Isla Kokotero

March 5, 2009

ESPEJISMOS / ‘El Viejo Reino Punk'’

 Ahhhhhh!

Como cada jueves,
nueva columna en EL MUNDO de LEÓN (y van 47).
La de hoy se titula:

El Viejo Reino Punk

Lo de Zapatero no fue un desliz. Fue una contracción de dos verbos, “favorecer” y “apoyar” que él, en rápido ejercicio lector, pronunció como “follar”. Este nuevo verbo contraído presume de sinónimos, pero cuando en el Viejo Reino se aplica a la cultura se suele quedar en “joder”, a secas.
Aquí la Kultura no ha dejado de ser de lo más Punk (en el sentido de ‘No Future’, destroy, fuck!) por lo menos desde que a los Cardiacos les censuraron aquello de “y en la muralla China fúmate una china” (en la misma época, más o menos, en que Tierno Galván levantaba la prohibición de pisar la hierba en los parques madrileños y animaba a los jóvenes a “colocarse”). Y da igual que los políticos se lo gasten en laca o en gomina.(…)

(Continúa en… EL ESPEJISMO DE LA GALBANA)

February 4, 2009

TERESA GANCEDO llegará con la primavera a Ármaga (León)

[Para ver todo lo que vive y borbotea en las obras de Teresa Gancedo hace falta algo más que un microscopio. Ásun, de la Galería Ármaga, y Teresa me han pedido un texto para un pequeño catálogo, con motivo de su próxima exposición en León. Hace unos meses escribí éste:]

Una obra de Teresa Gancedo
TERESA GANCEDO

“Parecía una casa solitaria este gallinero y resulta que está llena
de pisadas, risas, suspiros y palabras de todo el mundo”.

DELHY TEJERO


Teresa Gancedo, una artista prácticamente desconocida en su tierra, logra volcar su mundo onírico y reflexivo, pero también su memoria, en una obra que rebosa significados, color y plenitud.

En cada cuadro un universo, y en cada universo un sinfín de microcosmos plagados de historias apenas esbozadas en escenarios mínimos, pero expresivos. Los personajes juegan con los símbolos, danzan sobre paisajes sugeridos. Las pequeñas figuras dialogan y componen fantásticos relatos en los que se cruzan miradas, y se establecen sentidos.

A partir de signos y de símbolos muy personales, que confluyen en una iconografía singular, la pintura de Teresa Gancedo invita a imaginar mundos, a viajar por territorios inexplorados. Empuja a deslizarse por dimensiones desconocidas de esa otra realidad que a veces, sólo a veces, y como en un sueño, logramos entrever en los adentros de un cuadro.

    ELOÍSA OTERO

Una obra de Teresa Gancedo
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NOTA:
TERESA GANCEDO (León, 1937), artista,
vive y trabaja desde 1960 en Barcelona.
Próximamente, en torno a la primavera,
expondrá en la Galería Ármaga (León).
El texto de arriba acompañó la reproducción
de una obra suya en el libro ‘León Palimpsesto’.

January 22, 2009

MUSAK… MUSKA MUAKS…

Musac, un edificio de Tuñón y Mansilla

MUSAK
MASUK
SKUAM
MUAKS
MAUKS
MUKAS
SAKUM
MAKUS
KUSMA
SMUAK
UMSAK
ASMUK
KAMSU
KUMSA
SUKAM
….

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Lee los artículos de:
VÍCTOR M. DÍEZ
FERNANDO CASTRO FLÓREZ

ANTONIO MARCOS
en la Isla de los Kokoteros…

January 20, 2009

‘DOCTOR en ALASKA’ / Recuperamos un artículo, de 2004, de VÍCTOR M. DÍEZ sobre RAFAEL DOCTOR y el MUSAC, y añadimos otro texto, de 2009, de FERNANDO CASTRO FLÓREZ

NOTA: Desde Isla Kokotero nos sumamos al debate suscitado tras la dimisión de RAFAEL DOCTOR como director del MUSAC, y recuperamos este premonitorio artículo de opinión publicado por VÍCTOR M. DÍEZ en La Crónica de León, allá por 2004, antes incluso de que el museo abriera sus puertas al público.

Añadimos más abajo otro texto más reciente, del crítico de arte FERNANDO CASTRO FLÓREZ, publicado hace dos semanas en la plataforma e-norte.org.

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Fangoria / Musac
~ DICIÉNDOLO DE NUEVO ~

"Doctor en Alaska"
Por VÍCTOR M. DÍEZ

No he podido evitar dejarme llevar por la libre asociación de ideas, siendo el año Dalí,  a la vista de la presentación del primer proyecto del Musac: “Arquitectura efímera”. Y así, relacionar el apellido de su director, Rafael Doctor, con el nombre de la carismática líder de Fangoria, Alaska. Elegidos ellos para acoger, en su nuevo disco, el trabajo de varios artistas plásticos, en formato de vídeo. De la unión de ambos, el título de aquella mítica serie de televisión de la que seguro ustedes guardan memoria: Doctor en Alaska.
   Si lo recuerdan, en la serie, un joven neoyorkino nada sobrado de recursos es becado por una institución privada para acabar sus estudios de medicina. Como contrapartida, el Doctor Fleischmann deberá ejercer durante unos años como médico en una pequeña localidad, según le dicen, de la Costa azul. Cuando se dispone a cumplir su parte del trato vestido con bermudas, camisa hawaiana y gafas de sol, se entera de que Cicely, es un diminuto pueblo de la Costa azul, pero de Alaska. El lugar es de lo más surrealista, hace un frío que pela, los alces cruzan por el medio del pueblo que fue fundado por un ex-astronauta con pinta de jugador de béisbol, el taxi es una avioneta, el locutor de la radio local habla de Kant y de Walter Benjamín en sus alocuciones, la enfermera es una mujer india con muy malas pulgas que no admite consejos… En fin, frío y alucinación, para un Doctor Fleischmann que no sale de su estado de shock.
    La misma cara que le vemos al señor Rafael Doctor esas pocas veces que se cae por León. Me le imagino cruzando el puente de los leones, hablando con la Consejera de Cultura o, quizás, con nuestro ínclito Concejal de ídem. Doctor en Alaska sería una buena metáfora para su situación, deberían reponerla en las televisiones locales. No quiero opinar sobre este trabajo en concreto, no quiero criticar algo que no hemos podido ver aún (hablaremos más adelante). Ni siquiera creo que, estratégicamente, convenga ponerse en contra de iniciativas de carácter contemporáneo, precisamente quienes las reclamamos todos los días. Bastante “tocino” cultural tenemos ya a nuestro alrededor, para cometer el error de rechazar iniciativas de apertura. No obstante, creo que el director del Musac y su equipo deberían empezar a ser conscientes de que el azar les ha hecho caer aquí, en esta ciudad fría y surrealista del noroeste glaciar, una Alaska a escala. Y asumir su situación con inteligencia. Quitándose, de momento, los zancos sobre los que cruzan las Eras de Renueva y, renovar ellos también, esa actitud de “modernitos madrileños” a los que les han dado parcela en provincias para, si lo hacen bien, conseguirles algo mejor en un lugar donde los pingüinos no anden por la calle principal. Aquí también hay cosas interesantes que conocer, Doctor.

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Rafael Doctor Roncero
RAFA DOCTOR ANUNCIA QUE SE VA…

Por FERNANDO CASTRO FLÓREZ

Leo, en internet, una entrevista en la que Rafa Doctor anuncia que se va. Lleva tiempo anunciándolo. No termina de terminar. Dice que después de subir tiene que bajar. Lógico. Se habló de que estaba preparando algo, un museo por supuesto, sobre fotografía en Segovia. Ahora no tengo claro si eso va adelante. Lo cierto es que en el MUSAC llevaban tiempo inercialmente. No me ha interesado nada su proyecto en el que ha reiterado los tics de lo que ya planteó en La Casa de América y en el Espacio Uno. La reflexión ha brillado por su ausencia y los globos sonda que lanzaron quedaron arruinados antes de ganar altura.
    Rafa es, no tengo ningún género de dudas, un activista, alguien que es capaz de agitar las cosas. Pero no da la impresión de que en León se sintiera especialmente motivado. Todo se hacía en plan fachada. Lo importante era estar a la moda. Además se rodeó de bastantes incompetentes, esto es, de una culturata chic en la que la pose y el flequillo colocado son más importantes que la meditación, el trabajo o el rigor. Una suerte de estrategia histérica que pretendía pasar por histórica ha llevado a que el MUSAC sea, como otros apuntaron, un ovni cimentado por una colección que, en muchos sentidos, es una marcianada. Ahora tendrán que apañarselas con esta "herencia". El espectáculo digno de verse será el "concurso", la "designación" o la postulación de los "legítimos herederos". Algunos enseñan la patita desde Salamanca, otros mueven ficha en los despachos y pasillos de la consejería, los más espabilados esperan que el "guru" cesante les imponga la orden de caballeros. Si tienen, cosa que nunca les caracterizó, un mínimo de sentido común tendrían que evitar el continuismo. Sería nefasto más de lo mismo pero con gente de menor altura intelectual todavía que el cesante. Rafa, por lo menos, es buena gente y tiene algún tirón mediático, los que están sacando pecho son, lisa y llanamente, patéticos. Heráclito apuntó que solo sucedería lo peor. Ojalá no sea cierto.

January 17, 2009

‘Intifada poética’ en León contra la privatización del agua

 http://islakokotero.blogsome.com/images/1232138330_0.jpg

Reproducimos parte de la estupenda crónica de ALFONSO F. RECA
para EL MUNDO DE LEÓN
,
por su interés para los amigos y amigas emigrantes.
Las fotos son de LAFOTOTEKA y de leonoticias.com


El ecologista RAMIRO PINTO fue desalojado
del pleno municipal por la policía
tras su ‘intifada poética’

Ramiro Pinto interrumpe el pleno con sus poemasLas aguas bajan revueltas en el Ayuntamiento de León. Pocas veces un Pleno cuenta con tantos alicientes como el celebrado en la Casa Consistorial de San Marcelo, y pocas veces la sesión plenaria ha quedado tan enturbiada. Todo confluyó en el salón de actos. Había que aprobar los presupuestos para 2009 (lo que siempre es fuente de polémica), también los 41 proyectos del Fondo Local, se estrenaba Julio Cayón en la portavocía del grupo del PP, un sillón vacío recordaba que Humildad Rodríguez ya no forma parte del equipo de Gobierno… Pero todo quedó en mera anécdota.

El agua. El agua fue más que nunca protagonista. Era el ‘otro’ punto del orden del día, el que debía aprobar el inicio de su privatización, camuflada bajo la tantas veces escuchada "semiexternalización del 49% del servicio". Se aprobó, sí, pero no sin lucha.

La policía conmina a Ramiro Pinto a abandonar la salaOnce de la mañana. Cinco coches de la Policía Local a las puertas del Pleno auguraban una jornada caliente… y fueron necesarios varios más. A las puertas del salón una marabunta de vecinos dispuestos a dejar patente su indignación por la pérdida de un patrimonio tan preciado como el líquido elemento. Entre ellos muchas caras conocidas, desde los secretarios provinciales de UGT y CCOO, Arturo e Ignacio Fernández, hasta representantes de asociaciones vecinales y ecologistas. Tras la apertura de puertas el salón se quedaba pequeño y sus pancartas redecoraban la sala.

Comenzó el Pleno en medio de una calma tensa. Se aprobaron un par de puntos de trámite. Pero bastó que la secretaría pronunciara dos palabras mágicas: "Humildad" y "Rodríguez". Estalló la sala. Aplausos, vítores y gritos de "¡Aún queda dignidad!". Pero los asistentes todavía se tenían guardado un as en la manga.

Intifada a la leonesa
La policía desaloja por la fuerza a Ramiro PintoFue el ecologista Ramiro Pinto quien, para sorpresa de la corporación, se levantó y comenzó una de las revueltas ciudadanas más curiosas y ‘culturales’ que se recuerdan: "Esto es una ‘intifada poética’ contra la mentira del alcalde sobre la privatización del agua". Los rostros de los políticos sí que eran un poema. "No vamos a tirarle un zapato por indigno —prosiguió con toda la capacidad de sus pulmones—, sino que como dijo el poeta libanés Adonis: a los políticos que no tienen palabra hay que decírselo de forma poética".

Comenzó entonces a recitar versos alusivos al agua y a la ciudad, y tras dos avisos de Francisco Fernández, el alcalde ordenó a la policía desalojar la sala. Tampoco ese hecho medró a Pinto, que trató de escabullirse de los agentes corriendo entre la gente sin dejar de recitar. Hasta cinco policías hicieron falta para reducirle, tirarle al suelo y sacarle en volandas de San Marcelo. Un espectáculo verdaderamente bochornoso.

Otros recitadores toman el relevo y siguen leyendo poemas, hasta que se suspende el plenoPero el poemario era extenso, y los recitadores estaban esparcidos por toda la sala. Si Pinto fue reducido, otros fueron tomando el relevo. La ‘intifada poética’ logró su primer propósito: el Pleno tuvo que ser pospuesto. Los concejales del PSOE y de la UPL abandonaban la sala por la gatera, los del PP contemplaban en silencio cómo la sala iba poco a poco quedándose vacía. Sólo Abel Pardo regresó a su silla entre señales de indiferencia. La bronca continuó, primero en el recibidor y más tarde en la calle.

Sólo tres personas resistieron pacíficamente. Una de ellas muy significativa de la brecha ideológica que ha provocado la medida en la izquierda leonesa. Alberto Pérez Ruiz, antiguo líder de los socialistas y ex presidente de la Diputación provincial, que trataba de convencer a los policías de que él no se iba. A su lado una mujer y el líder de IU en la ciudad, Santiago Ordóñez. "Mejor por su pie que a la fuerza", le explicó un guardia. Y la sala fue finalmente desalojada un cuarto de hora después de comienzo de la ‘intifada’.

(La noticia continúa en EL MUNDO DE LEÓN.
La privatización, por cierto, se aprobó con los votos del PSOE y UPLe,
mientras que el PP votó en contra)

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ALGUNOS DE LOS POEMAS QUE SE LEYERON EN EL PLENO:
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     CUANDO EL RÍO SUEÑA  (Por Juan Carlos Yago)

De León el agua y el amor
ni se compran ni se venden.
¿Quién puede saber su valor?
Son regalos de la vida, de Dios,
valen siempre más de lo que cuestan:
¡Espandad a proxenetas que se acuestan
soñando engrasar la bella agua de León!
Engrasar y engrosar sus despreciables
cuentas corrientes, la vieja historia
del mundo, vil metal y comercio
vil con las cristalinas y hermosas
aguas corrientes, pueblo de León,
no vendáis las doncellas cantarinas
y cantareras y dejadlas que recojan
el agua en sus cántaros y vasijas. (…)
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     UN POEMA PARA LEÓN [Desconocemos quién es su autor o autora]

Si pudiera coger esta ciudad
igual que un niño una pompa,
la seguiría con la mirada
y cuidaría su existencia.

Si pudiera hacer con las verdades banderas
y enterrar en el pasado las mentiras
bordaría un futuro de versos entrelazados
y de escudo una flor.

Si quisiéramos cerrar los ojos
de tanta imagen municipal infame
abriríamos este ayuntamiento para sentir
la bandera del agua y la patria de las flores.

Si esculpiera un poema
llenaría los versos de gorriones blancos
y en cada pluma un color, un ideal
y juntos formar la blancura de esta tierra.

Si mis palabras fueran ciertas
haría rimar al alcalde y sus lacayos con Baudelaire,
a Chamorro y Abel con García Lorca
y a Gema con Alfonsina Storni. (…)
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    AGUA (Por Antonio Manuel Fernández Morala)

Un  agua pura, tan limpia
que da lastima mirarla.
Recuerdo la tierra en mi infancia,

llena, llena de agua.

Blando país, y en el río fábula, fábula.

Aguas abajo saltando, se ve la mano  oscura.
¡Hay tengo la cara vendida!
¡Hay  tengo la mirada perdida!
Con su carcajada  fresca….
¿Por qué me tienes vergüenza?
No me privatices, que soy de todos, tuya también.
Déjeme, déjeme correr en manos del pueblo…
y morir en el océano por esta vez.
Vendido del agua, yo soy transparente; tú ya no.

Déjame vivir, que mi madre la vida te quiere, y no te quiere compartir. 

January 15, 2009

La Vieja Negrilla, de AMANCIO GONZÁLEZ, ya es de bronce y se puede trepar (Fotos de VICENTE GARCÍA)

 Diana y Amancio

 


 La Vieja Negrilla, del escultor AMANCIO GONZÁLEZ,

quedó así colocada, hoy, en la Plaza de Santo Domingo (León).

