Reproducimos esta estupenda entrevista de MANUEL CALDERÓN con el poeta JOSÉ MIGUEL ULLÁN (Villarino de los Aires, Salamanca, 1944) publicada en el diario La Razón:
«Cuando todos opinan de todo,
alguien tiene que reservarse para escuchar»
José-Miguel Ullán, un poeta inclasificable que no renuncia a la oscuridad,
reúne toda su poesía en ‘Ondulaciones’
Por Manuel CALDERÓN
Llegó a París, empujado por el exilio, en 1966. Dejó atrás Madrid, donde inició sus estudios de Ciencias Políticas, Ciencias Sociales y Filosofía, y, también, aquella aldea de Villarino de los Aires, en Salamanca, donde nació en 1944. Su vocación encontró respuesta en los cursos que recibió en la École Pratique des Hautes Études de profesores como Pierre Vilar, Roland Barthes y Lucien Goldmann, y, muy pronto se encontró dirigiendo las emisiones en castellano de la radio France Culture. Comenzó una carrera literaria marcada por la poesía, una afición que acompañó con un destacado protagonismo en la prensa. Su poesía no aclara, ni oscurece, pero nos conduce a un lugar no habitado todavía. Ullán nos habla desde allí. Sin dramatismo.
–1968 es la fecha inicial de su poesía reunida. ¿Es una casualidad?
–Es un azar asumido. Son los poemas finales del libro ‘Mortaja’, publicado en México dos años más tarde; unos textos sacados directamente de las notas necrológicas de los periódicos españoles de la época. Fue un intento de desprenderse del lenguaje entonces imperante en la bienintencionada poesía española y que yo mismo, con mejor o peor fortuna, había practicado. Me pareció una forma válida de comenzar, un poco en el espíritu sesentayochista del «détournement» tal como lo entendiera el pintor Asger Jorn, del grupo Cobra, pero no reinvirtiendo al apropiarse de lo clásico sino de algo muy actual y desvalorizado al máximo incluso dentro del periodismo: el último suceso.
–¿Cómo fue aquel 1968 que usted vivió en París?
–Tal como yo lo viví, nada tuvo que ver con esos balances culpabilizadores que se hacen desde el presente y donde mayo del 68 parece ser el germen de todos los desastres actuales. Fue un momento casi irreal de participación desorganizada, un cúmulo de situaciones contradictorias, una especie de sainete jovial de la revolución. Las paredes se llenaron de escritura. Y todo no era eso tan repetido de la playa bajo los adoquines o la imaginación al poder; también podía leerse «la libertad es el derecho al silencio» o incluso una cita de Santayana: «Lo difícil es lo que puede hacerse enseguida; lo imposible es lo que necesita un poco más de tiempo». Y, a la vez, se percibía desde el principio que eso no iba encaminado a una victoria, como los sindicatos y partidos tradicionales llegaron a creer y temer, sino que era un estado emocional fugaz y, por fugaz, intenso.
–Se publican muchas declaraciones de ciertos poetas y editores de poesía protestando contra la poesía oscura. ¿Usted qué piensa?
–Vamos a ver, cuando, para huir de una complejidad a la que llama oscuridad, un escritor de los de la «difícil sencillez» se obceca en limitarse a llamar pan al pan y, sobre todo, vino al vino, suele acabar escribiendo boleros vergonzantes. Por lo demás, esa campaña paramilitar contra lo oscuro, disfrazada con latiguillos de progresía, es, amén de infantil, inútil. Sus portavoces dan por hecho que lo hermético tiene su justo castigo: carece de lectores. De ahí que uno se pregunte para qué tanto entusiasmo en advertirle al lector que detrás de la oscuridad no hay nunca nada. Y, en efecto, no hay casi nada. Sobre todo, no están esos innumerables e intercambiables fragmentos de un curriculum-vitae donde el declarante, lejos de cantar, lo que quiere es ser admitido, contratado.
–Así pues, no le importa que le acusen de hermético.
–A propósito del hermetismo, recuerde lo que decía Robert Desnos: «Para el analfabeto, el alfabeto es hermético». Queda petulante, pero ahorra saliva.
–¿Y la mezcla creciente de filosofía y poesía?
–Hay poetas que se olvidan de que la poesía tiene su propio pensamiento y, temerosos de ser tomados por intuitivos ignaros, se ponen a trenzar filosofía y poesía. Es una lástima que ambas tengan que rebajarse tanto para acabar coincidiendo en tan poco.
-María Zambrano dijo que Ullán es un «ser viviente» y Miguel Casado, en el prólogo a ‘Ondulaciones’, cita a Paul Éluard para hablar de su fidelidad a la vida. ¿Puede decirnos algo acerca de su vida? O si eso le parece chismografía, díganos por lo menos, en serio o en broma, de qué va la vida.
–Mejor, en serio. Tan en serio como la mismísima realidad. Resulta que hace dos horas, ante una mesa llena de frutas, fiambres, jugos y golosinas, a mí me dio de pronto por acordarme de una frase de Tzara: «La vida es un antílope malva en un campo de atunes». Ahora entiendo que se trataba de un anticipo y que, de repente, a nosotros nos viene como anillo al dedo para seguir la conversación.
–Tiene usted un poema que se titula ‘El viento’. En él podemos ver con qué hilos tan sutiles se teje la vida…
–Y su escritura, la del libro de cada uno. En fin, por resumir algo conocido, es esa tela de araña que tejemos, pero de la que no somos la araña, sino la mosca.
–Y agitado todo por el viento.
–En todos los sentidos. El viento es el que hace esas ondulaciones caprichosas sobre la arena del desierto. Recuerdo en especial el de Atacama, en Chile, que es donde me vino la idea de ponerle título a mi poesía reunida. El agua y el fuego también ondulan, sí, pero creo que de forma más previsible. El viento es tan caprichoso como la lengua. Y, cuando se detiene del todo, es cuando es más terrible.
–A veces yo lo asocio a un látigo en su poesía, a un gesto y a un sonido de los que usted es responsable.
–Solidario en la escucha. Con el viento no se puede ir más allá.
–Como articulista, se le echa en falta. ¿Ya no vale la pena opinar?
–Yo apenas opinaba. Pero, por si acaso, cuando todos opinan de todo, alguien debe reservarse para escuchar. Y, una vez hecho eso, la verdad es que no dan ganas de nada, y mucho menos de opinar.
–Borges, en ‘Ejecución de tres palabras’, elige las siguientes: inefable, misterio y azul. Elija las suyas, por favor.
–Tachar «inefable», tal como está el patio, a mí también me parece bien. En cambio, si tachara «misterio» me parecería no una simple ejecución, sino un verdadero genocidio. Nada que valga la pena está exento de misterio. Y lo de «azul» seguro que era en Borges una venganza pasajera contra el gran Rubén Darío o el hartazgo de un ciego ante eso que no cesa de oír. Puestos a jugar, yo desterraría de una tacada toda una frase, acaso la más repetida por segundo en España, que respeta las reglas del juego por contener, como cierto bolero, sólo tres palabras: «De alguna manera». ¡Qué epidemia expresiva! Ya nada es esto o lo otro, ni lo de más acá o más allá, así, asao o incluso por narices. No, es como sólo aquí, al parecer, puede ser: de alguna manera.
–Hace cuatro años dijo: «Creo que la vulgaridad nos acompaña, pero también que, dentro de ella, puede haber una voluntad de que el canto florezca». ¿Ha perdido la esperanza?
–He perdido la poca voluntad que entonces tuviera. Y, desde luego, ya no digo «florezca» ni aunque me pongan una pistola china en la sien.
–A través de las dedicatorias de sus poemas, se pueden rastrear nombres de personas que han sido amigas suyas y con las que ha compartido afinidades: Zambrano, Rulfo, Paz, Néstor Almendros, Sarduy, Luis Fernández, Jabès, Valente…
–A todos los recuerdo de continuo, con todos ellos sigo dialogando. Cuando se borra una presencia amiga, ahora suele decirse: «La vida sigue…». Y no es verdad, porque precisamente la vida es lo que ya no sigue. Pero las huellas sí, a las que el lenguaje se aferra.
–Su abandono de la vida pública literaria, ¿no será desdén?
–No hay abandono ni promiscuidad. En cuanto al desdén, ¿con qué propósito? Ni el de la enmienda exige esos tragos. Esta madrugada, en un almanaque, leía esta frase del cómico Fernandel: «No se deberían poner caras largas, por lo menos para no tener más superficie que afeitar». Si la frase fuera de Gómez de la Serna o de Lichtenberg, adquiría otro halo. Pero incluso sin halo a mí me parece pertinente.
–¿Qué le interesa apasionadamente en este año tras la publicación de ‘Ondulaciones’?
–Que la antorcha olímpica llegue al islote de Perejil y allí se quede de una vez por todas. Lo digo sin desdén, sólo con ataraxia tibetana.