ENCUENTROS EN EL FRÍO
Buenas tardes. Vamos a dar el parte meteorológico:
Vino la primera helada, las calles están endurecidas. El delgado cristal que piso esta mañana es el mismo que ya pisé otros inviernos en la ciudad de los fríos visigodos. Con el sentimiento muy firme de que las calles cambian sus direcciones, los pasos varían sus pulsos, pero la primera helada de cada año es siempre la misma: la música del rito invernal.
Así se abre mi libro-almanaque Despierto y por la calle.
Calor y Frío vienen a ser un par de opuestos primordiales, como pertenecientes a una cosmografía presocrática.
Distinguimos aquí muchas clases de frío. El frío fresco, que ya nos asalta en el verano (Agosto, frío en el rostro). El hielo en la umbría y el picor del sol en febrero. El frío tenebroso, que viene con nieblas.
Frío y poesía; también frío y música. El jazz de Chicago, azotado por los vientos semipolares del lago Michigan, era música encerrada en locales humosos, con sonidos ásperos, con frases de aristas; tan alejada de la humedad de Nueva Orleans, con sus músicas callejeras.
Calor y frío, para mí significa húmedo y seco. Mis amigos, los saxofonistas gallegos bajaban a tocar en Castilla y las cañas se les resecaban, se les encogía el sonido, se hacía bronco, se desesperaban. En cambio, yo subía a su mar y me beneficiaba de una dulzura nueva, sentía una melodificación en mi fraseo. La caña húmeda, la caña seca. Son los elementos materiales de la música, del saxo mismo. También de la palabra: la curva entonacional de los ribereños, de los que viven cerca del mar. Y los continentales ásperos.
La helada quema los brotes tiernos, con el frío la ternura crece raquítica. De ahí el silencio y el pudor leoneses. Al cruzarse en la calle batida por el cierzo, es difícil sacar la voz del tapabocas, desembozarse para saludar al conocido. Como mucho un “Adiós, hasta luego, adiós”, rápido, como de compromiso. Con desconfianza, ya tomado por el miedo de tener que saludar, el embozado vigila al otro con el que va a cruzarse. “Ahí viene ése”, se dice, y, si le da tiempo, mira para el otro lado.
Tal dificultad para la ternura puede dar origen esa abundancia de escritos que prolifera en León, y, de ahí, la abundancia de escritores, la afición, púdica o impúdica, a las escrituras más o menos públicas.
En mi libro El jazz en la boca, aparece la siguiente estampa, que investiga la matriz de nuestros silencios:
Vidas de músico
Hace muchos años, yo era un músico que tocaba por las fiestas de los pueblos. En un descanso de la orquesta entré en la taberna. Allí no celebraban la fiesta; era la taberna más muda que nunca he conocido, el silencio y la espera se cortaban.
Con el tiempo entendí que aquel silencio venía a ser como la matriz de todos los otros silencios que he oído en la ciudad.
A mí me es benéfico el frío para escribir; el frío, no la intemperie. Cuando ya veo avanzado el otoño, me entran las ganas. L´hiver, temps de sagesse, escribió Mallarmé (el invierno, tiempo de sabiduría). Y Eliot nos da una solución muy inglesa: I read, much of the night, and go south in the winter (Leo durante gran parte de la noche y en el invierno me voy al Sur).
Pero dejemos la meteorología. El clima poético vive de la imaginación y la imaginación es libre. En un texto devanante sobre la espuma, para mi sorpresa, yo acabé haciendo nevar en la Habana:
La espuma
En el acto de la percepción, ésta se hace al instante imagen potencial de la cosa. ¿Y quién percibe? El que dice "veo y toco", sujeto de muchos predicados, también puede optar por ser espuma, hacer o hacerse espuma.
La escolástica desviada que está hablando aquí, nos dice que la imagen de lo dicho tiene que ver con el mar o con otro reino físico donde la materia, sujeta a movimientos, energías mentales y visiones, se deslíe a veces en espumillas, bordes de baba hialina que entrelazan este jarrón a aquella rueda, el guante y el sollozo, la cera de un velón comunicada con la sombra de un palomar gracias a ese batir del confitero que prepara el punto de nieve, que espumea la clara de un huevo primordial. En tal cocina es decisivo que cunda y espese todo cuanto es mirado, mientras trina el agua hirviendo en la perola donde se desplumará un gallo blanco. Da un hervor y la crema ambarina se espesa. A la salsa intacta mira, mohino, un pinche rapaz desde las escaleras. Semejante materia se condensa en la nieve que cae, sin sentirse, en las noches de La Habana.
El clima de la poesía, por tanto, es contradictorio. Mi libro Escondido y visible se cierra con el siguiente poema:
Cuando una imagen obsesiva le interrumpe el sueño, pone su esfuerzo en hallar el correlato en el que sigue vibrando, como una varilla de caja musical, la propia imagen. Desvelado, sigue pistas o se deja sorprender por la reminiscencia. El descubrir ese objeto, casi flotante, le provoca alegría o desolación. En un hornillo de cocina puede encontrar cenizas y agua que se filtró de la lluvia, carbones aún encendidos, papeles que no consumió el fuego. De un modo oscuro, resuena la sentencia que, oída en la alta noche, se aplica ahora a sí mismo: él es alguien que, en pleno verano, olfatea ya el invierno.
Uno desea lo que no tiene. Cernuda, a los 25 años, el pleno Sur, escribe aquel poema que es una síntesis de la imaginación libre. Sin saber que, pasados unos años, el tendría que vivir en los climas extremados de su exilio en Septentrión, que maldeciría las niebla de Edimburgo y las frialdades de sus gentes.
NEVADA
En el Estado de Nevada
Los caminos de hierro tienen nombres de pájaro,
Son de nieve los campos.
Y de nieve las horas.
Las noches transparentes
Abren luces soñadas
Sobre las aguas o tejados puros
Constelados de fiesta
Las lágrimas sonríen,
La tristeza es de alas,
Y las alas, sabemos,
Dan amor inconstante.
Los árboles abrazan árboles,
Una canción besa otra canción;
Por los caminos de hierro
Pasa el dolor y la alegría.
Siempre hay nieve dormida
Sobre otra nieve, allá en Nevada.
(Un río, un amor, 1929)
La imaginación busca y pone aquello de lo que se carece. Aquí, en medio del invierno leonés (o de su recuerdo; no olvidemos el cambio climático, seamos realistas), Eloísa Otero nos ofrece su Isla Kokotero, y hay foto donde se ve a la escritora en medio de la vegetación lujuriante.
Uno puede también desear puede lo que tiene en exceso: también Cernuda, en el mismo libro, escribió QUISIERA ESTAR SOLO EN EL SUR. El poema se cierra con una definición muy precisa del clima que hace en el lugar ensoñado (pero real, pero inaccesible):
(…)
En el Sur tan distante quiero estar confundido.
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;
Su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.
A continuación, ya dados los partes contradictorios de la meteorología poética, yo leeré verano y leeré invierno, húmedo y seco, frío y caliente.
La casa es caliente y fría hay
un animal que tiembla caído en el cepo
en el hueco negro le oigo aletear
trae la pena siniestra las plumas
con la mancha del hollín; pero canta la planchadora
es oloroso el vapor el cuidado de la ropa blanca
como en la herrería cuando el hombre fuerte
sumerge en agua el hierro al rojo
y se alza un silbido que calma el miedo;
ayuda beneficia sentir a los vecinos
sumirse más en lo oscuro; la trenza de un día así
que respira da calor y la casa calienta
su piel fría allá vamos nocturnos
nos movemos con vida por un tiempo indefinido;
hay uno que barre las hojas del patio
otro mide un campo da pasos entre los árboles
y otro se guarda dentro pisa alfombras se asoma
a ver el baile al viento de un vestido de mujer vacío;
pero ella plancha levanta ese vapor
protege del invierno tranquiliza.
(de Mis animales obligatorios)
Ardora
I
En una casa excitada: aquí estamos
y el eje de la intimidad gira: nube y sol cuchillos y algodones
nuestra cueva a contraluz los humos que nos acompañan
los ojos lavados los ojos orientales las voces lentas
y una bombilla encendida casi para siempre
II
Abrimos la puerta grande: a ráfagas
nos entra lo visible lo que se acerca a lo lejos
árboles y arenas así noche y día
pero un ser vecino se acercó a sellar nuestro umbral
era su baba brillante un hilo luminoso
la tiza de la noche
así lucen ahora las cosas de la amistad
como vistas por unos prismáticos: traen relieve y color
son singulares cercanas frágiles son intocables.
III
Esas hojas tiene el año
un dedal de agua donde se bañan los desconocidos
secas hojas de pena y alegría: el ídolo pequeño de la risa
y su gorro ladeado; y los perros visitantes con su celo
la fiesta privada de otro perro que no teme a la pólvora
las formas del fuego la voz dura la enternecida
los dos cabos de la cuerda musical
desnuda y tocando el tambor
entró en el mar la figurita blanca nuestra invitada
bailamos a su son
las noches del bullicio y todos los ausentes.
IV
Fue nuestra de nuevo la risa del verano
rincones adornos y los lirios de la arena
el cine en el bosque siluetas
en el azul profundo de unos ojos
la luz de los encuentros: ¿cómo ha sido tu año?
(olor a leña seca verdes aguas metálicas
acacia invernal)
aquí aceptamos los gazpachos del día
y las preguntas del peligro
corta es la distancia que nos separa de otras aguas
miradas y pasiones
con el tacto de las cosas que trae el mar
aún sigue la risa: a ver qué dice el hombre del tiempo
rincones luminosos y adornados
está puesta la mesa
la que reúne en común los deseos.
(de Política de los encuentros)
Los amigos friolentos Qué mal les aqueja, qué miseria o abandono les ha metido para siempre el frío en el cuerpo. Les encuentro en el verano de un Sur que resplandece y sofoca; pero todos ellos se cubren con pesadas prendas invernales. Uno con el pasamontañas, el verdugo de lanaza gris, tan áspero que desuella la cara. Otro con el tabardo que su padre, el guardagujas, se pone en las madrugadas de la escarcha. Calvatrueno se enrosca al cuello una bufanda de colegial, y le cuelgan hasta las rodillas ateridas dos cabos de lana negra que se balancean, dándole el aspecto de alguien subido a un columpio ridículo. Todos guardan las manos dentro de mitones, y todavía se las llevan a la boca, se soplan en la punta de los dedos, pero no consiguen desentumecer las yemas; el aliento se les hace escarcha en los tapabocas. Las orejas las tienen enrojecidas, amoratadas; a todos parece que les ha crecido una flor de amapola incandescente a cada lado de la cabeza. Germánico se rasca los sabañones, que le arden.
Pero a mí me sofocan hasta las sombras mismas, acharoladas, como espejos del calor; yo voy pidiendo cañas de cerveza muy fría, me doy aire con abanicos, me venteo la camisa sobre el pecho (mi camisa hawaiana, con loros estampados y árboles del pan), y todavía me empapo con más sudores.
Cómo he venido a caer en un Sur tan desigual, tan asimétrico, no lo sé. Pero aquí están mis amigos invernales, a quienes nunca les sopla en la cara una ráfaga caliente, sólo cierzos y vientos de las cañadas del Norte. No puedo entender las razones de mi diferencia; por qué me distingo y me sitúo en la región más contraria a la que ellos padecen. Su invierno es puro rigor, tiene el carácter de una vida sin confidencias, estricta. Y, con todo, han querido bajar a mi Sur abierto y pasajero.
(de Son del sueño)
ILDEFONSO RODRÍGUEZ (Ponencia leída en los Encuentros del frío, en León, el 17 de enero de 2008)