
Dos escenarios enfrentados (y, en el medio, un piano de cola abierto). En el escenario de la izquierda, Pollock y Jular contemplan un graffiti de Basquiat, escrito en inglés, sobre un muro de gran formato. En el de la derecha, Uriarte talla un hacha de sílex. Suena una canción de Edit Piaf (a elegir).
Jular traduce el graffiti al castellano: “Sé que un día doblaré una esquina y no estaré preparado para lo que me encuentre”.
Entra Mondrian en el primer escenario con un ‘mondrian’ debajo de un brazo, rascándose la cabeza con la mano libre: —¡Velai la diferencia entre un xie hua (escribir una pintura) y un hua hua (pintar una pintura)!.
Pollock, mirando el graffiti: —Cuando Matta nos abrió el camino hacia el gran formato nunca imaginé que acabaríamos en esto. Queríamos integrar el espacio del cuadro en el mundo físico, cuando en realidad lo que hay que integrar es el mundo físico en el cuadro. Adiós, me voy a fumar una pipa con Magritte.
Mondrian: —Este Jackson tiene que tejer todavía unos cuantos laberintos.
Jular: —Ya. El mundo está interesante como nunca y terrible como siempre; todos nos encontramos sometidos a un crucial test de inteligencia.
Pollock, que no termina de irse: —Eso me suena a José Antonio Marina.
Mondrian: —A mí también.
José Antonio Marina se materializa en el escenario y, antes de desmaterializarse, sentencia: “Crear es hacer que algo valioso que no existía, exista”.
Mondrian, mostrando su ‘mondrian’: —Sí, pero con el aprendizaje, el arte acaba convirtiéndose en calceta. Aquí traigo una de mis obras más famosas para constatarlo.
Jular: —Precisamente por eso hay que invocar, mejor dicho, convocar, a las fuerzas creadoras desde las que todo emerge.
Pollock: —Mira Jular, de la misma forma que la vida se vive, el arte se hace, se crea. Y las indagaciones vienen después. El artista no ha salvado nunca al mundo. Lo único que hace es traducir sus propias sensaciones, o sea, nadar en ese profundo manantial de aguas no traducibles en palabras.
Jular: —Eso se lo has copiado a Gao Xingjian, el nobel chino. Y además no estoy de acuerdo. Para mí el arte es el cuerpo desnudo que nada entre el vapor de las cosas y el agua vacía que las abraza y empapa… El arte sigue siendo un mundo desconocido, que sólo se deja investigar por aquellos que están dispuestos a ponerse en peligro.
Pollock: —Eso ya lo dijo Rothko, que era un caótico y siempre buscaba colores dramáticos para ilustrar lo intangible. Pero lo que yo busco es el gesto capaz de transformar en materia plástica lo que me dicta un sexto sentido. Una pintura que se convierta en huella de mis elucubraciones inconscientes, en la que se pueda palpar un máximo esfuerzo creativo. La misión del artista es conferir a su obra un hálito de vida. Max Ernst lo ha intentado en cuadros de pequeño formato, pero él trabaja como un autómata.
Aparece Rothko en el segundo escenario, por afinidad electiva: —A mí que me dejen en paz, que yo me identifico más con el arte primitivo; creo que el artista arcaico vivía en una sociedad mucho más práctica. Y hasta era capaz, mirando con cuidado, de ver florecer los nenúfares sobre el lago. Al fin y al cabo, el arte siempre ha sido la música de la percepción alerta.
Uriarte: —Tienes razón, amigo Mark. Como dijo Basho, el poeta zen: “Del pino, aprende el pino. Y el bambú, del bambú”.
Justo en ese instante hace su entrada un grupo de críticos de arte vestidos de peregrinos que al parecer han concertado una visita guiada por la exposición, antes de la inauguración oficial, con Santiago Sierra como guía. “Una obra de arte, como cualquier otro producto, puede decir sólo aquéllo que no incurra en contradicción con su capacidad de salir y obtener su precio en el mercado. La aspiración suprema de cualquier objeto fabricado es la mercancía. Son las reglas de juego”, explica Sierra a propósito del graffiti de Basquiat, después de expulsar de la sala a dos críticos por no llevar DNI.
Un rapero negro, ante el estupor de los críticos, pintarrajea el muro de gran formato de Basquiat con algunas de sus firmas: pig, pork, swine, ass… Cuando termina, coge el hacha de sílex de Uriarte y destroza la obra recitando a Quevedo a ritmo de hip-hop: “¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?” .
Malevitsch, que en ese momento pasa por ahí con su pincel de pelo de tejón en la mano, pronuncia un conjuro ajeno a barroquismos especulativos: —"El artista no debe ser perturbado por ninguna deliberación. Para que lo vacuo se manifieste en la imagen debe predominar la vacuidad misma, y no una abigarrada profusión de palabras, cosas o colores".
Los artistas del escenario de la izquierda salen, entran en el escenario de la derecha y se ponen a practicar zazen. Jular pronuncia un koan (:“Es más fuerte quien más sonríe”). Entre los dos escenarios hace su entrada, de puntillas, John Cage, que se dirige al piano de cola y lo cierra de un golpe seco. Uriarte alcanza el satori. Su sonrisa, y la de Jular, se transforman en frescas y purificadoras carcajadas. Los espíritus de Rothko, Pollock, Malevitsch, Mondrian y compañía se disipan.
(Texto para la exposición ‘Our Way / A nuestro modo’,
de Manuel Jular y Juan Carlos Uriarte. Publicado
en un suplemento especial de Diario de León,
con motivo de la exposición, el 7 de mayo de 2005)