‘Los holocaustos silenciosos’ / ANTONIO GAMONEDA, ESTHER RAMÓN, LAURA GIORDANI y ARTURO BORRA… en el prólogo de ‘Tablas de carnicero’, de NURIA RUIZ DE VIÑASPRE

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(Prólogo del libro ‘Tablas de carnicero’,
de NURIA RUIZ DE VIÑASPRE)
Por LAURA GIORDANI y ARTURO BORRA
Vi la serenidad en los ojos de las reses destinadas a los cuchillos industriales y los caballos inmóviles en la tristeza;
después, la cal, su luz en los ancianos, y grandes grietas habitadas por lamentos.
ANTONIO GAMONEDA (’Libro del frío’)
Después de taparlos decidieron iniciar las diligencias. El sospechoso podía ser un joven pálido, empleado en un matadero. O un maquinista. O el conductor de un circo itinerante.
Para velarlos dispusieron sillas polvorientas. Apagaron las luces y los cristales del techo se abrieron como ojos en blanco.
ESTHER RAMÓN (’Reses’)
DESDE las ya clásicas reflexiones de Adorno y Horkheimer, efectuadas en 1947, acerca de la industrialización de la muerte llevada al extremo por el nazismo, no nos sorprende –aunque nos espante– que nuestra sociedad, para sostenerse en su opulencia, sacrifique como reses a multitud de humanos des-rostrados, convertidos en anónimos, en otredad radical (con el fin de eximir de la conciencia de su crimen tanto a ideólogos como a sus serviles ejecutores). La operación de construir al Otro como absolutamente extraño prepara las condiciones para su reducción a lo no-humano, para su constitución en objeto sacrificable. ‘Tablas de carnicero’ ahonda en esa dirección de lo siniestro que nos atraviesa en lo cotidiano. Los "sospechosos" somos nosotros mismos, en cuanto participamos en esas prácticas. Para avanzar en dicho señalamiento Nuria Ruiz de Viñaspre se centra en una de las dicotomías fabricadas por nuestro sistema de trituración: si hay carniceros, también debe haber, por necesidad, seres reducidos a reses, en su sentido zoológico y en su sentido etimológico. Sin esta reducción doble (a la mera animalidad y a la pura cosa), la operación quizá podría seguir reproduciéndose, pero sin el higiénico desapego que implica la serialización de la matanza, rigurosamente organizada por una cadena de producción de polaridades. Sólo esa cadena hace posible la despersonalización o deshumanización de los demás. Llegados a ese punto, dar el golpe de gracia no parece ser tarea especialmente desagradable o difícil.
En este contexto, ‘Tablas de carnicero’ no remite a una reflexión metafísica sobre la muerte en general, sino que ahonda en la oscura intuición del destino cortado a fuerza de cuchilla. En última instancia, también los matarifes trabajan para el Amo Absoluto de la Muerte, como hubiera dicho Hegel. No hay hipérbole: la opulencia mal habida –¿y cual no lo es en las condiciones materiales del presente?– implica reducir la medida de lo humano a la báscula, a la equivalencia general de las cantidades abstractas. Lo que se contabiliza no son sujetos: son cuerpos mercantilizados, cuerpos desesperanzados, entregados a la resignación de la espera en la fila del matadero, ese conglomerado industrial que desmembra en "redes de tortura" lo que pudiera haber de individual (de indivisible) en el individuo. Que en sociedades precedentes existió el canibalismo, que la devoración del prójimo no es un invento moderno ya lo sabemos; la cuestión, aquí, más que construir falsas constantes antropológicas, es analizar cómo hemos llegado al punto de poder construir procedimientos rutinizados para seguir con esta práctica sin que nos tiemble el pulso, sin que nos afecte en lo más mínimo nuestra hipócrita moral de rebaño.
La paradoja de toda esta escena es que quienes hoy se constituyen en victimarios mañana serán víctimas: el paisaje, al contrario, está asegurado. Más tarde que pronto, casi todos habrán de ser inutilizados, reducidos a vacas que esperan su turno, "con un gancho que cuelgue del cielo", a excepción de los amos, que, otra vez con Hegel, acceden al "goce de la cosa", a pesar del miedo, de los vasallos que cercan los accesos, de los ejércitos que custodian el paso. La mutilación y la alteración de la sintaxis vienen de una mutilación no-poética más radical: el excedente de humanos deshumanizados que son sometidos al matadero. Otra vez, el excedente no impide el hambre. Porque, si hay algo que no obstruye la opulencia del primer mundo, es la carencia incluso entre sus filas. El capitalismo –ya lo sabemos– no tiene patria.
incluso la más afilada de las vacas
aquella de la lengua azul
la que come hierba sin lengua
la de la carne sin boca
la más cenceña de todas –casi muerta–
la de las cien costillas rotas
incluso ésa tiene cuatro estómagos
me pregunto cuántos huesos de más
tiene respecto al niño más enjuto
En esta situación que es drástica –a pesar de los consuelos de mercado y del habituamiento de la propia víctima– el gesto subversivo por excelencia no puede ser más que devenir uno mismo animal: afirmarse en aquello que aparece estigmatizado, condición necesaria para ser despojado de la condición de igualdad, para ser producido como rebaño dispuesto al sacrificio. Precisamente es el camino que Nuria Ruiz de Viñaspre transita, sin por ello olvidar la heterogeneidad que sobrevive incluso en nuestra pertenencia común al mundo de las reses. Dicho de otro modo: no todas las vacas somos idénticas. Algunas pacen, otras miran y se enfilan, algunas quizá procuran quedarse atrás y ser postergadas hasta la próxima carnicería e incluso no faltan aquellas que mugen, a falta de lengua inteligible.
No es que sobren los diagnósticos al respecto. Pero, cuando se está en el matadero, forjar fugas (colectivas) o rebeliones no parece ser un lujo. La humanidad sangra y no debería asustarnos repetirlo cuando la ceguera persiste. El problema sigue siendo cómo pensar otra morada y hacer concebible un sueño que evite la inmolación continua. Con laconía, como aquello que se gesta en un espacio de oscuridad, Ruiz de Viñaspre arriesga algunas trazas, proponiendo una apertura para un presente infinito, y así "abrir tu cuerpo hasta que se curven / mis otros huesos –aquellos otros más insólitos". En efecto, los huesos insólitos constituyen posibilidades inexploradas de lo humano. Una humanidad no reducida a res, no cosificada. Apuesta por lo desconocido, entonces, como posibilidad reprimida de lo político, que choca constantemente con las persignadas actitudes cotidianas (condensados en el "así son las cosas"). La resignación, cuando no el conformismo, está ahí, incluso cuando ya nos enfilan o nos toca estar del otro lado del espectáculo televisado del genocidio, de las guerras o todas las llagas ajenas acumuladas en la retina, más o menos insensibilizada, como si al final también el sufrimiento extendido pudiera reutilizarse en algún escaparate de un centro comercial como estrategia de marketing. La res es sometida a la predación humana y esa predación necesita proyectar lo repudiado afuera, en eso que, a pesar de todo, nos alimenta. Si algo había de sacro de ese animal en India, en Occidente se convierte más bien en depositario de una existencia cosificada, en figura de explotación. Más aún: permite mostrar la naturalización de la muerte del Otro, incluyendo la muerte de la naturaleza –facilitada por los dispositivos mediáticos, pero también por un sentido común cotidiano que, llamativamente, apela a la "naturaleza humana" para explicar este proceso. En conjunto, la reducción de lo humano a mera cosa es evidencia de la "irracionalidad de la razón capitalista", como hubiera señalado H. Marcuse. A pesar de ello, la tensión está ahí, irreductible. Ruiz de Viñaspre lo señala: "vienen las contradicciones", y ahí está esa otra razón crítica que pone en cuestión la profanación de la vida que se efectúa en nombre de algún Dios cruel. Para decirlo de otra manera: ‘Tablas de carnicero’ remite a esa escena donde se pasa por cuchilla lo otro y eso otro es también el medio ambiente, la diversidad de especies, en suma, la Tierra-matriz. Podría hablarse así de un sentido ecológico del poemario, pero una ecología que incluye al ser humano como parte de ese "reino" que estamos destruyendo. Un enfoque así, crítico ante esa mirada antropocéntrica propia de una razón instrumental descontrolada, es también una advertencia: sin esos compromisos ético-políticos básicos frente al entorno natural y social, nuestra existencia misma queda comprometida de muerte.
Nuestra constitución vacuna no impide interrogar fisuras o resquicios. Ninguna omnipotencia cabe conferir a un sistema que, a pesar de su poderosa capacidad asimiladora, tiene huecos por todas partes y resistencias más o menos fragmentarias pero efectivas. Puede que el dolor del otro siga siendo del otro, más o menos intransferible. Que nuestro devenir animal no sea un simple lazo com-pasivo, sino comprensión anticipada de nuestra propia vulnerabilidad. En cualquier caso, sentir-con-el-otro y situarse de forma desafiante en su condición inferiorizada es la opción que elegimos quienes confiamos en la igualdad humana, una igualdad que no niega la diferencia, sino que evita jerarquizarla en términos de poder o distribución de privilegios. Es el grito –el mugido, si se prefiere– que nos cabe ante tanta mansedumbre instruida, ante este sosiego imbécil, zoológico, de la mirada que contempla cómo se llevan a nuestros semejantes sin que se asome la rebelión. Lo dice con ironía Ruiz de Viñaspre:
este devenir terrible es la montaña rusa de la vida
así que sólo creo en lo que reza la presentadora diaria del telediario
‘Tablas de carnicero’, pues, retoma un símbolo que permite introducir lo no-poético en lo poético, poniendo en entredicho la separación purista de lo estético y lo mundano. Sólo una poesía que interroga la herida puede escapar al autismo de los bellos sentimientos en plena devastación. Tras la huella de poetas como A. Gamoneda o más recientemente E. Ramón, Ruiz de Viñaspre se despoja para hablar del mundo sangrante en que vivimos. Necesitamos más voces que nos recuerden la sangre que abona nuestro bienestar. En ese sentido, la poeta acepta aquí esa compleja tarea, constituyendo una cruda redescripción del presente, sin complacencias. Acaso si nuestro apetito sólo pudiera construirse ahí, en ese holocausto silencioso, más nos valdría morir de inanición.










‘Reses’, poemario de la escritora madrileña ESTEHER RAMÓN publicado por la editorial gijonesa Trea, se ha alzado, «ex aequo» con ‘120 páginas sin lluvia’, de Francisco José Sevilla, con el prestigioso premio «Ojo crítico» de poesía que convoca el programa del mismo nombre de Radio Nacional de España. Un jurado compuesto por los poetas Juan Carlos Mestre, Miguel Muñoz Sanjuán, Guadalupe Grande y Roberto Loya, y por la subdirectora del programa, Laura Barrachina, decidió repartir excepcionalmente el galardón en atención a la visión «radicalmente nueva y complementaria desde estéticas diferentes» que comparten, según su criterio, ambos libros. Asimismo, reconocen su apuesta por «una visión reveladora de la poesía y por la transgresión de los lenguajes normalizados».
En la playa
LECTURAS A LA SOMBRA DE UN COCOTERO La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO










