
El perro me pregunta
y no respondo.
Salta, corre en el campo y me pregunta
sin hablar
y sus ojos
son dos preguntas húmedas, dos llamas
líquidas que me interrogan
y no respondo,
no respondo porque
no sé, no puedo nada.
[Oda al perro, Pablo Neruda (extracto)]
Vida de perros. Poemas perrunos (Editorial Buscarini, 2007) es una antología de poemas sobre perros que cuenta con la colaboración de más de un centenar de poetas. La edición y el prólogo, que repasa la presencia del perro en la Historia de la Literatura, es obra de Diego Marín A. Además, los beneficios obtenidos de la venta del libro Vida de perros serán destinados a la Asociación Protectora de Animales.
«Desde la Odisea de Homero hasta la poesía actual, el perro ha sido siempre un destacado elemento en la literatura», apunta Diego Marín A. «Incluso podemos hablar de perros con pedigree literario, como Remo, de Ortega y Gasset, al que Miguel de Unamuno le dedicó un poema; Sirio, de Vicente Aleixandre, al que, además de su dueño, le dedicaron versos Claudio Rodríguez y Carlos Bousoño; o Atila, del riojano Antonio Cillero Ulecia, al que incluso Ramón de Garciasol le dedicó un libro. Curiosamente, todos eran pastores alemanes. Aunque tampoco hay que olvidarse de Niebla, el perro que Neruda regaló a Alberti, Troylo, de Antonio Gala, o Flush, el perro de la escritora inglesa Elizabeth Barret y que Virginia Wolf convirtió en protagonista de una de sus novelas», explica el editor.
PEDIDOS: editorialbuscarini@gmail.com
Vida de perros. Poemas perrunos
12€ (libro) + 3€ (gastos de envío) = 15€
(Y por 18 euros pueden enviarte el libro mediante mensajería 24 horas)
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En la biblioteca de Isla Kokotero hay dos libros de perros imprescindibles: La llamada de la selva, de Jack London, y King. Una historia de la calle, de John Berger.
"La primera jornada de Buck en la arenosa playa de Dyea fue una verdadera pesadilla. Las horas se sucedían, trayendo siempre inesperadas sorpresas para él. Le habían arrancado súbitamente del corazón de la vida civilizada para arrojarle en el seno del mundo primitivo. No se gozaba aquí de aquella existencia indolente que se desliza bajo la caricia del sol en los cálidos países meridionales, sin más preocupación que la holganza, ni otro peligro que el aburrimiento. Aquí no hay paz, ni descanso, ni sosiego. Todo es acción y desorden confuso; la vida peligra en todo momento, y es absolutamente preciso vivir ojo avizor, porque ni los hombres ni los perros son ciudadanos pacíficos y honrados, sino salvajes que no conocen otra ley que la del palo y el mordisco…" (J. London)
"Conocí una vez a una perra trufera. A su amo, afirmaba, le habían ofrecido veinte mil por ella. ¡Y él prefirió quedarse conmigo! Decía esto sacando la lengua. ¡Tendrías que vernos! En septiembre, cuando todavía anochece tarde, trabajamos todo el día y volvemos a casa con cinco, seis, siete kilos. Hablo de las negras. En mayo salimos a por las blancas. Las blancas son más discretas y tienen un sabor más joven.
¿A qué huelen las trufas?, le pregunto. A sexo, me responde, sobre todo a sexo. Sexo en la tierra desnuda, bajo los robles. Huelen a sexo masculino. El problema es que yo no paro de encontrarlas, una y otra y otra, pero nunca echo un polvo. Al final del día odias el olor. No es mejor que trabajar en un local de strip-tease. Y lo que es todavía peor: tienes que andar con mil ojos para no arañarte la nariz". (J. Berger)