Isla Kokotero

November 25, 2009

PEDRO ÁLVAREZ GÓMEZ: ‘Un centenario inadvertido’, por ERNESTO ESCAPA

FUEGO AMIGO / Por ERNESTO ESCAPA (13-7-2009)

Pedro Álvarez Gómez, novelista zamorano
UN CENTENARIO INADVERTIDO

El zamorano Pedro Álvarez Gómez fue uno de los novelistas punteros
en el erial de la inmediata posguerra

En las postrimerías de junio se cumplió el centenario de un novelista zamorano a quien el paso del tiempo ha rebajado de la cresta a los talones del devocionario de las letras. Pedro Álvarez Gómez alcanzó el éxito en los atrancados cuarenta del pasado siglo y luego se fue disolviendo en sucesivos empleos como periodista azul. Empezó en Mallorca, pasó por el Odiel de Huelva (donde fue objeto de las bromas colmeneras de Cela) y dirigió durante treinta años el periódico del Movimiento en Córdoba. Era de Villalba de la Lampreana, junto a Villafáfila, allí nació un 29 de junio de 1909 y en el pueblo mantienen encendida la mecha de su recuerdo.   

Zamora ha emprendido este año del centenario el rescate pausado de sus éxitos remotos, empezando por ‘Los Chachos’, que se publicó en folletón entre el otoño de 1942 y la primavera siguiente, ilustrada por Teodoro Delgado. En total, su obra se resume en cuatro novelas, una biografía imperial del Empecinado y un postrero mosaico de estampas campesinas, que apareció el año de su muerte. Se había estrenado como novelista bélico con el tremendismo de su relato ‘Cada cien ratas, un permiso’ (1939), que derrotó en el concurso de mejor novela de guerra a la ensoñación estrellada de Hernández Gil, más tarde ilustre penalista y presidente de las Cortes democráticas.    

Una parálisis infantil lo había dejado inservible para la milicia, pero no para la propaganda. Estudió con provecho, se hizo funcionario de la Universidad de Salamanca y trazó un proyecto narrativo que iba a recorrer los diferentes estadios de su vida. Los batacazos de la crítica interrumpieron aquel repaso en la adolescencia. Su mejor novela es ‘Los colegiales de San Marcos’, donde hace casticismo de su etapa como bachiller interno con un dómine vaniloco. Antes había publicado ‘Nasa’, que dibuja un campo castellano de cartón piedra.   

‘Los dos caminos’ (1950) crucifica su carrera, lastrada por sobredosis de tópicos. En sus páginas se defiende de los palos de la crítica, mientras escinde con maniqueísmo la peripecia de dos primos: uno elige la felicidad en la estirpe de la tierra y el otro el fracaso urbano. Sólo volverá a publicar las estampas campesinas de ‘El vivir humilde’ (1983), que pasó inadvertido.  

ERNESTO ESCAPA

November 24, 2009

‘Adiós a ULLÁN, radical y libre’, por ERNESTO ESCAPA

FUEGO AMIGO / Por ERNESTO ESCAPA (25-5-2009)

Agrafismo de José-Miguel Ullán

ADIÓS A ULLÁN, RADICAL Y LIBRE 

La obra esencial y en perpetua movilidad de Ullán
es uno de los referentes de la poesía española

Una esquela civil sin obituario (vendrán después, como uvas en racimo funeral) avisa de la muerte anunciada del poeta salmantino José-Miguel Ullán: fronterizo de Villarino de los Aires (1944), el pueblo de los indianos que empadronaron su prosperidad en La Habana. Nos deja una obra deslumbrante y plural, acuciada por la urgencia de las transgresiones. Un legado poético urdido a partir de su increíble manejo de la lengua nutricia de los Arribes, que es la veta que fecunda toda su creación, desde la inicial poesía comprometida a los hermetismos postreros, con leves descansos en estancias de alianza luminosa.   

Su trayectoria es una enmienda al conformismo. Una obra cumplida donde anida la mudanza. Qué hermoso su poema Ambasaguas, sobre el encuentro del Tormes con el Duero a los pies de Villarino, y aquellos versos: "Lo que el Tormes de día soñaba / por la noche del Duero fluía". Sus inicios salmantinos coinciden con la irrupción de Aníbal Núñez, también relegado del lanzamiento de los Novísimos, que resultaría a la postre "una olla con más Azúa que Carnero". Sarrión recoge en sus memorias la mediación con Ullán, exiliado en París, y su respuesta airada al compadreo.   

La antología barcelonesa dejó fuera a dos de los mejores poetas de aquella generación: Ullán y Colinas. Sus muñidores externos (Hortelano, Ángel González, Gil de Biedma) y Castellet optaron por una guarnición de líricos cartageneros, maragatos, ilicitanos y albaceteños para acompañar a Gimferrer, que ya ostentaba el laurel del Premio Nacional José Antonio Primo de Rivera por ‘Arde el mar’.    

Ullán publicó muy joven y se exilió a París en 1966. Volvió diez años después y tuvo que hacer la mili en Canarias antes de convertirse en protagonista de la información cultural durante la década de la movida. En las artes y en las letras. Desde la tele única, poniendo en marcha el suplemento ‘Culturas’ de Diario 16 y más tarde en El País y Abc. En la pequeña pantalla llegó a ser irónico comentarista de una edición del concurso musical eurovisivo. Creo recordar que aquella que concluyó con la barca nacional encallada en último lugar. Ya en los noventa puso en marcha la editorial Ave del Paraíso, su penúltima apuesta.

ERNESTO ESCAPA

October 2, 2009

Dedicado a JUAN CARLOS MESTRE / ‘El hijo del panadero’, por ERNESTO ESCAPA

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El hijo del panadero

En la Ciudad de los Poetas, que concede el perdón a los peregrinos que se quedan sin fuerzas para llegar a Compostela, el hijo del panadero recibió de chaval un encargo del porvenir que lo confinó de por vida en el santuario de las palabras. El hijo del panadero de Villafranca del Bierzo es Juan Carlos Mestre, que acaba de recibir el Premio Nacional de Poesía por su libro ‘La casa roja’. La encomienda se la dejó en un hatillo de estraza con bramante el poeta suicida Gilberto Ursinos una clara mañana de mayo de 1972. Aquel legado de media docena de libros rasgó como un relámpago el desconcierto adolescente ante el estupor de la muerte.  

El tiempo ha ido agitando las hojas del tupido censo de escritores que un día habitó el pueblo de Mestre. Murió Gilberto y luego González Alegre, más tarde Carnicer y esta primavera Pereira, que se hubiera alegrado más que nadie de su triunfo. Antes de publicar los primeros versos, estudió Periodismo en Barcelona y militó en el apremio por dar carpetazo a la pesadilla de la dictadura. Luego, se embarcó en una candidatura municipal de izquierdas en Villafranca y aquel gesto le costó a su padre el rechazo a los panes de su esfuerzo. Fue el castigo más hiriente para las utopías del poeta.  

El amor y el compromiso lo llevaron al Chile asolado por Pinochet, donde dio suelta a su mano prodigiosa para el arte, a la vocación musical y a su fascinante oficio de juglar. Ahora nadie iguala a Mestre en un escenario. ‘Antífona del otoño en el valle del Bierzo’ (1986) fue uno de los últimos Adonais de interés y libro crucial en el rescate de una poesía generosa en resonancias y sugestiones. Siendo un artista de mucha actividad, dosifica sus poemarios, que destila de lustro en lustro, a veces en versiones complementarias de verso y pictóricas, como ocurre con el rastro romano del poeta Keats. Alguno de sus collages recuerda la impronta de las grafidias de Beberide, el artista de su pueblo que cambió París por los misterios de la pastelería. ‘La casa roja’ es un libro grande que contiene la resuelta enmienda del creador a las trampas de la mansedumbre.

ERNESTO ESCAPA

July 1, 2009

‘El siglo de CRÉMER’, por ERNESTO ESCAPA, con viñeta de FER

El 27 de Junio de 2009, a las 9.20 de la mañana,
nos dejó el inolvidable VICTORIANO CRÉMER

~ ¡Un placer y un privilegio haberte conocido, maestro! ~
Viñeta de FER en homenaje a Victoriano Crémer

Viñeta homenaje del dibujante FER
~ ~ ~

 EL SIGLO DE CRÉMER
Por ERNESTO ESCAPA
(Publicado en EL MUNDO DE LÉON,
el 29 de junio de 2009)

El poeta centenario Victoriano Crémer seguía subiendo cada día al palomar de su casa para escribir y contestar las cartas, mientras tosía alto si alguien se acercaba con la pamplina de tratarle como a un anciano. Incluso, a veces, protestaba la costumbre de sus hijos jubilados de entretenerle con visitas de cháchara. Aunque el juego de Crémer con su edad viene de lejos, y el autor de la primera tesis sobre su obra reconocía que ateniéndose a lo publicado “pudo haber nacido en cualquiera de los años que median entre 1900 y 1915”, lo cierto es que ya era sobradamente centenario. Estos descuadres biográficos le han venido muy bien a Victoriano para los disimulos de una vida estragada por la provincia. Unos rácanos homenajes leoneses, celebrados localmente en las Navidades de 2006, dieron por satisfecho el trámite de las gratitudes con el poeta que entonces cumplía cien años. Y ya con eso, todos conformes. Era no conocer a Crémer, que ni cerraba aquel invierno su siglo ni por eso se iba a quedar quieto.  

Una trayectoria centenaria da para mucho. Sobre todo, si ha sido tan hacendosa como la de Crémer. Hace ochenta años, fue libertario de Pestaña; hace setenta y tres, preso político en San Marcos; hace sesenta y cinco, fundador de la revista de poesía Espadaña; hace medio siglo, obtuvo el premio de novela Nueva España de los exiliados en México; hace cuarenta y seis, el Nacional de Poesía. Un premio Nacional singular, que no llevaba el rótulo habitual de José Antonio, sino la dedicación a Leopoldo Panero, que acababa de morir. Hace tres lustros, recibió el Castilla y León de las Letras. Estos mojones de su añada, Crémer los repasaba como hitos de un recorrido malbaratado por la cicatería de las circunstancias. La inclemencia doméstica con los sueños más hermosos. También se resintió del desdén gremial hacia su empeño por recobrar, en tiempos infames, la dignidad de la conciencia poética. En esa época, las recompensas le llegaban de lejos, como aquella acogida fraternal de Max Aub al premiar El libro de Caín: “De Burgos a León, camino llano, ahí está Victoriano”.

Los versos de Max Aub cartografian un campo interior de fidelidades. Crémer vivió la posguerra más abrupta en vecindad con las madres y viudas de antiguos compañeros, que no entendían la anomalía de su supervivencia. Durante décadas fue el ancla interior de una resistencia sin alardes ni manifiestos, que no hizo más ruidos de los precisos. En esa retaguardia fue tejiendo su obra. Quizá por eso, los reconocimientos le han llegado casi siempre con los plazos vencidos. A los sesenta años, recibió el carnet de periodista, en un gesto que quiso parecer magnánimo, cuando llevaba publicados tantos artículos en la prensa como para cubrir con ellos la Tierra de Campos.

Y de entonces a hoy, no ha cejado. Al visitarle la ambulancia para su último traslado, pidió un rato hasta rematar los artículos de la semana y se preocupó por el cobro de su estipendio mensual. La enciclopedia Larousse había ilustrado su biografía con la foto de Primitivo García, un asturiano que pasó por la prensa azul de León, mientras la Espasa de1999 lo dio por fallecido tres años antes. Esos gazapos son el tributo de una vida por libre, en la displicente nebulosa de la provincia. Pero su poesía no es calderilla y a ella hay que volver. Nadie como él mereció el reconocimiento de “esta tierra de hosco censo”. Y sin embargo, se despidió escribiendo “la ciudad ignora que me muero”.

Tras algunos escarceos anteriores, en 1944 apareció su libro de poemas Tacto sonoro. Fue también el año de Espadaña, la revista que se convirtió en ariete de la nueva poesía rehumanizada, a la vez que conectaba el 27 interior con los nombres del exilio. Fundada por González de Lama, Nora y el propio Crémer, éste supo sostenerla a lo largo de 48 números y seis años. También supo despachar a tiempo los enredos falangistas para copar su invento, aquel ardid que respaldó Nora de los Vivales (Vivanco y Rosales), ayudados por Panero, Valverde y el teórico Aranguren.

La poesía de Crémer tiene como protagonista al hombre en su circunstancia. Lo que evoluciona a lo largo del tiempo no es el tema, sino su enfoque y dicción.  Otros tres libros integran la primera etapa de su obra lírica, que concluye con la década ominosa. En ella expresa la angustia y el desgarro de la muerte cercana. En ese escenario, apela a Dios y recibe la respuesta del silencio. Por eso la religiosidad de sus poemas es conflictiva, más de imprecación que de consuelo. En su segunda etapa se produce el paso del compromiso existencial al social. Cuatro nuevos libros afirman su condición de juglar del mundo humilde. Su poesía última amplía el arco desde mediados de los setenta hasta el siglo veintiuno. En ella conjuga los temas de siempre con voz más reflexiva, a la vez trémula y serena.

Como novelista, Crémer obtuvo el Premio Nueva España de México con Libro de Caín (1958) y ha publicado Historias de Chu-Ma-Chuco (1970), Los trenes no dejan huella (1986) y La casona (2001). Relatos en los que la memoria personal de la tragedia bélica y su descalabro se engarza en alegorías de urdimbre mítica. Más explícito es el testimonio de El libro de San Marcos (1980), donde recuerda su paso por el campo de concentración instalado en el antiguo hospital de peregrinos.

Hace más de treinta años, el poeta Victoriano Crémer estampó un testamento en el broche del libro que los profesores y la crítica calificaron como su despedida. “Me pesan ya los dedos cual si llevara un siglo escribiendo o arando / el pliego con la pluma, intentando llenar los sueños de sustancia”. Los analistas no habían reparado en la argucia del poeta, que ya en su título enmendó aquel testamento como inútil. En las postrimerías de 2008 nos sacudió con los versos de El último jinete: “Estoy solo y me duele / la sombra que proyecto”. O estos: “¿Qué fue de aquel que intentara / cambiar el mundo, verso a verso? / Cesó un día cualquiera de un mes, / arrastrado por caballos de plomo. / Y fue olvidado; / como manda la Santa Madre Iglesia / y decretan los tiernos alacranes”.  

April 26, 2009

ANTONIO PEREIRA: ‘La divisa del seductor’ / por ERNESTO ESCAPA

Un retrato de Antonio Pereira, por el pintor ÁLVARO DELGADO
ANTONIO PEREIRA:

LA DIVISA DEL SEDUCTOR
    por ERNESTO ESCAPA
Publicado en EL MUNDO DE LEÓN (26-4-09)

En torno al pasado San Froilán tuvo lugar en León el octavo Congreso Nacional de Escritores, que incluyó en su programa un merecido homenaje a Antonio Pereira. Yo aproveché mi turno en aquel encuentro para señalar la seria anomalía de que el maestro del relato literario siguiera sin el reconocimiento de un Nacional de las Letras a su trayectoria. Hubiera sido el primer cuentista en recibir el galardón, pero otra vez la muerte anduvo más lista que los jurados. Despidió el siglo con el Premio Castilla y León de las Letras, que se sumaba al Fastenrath de la Academia, al Leopoldo Alas y al Torrente Ballester. Pereira empezó a publicar cumplidos los cuarenta y nos deja, en cifras cabales y redondas, veinticinco libros de prosa y diez de versos. Además de un legado de bonhomía y de un inmenso caudal de afectos.  

Antes de la eclosión de la literatura leonesa, formó parte de la trilogía de escritores que protagonizó nuestro León de las nostalgias, junto a Crémer y Gamoneda. Fue lo que tuvimos, felizmente. Un poeta curtido en todas las batallas, como Crémer, y dos escritores de pujante madurez. En aquel escenario provincial Pereira fue emergiendo como un consumado seductor. Sin ruido ni alharaca de premios altisonantes, hizo una obra modélica zurcida con monástica paciencia.  

Pereira encontró en el cuento la horma para ajustar el hilo a la cometa de su fantasía. En esta distancia corta, el humor del noroeste, la tierna ambigüedad, el episodio menudo, la confidencia coloquial y un tenue erotismo, que el autor registró con patente diocesana, encuentran su expresión más eficaz. Es un escenario fugaz pero inolvidable, que concilia la difícil alianza entre imaginación y realidad, modelado con sutileza de orfebre en el manejo de la palabra. Como cuentista, Pereira ocupa pedestal de clásico.   

Después de un volumen primerizo de relatos, con el que obtuvo el premio Leopoldo Alas a mediados de los sesenta, Pereira alcanzó su madurez en El ingeniero Balboa y otras historias civiles. Luego depuró el oficio a lo largo de tres décadas, que dieron para siete libros más de relatos y otras tantas antologías. A menudo transitan por los relatos sus cómplices de aventura literaria, desde los más cercanos a los dioses mayores. Y tantos episodios de una memoria traviesa, que nos deleita con destellos de gracejo, a la vez que muestra la cartografía de sus afinidades y pasiones más íntimas. En la narrativa breve Pereira exhibe una singular destreza para destilar asombros en su pupila de viajero que ha tocado todos los cabos. También cultivó el apunte memorial en un par de libros magníficos, sofocados por su edición en la provincia. 

Autor de cinco libros de poesía, publicó tres novelas: la última y más valiosa, País de los Losadas (1978). En Meteoros (2006) reunió y puso en valor su obra poética. Sus tres primeros libros del género cultivan los oficios familiares, los viajes cercanos, la amistad derramada, la nostalgia y el entrañamiento. Dibujo de figura (1972) ofrece signos de un tono crítico imprevisto: "Ya sabía que un muerto no es gran cosa / en una edad de tapias y cunetas". La depuración expresiva, la cadencia narrativa y coloquial, la renuncia a la rima, parecen conducir al silencio del poeta. Viva voz abrocha su obra lírica con una miscelánea de apuntes, complicidades y tributos de amistad.






















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