[Las fotos son cortesía de VICENTE GARCÍA]

January 11, 2009

‘Luna de hoy’, por JUAN RAFAEL

Una foto de Juan Rafael

 'Luna de hoy', fotografía de JUAN RAFAEL

La salida de la luna, desde casa, por sorpresa en el e-mail…

Dos fotos de JUAN RAFAEL

December 13, 2008

‘León Palimpsesto’ se presentó en el MUSAC

 Imagen de Corullón en el Bierzo, con toda su gama cromática. Una fotografía de MANUEL MARTÍN
Imagen de Corullón en el Bierzo, con toda su gama cromática.
Una fotografía de MANUEL MARTÍN

 La historia no oficial / Reescribiendo la historia de León

‘León Palimpsesto’,
el cuarto libro de la colección ‘Soñando futuros’,
se presentó en el Musac


Por JOAQUÍN REVUELTA
para La Crónica-ABC León

(También puedes leer Letras, luces y música,
una crónica de SUSANA MARTÍN en EL MUNDO de León,
y el relato ‘Sermón del centrífugo’
de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
incluido en el libro)


Presentación del libro 'León Palimpsesto' en el Musac   El Musac acogió el jueves, 11 de diciembre, la presentación del libro-disco ‘León Palimpsesto’ que forma parte de la colección ‘Soñando futuros’ que edita con carácter anual la Fundación Forcal (Foro para la calidad) perteneciente al grupo de empresas Inzamac de Zamora. Bajo la supervisión del editor Gonzalo Blanco la obra propone una mirada nueva sobre temas que giran en torno a la realidad leonesa y que van desde lo geográfico hasta lo antropológico pasando por lo identitario y lo histórico. En este volumen de gran formato y generoso despliegue de maquetación y fotografía se da cita un nutrido grupo de gente de la cultura que responde al perfil buscado por el editor, “autores caracterizados por una cierta sensibilidad social y con reconocidos valores literarios y artísticos”. Todos ellos han contribuido a dar forma y contenido a un libro que, al igual que los tres anteriores de la colección, responde al carácter de “coral o poliédrico” en el sentido de que en sus páginas tienen cabida catedráticos, escritores, ensayistas, poetas, artistas plásticos y fotógrafos. La nómina de autores de ‘León Palimpsesto’ es realmente extensa y en la misma podemos encontrar nombres como Valentín Cabero, Fulgencio Fernández, Rafael Doctor, Ángel Fierro, Víctor M. Díez, Eloísa Otero, José Luis Puerto, Tomás Sánchez Santiago y Pedro Trapiello. Especial relevancia tienen igualmente los apartados fotográfico, a cargo de un veterano en estas lides como Manuel Martín, y fonográfico, donde se recogen una antología musical de piezas tradicionales del Alto Torío y un sumario de composiciones del grupo Sin Red.
   Iniciada hace cuatro años, la colección ‘Soñando futuros’ constituye una de las iniciativas culturales más interesantes llevadas a cabo últimamente en la región. Contempla la edición anual de un libro de cada una de las provincias de Castilla y León. Tras la publicación de los correspondientes a Zamora (’Agua sedienta’), Burgos (‘Burgos Nexus’) y Salamanca (‘Salamanca fronteras’) le toca ahora el turno a León con un libro-disco que cumple a la perfección el objetivo que se ha marcado la colección y que no es otro queproponer una mirada nueva sobre la realidad vigente, y que responde esta vez al sugerente título de ‘León Palimpsesto’, un término que hace referencia al manuscrito que todavía conserva huellas de otra escritura anterior en la misma superficie y que ha sido borrada de manera expresa para dar lugar a la que ahora existe.
   Gonzalo Blanco cree que el eslogan “un libro desobediente y hermoso” define muy bien lo que es ‘León Palimpsesto”, donde lógicamente la belleza la ha puesto Manolo Martín con su magnífico muestrario fotográfico y la ‘desobediencia’ es compartida por los distintos autores que a través de sus textos proyectan una visión alternativa a la ‘historia oficial’ de esta provincia.
   “No es un invento mío pues el término desobediencia literaria lo he visto aplicado en algunos de los trabajos, críticas o reseñas que han hecho a la escritura de Tomás Sánchez Santiago y que alude a un cierto carácter independiente, a no ser excesivamente tributario de lo oficial. Me parecía que era un adjetivo que llamaba un poco la atención y que expresaba algo”, reconoce Blanco, para quien otro de los autores claramente alineados en esa postura de insumisión es Fulgencio Fernández, redactor jefe de este periódico y que en opinión del editor aporta dos aspectos fundamentales a la publicación. “El primero tiene que ver con el tema, la provincia femenina. Fulgencio refleja el lado oscuro y profundo de la mujer en la medida en que hay un abanico de personalidades que en unos casos fueron silenciadas y en otros castigadas, empresarias que no podían tener la cuenta corriente a su nombre o las mujeres mineras, la ‘patrulla del talco’ que llama el autor. Después está la manera tan peculiar que tiene de contarlo”.

Una foto de Manuel Martín. Mercado en la Plaza Mayor de León, día de Nochebuena 1962
(Una foto de Manuel Martín:
El mercado de la Plaza Mayor de León el día de Nochebuena de 1962)

Un libro desobediente y hermoso

Diseñado en gran formato y con un generoso despliegue de maquetación y fotografía, ‘León Palimpsesto’ se nutre de textos que suponen una nueva mirada en torno a la realidad leonesa. ‘El palimpsesto del lenguaje’ de Vicente Cabero o ‘Si León hubiera sido Leona’ de Fulgencio Fernández dan fe de la versatilidad temática que ofrece esta obra que incorpora sendas antologías poética y musical elaboradas por José Luis Puerto y Ángel Fierro. La obra incluye las semblanzas del escultor Amancio González y la pintora Teresa Gancedo.


De la antología poética de Puerto

a la antología gráfica de Manolo Martín

    Gonzalo Blanco sólo tiene palabras de elogio para los autores que han hecho posible ‘León Palimpsesto’. De Pedro Trapiello destaca su“estilo trepidante, socarrón, irónico y lírico al mismo tiempo”. A José Luis Puerto, además de reconocer su afición por la etnografía que le ha convertido en todo un experto y un profundo conocedor de los entresijos de las costumbres, le agradece sobre todo el gran esfuerzo realizado en la elaboración de la antología poética. “Me parecen unos textos a los que se vuelve continuamente porque están magníficamente seleccionados y donde inevitablemente aparecen los nombres de Crémer, Gamoneda o Mestre”.
   Sobre la aportación de Eloísa Otero, Blanco quiere dejar constancia del carácter novedoso que supone el recuento completo de las webs y los blogs referentes a León y que están creciendo cada día. “Eloísa hace un diagnóstico certero de lo que significa ese mundo, las posiciones y propuestas existentes, aportando el link concreto para poder acceder a cada una de ellas”. Victor M. Díez es otro de los autores presentes en el libro que ha aportado todo lo novedoso referente al contenido musical. En este sentido el editor señala que el libro es “un poco extremista” porque recoge la tradición oral más pura pero hecha con claves sinfónicas y al mismo tiempo se hace eco de la trayectoria de un grupo como Sin Red, “que es el que más ha reflexionado e innovado con relación a la música improvisada”.
   Gonzalo Blanco confiesa que conoce a Manuel Martín desde su etapa de Ámbito y al que le une una larga amistad. “De Martín tengo que decir que tiene un fondo tan brutalmente bueno que se ha podido elegir con verdadero placer y se ha logrado una mezcla de fotografías que no responden a la inmediatez (algunas datan delos años cincuenta y sesenta) y que constituyen otra antología gráfica de innegable valor”.

Paisaje leonés. Una fotografía de Manuel Martín
Paisaje leonés. Una fotografía de MANUEL MARTÍN.



December 8, 2008

‘Sermón del centrífugo’, un relato de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO en el libro ‘León. Palimpsesto’

 Un relato de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
(incluido en el libro ‘León. Palimpsesto’)
en el que el zamorano errante recuerda su llegada a León, en el verano de 1993, y sus primeros contactos y sensaciones en la ciudad durante aquellos días, durmiendo en un piso prestado en el barrio de La Sal, al otro lado del río y de las vías del tren, descubriendo personajes y explorando los bares por las calles del Crucero…

Estación de ferrocarril de León

SERMÓN DEL CENTRÍFUGO

I

    Vine también a León a buscar nombres. Eso fue lo primero. Cuando alguien entra en una ciudad para quedarse, no sólo hay que prestar los ojos a la crema de la novedad; está también la fuerza del oído, donde estallan palabras nunca esperadas que provocan la fiesta de las nomenclaturas. Está también el dominio de los nuevos olores, los más inmediatos, los irremediables (aquí serían el olor verde oscuro de la humedad en muchos portales y el olor a sudor viejo de los castaños del Paseo de la Condesa).
   Pero yo venía sobre todo a oír lo sobrevenido.
   Mi llegada a la ciudad era una visita de escucha, un cuidadoso espionaje verbal. Así que me preparé a recoger cucharadas de palabras y a ver menciones sueltas: los comercios y las lápidas y los rótulos de las calles. Me orientarían sobre la sustancia de la ciudad y sus intríngulis, que acaban asomando su hocico, sí, en el plumaje breve de los nombres.
   Llegué entonces en el verano de 1993. Solo. Yo solo. Con el estímulo secreto de una desorientación total. Me habían prestado un piso hundido en la parte sur, en el barrio de La Sal (pero yo entonces no sabía que se llamaba así ni por qué) y hacia allí me dirigí con dos o tres pistas en la cabeza que me habían dado: pasar las vías que rompían de parte a parte el barrio de El Crucero, dejar a la espalda el ruido de la ciudad, buscar el fondo de una calle que se llamaría Doña Urraca, preguntar en una pequeña tienda de ultramarinos económicos, la única de toda esa zona. Ahí me darían la llave. Ya me estaban esperando, cuando llegué.
   Le di importancia a los primeros nombres propios porque el dueño del comercio se llamaba Isidoro (también se llamaba así quien me había prestado el piso). Le di importancia a aquellos ángulos de calles retiradas, con alusiones emplomadas en cierta extraña severidad (Calle Tizona, Calle Babieca, Calle Doña Constanza, Calle Cofradía del Ciento) que formaban un inesperado ensamblaje reticular. De esa tarde inicial me queda ese recuerdo, además del calor desazonante de primeros de agosto y algo más: el recado que aquel hombre me dio como consuelo amistoso: “Si sale allá al atardecer llévese algo encima, que luego hará fresquín”. Fresquín. Eso dijo el dueño de los ultramarinos. No encajaba aquel diminutivo, casi una palabra de puntillas, de esas que parecen hacer burbujas efervescentes, en los usos particulares de aquel hombre, algo hosco y con trato espinoso, como su bigote de cerda apretada y su pelo entero y grifo, así que deduje  que el diminutivo sería un uso patrimonial del lugar, como en efecto lo era. De modo que cuando recorrí aquella casa a ciegas, ya llevaba conmigo la calderilla agradable de unos cuantos nombres sueltos, flotando como larvas nerviosas en el solar de una memoria aún sin amueblar, aún sin haberse hecho con las primeras tramas de la ciudad, de la verdadera ciudad.

II


    La ciudad. La ciudad era un cogollo de calles tentaculares que irradiaban desde las inmediaciones de la catedral. Deseché esa tarde de agosto acertar con eso que da en llamarse arterias urbanas. Preferí esa otra capilaridad menor y de calibre gastado: calles secundarias de traseras de almacenes con antiguos letreros despintados, ya inválidos (pero no para mí); fachadas sin carne, saltada por el tiempo; platos con bombillas muertas en lo alto de algunos chaflanes. Emprendí una descubierta por los aledaños. Cuando regresé a dormir, ya tenía claro algo más. La ciudad tenía memoria, una memoria húmeda y oscurecida de despensa. También se me impuso una primera visión del mundo del carbón, la presencia de su charol muerto emborronando el contorno de muchas ventanas abiertas a ras de suelo para volcar allí los sacos y los serones a lo largo del invierno. Las manchas tiznadas aquí y allá lo delataban. Froté un dedo contra uno de esos borrones atormentados. Fue como una unción obligatoria. Pero ya no quise saber más. Era como si hubiera captado el color de la respiración de la ciudad. Con eso bastaba.
   También al día siguiente hice por huir de visiones primordiales, como quien se conforma con recibir cartas de alguien a quien decide no querer conocer. Todavía. Así yo mismo, el centrífugo, sólo quería saber de la ciudad por los nombres recién llegados hasta mí:
Isidoro. Fresquín. La Sal. Carbón.

Casi al final de la tarde del segundo día me dirigí por la izquierda hacia una mancha verde y airosa de árboles que divisé en un paseo extralimitado. Parque de Quevedo ponía en la verja (Quevedo, otro nombre aliado ignominiosamente con la ciudad). Pasé y me senté a fumar contra el calor, entre pavos reales ostentosos que primero se me acercaron majestuosidad pero que se iban acobardando entre quejidos dolorosos a medida que la noche se despachaba. “Se va a cerrar esto”, me dijo el vigilante. Y me volví al barrio de La Sal, al piso que me habían dejado por unos días, los justos para oler desde un ángulo la ciudad y decir a qué huele a través de sus nombres, de los nombres comerciales (MUEBLES “LA CONFORMIDAD”; GASEOSA “LA CANTARINA”), de la topografía casi burlona (Papalaguinda), de esa trenza esparcida de obispos (Almarcha), cardenales (Landázuri), generales (Sanjurjo), héroes (de un alcázar), mártires (doce) que la espolvoreaba con una onomástica estigmática que dice a las claras sobre qué se asienta la ciudad: sobre brillos de cruces y de bayonetas. Eso es lo que luego vi, cuando me lancé a descubrir el ruido cansado de los nombres de la ciudad. Pero eso fue al día siguiente.

III


   El atardecer anterior, el segundo atardecer que pasé en León, sólo llegué hasta ahí, hasta el parque de Quevedo, y no quise seguir, no quise buscar el curso prestigioso de la ciudad. Cuando era pequeño hacía lo mismo con las comidas, era incapaz de entrar en la tajada estrella del plato de buenas a primeras y prefería irla acosando como si se tratara de una operación militar: empezaba por la guarnición (no deja de ser una palabra también de alcance castrense) y jugaba a dejar relieves distintos en el paisaje del plato removiéndolo, hasta que al final, cuando los demás ya habían terminado, me decidía a atacar la tajada ya un peñasco frío y con barbas gelatinosas y estancadas. Y lo mismo cuando he saltado de una ciudad a otra. Nada de buscar su rutilancia ni su cara limpia, con comercios enclavados en mitad del presente; más bien entrar en ella de noche y sin ayuda, como un ser avergonzado, empezando por zonas desestimadas -aceras bien mordidas y bombillas bien baratas, luciendo incluso por el día bajo platillos flojos-, lugares cerca de lo hermoso infame, con rastros de huertas ya perdidas donde aún puede prosperar esforzadamente, junto a la insolencia azul del cardo con su botón exasperado, la memoria vegetal de lo que hubo y con bares de cortinas de piezas ensartadas, que producen al entrar un rugido muy especial, un restrallete sordo y decisivo.
   Así había encontrado el RENFE, el bar donde acampé mis primeras noches.
   Entré y me turbé cuando se giraron desde las sillas y dejaron de ver la televisión todos los que estaban allí dentro. Enseguida volvieron a colgar los ojos de la película. La muchacha que me sirvió a instancias de su madre se llamaba Camino (“Camino, te toca”, le dijo) y también seguía mirando la pantalla mientras abría la cerveza con el artilugio en forma de horquilla. La espuma salió embravecida, bufando. La mojó pero ella no se dio por enterada. Me puso un vaso al lado del botellín y se fue así, arrastrada por el mesmerismo, de nuevo a sentar. Ya nadie se ocupó de mí a partir de entonces. Tuve la sensación de que tenía que quedarme allí hasta que aquel grupo de ocho o nueve personas quisieran dejarme salir. No me importó. Me agarré al periódico local y fui leyéndolo cuidadosamente desde atrás. Otra manía como la de las comidas: mostrar prevención o indolencia hacia lo importante. Siempre tuve alma centrífuga para todo –comidas, periódicos, ciudades- porque siempre he estado convencido de que lo visible y lo importante se contraponen. Entré en la cartografía local del periódico: cuántas paradas de taxi había, cómo se apellidaban las farmacéuticas (Licenciada Villafañe, Licenciada Llamazares… todas mujeres, sí), las primeras esquelas, con nombres amojamados, fuera de actualidad (Antidio, Ursicino, Everilda, Benevolencia, Efigenio), que probé incluso a decir entre dientes a ver cómo sonaban así, masticados por mí, aunque quizás esto último lo hiciera para comprobar si aún era capaz de hablar, pues exceptuando las dos palabras (“una cerveza”) que había dicho al entrar, desde que había pedido la llave del piso a mi llegada no había hablado en todo el día. Una transfusión asimétrica. Como si yo no pudiera dar palabras pero sí recibir, al igual que ocurre con la sangre, ese otro fluido vital que se comporta así también. Igual pasa con el tráfico de las palabras: se producen transfusiones determinadas entre las que se emiten y las que se acusan. Unas inciden sobre las otras; las hacen más opacas o más transparentes, según. Al menos yo lo creo así.
   Vi anuncios flamantes (“Tierra de Montes: donde la calidad de su antracita solamente la supera la nobleza de sus gentes”), avisos de una espectacularidad envejecida (“La hermandad de retirados, viudas y huérfanos de las Fuerzas Armadas en León comunica a sus asociados que su oficina permanecerá cerrada durante el mes de agosto por vacaciones”), titulares raciales (“Se van a terminar las señoritas”), recados crípticos (“¡Sordos! No se dejen sorprender por la dicotonomía”), noticias rebozadas en la aureola de lo tópico (“los poetas supieron cautivar la emoción de sentimiento [sic] del público de La Valduerna, cortaron el aire con el frescor de sus poemas…”) o de una inocente furia rebelde (“Los peluqueros del Bierzo se manifestarán contra Hacienda”).
   Pero no hablé. Y no, no había comido tampoco. La extrañeza me mata el hambre. Lo único que se me eriza cuando llego a un lugar nuevo es el apetito del oído, el ansia del ojo en pos de los nombres que me sobrevienen como esos bruscos animales inesperados que sorprenden al buceador en la oscuridad abisal donde todo tiene la dolorosa belleza de lo que linda con el espanto. Coletazos, lametazos, ojos fulminantes. Como esos animales, como ciertas personas que no lo saben, los nombres entran a su manera en relación con quien los está esperando.
   También así entró él en el RENFE

IV


   También miraron todos pero nada comparado al desconcierto que había provocado un rato antes mi llegada. Nadie le hizo caso pero él no se inmutó, como si ya lo supiera de antemano. Me miró y me dio la espalda. “Alguno atender a Hoyines”, dijo la mujer sin dirigirse a nadie en concreto. Pero todos siguieron encelados en la película. Era un hombre ya mayor, corpulento y no muy alto, con el pelo crespo desde la raíz y un bigote recto como un brochazo delineado sobre el labio. Yo diría que Hoyines se parecía a Faulkner, a esa foto de Faulkner en que el escritor está serio, con el aire ausente de quien se está sometiendo a algo que no le concierne; también debió de recordarme a Faulkner porque llevaba una camisa de cuadros y encima un peto azul (otra fotografía muy repetida del novelista). Se puso a fumar. Tenía abierto el paquete por el lado del revés, para agarrar los cigarros justamente por el cabo del tabaco y no por la boquilla, para no mancharla, como hacen siempre los hombres de oficios grasientos. Encendió con cerilla, haciéndose una abrigada exagerada, innecesaria también, poniendo una mano estudiada como caperuz. Otro gesto sobreviviente de toda una vida. Hoyines entonces había tenido el oficio al aire, eso estaba claro. Grasa y aire. Un garaje. Labores de asfaltado en las carreteras. Una carbonería, en todo caso.
Pero no. Había trabajado en el mundo ferroviario. En el repaso de trenes. Así me lo dijo. Todo el día haciendo labor de carenado, esperando a que llegaran aquellas máquinas llameantes. Y por las noches, sobre todo en época de lluvias o cuando había nevado en el trayecto, tirarse a las vías con un farol a repasar los niveles de grasa de las articulaciones o bien subir a vigilar el combustible del ténder. “Hasta que yo no lo decía, el tren no tenía por qué salir, ¿estamos?”. Me dijo la frase varias veces esa noche, como quien ha de dejar claro que en su vida hubo también un pequeño distrito de poder. Me la repitió al día siguiente, cuando quedamos para que me acompañara por la ciudad. “Le puedo esperar a usted en el Ferroviario, me propuso, a las diez, antes de que nos pegue más el sol”. A las diez. En el Ferroviario, especialidad en tapas de cocina. Allí me encaminaría, de acuerdo. Cinco minutos desde donde estábamos. No había pérdida.
   Lo dejé allí, en el RENFE. No me pagó la cerveza ni yo a él el café con gotas de orujo. La familia del bar seguía convocada por la película estruendosa de la televisión. Dejé las monedas en el mostrador, y cuando salí ya quería oscurecer del todo en el barrio de La Sal. En el camino a casa se cruzaron dos vecinos. “Ya bajó el fresquín”, dijo uno; “Ya”, contestó el otro con una cadencia en la palabra imposible de reproducir aquí –oh, la impotencia de la escritura-, como si la vocal se alargara adelgazándose, se levantara un poco de manos. Me dormí con esa música monosílaba en los oídos. La última palabra que oí ese día. Pura música ya, sí.

