‘Lámina de pájaros’, por JOSÉ NORIEGA en el 65 cumpleaños de JOSÉ-MIGUEL ULLÁN

Un tiro no es la muerte, lo saben las perdices; a veces, un quítame allá unas plumas, una cojera de largo recorrido, una molleja vacunada contra el saturnismo con los anticuerpos del gris del perdigón. Si hay suerte, tan sólo un ruido hueco que rompe los colores del paisaje resquebrajando la sustancia grasa de la greda y desatornillando los anclajes que endurecen los planos de la cal. Sin embargo, la muerte es siempre un tiro: nos deja, por mucho que la esperemos, el hueco que ayuda a los forenses a definir el calibre del destrozo y que los demás llamamos, impropiamente, vacío. Cuanto más se vive, medida temporal el vivir y no otra cosa, más escopeteado se está, más vacíos de calibre diverso ensombrecen nuestro todo, por poco que éste sea.
Me llega hoy otro disparo por la espalda y me reverdece los ronchones de la ausencia –interminable picadura de pulga–, de las ausencias: soy ya, todo yo, una criba garbancera, más hueco, más vacío que pellejo, uncida a un aro que malamente sostiene templado el tambor de la tristeza: ha muerto José-Miguel Ullán sin decir “Ni Mu”.
A la izquierda de este rincón con ventana donde escribo tengo colgada una litografía, regalo de mi mujer, donde sobre una rama de arquitectura extraña y traída por los pelos aparecen prendidos, cada uno con sus colores, quince pajaritos: un pinzón, un petirrojo, un jilguero, un pardillo, un verdecillo, un verderón, y así hasta quince… y en ella no estás tú, el pájaro Ni Mu, porque es antigua. Si los litógrafos siguieran dibujando sobre las piedras –ese era el pacto del verbo, hoy lo hacen sobre hojalata– saldrías en las láminas del mañana junto al jilguero y al petirrojo por méritos propios del piar: que eso es ser poeta y no otra cosa.
Parece que fue ayer: Descolgué el teléfono y eras tú. Me debías carta y te disculpaste. Recuerdo mi respuesta: “En esta editorial el afecto no caduca”… y sin más nos pusimos a hilvanar la edición de Ni Mu. Como editor sabías lo que cuesta untar los papeles con colores y fuiste comprensivo, salió el libro y todo te pareció maravilloso. Recuerdo ahora tus palabras como si estuvieran tiernas: “Poetas hay muchos, lo que tenemos que defender es a los editores de verdad, que son pocos y en peligro de extinción”. Guardo la nota en la que me decías que te había gustado mucho el color azul de la portada –única sorpresa que te escondí hasta el final–…
Y los dibujos que me regalaste los mandé enmarcar y los puse al lado de un Beuys para ver si saltaban chispas o dialogabais en besos interminables. Los cuadros, tú lo sabes Marcelino, que decía Nicolás, cogen vida en las paredes; y los tuyos no se comportaron de otra forma: un día, al entrar en la sala de máquinas de la editorial tus dibujos estaban inexplicablemente en el suelo, los cristales rotos, los palos de los marcos descompuestos y los poemas de papel intactos debajo de la ruina. Pensé que el de los fieltros tenía celos de tus tintas y que te había lanzado una pizarra para joder. A punto estuve de separaros… y no era eso: los cuadros –barómetro de tantas cosas– cogen muerte también y a saber si se rompieron porque sí al saberte roto. No fue el de Kleve si no tu herida lo que debió de reblandecer la cola de los marcos.
La vida es más larga que nosotros y, en un marco nuevo, he de poner otra vez tus poemas sin letras en la pared de enfrente de los pájaros que el dibujante anónimo pintó sobre las piedras –una piedra por cada color–. Ahora ya todo está roto y acaso no se muevan más las cosas de puro rotas. Llueve o llora la nube sobre la línea del páramo y lo hace a ráfagas… la incertidumbre de la poesía se transparenta en los planos de gris del agua al caer… ¿Te acuerdas del grabado de Rembrandt “Las Tres Cruces” en su primer estado? Pues así como sobre Cristo en la plancha cae la luz sobre las cebadas hoy aquí: turbia, dolida, desconsolada… sin arreglo posible me parece. Aunque luego pasa el tiempo y se nos encallece la niebla y, como hay que dar de comer al gato y regar la datura y echar migas a los peces rojos de la pila, se nos acaba por transparentar hasta la luz negra de los ratos negros. Ley de vida dicen.
Te echaremos de menos los tres: el gato, Rosa y yo. Nos vemos cualquier día y editamos otro.
(Este artículo se publicó en su día en DIARIO DE VALLADOLID-EL MUNDO)
LECTURAS A LA SOMBRA DE UN COCOTERO La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO










