‘Fascismo’, por FERNANDO COLINA
Fascismo
El fascismo no es un suceso que sobrevenga por casualidad o que crezca de la nada. Es algo potencial, implícito en cada uno de nosotros, agazapado en el seno de toda sociedad.
Las tiranías son enfermedades de los pueblos no desarrollados, pero el fascismo es la enfermedad política de la democracia. El fascismo se vota. El fascismo consta de dos elementos principales: el voto y el silencio que le acompaña. Primero se vota a favor de quien promete orden y autoridad; sin saber muy bien por qué, en general por una secreta nostalgia que proviene de lo más oscuro del alma. Después ya sólo hace falta mirar hacia otro lado y callar: seguir yendo al médico, al cine o a pasear.
El fascismo es universal. No es propio de una raza o de un pueblo. Es algo inherente al hombre y a las naciones. Es la mezcla explosiva de un sentimiento turbio y la realidad de una nación. Por lo tanto, ya tenemos un tercer componente, un elemento más: necesitamos un voto, un silencio y una idea nacional.
Cuando alguien se siente de una nación es porque se cree elegido. En caso contrario le basta con sentirse de algún sitio. Pero no es nada fácil contentarse con ser de cualquier lugar. Se ansía una raíz que calme el hambre de superioridad. La nación es una idea muy cómoda para creerse alguien en nombre del Estado, del municipio, del barrio o de la comunidad. Un alguien suficiente para enfrentarnos con quien sea por una cuestión local.
Es muy difícil no sentirse de una nación, pero es algo demasiado fácil de negar. Los nacionalismos son temibles, pero la afirmación de no nacionalismo también. A veces se es nacionalista sin saberlo. Por ello es tan peligroso ser antinacionalista. Peligroso y sospechoso. Puede ser un sentimiento sincero, defensivo, necesario para contrarrestar la tontería más peligrosa que existe, que es la nacional. Pero también puede ser la reacción exasperada de quien le ha venido muy bien no ser nacionalista mientras nadie lo confesaba, o no se alentaba, o se prohibía serlo. No es muy preciso decir que hay que tolerar el nacionalismo. Ni tampoco lo es la osadía de combatirlo. Hay que aguantarlo y vigilarlo. Ahora y siempre. Es una tarea inacabable, como la democracia o como el hombre.
El nacionalismo, igual que el fascismo, antes que enfermedades políticas son enfermedades del hombre. No son sólo dolencias políticas que se combaten con programas políticos. Son afecciones del deseo de poder de los hombres. El deseo es el cuarto elemento del delito: un voto, un silencio, una nación, un deseo.
La estructura de la democracia formal ya no es suficiente para neutralizar el fascismo, porque la democracia no apaga algunos deseos: como los de vencer, medrar o ganar, por poner algunos ejemplos de dominio, distinción y propiedad. Al revés, la democracia los incita. Los necesita para funcionar. El antídoto más eficaz del fascismo sería, entonces, una educación de los deseos. Pero el deseo es algo muy difícil de educar. Sería necesaria la Educación, esto es, la imposibilidad. Algo que apagara los microfascismos que generamos a nuestro alrededor y que expulsara al fascista que habita en nuestro interior.
Todos llevamos un fascista inscrito en el cuerpo. El cuerpo es potencialmente fascista. Es un organismo con miedo. Posee un silencio muy particular, pero cuando habla el resultado es aún peor. Es mal asunto que hable el cuerpo, por su regusto de autoridad. Hay que hablar a través del cuerpo, pasando las palabras por su filtro de razón, pero no hay que hablar con el cuerpo.
El cuerpo es el quinto elemento. Un voto, un silencio, una nación, un deseo y un cuerpo. Este es el Pentateuco moderno del totalitarismo. Los cinco libros de la Verdad.
FERNANDO COLINA (Del libro ‘De locos, dioses, deseos y costumbres’, ed. Pasaje de las letras, Valladolid, 2007. Recopilación de artículos de opinión del psiquiatra Fernando Colina publicados en el periódico El Norte de Castilla. Este artículo, en concreto, se publicó el 27-5-2006)
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