Viernes de Julio / Cuatro poetas a la orilla del Órbigo
‘El río’, por Elena Santiago / 4 de julio
El Órbigo pasa
Entre reflejos caídos
Desde tiempos y sueños
Nos mira
Nunca ahoga recuerdos
Nos escucha Nos conmueve
Nos canta canciones de la infancia
Como el primer día
La libertad está en el aire
Jugando a chopo
Jugando a pájaro
A camino hacia el pueblo
Dejamos el silencio atrás
Y amamos la vida
‘Asamblea’, por Juan Carlos Mestre / 11 de julio
Queridos compañeros carpinteros y ebanistas,
les traigo el saludo solidario de los metafísicos.
También para nosotros la situación se ha hecho insostenible,
los afiliados se niegan a seguir pagando cuotas.
A partir de este momento la lírica no existe,
con el permiso de ustedes la poesía
ha decidido dar por terminadas sus funciones este invierno.
No lo tomen a mal,
pero aún quisiéramos pedirles una cosa,
mis viejos camaradas amigos de los árboles
acuérdense de nosotros cuando canten La Internacional.
‘Riberas del Órbigo’, por Antonio Colinas / 18 de julio
Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, dejo también el corazón.
No pasará otra onda rumorosa del río,
no quedará este chopo envuelto en fuego verde,
no cantará otra vez el pájaro en su rama,
sin que deje en el aire todo el amor que siento.
Aquí, en estas riberas que llevan hasta el llano
la nieve de las cumbres, planto sueños hermosos.
Aquí también las piedras relucen: piedras mínimas,
miniadas piedras verdes que corroe el arroyo.
Hojas o llamas, fuegos diminutos, resol,
crisol del soto oscuro cuando amanece lento.
Qué fresca placidez, que lenta luz suave
pasa entonces al ojo, que dulzura decanta
el oro de la tarde en el cuerpo cansado.
Hojas o llamas verdes por donde va la brisa,
diminuto carmín, flor roja por el césped.
Y, entre tanta hermosura, rebosa el río, corre,
relumbra entre los troncos, abre su cuerpo al sol,
sus brazos cristalinos, sus gargantas sonoras.
Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, miro arder todas las tardes
las copas de los álamos, el perfil de los montes,
cada piedra minúscula, enjoyada del río,
del dios río que llena de frutos nuestros pechos.
Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, dejo también el corazón.
Fragmento del libro inédito ‘El caballo del frío’, de Antonio Merayo / 25 de julio
En medio de la noche, cogió su corazón entre las manos, lo alzó hasta la ventana de la desapacible celda que ahora era su vida, y lo echó a volar como si fuera un ave transparente que anhelase llegar en compañía a la emoción de amanecer.

La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO


