’, de Allen Ginsberg, que alteró la música de la poesía norteamericana contemporánea. Eso sucede muy pocas veces, claro, pero si ocurre es cuando la poesía alcanza una de las cimas de su magia.

Empezó a trazar sus primeros poemas en el perímetro de la granja paterna, cuando aún el destino le ponía en la encrucijada de escoger entre cavar o escribir. «Mis vecinos en el campo siempre me decían lo mismo, Seamus escoge el lápiz, te será más útil que la pala. Y es mucho más ligero», apunta entre dos risas. Decidió aferrarse al verbo y empezó una formación regulada con becas que le permitieron enriquecer el barro primigenio del poeta que le aullaba dentro mostrándole un mundo más ancho que el que acogía el condado de Derry, en Irlanda del Norte.
—Pero de los viajes de formación, el más intenso fue el que realizó en 1970 a la Universidad de Berkeley, en plena revuelta estudiantil…
—Imagínese el contraste. Yo fui directo de Belfast a Berkeley. Es decir, salí de una ciudad que en aquellos años era un catálogo de muerte constante por el terrorismo del IRA, de asesinatos, de rencores y de venenos nacionalistas. Todo eso me marcó muchísimo. No era mi deber de escritor, era mi problema de ciudadano. Aquella sociedad de la que yo venía estaba gravemente enferma. Y salté al otro extremo, a un lugar donde también ciertos valores estaban en crisis, con la guerra de Vietnam al fondo, pero donde todo se cuestionaba. La sensación era que se podía luchar por algo. Y eso no lo tenía en mi tierra. Es decir, aquella gente tenía soluciones, mientras en Belfast sólo teníamos oscuridad. En Berkeley hallé esa excitación que va aliada a la idea de que la poesía puede colaborar a cambiar las cosas. Aquello fue muy útil para ampliar mi visión del mundo, aunque mi escepticismo se mantuvo. No olvide que la mía es una cultura dividida, donde a pesar de todo no se pierde la cortesía. Pero lo peligroso repta por debajo de la superficie.

Para entonces, Seamus Heaney —«otra cerveza, por favor»—, había publicado su primer y revelador libro de poemas, ‘Muerte de un naturalista’ (1966), y trabajaba en el que daría cuerpo a ‘Resistir en invierno’ (1972). El IRA quiso reclutarlo y calzarle su collarón de fanatismo al cuello. Algunos de sus versos, incluso, aparecían en discos de exaltación nacionalista. «He sufrido de todo en ese sentido», afirma.
Al publicar ‘Norte’ (1975) atizó el avispero de los rabiosos nacionalistas, que lo acusaron de ambigüedad, sobre todo por la valentía de uno de los poemas del libro: ‘Wathever you say, say nothing’ (’Digas lo que digas, no digas nada’). Pero Heaney nunca ha meado fuera del tiesto, de su tiesto de equidistancias.
—Viviendo en el Ulster llegué muy acorazado a Berkeley sobre ciertas promesas y utopías que entonces enarbolaba la juventud de EEUU y de Europa. No creí demasiado en ellas. Vengo de un lugar donde nos costó 40 años encontrar el sentido común. Y eso marca. El tiempo fue aclarándolo todo. Y también desgastando la fuerza de esos movimientos estudiantiles que conocí.

Nada delata que quien habla es un Premio Nobel, porque tampoco está claro cuáles son los modales de un Premio Nobel. Heaney es lúcido e irónico, y parece confeccionado de una pasta natural capaz de romper cualquier impostura. Con una contundente amabilidad se deshace de una fotógrafa que lleva una hora lanzándole culebrinas de flash. Y liberado de la luciérnaga con tanga, regresa a la poesía. O a lo que sea.
—No sé qué le decía… Bueno, sigo: la poesía es también un acto cívico…
No era eso lo que me decía, pero por ahí vamos bien.
—La poesía siempre trae noticia de algo nuevo. Es el gran documental del mundo. Y me interesa mucho la relación entre el impulso lírico y la responsabilidad social. Aquí en España tienen un buen ejemplo. La respuesta de los poetas (y de los artistas en general) a la Guerra Civil fue algo que se sintió en toda Europa. Y de algún modo modificó una forma de entender la literatura no sólo en España, también en numerosos autores de habla inglesa.
—No hemos hablado de la crisis.
—Es un asunto muy grave. Pero los ciudadanos de a pie no somos responsables. La catástrofe nos viene dada de un territorio, financiero y político, que en la mayoría de los casos nos es abstracto. La esperanza, al menos para mí, está en Barack Obama. Aunque me temo que él también se desengañará… Lo que no podíamos era soportar más a una recua de gente nefasta como Bush, Cheney y Rumsfeld. No son más que vulgares provincianos.
Y arrea el vaso vacío en el aire. La cerveza viene sola por el saloon del Círculo de Bellas Artes. A su encuentro. Seamus Heaney brinda con el poeta Jordi Doce, su anfitrión en Madrid. Y con la copa reflorecida se queda muy fijo mirando algo, como dicen que miran los campesinos.
[Seamus Heaney, en una fotografía de Madero Cubero]

December 8, 2008

Hipócrita y mafiosa SGAE

 sede de la SGAE

La Agencia Española de Protección de Datos ha multado con 60.101 euros a la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) por grabar sin permiso una boda en Sevilla y aportar el vídeo a un juicio, lo que constituye "una clara violación del derecho constitucional a la intimidad y a la propia imagen".

Protección de Datos considera en la resolución que la SGAE incurrió en una infracción "muy grave", pues grabó un acto privado como es un banquete de bodas, sin la "autorización inequívoca" de los interesados, como exige la ley.

La SGAE, en el contexto de su política para cobrar derechos de autor, contrató a un detective, que se coló en una boda en el restaurante ‘La Doma’ de San Juan de Aznalfarache (Sevilla) y grabó a los invitados bailando al ritmo de canciones protegidas…
(Ver la noticia ampliada por ANTONIO LUCAS en —haz click:— EL MUNDO).

 

October 28, 2008

ANTONIO LUCAS: “La poesía también es brújula de la sociedad”

 Antonio Lucas, poeta y periodista

ANTONIO LUCAS,
premio Ciudad de Melilla por Los mundos contrarios:

"LA POESÍA TAMBIÉN ES BRÚJULA DE LA SOCIEDAD"

Por PILAR ORTEGA BARGUEÑO
(Una entrevista publicada en elmundo.es)

‘Los mundos contrarios’, el libro con el que Antonio Lucas (Madrid, 1975) obtuvo ayer el premio de poesía Ciudad de Melilla —dotado con 18.000 euros y publicación en la prestigiosa editorial Visor—, habla de lo fugaz del tiempo, la muerte, el amor, el miedo y las contradicciones del hombre, pero también, y sobre todo, "del poeta implicado y comprometido con las coordenadas de su tiempo".

Con este libro, Lucas incluye nuevos ingredientes en la tradición irracionalista en la que se ha insertado con sus libros anteriores ‘Antes del mundo’, ‘Lucernario’ (premio Ojo Crítico 2000) y ‘Las máscaras’ (2004) para acceder a otros territorios que tienen que ver más, según explica, "con la idea del poeta como ciudadano, como un hombre empapado en las circunstancias de su tiempo, tan desalentadoras".

Quizá por eso, este poemario toma su título de un verso de Henri Michaux que para Lucas es un paradigma de la sociedad de hoy: "Vivimos en una suerte de colisión de mundos, de mundos contrarios. Las aspiraciones, los deseos, las pasiones y los desengaños se mezclan en espacios de fricción. Por eso, la poesía es una celebración, pero también una reacción contra las cosas mal puestas en nuestra biografía de ciudadanos".

Dice Antonio Lucas que la poesía no sólo es un artefacto verbal: "Es el mundo y el perfume del mundo y, sobre todo, una forma de gritar más alto cuando uno tiene la certeza de que lo que dices tiene que servir para algo, ha de ser un compromiso ético y estético. El poema tiene que tener un impulso hacia o contra algo".

Formalmente, ‘Los mundos contrarios’ combina poemas en verso con otros en prosa y, en este territorio de libertad, Lucas asegura haber ensanchado su discurso: "Aunque en todos los poemas hay una mirada lírica, la combinación de formas hace más amplio el caudal el discurso del poeta. Creo que en poesía cada vez hay que ser más auténtico y personal, especialmente cuando asistimos a un presente lleno de falsos prestigios y mentiras, y en lo literario infestado de modas absurdas, de jueguecitos de boy scout, de tunos disfrazados de modernos".

En este panorama general de ídolos y sueños devaluados, ¿es posible la poesía? Antonio Lucas, redactor de Cultura de EL MUNDO, responde como un rayo: "No sólo es posible, sino que es necesaria. La palabra poética lo ha sido siempre. Llevamos 2.500 años de tradición y no ha habido ningún momento mejor o peor para la poesía. La escritura es una brújula de la sociedad, una forma de medir al hombre y el tiempo del hombre. Siempre necesitaremos el norte de un poema o de unos versos sueltos para acceder a cierta verdad de manera más pura, más desnuda".

Un poeta precoz

Es el más joven de los poetas que han ganado el Ciudad de Melilla, en cuya nómina se encuentran Felipe Benítez Reyes, Luis Antonio de Villena, Clara Janés o Luis Alberto de Cuenca. ¿Por qué la juventud se asocia siempre a la labor poética? Lucas desmitifica el vínculo: "La juventud conlleva una voracidad mayor, porque trae adherida una mayor gana de mundo y vida. Y una forma de canalizar todo esto es quizá la escritura. Uno de los grandes impulsos del poeta es esa incertidumbre de la juventud, aunque lo cierto es que muchos grandes poetas han llegado a ser realmente grandes en su completa madurez vital".

A la hora de citar sus referentes poéticos, confiesa que la lista sería grande, pero si sólo se trata de destacar a uno, cita sin dudarlo a Rimbaud: "Combina dos o tres de los aspectos determinantes para un escritor: la pasión desmedida de la juventud, el enigma de la palabra y el concepto furtivo de la vida. Llegó un momento en que Rimbaud abandonó todo e hizo uso de la libertad hasta el extremo del extravío. Las palabras en él siempre son feroces".

"Disciplinado y anárquico", afirma, maneja como un relojero celoso el escaso tiempo que le deja su dedicación plena al periodismo diario. Dice que sólo escribe en casa y cuando percibe que el poema se aproxima: "Siento como un estado carencial que anuncia el poema y, cuando tengo esta intuición, me entrego a ella".

Para Antonio Lucas, la poesía que se está escribiendo en la actualidad es muy plural, amplia en tradiciones. Quizá por eso no se siente inmerso en ninguna corriente específica: "Yo sólo sé dónde estoy en la amistad. Y mis amigos son muchas tradiciones juntas, cada uno trae un origen literario muy distinto. Mi tradición está hecha de autores que se contradicen entre sí, no hay estrategia. No se puede escribir desde el manifiesto, eso es hoy una estafa, sino desde el antimanifiesto".






















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