Isla Kokotero

July 19, 2009

‘El lenguaje de las flores’ (cuento fuera de concurso)


 EL LENGUAJE DE LAS FLORES


   (Nivel 1)

—¿Ash nuf mhn undt armassh?
—Ash, ash. Femm ra nnunmn.


   (2º nivel)

— ¡Hola, caléndula!
— ¡Qué tal, orquídea!
— Desfasada.
— ¿Por qué desfasada, orquídea?
— Ahora mismo vengo de ver a camelia.
— Ya me dijeron que sufrió una exfoliación.
— Creo que su honra no variará por eso.
— Pues no. Estoy convencida de que algunas flores no tienen honra.
— (…)
— Quiero aportar un matiz reivindicativo a esta conversación: estoy hasta los pétalos de vivir en esta mísera maceta. No puedo consentir ni por un momento más depender de la atención, el capricho o la caridad de aquel que me esclaviza y me mantiene enterrada.
— Pero no pisoteada.
— Eso es importante. Seguimos con vida.

Y después de ensaviarse un rato, las flores llegan a la conclusión de que cada una de ellas supera en hermosura a la otra. Porque eran envidiosas… ¿no te acuerdas?

COTÓNICA & CISCO
(’O livro das ideias’)

July 17, 2009

‘La pulga’, un micro-cuento de ANA FRANK

Filed under: Cuentos, * ANA FRANK


    LA PULGA

Hemos tenido aquí una nueva calamidad, las pulgas de Mouschi. No sabíamos que las pulgas de los gatos pueden pasar a la gente, pero pasan.
Ayer atrapé una en la parte de arriba de mi pierna, luego otra un poco más abajo y en la noche en la cama de Dussel encontré otra paseando por mi pierna. Se me escurrió entre los dedos, pues son criaturas sumamente ágiles. Esta mañana cuando estaba vistiéndome delante del armario, otra de estas maravillas saltó sobre mí. Nunca había visto una pulga capaz de correr y saltar. La atrapé y casi la aplasté, pero la señora Pulga se ingenió para escapar. Suspiré y volví a quitarme la ropa y revisé mi cuerpo desnudo y mi ropa hasta que descubrí la pulga en mis braguitas. En menos de un segundo estuvo decapitada.

ANA FRANK
(’Cuentos del escondite secreto’)

July 8, 2009

‘Domingo’, un cuento de LUIS MARIGÓMEZ (con fotografía del autor)

 
Llegada. Una fotografía de Luis Marigómez
~

 

DOMINGO

Casi siempre una vez al mes vamos al pueblo a comer con mi madre. Vive con mi hermano pequeño desde que murió mi padre, hace casi diez años, en su casa de toda la vida.
   Este año el campo está apagado, para ser mediados de marzo. Al salir, vemos un almendro en flor, en frente de un almacén, esplendoroso, pero luego, el verde de los sembrados aparece oscuro y la tierra seca.
   Hago el trayecto sin esfuerzo, al cabo de tantas veces, tantos años, conozco cada curva, casi cada árbol, y me gusta ver los cambios en el paisaje a lo largo de las estaciones, que sigan ahí sus distintos elementos con sus pequeñas variaciones. La vaguada cerca del último cruce, que a menudo está cubierta por una lámina de agua en la que a veces nada algún pato, hoy está seca.
   Las primeras veces que hice el camino, de niño, con mi padre, en el camión, íbamos del pueblo a la ciudad, a recoger mercancía. La carretera del desvío desde la general estaba todavía sin asfaltar. Ahora tiene incluso raya central y un pequeño arcén. Parábamos a mitad de camino, en El gallo rojo, a tomar algo. 
   Mi madre está hoy sola en casa. Mi hermano ha ido a comer con unos amigos. Acaban de estar mi hermana y las niñas, pero no hemos llegado a tiempo de cruzarnos con ellas. Nos enseña la terraza, todavía con pocas plantas después de los fríos, y la habitación que hace de invernadero, llena de tiestos macilentos. Comemos pronto los tres, en el cuarto de estar. Ella se levanta y trae las viandas de la cocina: cóctel de gambas, filete empanado, fresas con yogur y café. Nos levantamos todos a recoger y ella se viste para salir a la calle.
   Después de las heladas de los últimos días, el aire hoy es templado y suave. Vamos a ver la obra casi acabada de la casa de mi hermana. Admiramos los espacios, todavía sin pintar y sin muebles, pero ya con puertas y con los baños terminados. En el porche, orientado al sur, protegidos por el tejado, hace como para quedarse un rato de charla, pero no hay mesa ni sillas. Los suelos están cubiertos de serrín y de restos de cables de la instalación eléctrica.
   Caminamos a un barrio en el que están construyendo mucho y comentamos lo que nos parece cada edificio. Antes, cuando era niño y hasta hace pocos años, aquello era sólo un arenal. Hay casas enormes. Algunas están hechas con buen gusto, en otras prima el deseo de llamar la atención de los propietarios. También hay viviendas modestas.
   Entramos en la cafetería del Hotel a tomar algo. Cuando ya nos hemos sentado, vemos al tío Miguel jugando la partida, como todas las tardes desde hace muchísimos años. El otro día al volver a casa no estaba su mujer, la hermana de mi madre, que apenas sale, y se puso muy nervioso buscándola por todos lados. Había ido con mi madre y otras amigas a celebrar la fiesta de algún santo. Mi madre lo cuenta riéndose. Mi tío nos ve y se levanta a saludar. Tiene la piel tostada, como si siguiera trabajando en el campo, aunque lleva un montón de años sin ocuparse directamente de siembras ni cosechas.
   Entra un hombre delgado, no muy alto, mayor pero todavía ágil; se queda mirando las mesas de los que juegan a cartas. Trabajaba en una herrería, ya se ha jubilado. Lo recuerdo bien de cuando iba a la tienda, enfundado en un mono azul y siempre gastando bromas. Mi madre nos recuerda su desgracia. Hace dos años uno de sus dos hijos, un médico que acababa de terminar sus estudios de especialidad y que había conseguido plaza en un hospital en Madrid, murió cuando esperaba a que el semáforo se pusiera verde, arrollado por un camión. Desde entonces ni su mujer ni él han podido superarlo. Ella no deja de llorar y apenas sale de casa. Él parece que se anima un poco ahora, después de tanto tiempo. Se acerca a saludarnos. Mi madre le pregunta qué tal están.
   –Ya ves ¿Cómo quieres que estemos? Yo salgo un rato por las tardes, vengo por aquí y me doy una vuelta. Ella sigue sin querer ver a nadie. Damos paseos por el campo. Paramos en el cementerio y allí parece que se serena. Pero cuando llega a casa enseguida empiezan los llantos otra vez. Mi hijo dice que vayamos unos días a Madrid con él, pero ella no quiere. Estuvimos en Canarias y se pasó todo el tiempo agarrada a la cama y sin dejar de llorar. Yo no sé qué hacer.
   Al acabar la frase se le saltan las lágrimas. Mi madre trata de consolarlo.
   –Hay que salir adelante como sea. Yo perdí a mi marido y lo pasé muy mal. Mis hijos están pendientes de mí y no tengo ninguna queja, todo lo contrario. Pero por la noche en la cama estoy sola y eso no lo puede arreglar nadie. Todavía me acuerdo de la tarde en que, al salir de misa, con mis amigas, pasábamos por aquí, ellas entraban y yo marchaba para casa y me obligaron a quedarme. Ya hacía cuatro años que había muerto. Poco a poco hay que salir adelante. Anímala a que venga contigo, que hable con la gente.
   Se acercan una pareja de jóvenes, son el hijo de un primo y su mujer. El hombre se despide. Se casaron el año pasado. Apenas los recuerdo. Supongo que los vería en el entierro de su madre, que murió de repente, de un infarto, sin cumplir los sesenta. Irradian una luz llena de una alegría reposada. Les preguntamos por la familia. No quieren sentarse. Tienen prisa. Se van a Madrid ahora.
   Volvemos a casa. Al poco rato aparecen mi hermana y las niñas. Comentamos cómo nos gusta su casa y hay una queja unánime en lo que están tardando en terminarla. Las niñas nos cuentan los colores que han elegido para la pintura de sus habitaciones. Llevamos a la mayor y a su novio a la ciudad.
   Cuando montamos en el coche el sol ha caído mucho y lo tenemos de frente al principio del viaje. Mi sobrina nos habla de sus planes de futuro, contradictorios, atentos a los estudios y a la primera salida que aparezca. Al llegar, ya ha oscurecido.

 LUIS MARIGÓMEZ

January 27, 2009

JULIO CORTÁZAR en el 25 aniversario de su muerte

 Aurora Bernárdez y Julio Cortázar

REPORTAJE
Los cronopios salen de juerga
Tres inéditos de Julio Cortázar conmemoran el 25º aniversario de su muerte

Por JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
para El País. 27/01/2009

January 22, 2009

‘En el bosque’, minirrelato de JUAN ARMANDO EPPLE

caperucita se hace con la piel del lobo...

    EN EL BOSQUE
La abuela encuentra al leñador envuelto entre las sábanas y lo interpela: ¿Qué buscas aquí, viejo libidonoso, disfrazado de lobo?
El lobo le responde: Lo mismo que tú, vieja curiosa, disfrazada con esa ridícula capa de niña.

    JUAN ARMANDO EPPLE (’Con tinta sangre’. Thule Ediciones)

~

  Este pequeño relato lo encontramos en el blog de Chuchi, El bolsillo del albornoz lleno de notas…, y la animación, por ahí, en Mundo Matero… ¿a que mola?

January 21, 2009

Siluetas: El oso y la niña

entra en silhouettemasterpiecetheatre 

Siempre es un gustazo entrar en Flores en el ático

estas siluetas son de la página silhouettemasterpiecetheatre,
y sí, son divertidas, como un juego,
todo un mundo antiguo y maravilloso, el de los cuentos…

January 20, 2009

… y un ciempiés fumando en una narguila

 http://islakokotero.blogsome.com/images/5%20ggus.gif

 (…) Alicia en el País de las Maravillas. Sus personajes (especialmente el ciempiés que fuma en una narguila y Alicia en su versión gigantesca o enana) inspiraron posters y carátulas de discos o canciones, como "White Rabit" de Jefferson Airplane, en la que, entre otras cosas, dicen: "una pastillla te hace más grande y otra te hace más pequeño". Se aseguraba que Lewis Carroll era un consumidor habitual de laúdano y hongos y sí, parece bastante probable que Carroll hubiera tomado hongos psicodélicos (o al menos le habían contado muy bien cómo era una experiencia de ese tipo), algo que no era del todo extraño en la época victoriana (la primera experiencia con hongos alucinógenos, documentada, en Inglaterra es de 1799) y que, desde luego, conocía las pipas de opio. Pero no hay ningún documento que lo demuestre y desde luego en su correspondencia no hace referencia a ello en ningún momento.

SILVIA GRIJALBA (Del artículo ‘La creación y los exploradores del mundo interior’)

January 11, 2009

Pues sí, interesante blog (galego-castellano) de MANUEL JABOIS

 Entra en el blog de Manuel Jabois

Sí que sí.
Lo encontramos recomendado en sopadepoetes y nos gustó.

APUNTES EN SUCIO. El blog de MANUEL JABOIS.

January 9, 2009

‘Almanaque’, el blog de cuentos de ANTONIO TORIBIOS

 Entra en el blog de ANTONIO TORIBIOS

    BLAS

Blas nació hermoso —si hay que creer a Iluminada, la matrona— pero con el gesto abotargado por la asfixia. Se estiró un poco, boqueó varias veces como un besugo al raso, y quedó inmóvil para siempre. No llegaron a bautizarle, pero su madre, Rosata, eligió para recordarle un nombre breve, como su vida. Su alma fue alojada en el Limbo de los Niños hasta que los teólogos decretaron su desalojo y cierre. Desde entonces se le aparece, a veces, a su madre en sueños, en forma de pez nadando plácido en un océano de líquido amniótico. Ese día Rosata, ya anciana, se despierta feliz.

Por ANTONIO TORIBIOS
en (haz click:)
ALMANAQUE. Un santoral apócrifo al hilo de los días.

December 8, 2008

‘Sermón del centrífugo’, un relato de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO en el libro ‘León. Palimpsesto’

 Un relato de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
(incluido en el libro ‘León. Palimpsesto’)
en el que el zamorano errante recuerda su llegada a León, en el verano de 1993, y sus primeros contactos y sensaciones en la ciudad durante aquellos días, durmiendo en un piso prestado en el barrio de La Sal, al otro lado del río y de las vías del tren, descubriendo personajes y explorando los bares por las calles del Crucero…

Estación de ferrocarril de León

SERMÓN DEL CENTRÍFUGO

I

    Vine también a León a buscar nombres. Eso fue lo primero. Cuando alguien entra en una ciudad para quedarse, no sólo hay que prestar los ojos a la crema de la novedad; está también la fuerza del oído, donde estallan palabras nunca esperadas que provocan la fiesta de las nomenclaturas. Está también el dominio de los nuevos olores, los más inmediatos, los irremediables (aquí serían el olor verde oscuro de la humedad en muchos portales y el olor a sudor viejo de los castaños del Paseo de la Condesa).
   Pero yo venía sobre todo a oír lo sobrevenido.
   Mi llegada a la ciudad era una visita de escucha, un cuidadoso espionaje verbal. Así que me preparé a recoger cucharadas de palabras y a ver menciones sueltas: los comercios y las lápidas y los rótulos de las calles. Me orientarían sobre la sustancia de la ciudad y sus intríngulis, que acaban asomando su hocico, sí, en el plumaje breve de los nombres.
   Llegué entonces en el verano de 1993. Solo. Yo solo. Con el estímulo secreto de una desorientación total. Me habían prestado un piso hundido en la parte sur, en el barrio de La Sal (pero yo entonces no sabía que se llamaba así ni por qué) y hacia allí me dirigí con dos o tres pistas en la cabeza que me habían dado: pasar las vías que rompían de parte a parte el barrio de El Crucero, dejar a la espalda el ruido de la ciudad, buscar el fondo de una calle que se llamaría Doña Urraca, preguntar en una pequeña tienda de ultramarinos económicos, la única de toda esa zona. Ahí me darían la llave. Ya me estaban esperando, cuando llegué.
   Le di importancia a los primeros nombres propios porque el dueño del comercio se llamaba Isidoro (también se llamaba así quien me había prestado el piso). Le di importancia a aquellos ángulos de calles retiradas, con alusiones emplomadas en cierta extraña severidad (Calle Tizona, Calle Babieca, Calle Doña Constanza, Calle Cofradía del Ciento) que formaban un inesperado ensamblaje reticular. De esa tarde inicial me queda ese recuerdo, además del calor desazonante de primeros de agosto y algo más: el recado que aquel hombre me dio como consuelo amistoso: “Si sale allá al atardecer llévese algo encima, que luego hará fresquín”. Fresquín. Eso dijo el dueño de los ultramarinos. No encajaba aquel diminutivo, casi una palabra de puntillas, de esas que parecen hacer burbujas efervescentes, en los usos particulares de aquel hombre, algo hosco y con trato espinoso, como su bigote de cerda apretada y su pelo entero y grifo, así que deduje  que el diminutivo sería un uso patrimonial del lugar, como en efecto lo era. De modo que cuando recorrí aquella casa a ciegas, ya llevaba conmigo la calderilla agradable de unos cuantos nombres sueltos, flotando como larvas nerviosas en el solar de una memoria aún sin amueblar, aún sin haberse hecho con las primeras tramas de la ciudad, de la verdadera ciudad.

II


    La ciudad. La ciudad era un cogollo de calles tentaculares que irradiaban desde las inmediaciones de la catedral. Deseché esa tarde de agosto acertar con eso que da en llamarse arterias urbanas. Preferí esa otra capilaridad menor y de calibre gastado: calles secundarias de traseras de almacenes con antiguos letreros despintados, ya inválidos (pero no para mí); fachadas sin carne, saltada por el tiempo; platos con bombillas muertas en lo alto de algunos chaflanes. Emprendí una descubierta por los aledaños. Cuando regresé a dormir, ya tenía claro algo más. La ciudad tenía memoria, una memoria húmeda y oscurecida de despensa. También se me impuso una primera visión del mundo del carbón, la presencia de su charol muerto emborronando el contorno de muchas ventanas abiertas a ras de suelo para volcar allí los sacos y los serones a lo largo del invierno. Las manchas tiznadas aquí y allá lo delataban. Froté un dedo contra uno de esos borrones atormentados. Fue como una unción obligatoria. Pero ya no quise saber más. Era como si hubiera captado el color de la respiración de la ciudad. Con eso bastaba.
   También al día siguiente hice por huir de visiones primordiales, como quien se conforma con recibir cartas de alguien a quien decide no querer conocer. Todavía. Así yo mismo, el centrífugo, sólo quería saber de la ciudad por los nombres recién llegados hasta mí:
Isidoro. Fresquín. La Sal. Carbón.

Casi al final de la tarde del segundo día me dirigí por la izquierda hacia una mancha verde y airosa de árboles que divisé en un paseo extralimitado. Parque de Quevedo ponía en la verja (Quevedo, otro nombre aliado ignominiosamente con la ciudad). Pasé y me senté a fumar contra el calor, entre pavos reales ostentosos que primero se me acercaron majestuosidad pero que se iban acobardando entre quejidos dolorosos a medida que la noche se despachaba. “Se va a cerrar esto”, me dijo el vigilante. Y me volví al barrio de La Sal, al piso que me habían dejado por unos días, los justos para oler desde un ángulo la ciudad y decir a qué huele a través de sus nombres, de los nombres comerciales (MUEBLES “LA CONFORMIDAD”; GASEOSA “LA CANTARINA”), de la topografía casi burlona (Papalaguinda), de esa trenza esparcida de obispos (Almarcha), cardenales (Landázuri), generales (Sanjurjo), héroes (de un alcázar), mártires (doce) que la espolvoreaba con una onomástica estigmática que dice a las claras sobre qué se asienta la ciudad: sobre brillos de cruces y de bayonetas. Eso es lo que luego vi, cuando me lancé a descubrir el ruido cansado de los nombres de la ciudad. Pero eso fue al día siguiente.

III


   El atardecer anterior, el segundo atardecer que pasé en León, sólo llegué hasta ahí, hasta el parque de Quevedo, y no quise seguir, no quise buscar el curso prestigioso de la ciudad. Cuando era pequeño hacía lo mismo con las comidas, era incapaz de entrar en la tajada estrella del plato de buenas a primeras y prefería irla acosando como si se tratara de una operación militar: empezaba por la guarnición (no deja de ser una palabra también de alcance castrense) y jugaba a dejar relieves distintos en el paisaje del plato removiéndolo, hasta que al final, cuando los demás ya habían terminado, me decidía a atacar la tajada ya un peñasco frío y con barbas gelatinosas y estancadas. Y lo mismo cuando he saltado de una ciudad a otra. Nada de buscar su rutilancia ni su cara limpia, con comercios enclavados en mitad del presente; más bien entrar en ella de noche y sin ayuda, como un ser avergonzado, empezando por zonas desestimadas -aceras bien mordidas y bombillas bien baratas, luciendo incluso por el día bajo platillos flojos-, lugares cerca de lo hermoso infame, con rastros de huertas ya perdidas donde aún puede prosperar esforzadamente, junto a la insolencia azul del cardo con su botón exasperado, la memoria vegetal de lo que hubo y con bares de cortinas de piezas ensartadas, que producen al entrar un rugido muy especial, un restrallete sordo y decisivo.
   Así había encontrado el RENFE, el bar donde acampé mis primeras noches.
   Entré y me turbé cuando se giraron desde las sillas y dejaron de ver la televisión todos los que estaban allí dentro. Enseguida volvieron a colgar los ojos de la película. La muchacha que me sirvió a instancias de su madre se llamaba Camino (“Camino, te toca”, le dijo) y también seguía mirando la pantalla mientras abría la cerveza con el artilugio en forma de horquilla. La espuma salió embravecida, bufando. La mojó pero ella no se dio por enterada. Me puso un vaso al lado del botellín y se fue así, arrastrada por el mesmerismo, de nuevo a sentar. Ya nadie se ocupó de mí a partir de entonces. Tuve la sensación de que tenía que quedarme allí hasta que aquel grupo de ocho o nueve personas quisieran dejarme salir. No me importó. Me agarré al periódico local y fui leyéndolo cuidadosamente desde atrás. Otra manía como la de las comidas: mostrar prevención o indolencia hacia lo importante. Siempre tuve alma centrífuga para todo –comidas, periódicos, ciudades- porque siempre he estado convencido de que lo visible y lo importante se contraponen. Entré en la cartografía local del periódico: cuántas paradas de taxi había, cómo se apellidaban las farmacéuticas (Licenciada Villafañe, Licenciada Llamazares… todas mujeres, sí), las primeras esquelas, con nombres amojamados, fuera de actualidad (Antidio, Ursicino, Everilda, Benevolencia, Efigenio), que probé incluso a decir entre dientes a ver cómo sonaban así, masticados por mí, aunque quizás esto último lo hiciera para comprobar si aún era capaz de hablar, pues exceptuando las dos palabras (“una cerveza”) que había dicho al entrar, desde que había pedido la llave del piso a mi llegada no había hablado en todo el día. Una transfusión asimétrica. Como si yo no pudiera dar palabras pero sí recibir, al igual que ocurre con la sangre, ese otro fluido vital que se comporta así también. Igual pasa con el tráfico de las palabras: se producen transfusiones determinadas entre las que se emiten y las que se acusan. Unas inciden sobre las otras; las hacen más opacas o más transparentes, según. Al menos yo lo creo así.
   Vi anuncios flamantes (“Tierra de Montes: donde la calidad de su antracita solamente la supera la nobleza de sus gentes”), avisos de una espectacularidad envejecida (“La hermandad de retirados, viudas y huérfanos de las Fuerzas Armadas en León comunica a sus asociados que su oficina permanecerá cerrada durante el mes de agosto por vacaciones”), titulares raciales (“Se van a terminar las señoritas”), recados crípticos (“¡Sordos! No se dejen sorprender por la dicotonomía”), noticias rebozadas en la aureola de lo tópico (“los poetas supieron cautivar la emoción de sentimiento [sic] del público de La Valduerna, cortaron el aire con el frescor de sus poemas…”) o de una inocente furia rebelde (“Los peluqueros del Bierzo se manifestarán contra Hacienda”).
   Pero no hablé. Y no, no había comido tampoco. La extrañeza me mata el hambre. Lo único que se me eriza cuando llego a un lugar nuevo es el apetito del oído, el ansia del ojo en pos de los nombres que me sobrevienen como esos bruscos animales inesperados que sorprenden al buceador en la oscuridad abisal donde todo tiene la dolorosa belleza de lo que linda con el espanto. Coletazos, lametazos, ojos fulminantes. Como esos animales, como ciertas personas que no lo saben, los nombres entran a su manera en relación con quien los está esperando.
   También así entró él en el RENFE

IV


   También miraron todos pero nada comparado al desconcierto que había provocado un rato antes mi llegada. Nadie le hizo caso pero él no se inmutó, como si ya lo supiera de antemano. Me miró y me dio la espalda. “Alguno atender a Hoyines”, dijo la mujer sin dirigirse a nadie en concreto. Pero todos siguieron encelados en la película. Era un hombre ya mayor, corpulento y no muy alto, con el pelo crespo desde la raíz y un bigote recto como un brochazo delineado sobre el labio. Yo diría que Hoyines se parecía a Faulkner, a esa foto de Faulkner en que el escritor está serio, con el aire ausente de quien se está sometiendo a algo que no le concierne; también debió de recordarme a Faulkner porque llevaba una camisa de cuadros y encima un peto azul (otra fotografía muy repetida del novelista). Se puso a fumar. Tenía abierto el paquete por el lado del revés, para agarrar los cigarros justamente por el cabo del tabaco y no por la boquilla, para no mancharla, como hacen siempre los hombres de oficios grasientos. Encendió con cerilla, haciéndose una abrigada exagerada, innecesaria también, poniendo una mano estudiada como caperuz. Otro gesto sobreviviente de toda una vida. Hoyines entonces había tenido el oficio al aire, eso estaba claro. Grasa y aire. Un garaje. Labores de asfaltado en las carreteras. Una carbonería, en todo caso.
Pero no. Había trabajado en el mundo ferroviario. En el repaso de trenes. Así me lo dijo. Todo el día haciendo labor de carenado, esperando a que llegaran aquellas máquinas llameantes. Y por las noches, sobre todo en época de lluvias o cuando había nevado en el trayecto, tirarse a las vías con un farol a repasar los niveles de grasa de las articulaciones o bien subir a vigilar el combustible del ténder. “Hasta que yo no lo decía, el tren no tenía por qué salir, ¿estamos?”. Me dijo la frase varias veces esa noche, como quien ha de dejar claro que en su vida hubo también un pequeño distrito de poder. Me la repitió al día siguiente, cuando quedamos para que me acompañara por la ciudad. “Le puedo esperar a usted en el Ferroviario, me propuso, a las diez, antes de que nos pegue más el sol”. A las diez. En el Ferroviario, especialidad en tapas de cocina. Allí me encaminaría, de acuerdo. Cinco minutos desde donde estábamos. No había pérdida.
   Lo dejé allí, en el RENFE. No me pagó la cerveza ni yo a él el café con gotas de orujo. La familia del bar seguía convocada por la película estruendosa de la televisión. Dejé las monedas en el mostrador, y cuando salí ya quería oscurecer del todo en el barrio de La Sal. En el camino a casa se cruzaron dos vecinos. “Ya bajó el fresquín”, dijo uno; “Ya”, contestó el otro con una cadencia en la palabra imposible de reproducir aquí –oh, la impotencia de la escritura-, como si la vocal se alargara adelgazándose, se levantara un poco de manos. Me dormí con esa música monosílaba en los oídos. La última palabra que oí ese día. Pura música ya, sí.

V


   Las mil voces de la muerte, desde luego, pero también el hueco desdentado de cualquier solar donde el día anterior había una fachada en la memoria de sus habitantes, el establecimiento de relaciones secretas –cuerpos arañándose entre bujías a espaldas de la luz pública-, el estallido insolente de la pubertad en esas muchachas que bajan aún más la vista en el avasallamiento del ascensor, la desaparición de comercios y fuentes y jardines, andamios amarillos que emparrillan varias semanas una acera entera y alteran los itinerarios de los ciegos, reencuentros alegres o reencuentros incómodos, la lluvia del verano que nadie habría dicho una hora antes, los adocenamientos silenciosos (cines, iglesias, museos)…
   …En una ciudad cada día se dan todas las formas posibles de la consternación.

   Pero yo venía de un pueblo demediado y lleno de culto al control. Once años allí, donde todo era consignado. Ahora en cambio se trataba de no preguntar “quién es” o “qué hace aquí éste”, como ocurría en aquel pueblo. Una ciudad supone otra manera de caber. Frente a la exhibición obligatoria de la identidad, el anonimato; frente a los usos rutinarios, la planificación de una incertidumbre. Y yo estaba allí, por fin. En ese anonimato y en esa incertidumbre. En esa ciudad que se llamaba León donde me importaban más de momento los nombres que los rostros, las curvas del idioma que la cartografía urbana que aquel hombre, “Hoyines”, me quería mostrar a la mañana siguiente. En el entresueño de aquella noche me siguieron visitando palabras como globos voraces. Se inflaban y se desinflaban. Se adelantaban hacia mí. Hacían ruido de trapos gruesos sacudidos. Desaparecían. Las dos primeras noches soñé, en efecto, con los oídos. Las imágenes y las sombras eran también palabras.

   A medida que abandonaba aquellos ángulos y me acercaba a los ruidos matinales de la ciudad, el aire iba perdiendo olor a hierba fresca. Crucé las vías y vi, en efecto, el Ferroviario. Hoyines ya me estaba esperando. Volvió a sorprenderme su estatura recortada, su corpulencia poco estridente. Silencioso, bañó la taza del café con orujo un par de veces mientras yo desayunaba. Antes de salir los dos juntos leí el cartón de la pared: “Tapas de cocina. Cecina. Gazpacho casero”. Y esta bomba, que todo lo echaba por los aires debajo del anuncio de Hay Habitaciones: “On parle français”.
   Cruzamos el puente sobre el Bernesga, desembocamos en la explanada solar de San Marcos, nos orientamos hacia la izquierda –la ciudad se iba a ensanchar por allí, evidentemente- y me plantó ante una calle larga de fachadas anodinas. “Por aquí entra usted de cabeza en la ciudad. Yo ya me quedo”. Me dejó estupefacto. Los límites de la relación con la ciudad terminaban allí para aquel hombre. Le insistí suavemente una vez pero me dijo que él nunca salía de allí. Que en la ciudad había muchas personas así, que jamás traspasaban esos perímetros, una especie de línea Maginot donde acababa su territorio. ¿Entonces? Entonces supe por primera vez algo que luego comprobaría más veces, cada vez con menos asombro, hasta convencerme de la naturalidad con que muchos hombres de la ciudad se planteaban eso mismo de no salir de un distrito propio que solía terminar en un cruce que ya no traspasaban o en la frontera vegetal de un jardín atrincherado por setos de boj. Más allá de esos hitos fronterizos la ciudad ya no les interesaba. Eran, en efecto, individuos centrífugos. Como yo mismo. Hoyines fue el primero de esa cofradía fantasmal que vi en León. Me despidió en aquella acera y se pegó la vuelta. “Por la noche paro un rato en el bar RENFE”. Así me dejó, plantado frente a una calle que me llevaría al centro. Calle Suero de Quiñones, se llamaba.

VI


   “Hoyines” no era “Hoyines” sino “Hollines” -ah, la impotencia de la oralidad-. Me lo aclaró en el RENFE, donde estaba como siempre, beiendo en silencio. No me dio la impresión de estar expectante ante mi primera aventura en la ciudad. Más bien lo encontré así, indiferente, sumido en esa opacidad que exhiben quienes aceptan terminar el día entre lo insípido sin que eso les vaya a conmover en lo más mínimo. Hombres de espíritu acostumbrado a una desolación silenciosa. De esa estirpe venía “Hollines”, llamado así por tener siempre la cara y las manos ennegrecidas por el polvo del carbón de los trenes.
   —¿Encontró usted lo que buscaba?
   —¿Qué podía buscar yo?
   —¿Qué va a ser?: la ciudad

   Me pareció que había algo de mitología en aquella indagación. La ciudad como algo externo y escurridizo, más allá de una configuración física, asentada en fundamentos geológicos. La ciudad como una de aquellas quimeras antiguas. Estar ya en ella, vivir en una de sus calles, añadir el nombre propio al censo municipal no parecían gestos bastantes para proclamar que se la conocía. ¿Qué era entonces la ciudad? ¿Cómo meterle en el alma los ojos y reconocerla? Hollines me acababa de descubrir que ni sus emblemas ni sus conmemoraciones identificaban a muchos de aquellos habitantes, hombres centrífugos, que preferían vivir sin salir de unos márgenes para no pertenecer del todo a ella. Ese era el secreto. Pactar una distancia, ser miembro de un distrito sin existencia catastral, más bien una figuración mental que implicaba no entrar en las redes voraces de la ciudad, que como una bicha pluricéfala iba domesticando a sus hijos. Salvo a algunos como “Hollines”, que bebía orujo tristemente en un barrio ferroviario y guardaba lealtad inquebrantable y silenciosa a una decisión compartida por otros individuos en otros cantones de León.

   —Quédese afuera. Búsquese un barrio en cualquier ángulo, donde la ciudad no pueda encontrarlo nunca a usted.

   Y eso hice. Hace quince años.

Tomás Sánchez Santiago

TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
(un relato sobre León en el libro ‘León Palimpsesto’) 

November 2, 2008

Sobre “la imagen del arte”, por OLVIDO GARCÍA VALDÉS, con un cuento de HERMANN HESSE

 Una obra de Eva Hesse, 'Vinculum II', 1969

   "Representar el espacio, ocupar un espacio. En un breve relato cuenta Hesse cómo un condenado a muerte entretiene su espera dibujando en la pared de su celda un pequeño paisaje: las casas, un túnel por el que justo va a entrar un trenecillo cuya máquina humea, los árboles frondosos y su sombra a la orilla del río… Cuando el carcelero viene a buscarlo, el hombre le pide que le deje un momento arreglar aún algo en el dibujo y, de modo imprevisible, sube entonces con un saltito al diminuto tren, que imparable continúa su marcha. El carcelero, atónito, contempla cómo el tren va entrando en el túnel, ya sólo se ve la cola y el humo que la envuelve, ya sólo humo, ya nada.

   Se podría proponer este relato como imagen del arte. No como mera metáfora de una evasión que nos permite no enfrentar los problemas del mundo, sino como mecanismo que potencia la libertad, como irrealidad que haciéndose real se escapa hacia otro sitio."

    OLVIDO GARCÍA VALDÉS (Fragmento inicial de la conferencia ‘Vivo enfrente del bosque: espacios de una imagen’, sobre Remedios Varo. Huerga & Fierro Editores. Madrid, 1999)

October 8, 2008

‘Fantasías perversas’, por GEORGINA ARENAS

 carcoma

Trastornarte.

   Nos encontramos en un zaquizamí. El lugar es demasiado reducido, frío, pero tiene luces warning. Si estamos quietos, hasta se puede oír a los xilófagos royendo la madera.

   "Para ver el futuro a veces hay que dar un paso atrás". Eso dices. Y yo doy el paso atrás. Especulación rítmica. Los xilófagos producen una especie de melancolía esponjosa. Nos quedamos muy tranquilos. Aún no sabemos lo que nos espera. Pero será una consecuencia. Encontrar las palabras. Suspirar. El colmo de la psicodelia contemporánea bien puede ser este apasionamiento tan cargado de agresividad melódica. Abro el armario perfumado. Las polillas disimulan. Me pongo la ropa. "Salgo a comprar algún remedio contra la carcoma", le digo. Ahí te quedas. No vuelvo.


(Publicado, de forma anónima,
en el nº 23 de la revista EL SIGNO DEL GORRIÓN, en 2001,
en la sección (anónima) de ‘Fuga de cerebros’)

August 15, 2008

Dos cuentos zen: ‘El Tao’ y ‘El último poema de Hôshín’

Filed under: Cuentos

Tao EL TAO

El discípulo preguntó al maestro:
    —¿Qué es el Tao?
El maestro respondió:
    —Entra
Entonces, el discípulo dijo:
    —No entiendo bien lo que quiere decir
Y el maestro respondió:
    —Sal

EL ÚLTIMO POEMA DE HÔSHÍN

    Hôshín era un maestro zen que, tras vivir muchos años en China, volvió al Japón, donde se dedicó a la enseñanza. A una edad avanzada contó a sus discípulos la siguiente historia que había oído en China:
    "Tokufú era un maestro zen muy anciano. En uno de sus últimos días de diciembre, se dirigió a sus discípulos y les dijo:
    —El año próximo no estaré entre vosotros, de manera que debéis de tratarme bien en lo que queda de este año
    Los discípulos no le tomaron en serio, pero no obstante, en los sucesivos días antes del fin de año, cada uno le ofreció un convite.
    La víspera de año nuevo, Tokufú dijo:
    —Os habéis portado muy bien conmigo. Mañana al atardecer os dejaré, cuando cese de nevar
   Los discípulos rieron y no le creyeron. Además la noche era clara y no parecía que fuese a nevar. Pero a medianoche empezó a nevar.
    A la mañana siguiente los discípulos echaron de menos a su maestro y fueron a buscarlo a la sala de meditación, donde lo encontraron muerto".
    El maestro Hôshín terminó diciendo:
    —No es necesario para un maestro zen predecir su final, pero si quiere puede hacerlo
    Uno de sus discípulos le dijo:
    —¿Y tú puedes?, maestro
    El maestro respondió:
    —Sí. En siete días te mostraré cómo
    Tampoco a Hôshín le creyeron sus discípulos. Pero a los siete días los reunió y les dijo:
    —Hoy se cumplen los siete días desde que os dije que os iba a dejar. Como es costumbre escribir un poema de despedida y yo no soy un poeta, ni un escritor, que uno de vosotros tome nota de mis últimas palabras
    Los discípulos seguían pensando que se trataba de una broma, pero uno de ellos se mostró dispuesto a escribir. Al verlo Hôshín le dijo:
    —¿Ya estás listo?
    Y el discípulo le respondió:
    —Sí, maestro
    Entonces Hôshín dictó lo siguiente:

      Vine de una luz
       Y a la luz retorno
       ¿Qué es esto?

    El poema resultaba incompleto, ya que debía tener al menos cuatro versos, con lo cual el discípulo que lo escribía dijo:
    —Maestro, falta un verso
    El maestro Hôshín, con el estruendo del alarido de un león victorioso gritó:
    —Kíay…
    y se fue.

(Del libro Historias Zen, seleccionadas por Norberto Tucci.
Ed. Librería Argentina, Madrid, 2004) 

July 19, 2008

Un minirrelato de ANTONIO PEREIRA, con ilustración de JUAN CARLOS MESTRE

ilustración de Juan Carlos Mestre

LENTA ES LA LUZ DEL AMANECER
EN LOS AEROPUERTOS PROHIBIDOS
 

Una vez estaba en la taberna el poeta inspirado haciendo su papel de poeta inspirado. Todos lo respetamos mucho en sus esperas de la voz misteriosa, aunque nunca se le haya visto una página terminada. Vino un parroquiano de la taberna con la alegría lúcida de los primeros vasos, y fisgó el renglón que campeaba en la hoja:

Lenta es la luz del amanecer en los aeropuertos prohibidos.

El verso hermoso, todavía único, con que iba a arrancar el poema.
El parroquiano suspiró:
—Es un buen empiece, poeta. Pero ahora qué.

    (→ ANTONIO PEREIRA. Del libro Meteoros. Poesía, 1962-2006. Editorial Calambur)

- - -
Puedes leer (haz click): Los ‘meteoros’ poéticos del mago del relato,
una entrevista con ANTONIO PEREIRA en el diario digital PEATÓM 

June 20, 2008

‘Clarividencia’, por EMILIO GANCEDO FERNÁNDEZ


CLARIVIDENCIA

    Habían salido a pasar el día en el campo. Era una ladera tibiamente soleada, aunque de vez en cuando bajaban de las redondeadas cumbres soplos de aire frío que les levantaban un estremecimiento. Se oían ladridos lejanos y flotaba en el aire una especie de vaho que traía recuerdos de humo, leña quemada y abono junto a una pared de piedra. Creía que iban a estar ellos dos solos en aquel rincón de la ribera, en cambio, parejas y familias se habían asentado en los mejores lugares: en la pequeña playa pedregosa junto al río, bajo el gran roble, en el estrecho prado. Además, se ortigó una mano y el terreno que eligieron para merendar era áspero y desigual. El aroma de humo y boñigas se iba diluyendo poco a poco a medida que se apagaba la tarde, siendo reemplazado por la muy leve fragancia del piorno mezclado con la humedad de escaramujos y hondas pozas que emergía del río. Miró el valle, oyendo remotas voces de niños que correteaban y posando la vista, sin fijarla nunca, en las pedreras mojadas y en los árboles celados por la yedra y el lúpulo salvaje. En un recodo, tres botellas de plástico se esforzaban inútilmente por salir del pequeño remolino en el que estaban atrapadas. Cuando llegara a casa tenía que ponerse a repasar el proyecto, línea por línea, para poder presentarlo mañana en la reunión de primera hora, frente a la dirección de la compañía al completo. Entonces miró a Elena. Sus ojos oscuros, optimistas y brillantes. La felicidad lo hinchó como si fuera un globo de aire caliente. Y sintió cómo le invadía la convicción, la exacta certidumbre, de que éste era el cielo que le correspondía, sin duda la recompensa a los extraños y desconocidos trabajos de una vida anterior.
 
    EMILIO GANCEDO FERNÁNDEZ (Del libro ‘Trece cuentos extraños’) 

June 14, 2008

…tipika, el blog de la ilustradora PATRICIA METOLA

 Ilustración de Patricia Metola en ...tipika.blogspot.com/

Llegamos a …tipika desde the secret garden —dedicado al diseño, la publicidad y las tendencias, y donde descubrimos entre sus autores a loomand y mork, dos compas de peatom que firman en "lo + friqui" como TWO MINDS
Desde …tipika, donde nos detuvimos un buen rato con las maravillosas ilustraciones de Patricia Metola, llegamos Organicfields, su estudio

Un paseo chupi… 

March 30, 2008

¡ … ale… hop !

Filed under: Anecdotario, Cuentos

 

Ayer nos concedió tres deseos… pero hoy tenemos más…

March 17, 2008

Contar tu vida en seis palabras

Esta idea es de la revista Smith
(la propuesta, ahí, es en inglés) 


CUENTE SU VIDA EN SEIS PALABRAS

SIX-WORD MEMOIRS
SUBMIT YOURS TODAY!
 

Algunas historias de la revista (traduccidas):
6
Esperando que las drogas me pongan
No es como lo había planeado
Asustado de morir, aterrorizado de vivir
Yo sigo haciendo café para dos
Reparo retretes: me pagan una mierda
scrap paper up the ying yang

… …


AQUÍ VAN ALGUNAS DE LAS NUESTRAS:

Me fugué a esta pequeña isla
Volver a ser el de antes
Fue cuando asumí cuidar de ella
En el espejismo de la galbana
Y no quiero morir y canto
De lo que no se habla
Leer aunque se hunda el mundo
(Vivir aunque se caiga la catedral)
Siempre estuvimos cómodos en la penumbra
I’m frog. Are you prince? (Kiss…)


Devine Cenicienta porque no tuve suerte
Poesía: Ahora vivo, luego lo demás. / (*by Ò.S.)
Y siempre con las maletas hechas
En medio del desastre disfruto contigo
… …

February 29, 2008

Un cuento de CLARICE LISPECTOR con una fotografía de ELISABETH DORCY

 FOTOGRAFÍA DE ELISABETH DORCY

 ES ALLÍ A DONDE VOY

Más alla de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy.
    La punta del lápiz el trazo.
    Donde expira un pensamiento hay una idea, en el último suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la espada la magia: es allí a donde voy.
    En la punta del pie el salto.
    Parece la historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy.
    ¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy.
    En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra "tertulia", y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí adonde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Después de muerta es hacia la realidad adonde voy. Mientras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Dsepués de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre.
    Es hacia mi pobre nombre adonde voy.
    Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes. Pero son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener ojos verdes y que nadie lo sepa.
    En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, Clarice Lispector en un graffitila que pide, la que llora, la que se lamenta. Pero la que canta. La que dice palabras.
    ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo.
    Yo, al lado del viento. La colina de los vientos aullantes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto.
    Oh, cachorro, ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero lentamente.
    ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.

    CLARICE LISPECTOR (Del libro ‘Silencio’, ed. Grijalbo Mondadori, 1988. Traducción de Cristina Peri Rossi)

December 23, 2007

El cuento de los dos monjes, contado por JOHN CAGE, y una partitura

John Cage    "Probablemente ustedes ya saben aquél de los dos monjes, pero se lo voy a contar de todas maneras. Un día iban caminando dos monjes, y de pronto llegaron a un riachuelo donde se encontraba una muchacha esperando que alguien la ayudara a cruzar. Sin pensárselo dos veces, uno de los monjes la cogió en brazos y la llevó al otro lado, dejándola a salvo en la otra orilla. Los dos monjes continuaron su camino y al cabo de un rato, el segundo, sin poderse aguantar, le dijo a su compañero: "Sabes que no te está permitido tocar mujer. ¿Por qué cogiste a esa mujer para cruzar la corriente?". El primer monje replicó: "Déjala en el suelo. Yo hace ya dos horas que lo hice".

 Y va por Chefa, que ya leyó la tesis in London.
¡Ole!

December 19, 2007

Un cuento de Navidad de JESÚS ALONSO

Filed under: Cuentos, * JESÚS ALONSO
DÍA DE REYES
    Un alcohólico nunca debe bajar la guardia. Basta con que vuelva a beber una sola copa… Ser parado es como ser alcohólico. Un parado puede estar cinco, diez, quince o veinte años trabajando pero desde el momento que pierde el trabajo vuelve a ser un parado.
    Aquellas navidades mi padre estaba en paro, un paro muy largo y muy cabrón. Era la noche de reyes. Yo tenía seis años y había dejado mis zapatos al lado de la ventana de la sala. Me desperté temprano y fui corriendo a ver los regalos.
    No había ninguno. Me calcé. De pronto sentí un cosquilleo en la planta del pie derecho. Me quité el zapato y vi salir una cucaracha que rápidamente buscó refugio detrás de un montón de periódicos atrasados.
    Fui a la cama donde mi padre dormía, le di un beso y le dije que lo quería mucho. No sé si me oyó. Después volví al salón y me puse a buscar la cucaracha.
    Pasé un buen rato con ella pero, en un descuido, la pisé.
    A mi padre nunca le duraron mucho los trabajos, ni a mí los juguetes.
 
    JESÚS ALONSO (De su blog: ‘el bolsillo del albornoz lleno de notas’)

December 4, 2007

‘El hogar’, un cuento de ISTVÁN ÖRKÉNY

EL HOGAR

István Örkény    La niña sólo tenía cuatro años, sus recuerdos, probablemente, ya se habían desvanecido y su madre, para concienciarla sobre el cambio que les esperaría, la llevó a la cerca de alambre de espino y, desde allí, de lejos, le enseñó el tren.

—¿No estás contenta? Ese tren nos llevará a casa.

—Y entonces ¿qué pasará?

—Entonces ya estaremos en casa.

—¿Qué significa estar en casa?— preguntó la niña.

—El lugar donde vivíamos antes.

—Y ¿qué hay allí?

—¿Te acuerdas todavía de tu osito? Quizás, encontraremos también tus muñecas.

—Mamá, ¿en casa también hay centinelas?

—No, allí no hay.

—Entonces, de allí ¿se podrá escapar? 

    ISTVÁN ÖRKÉNY (Del libro ‘Cuentos en un minuto’, 1968)
 

November 4, 2007

El cangrejo de Chuang Tzu, por ITALO CALVINO

    "(…) Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. "Necesito otros cinco años", dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y, en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto".
ITALO CALVINO
(Del libro ‘Seis propuestas para el próximo milenio’,
tomado del final del capítulo titulado ‘Rapidez’) 





















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