La verdad, nunca me había parado a pensar en esto:
La incidencia del clima en la escritura poética. No sabía cómo arrancar, y después de darle muchas vueltas, decidí hacer una ronda de preguntas a algunos poetas afines.
Escribí en primer lugar a mi amiga
Amelia Gamoneda, que siempre tiene buenas ideas, solicitándole alguna sugerencia para abordar el tema. Y esto fue lo que me contestó:
1.– Se dice que el clima tiene una incidencia sobre las emociones. ¿El cambio climático puede cambiar también el panorama poético patrio?
2.- El clima modula la percepción de la realidad: la repartición entre espacios (o paisajes) habituales, espacios exóticos, espacios soñados, espacios de sublimación… no es igual dependiendo de dónde se viva. ¿Los desiertos espirituales van a convertirse en los espacios de nuestra poesía más realista?
3.- El clima modula la percepción de la realidad: la realidad determina nuestra utilización del lenguaje (p.e. conocer veinte especies de árboles es saber nombrarlas). Nuestras zonas de riqueza del lenguaje dependen en gran parte de nuestro hábitat natural y social y de nuestro clima. ¿Un clima que produce una naturaleza exuberante predispone al poeta a ser un poeta "naturalista"?.
La verdad es que las tres preguntas tenían miga. Pero después de reflexionar un buen rato sobre ellas, sin llegar a ninguna conclusión, recordé un sencillo poema de José Jiménez Lozano, muy apropiado para reflejar el tema del cambio climático:
LAS NUEVAS MIGRACIONES
Visitas eran antes
las migraciones de los pájaros,
crónicas y correos
traían y llevaban; mas ahora
son como las de los hombres, huyen
del asesinato en masa, buscan
comida para sus polluelos.
¿Han entrado en la historia?
El reto era grande. Dejé las preguntas de Amelia encima de la mesa y recurrí a la poeta cubana
Soleida Ríos, que vive y escribe en La Habana, envuelta de naturaleza exuberante: ¿Crees que el clima influye en la escritura poética?, le pregunté directamente.
Y recibí esta respuesta deliciosa:
Creo que la poesía, como esa especie de respiración que es, o de canal energético, carga con toda la humedad y la luz y la fuerza del viento y sus reversos, (todo todo) a la manera única de cada voz poética, aunque no sea tan obvio. Pero…
Inmediatamente que leí tu pregunta fui al poema "La isla en peso", (gran obviedad respecto a la cuestión) de Virgilio Piñera:
"El perfume de la piña puede detener a un pájaro".
La naturaleza donó el olor de la guayaba a nuestras tierras, como el fresno o los abedules o la blancura de las nieves a otras tierras…
Es perfectamente natural que la expresión responda al ser.
No puedo citar ahora de memoria a Bowles, un poema que me hizo sentir la dureza del mediodía en Marruecos.
Ese mediodía no es de todos modos el mediodía de la Isla (el que Piñera elabora o define con esta naturaleza en 1944):
"… Pero la claridad avanza, invade
perversamente, oblicuamente, perpendicularmente,
la claridad es una enorme ventosa que chupa la sombra,
y las manos van lentamente hacia los ojos.
Los secretos más inconfesables son dichos:
la claridad mueve las lenguas,
la claridad mueve los brazos,
la claridad se precipita sobre un frutero de guayabas,
la claridad se precipita sobre los negros y los blancos,
la claridad se golpea a sí misma,
va de uno a otro lado convulsivamente,
empieza a estallar, a reventar, a rajarse,
la claridad empieza el alumbramiento más horroroso,
la claridad empieza a parir claridad.
Son las doce del día".
La naturaleza, tan rica, hace posible el infinito mediodía y sus infinitas, auténticas visiones.
Yo en La Habana (sin desdeñar mi religiosidad afrocubana), doy un talismán celta a una habitante contemporánea de las tierras de Odín. ¿Por qué? Quiero decir: el espacio marca, pero el alma vuela con toda libertad, remonta los espacios climáticos, temporales, etc, etc.
(…) Una pregunta, entonces: ¿quién escribe?
La pregunta de Soleida Ríos se me quedó en el aire, dando vueltas, y llamé a otro amigo,
Tomás Sánchez Santiago, que ha hecho del invierno su clima poético. Le pedí que me explicara por qué, y me contó que él es un defensor del frío como resurrección. “En un día de invierno como hoy, todo lo que va a nacer ya está debajo de la tierra, bullendo…”, y me remitió a uno de sus libros,
La secreta labor de cinco inviernos, en el que desarrolla toda su poética invernal. A partir de ahí nos enzarzamos en una amena discusión sobre la posible existencia de una poesía mediterránea, frente a lo que se podría llamar poesía atlántica, en la que por supuesto existirían excepciones luminosas como Eugénio de Andrade…
Así que después de hablar con Tomás, decidí consultar a una poeta de las brumosas tierras de Galicia,
Chus Pato, quien, en pleno temporal de viento y lluvia, prefirió a su vez consultarlo con la almohada y al día siguiente me dio una respuesta escueta, pero que me incitó a pensar:
“Pues verás, yo creo que el clima no influye directamente en el poema ni en el poeta, pero en lo que sí influye el clima es en el territorio y el territorio sí influye en el idioma (ya sabes aquello de que los esquimales tienen no se cuántos nombres para la nieve y ven lo que nosotros no vemos…)
Entonces, si un poeta decide dejar entrar el territorio y el idioma territorio en su poesía… pues sí podríamos decir que hay un poeta y una poesía atlántica o tropical. Y si además, en la tradición lingüística poética en la que se inscribe ese poeta, otros poetas dejaron entrar el territorio y el idioma territorio, y por lo tanto el clima en sus poemas —y hay una larga colección de poemas y poetas territorio-climáticos—, pues podríamos decir que tal tradición poética es atlántica o tropical o de los mares del sur….”.
La respuesta de Chus me llevó directamente a otra pregunta: ¿si hablásemos otra lengua pensaríamos de forma diferente?
[Para los lingüistas Sapir y Worf, por ejemplo, una lengua no es sólo un sistema de comunicación sino que es el modo específico en que los seres humanos comprendemos el mundo. La lengua, cada lengua, lleva aparejada una interpretación del mundo. Si esto es así, la consecuencia sería que distintas culturas tienen distintas formas de comprender e interpretar la realidad. Es decir, que para Sapir y Worf, el lenguaje determina de una manera total nuestra percepción del mundo, y por tanto nuestro pensamiento.]
Indagué un poco más en eso de los esquimales. Y descubrí que el lenguaje esquimal también tiene muchas palabras para denominar al color blanco. [No es de extrañar, teniendo en cuenta que viven en un mundo de ese color, y han de ser específicos.]
En cuanto a la nieve, resulta que tienen palabras muy distintas para referirse a ella, y cada una de ellas significa cosas como: nieve en el suelo, nieve ligera, nieve suave y profunda, nieve virgen, nieve en polvo, nieve en remolino, nieve pegajosa, nieve sobre el agua, nieve fresca, nieve derritiéndose, nieve cayendo…. pero, al parecer, no tienen una palabra genérica para la nieve.
Simplificando, podríamos decir que, al contemplar un paisaje ártico, los esquimales perciben un sinfín de matices, mientras que nosotros quizá sólo somos capaces de apreciar un paisaje monótono nevado.
Frente a esto, en la mayor parte de lenguas indígenas de Colombia no se dispone de una palabra para la nieve, incluso carecen de un lexema para este fenómeno, y en alguna de estas lenguas tan sólo existe un compuesto que literalmente significa "el agua tiesa que cae".
O sea, que si ya es bastante dificil traducir un poema esquimal dedicado a la nieve al castellano, debe resultar imposible traducirlo a una de estas lenguas indígenas colombianas, por ejemplo.
Llegada a este punto, confieso que me encontré ya absolutamente perdida. Pero de pronto me topé con una cita de John Berger que, de alguna manera, resolvía alguna de las preguntas que seguían sin respuesta:
“Una voz pertenece, en primer lugar, a un cuerpo, luego a una lengua. La lengua puede cambiar, pero la voz seguirá siendo la misma”.
En estas andaba cuando, justo antes de salir de casa, encontré un último mail en el correo, de la poeta
Susana Barragués, con un “poemita climatológico improvisado”:
Peces
En el Océano Pacífico existen corrientes ascendentes de aire capaces de levantar peces y transportarlos en suspensión durante kilómetros, hasta lanzarlos propulsados tierra adentro. Así llueven peces, ranas y algas microscópicas sobre pueblos, campos y carreteras.
Así mi cuerpo ante ti es el de un pequeño pez: elevado, ascendido brutalmente, proyectado contra tierra.
En su mensaje, Susana aportaba también algunas sugerencias para esta charla:
“Podrías hablar de la poesía que tienen en sí mismos algunos fenómenos meteorológicos: las auroras boreales, los megacriometeoros (enormes bloques de hielo que caen del cielo, que pueden tener varios metros de radio), el efecto Foehn, que puede hacer que a un lado de la montaña esté lloviendo y a 15 grados, y al otro lado tengan 30 grados y tal bajada de presión que los suicidios aumentan coincidiendo con este efecto…. Hace algunos años hubo una lluvia roja al sur de la india, y la gente creía que llovía sangre. Era un alga que había ascendido por convección con el agua del mar y teñía el agua de rojo…"
En resumidas cuentas:
No sé si el clima incide en la escritura poética. Imagino que a veces sí y a veces no. Lo que sí sé es que la poesía crea espacios habitables, y en cada poema, como en un pequeño microcosmos, predomina un clima, o un microclima, que hace posible estar ahí, calentito o fresquito, pero a gusto. Al fin y al cabo, escribir y leer poesía tiene que ver con una forma de estar en el mundo, de estar atentos a la manera en que vivimos, de abrirnos a lo que percibimos pero también a lo que no vemos ni sabemos ni imaginamos hasta que lo leemos o lo escribimos.
Y así, leyendo y escribiendo, me topé con lo que podría ser una hermosa definición de la poesía como clima en uno de mis autores favoritos, Peter Handke:
"La idea recurrente de la cerilla que, encendida, anula algo del frío habitual del universo".
Por otra parte, creo que la poesía, tanto para el que escribe como para el que lee, suele ser algo muy personal, una experiencia íntima, en el mejor sentido de esta palabra.
“Los poemas, aun si brotan de la imagen más aérea, más luminosa y diurna, más visible, bucean y avanzan como un pez hacia un espacio propio y silencioso —lo visible y su luz están también allí”. (Olvido García Valdés)
Para el gran reportero Kapuscinski, la poesía era «un templo con frescor», que «no tiene que ver con nada» y que consiste sólo en sí. Para Miguel Casado, “la poesía da cuenta de la vida, en ella se anotan los momentos del yo, su fragmentaria materia”. Así, la poesía “actúa como un modo de percibir lo que ocurre, lo distinto o singular, lo que por un momento parece parpadear con sentido.”
“El escritor que lleva un diario íntimo anota en él lo que sabe. En el poema anota lo que no sabe.” (Adam Zagajewski)
En el fondo, esto es lo que yo pienso: Cuando un libro, o un poema, nos deja fríos… mala cosa. Yo creo que se escribe, y se lee, de alguna forma para entrar en calor, o para respirar un aire más limpio y fresco, para pensar y sentirnos mejor de alguna manera.
“La nieve cruje como pan caliente
y la luz es limpia como la mirada de algunos seres humanos,
y yo pienso en el pan y las miradas
mientras camino sobre la nieve”
(A. Gamoneda)
La poesía sería algo así como el leño que prende en la chimenea de la casa del alma. Buscamos en ella calorcito, también aliento, energía, refugio, qué sé yo. Para algunos, la poesía es incluso el espacio en el que pueden hablar con los muertos.
"Mis palabras me sorprenden a mí mismo y me enseñan mi pensamiento", dice
Derrida, y a esta conclusión llega también Antonio Gamoneda, nuestro “poeta del frío”, por un camino distinto. Porque la poesía puede transmitir conocimientos, sentimientos, emociones, atmósferas, y hasta una música… Pero un buen poema genera sobre todo pensamiento, al explorar los territorios desconocidos del sentido y la significación. Y lo hace creando una nueva realidad, que no existiría fuera del poema. Y da igual que fuera haga frío o calor, que granice o caigan chuzos. "Cuando llueve en el poema, llueve en el poema, y llueve en el pensamiento".
Por otra parte, la poesía es capaz de florecer en cualquier clima y en las condiciones más inhóspitas, en el ártico y en la cárcel de Guantánamo (vergüenza de la humanidad), en el trópico y en el desierto. Es resistente como pocas otras cosas, resistente no sólo frente al espacio sino frente al tiempo. Como dice Olvido García Valdés, la poesía «toca de manera esencial a las personas que se acercan a ella. Tiene algo de lugar de resistencia frente a la banalización, la prisa, esta manera de hablar que tenemos siempre, el desgaste de la lengua. Supone otra forma de relacionarse con la lengua, con el mundo, y abre un espacio de intensidad de percepción que es lo que los lectores buscan».
Para finalizar, me gustaría leer un pequeño poema (hacer click:) de
Ulalume González de León y un texto de
Robert Walser.