Tres recuerdos de KATY MONTES: los de ESPERANZA ORTEGA, LUIS MARIGÓMEZ y ANGÉLICA TANARRO
Por ESPERANZA ORTEGA
5 de abril de 2011
“Nunca se dice adiós cuando se ama”, leemos en un verso de Francisco Pino. Lo recuerdo mientras pienso en la desaparición de Katy Montes, que me acaba de comunicar un amigo. Que Katy estaba muy enferma lo sabíamos todos los que la conocíamos bien, pues hacía como un mes que no iba por la Fundación Segundo y Santiago Montes. Y Katy no faltaba por nada del mundo a su cita con la memoria, la bondad y la cultura. La Fundación ha sido durante muchos años un hogar acogedor, con sus puertas abiertas para todos, un remanso de paz para el conocimiento y la conversación. La sonrisa de Katy nos recibía nada más entrar, como si su única misión en la vida fuera la de esperarnos con los brazos abiertos. A mí me recordaba a la casa comestible de Hansel y Gretel, ¿se imaginan que su dueña hubiera sido un hada buena en vez de una bruja egoísta? Pues esa era Katy, el hada que nos daba de comer su cariño. Teóloga de la generosidad y doctora en hospitalidad y la cortesía, tenía una máxima: recibir, acoger y ayudar. Todo lo que poseyó se lo dio a los pobres, haciendo del ejemplo evangélico una realidad evidente, sencilla. El día 25 de Marzo celebramos en la Fundación la llegada de la primavera y con ella la Fiesta de la Poesía. Yo hice a cada participante la siguiente pregunta: si la poesía fuera una flor, un momento del día, un instrumento musical, un perfume, una palabra… ¿cuál sería?, pero me reservé la pregunta mejor para mí. Esa pregunta era: si la poesía fuera una persona humana, ¿quién sería? Y me respondí que Katy Montes. Ella misma era la rosa, una rosa encarnada, natural y fragante. ¿Por qué? Porque lo que intenta la verdadera poesía es acortar la distancia que existe entre la realidad y el deseo, es decir, realizar lo imposible. Y no conozco otra persona que haya realizado más imposibles que Katy Montes, la incombustible, la resistente, la atrevida, la contumaz en su anhelo de salvar la vida de sus semejantes, de luchar contra el absurdo de la muerte. Por eso, porque era Katy Montes, conseguía lo que nadie hubiera conseguido. Por decir un ejemplo cercano, consiguió que los más rojos anticlericales de Valladolid rezáramos el Padre Nuestro en la misa que el año pasado se ofreció en memoria de su hermano. Allí fuimos todos, porque Katy nos lo pidió con la mirada. Es solo un detalle banal en la vida de una fundadora de ciudades. ¡Cuántos viven gracias a ella, aquí y en El Salvador!, ¡cuántos disfrutarán de esta primavera gracias a sus desvelos desmedidos! Y siendo tan dadivosa, hay, sin embargo, un secreto que no nos reveló: el enigma de su bondad, la fórmula que propiciaba el acuerdo entre su inteligencia y su paciente alegría. Ese era el secreto de la mujer completa, a la que nunca nunca escuché hablar mal de ninguna persona: ni un reproche, ni un rencor. ¿Cómo era posible que preservara el perfume de la rosa en medio de una ciénaga de dolor y desgracia? Este es el misterio de Catalina Montes, la pregunta que siempre nos haremos los que tuvimos la fortuna de estar a su lado. “Platero, tú nos ves, ¿verdad?”, se pregunta Juan Ramón Jiménez en el establo, al lado del cuerpo sin vida de Platero. Yo no afirmaría que Katy nos ve ahora, pero de lo que sí que estoy segura es de que, allí donde esté, nos sonríe.
ESCRITO A MANO
Por LUIS MARIGÓMEZ
6 de abril de 2011
Todo el mundo se extrañaba de recibir los sobres con las actividades de la Fundación Segundo y Santiago Montes escritos a mano, con una caligrafía exquisita. Ella decía que no le costaba nada esa tarea que llevaba a cabo en sus continuos viajes de Valladolid a Salamanca. Todas las demás tareas las hacía con la misma alegría y el mismo tesón. Se enorgullecía, claro, de las más de seiscientas casas construidas en la ciudad de Segundo Montes, en El Salvador; de su biblioteca, la segunda mayor del país; de la ambulancia medicalizada que tantas vidas ha salvado; del Instituto Universitario que se está construyendo… Aquí, la Fundación, sin presupuesto, ha dado cobijo a infinidad de actividades culturales con una audiencia y un prestigio cada día mayor. Katy llevaba una actividad incesante como si no le costara el menor esfuerzo, con una alegría contagiosa. Cuando volvió de El Salvador el último septiembre contó, como siempre, las anécdotas de las penurias que allí le sucedieron, con María, entre risas, sin darles importancia. Era impresionante la fuerza de esta mujer con un aspecto tan frágil. Todavía en Marzo, ya débil, asistió a la presentación del último poemario de Ángel Fernández Benéitez, con Tomás Sánchez Santiago. No pudo asistir a la Fiesta de la Poesía, aunque envió la convocatoria con sobres escritos a mano. Todos preguntábamos por ella. No sé si podremos dejar de hacerlo.
TENÍA LUZ PROPIA
Por ANGÉLICA TANARRO
6 de abril de 2011
Su lección fue la alegría. Parecía vivir cobijada por el recuerdo de sus hermanos ausentes. Pero tenía luz propia. Oír contar a Katy Montes cómo llegó a ser la presidenta de la Fundación Segundo y Santiago Montes era como asistir al relato de una saga marcada por la tragedia, al final de la cual te encontrabas la sonrisa en los ojos de una mujer menuda que parecía indestructible. Fragilidad y fuerza se conjugaban en sus pocos kilos y su escueta estatura. Solo se empañaba su mirada azul cuando recordaba a Santiago, a Cristina, a Segundo. Pero había que estar atenta para ver brillar las lágrimas en sus ojos porque rápidamente las trocaba en sonrisa, sin duda para no acongojar a su interlocutor. Los aniversarios eran un duro trance para ella. Los actos del veinte aniversario del asesinato de Segundo, los homenajes, la noticia de la reapertura judicial de la causa contra los asesinos de su hermano… eran noticias que recibía con una mezcla de alivio y tristeza. Era una mujer muy culta, una profesora solicitada en los ámbitos académicos de prestigio, dirigía un sinfín de tesis doctorales, pero jamás se permitió hacer alarde de sus méritos. Todas las vidas son importantes, todas las vidas tienen su propósito, pero hay vidas tan entregadas a los demás, tan generosas en sus planteamientos que parece una injusticia que se apaguen. Su obra no solo queda sino que tiene un futuro por delante. Ese futuro será su recompensa.

‘LAS COSAS COMO ERAN’
Como una lágrima
LECTURAS A LA SOMBRA DE UN COCOTERO La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO










