Isla Kokotero

June 16, 2011

‘Temblando de palidez. Para JACINTO SANTOS, poeta, un hasta luego’, por ANTONIO TORIBIOS

 


TEMBLANDO DE PALIDEZ

Para JACINTO SANTOS, poeta, un hasta luego.

Por ANTONIO TORIBIOS

Así nos has dejado, temblando, pálidos. Seguro que no te imaginabas que esa bella sinestesia iba a servir para expresar los efectos de la pérdida. Y menos en los lejanos tiempos en que publicaste ese poemario que tengo ahora delante. Me lo diste una mañana, dedicado: “De escritor a escritor” me ponías, con cierto énfasis y mucha benevolencia en lo que me concierne. Eran ratos de café y amistad; atropando retazos de tiempo robado, como proscritos bajo la sombra de relojes amenazantes como cíclopes. En diez minutos comentábamos el “Negro sobre blanco”, hablábamos de Freud, de Jean Genet, de Fassbinder, de Dios y de la nada. Aún nos daba tiempo a pasar de puntillas por los flecos del día a día, por algunos momentos del pasado, por nuestras ansias presentes de leer, de escribir y de vivir. Luego subíamos hacia la gris obligación con el ánimo cantarín de los locos o de los remeros en combate. Eso sucedió cientos de días y fue añadiendo hebras a una maroma multicolor de pensamientos, de películas de Ripstein, de versos de esos poetas malditos que tanto te atraían.

Tengo el libro en las manos: “Temblando de palidez”. Jacinto Santos. León, 1982. Qué años aquellos de fiereza y de poesía. (“es mañana/ el sol sale por la luna/ pájaros fuertes se desperezan…”). Y dice Gamoneda en el prólogo: “…creador valerosamente arrojado a su propia hoguera poética”. Qué valiente y qué arrojado eras, Jacinto, y cómo surfeaste siempre las desdichas con la gracilidad de un superhéroe de la Marvel; con qué arrojo supiste coger el toro del destino por los cuernos. Recuerdo cuando te operaron por primera vez, hace ya años. Me contaste los detalles del asunto con el mismo tono con que podías hablar de Heidegger o del funcionamiento de tu vespa. (“Entre los marfiles de mi vientre/ están apareciendo pulpos gangrenados”). Y luego tu vida siguió igual, con más pasión si cabe. Sobre todo porque ahora estaba guiada por Sofía, tu faro sabio en el periplo y el ancla que te sujetaba a tierra firme. Nos veíamos a veces en el cine del Albéitar y el camino de vuelta era un sinfín de fotogramas revividos.

Últimamente, en nuestras charlas mediaba a veces la tercería del cristal líquido. (“Donde yo vivo no hay noches, y se/ pierde el recuerdo de los perfumes”). Más de una noche, en ese limbo ucrónico que es la madrugada, surgías como un pecio en mi navegar a la deriva y entablábamos un remedo de aquellos diálogos de antaño. Todo era posible en esa ventanuca exigua del chat, desde referencias literarias hasta el sentir más perentorio. Incluidos tus versos, que guardo como un caro legado en lo más hondo de mi disco duro. (“el alma se arrastra hacia las piras/ en un mudo recuento de insomnios”). De esas charlas digitales surgió la invitación a una tertulia en vivo, donde hemos gozado hasta el final con tus intervenciones sobradas de ingenio, autenticidad y desenfado. Ahora sólo me queda seguir avizorando el surgimiento de tu icono en la ventana. Cualquier noche de estas seguimos charlando.

January 9, 2009

‘Almanaque’, el blog de cuentos de ANTONIO TORIBIOS

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    BLAS

Blas nació hermoso —si hay que creer a Iluminada, la matrona— pero con el gesto abotargado por la asfixia. Se estiró un poco, boqueó varias veces como un besugo al raso, y quedó inmóvil para siempre. No llegaron a bautizarle, pero su madre, Rosata, eligió para recordarle un nombre breve, como su vida. Su alma fue alojada en el Limbo de los Niños hasta que los teólogos decretaron su desalojo y cierre. Desde entonces se le aparece, a veces, a su madre en sueños, en forma de pez nadando plácido en un océano de líquido amniótico. Ese día Rosata, ya anciana, se despierta feliz.

Por ANTONIO TORIBIOS
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ALMANAQUE. Un santoral apócrifo al hilo de los días.






















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