Sobre la escritura y la voz, tres fragmentos de BOTHO STRAUSS
Cuando se dice que el viejo Z. fue una vez escritor y que después de su ‘Novela indefinida’ no escribió nada más, no significa que no escribiera nada. Al contrario, escribía incansablemente aunque no escribiera nada. Copiaba las cartas de su mujer, que le había abandonado cinco o seis años antes, después de casi una vida compartiendo con él la misma habitación. La obra radical y enferma de amor que Z. creó en su vejez, consistía en reproducir la letra de su mujer en imitaciones cada vez más sutiles. A través del movimiento de la escritura de ella, Z. aprendió a hacer suyos el movimiento de su mano, el movimiento de su brazo, el movimiento de todo su cuerpo, y por fin el movimiento de su pensamiento y de su sentir. Las cartas de su mujer —los originales no sobrepasarían la docena— llegaron a repetirse en infinitas, innumerables copias que al final eran tan perfectas que el mismo Z. era incapaz de distinguirlas de las cartas escritas por su mujer, y así las había perdido.
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No oímos bien nuestra propia voz. Para nuestro oído es como si nunca saliera por completo al exterior. Pero percibimos la voz de otra persona como auténtica expresión, como algo externo y como signo de su libertad original. Dependemos de que nos oigan.
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Mi memoria de su voz y su manera de hablar produce una cantidad ilimitada de nuevas frases que no proceden del recuerdo, que nunca fueron pronunciadas por H. y sin embargo nacen inconfundiblemente de su modo de expresarse.
BOTHO STRAUSS (De ‘La dedicatoria’)
La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO



