Un minirrelato de ANTONIO PEREIRA, con ilustración de JUAN CARLOS MESTRE
EN LOS AEROPUERTOS PROHIBIDOS
Una vez estaba en la taberna el poeta inspirado haciendo su papel de poeta inspirado. Todos lo respetamos mucho en sus esperas de la voz misteriosa, aunque nunca se le haya visto una página terminada. Vino un parroquiano de la taberna con la alegría lúcida de los primeros vasos, y fisgó el renglón que campeaba en la hoja:
Lenta es la luz del amanecer en los aeropuertos prohibidos.
El verso hermoso, todavía único, con que iba a arrancar el poema.
El parroquiano suspiró:
—Es un buen empiece, poeta. Pero ahora qué.
(→ ANTONIO PEREIRA. Del libro Meteoros. Poesía, 1962-2006. Editorial Calambur)
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Puedes leer (haz click): Los ‘meteoros’ poéticos del mago del relato,
una entrevista con ANTONIO PEREIRA en el diario digital PEATÓM





"Probablemente ustedes ya saben aquél de los dos monjes, pero se lo voy a contar de todas maneras. Un día iban caminando dos monjes, y de pronto llegaron a un riachuelo donde se encontraba una muchacha esperando que alguien la ayudara a cruzar. Sin pensárselo dos veces, uno de los monjes la cogió en brazos y la llevó al otro lado, dejándola a salvo en la otra orilla. Los dos monjes continuaron su camino y al cabo de un rato, el segundo, sin poderse aguantar, le dijo a su compañero: "Sabes que no te está permitido tocar mujer. ¿Por qué cogiste a esa mujer para cruzar la corriente?". El primer monje replicó: "Déjala en el suelo. Yo hace ya dos horas que lo hice".
La niña sólo tenía cuatro años, sus recuerdos, probablemente, ya se habían desvanecido y su madre, para concienciarla sobre el cambio que les esperaría, la llevó a la cerca de alambre de espino y, desde allí, de lejos, le enseñó el tren.
"(…) Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. "Necesito otros cinco años", dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y, en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto".
La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO



