Triste Stephen
(Extracto) Depositó Stephen
el asco en la mano y lo miró
con desvío
en aquellos años de la pereza y del asco
en el dulce tiempo
de los youth-hostels
y las largas contemplaciones de la Signoria quizás
de Florencia
Ulrike
Ulrike Meinhof
erigiéndose en el recuerdo
con piernas
de leche
aquellos distantes ojos que horadaban
el tiempo opaco
de mil novecientos
cincuenta y cualquier cosa
Ulrike
de mochila y de piel
ennegrecida
por avances osadísimos
de auto-stop
cerca de la indecisión
y aventura única
permitida
situó Stephen
dominado por quinientos anillos de nostalgia
la bicicleta de Ulrike
en el camino de rosas de la Facultad
lírica
en el campo de trabajo
en Inglaterra
celebrando una fraternidad rabiosa
de juventudes sin color
schumannianas andróginas escudo
del Kapital eterno
en aquellos años de la pereza y del asco
vio de nuevo a Ulrike
en Cap d’Ail plantando la tienda
al ras de un mar de añil incomodada
por el mistral
y se vio a sí mismo Stephen
joven y vivaz en las épocas
del sexo buscado
y blandamente adjudicado
en las frondas de Alpendoorn quizás
en aquella triste
juventud perdida
y mira ahora Stephen
qué pocos liberados
del jazz
qué pocos incorporados a las luces muy alegres que anuncian
ya la luz
total
roja
y de los que fueron jóvenes
en mil
novecientos
cincuenta y cualquier cosa
y en rebaño
pisaron las ciudades y campos de Europa con anhelos y fiebre
en busca de qué
cosa
no sabían y se miraban muy
recíprocos
y con un signo
de interrogación en la niña
de los ojos
y de los que fueron jóvenes sin arrebato
sólo destaca Ulrike
para siempre monumento
Ulrike Meinhof
guardada ya por quinientos
policías
en Stammheim
asediada espiada odiada despiadadamente
sometida
torturada
porque supo oponer dinamitas
estrellas
cristales descompuestos
fuegos como panteras y desiertos
beduínos de tierra y de silencio
palabras y pistolas acordadas
vinos ácidos renacuajos carnavales
pulquérrimas estrofas de silencio
muerte dosificada gesto imperio
al estado de niebla y acero malo o sea RFA
y estando Stephen
a treinta de mayo
de mil novecientos
setenta y cinco
evocó
la lindísima imagen de Ulrike
Meinhof
sobre la guitarra
en los dulces crepúsculos de las vacaciones
federalistas
europeas
de antaño
y lloró por sí y por el pasado
del que se yergue Ulrike estatuaria
Meinhof sobrepasada de su tiempo
prima hermana de hierro
por la que Stephen
deposita su asco
en la mano y mira con desvío
el presente el presente.
X. L. MÉNDEZ FERRÍN (’Con pólvora y magnolias’. Traducción de Eloísa Otero y Manuel Outeiriño.)