V


   Las mil voces de la muerte, desde luego, pero también el hueco desdentado de cualquier solar donde el día anterior había una fachada en la memoria de sus habitantes, el establecimiento de relaciones secretas –cuerpos arañándose entre bujías a espaldas de la luz pública-, el estallido insolente de la pubertad en esas muchachas que bajan aún más la vista en el avasallamiento del ascensor, la desaparición de comercios y fuentes y jardines, andamios amarillos que emparrillan varias semanas una acera entera y alteran los itinerarios de los ciegos, reencuentros alegres o reencuentros incómodos, la lluvia del verano que nadie habría dicho una hora antes, los adocenamientos silenciosos (cines, iglesias, museos)…
   …En una ciudad cada día se dan todas las formas posibles de la consternación.

   Pero yo venía de un pueblo demediado y lleno de culto al control. Once años allí, donde todo era consignado. Ahora en cambio se trataba de no preguntar “quién es” o “qué hace aquí éste”, como ocurría en aquel pueblo. Una ciudad supone otra manera de caber. Frente a la exhibición obligatoria de la identidad, el anonimato; frente a los usos rutinarios, la planificación de una incertidumbre. Y yo estaba allí, por fin. En ese anonimato y en esa incertidumbre. En esa ciudad que se llamaba León donde me importaban más de momento los nombres que los rostros, las curvas del idioma que la cartografía urbana que aquel hombre, “Hoyines”, me quería mostrar a la mañana siguiente. En el entresueño de aquella noche me siguieron visitando palabras como globos voraces. Se inflaban y se desinflaban. Se adelantaban hacia mí. Hacían ruido de trapos gruesos sacudidos. Desaparecían. Las dos primeras noches soñé, en efecto, con los oídos. Las imágenes y las sombras eran también palabras.

   A medida que abandonaba aquellos ángulos y me acercaba a los ruidos matinales de la ciudad, el aire iba perdiendo olor a hierba fresca. Crucé las vías y vi, en efecto, el Ferroviario. Hoyines ya me estaba esperando. Volvió a sorprenderme su estatura recortada, su corpulencia poco estridente. Silencioso, bañó la taza del café con orujo un par de veces mientras yo desayunaba. Antes de salir los dos juntos leí el cartón de la pared: “Tapas de cocina. Cecina. Gazpacho casero”. Y esta bomba, que todo lo echaba por los aires debajo del anuncio de Hay Habitaciones: “On parle français”.
   Cruzamos el puente sobre el Bernesga, desembocamos en la explanada solar de San Marcos, nos orientamos hacia la izquierda –la ciudad se iba a ensanchar por allí, evidentemente- y me plantó ante una calle larga de fachadas anodinas. “Por aquí entra usted de cabeza en la ciudad. Yo ya me quedo”. Me dejó estupefacto. Los límites de la relación con la ciudad terminaban allí para aquel hombre. Le insistí suavemente una vez pero me dijo que él nunca salía de allí. Que en la ciudad había muchas personas así, que jamás traspasaban esos perímetros, una especie de línea Maginot donde acababa su territorio. ¿Entonces? Entonces supe por primera vez algo que luego comprobaría más veces, cada vez con menos asombro, hasta convencerme de la naturalidad con que muchos hombres de la ciudad se planteaban eso mismo de no salir de un distrito propio que solía terminar en un cruce que ya no traspasaban o en la frontera vegetal de un jardín atrincherado por setos de boj. Más allá de esos hitos fronterizos la ciudad ya no les interesaba. Eran, en efecto, individuos centrífugos. Como yo mismo. Hoyines fue el primero de esa cofradía fantasmal que vi en León. Me despidió en aquella acera y se pegó la vuelta. “Por la noche paro un rato en el bar RENFE”. Así me dejó, plantado frente a una calle que me llevaría al centro. Calle Suero de Quiñones, se llamaba.

VI


   “Hoyines” no era “Hoyines” sino “Hollines” -ah, la impotencia de la oralidad-. Me lo aclaró en el RENFE, donde estaba como siempre, beiendo en silencio. No me dio la impresión de estar expectante ante mi primera aventura en la ciudad. Más bien lo encontré así, indiferente, sumido en esa opacidad que exhiben quienes aceptan terminar el día entre lo insípido sin que eso les vaya a conmover en lo más mínimo. Hombres de espíritu acostumbrado a una desolación silenciosa. De esa estirpe venía “Hollines”, llamado así por tener siempre la cara y las manos ennegrecidas por el polvo del carbón de los trenes.
   —¿Encontró usted lo que buscaba?
   —¿Qué podía buscar yo?
   —¿Qué va a ser?: la ciudad

   Me pareció que había algo de mitología en aquella indagación. La ciudad como algo externo y escurridizo, más allá de una configuración física, asentada en fundamentos geológicos. La ciudad como una de aquellas quimeras antiguas. Estar ya en ella, vivir en una de sus calles, añadir el nombre propio al censo municipal no parecían gestos bastantes para proclamar que se la conocía. ¿Qué era entonces la ciudad? ¿Cómo meterle en el alma los ojos y reconocerla? Hollines me acababa de descubrir que ni sus emblemas ni sus conmemoraciones identificaban a muchos de aquellos habitantes, hombres centrífugos, que preferían vivir sin salir de unos márgenes para no pertenecer del todo a ella. Ese era el secreto. Pactar una distancia, ser miembro de un distrito sin existencia catastral, más bien una figuración mental que implicaba no entrar en las redes voraces de la ciudad, que como una bicha pluricéfala iba domesticando a sus hijos. Salvo a algunos como “Hollines”, que bebía orujo tristemente en un barrio ferroviario y guardaba lealtad inquebrantable y silenciosa a una decisión compartida por otros individuos en otros cantones de León.

   —Quédese afuera. Búsquese un barrio en cualquier ángulo, donde la ciudad no pueda encontrarlo nunca a usted.

   Y eso hice. Hace quince años.

Tomás Sánchez Santiago

TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
(un relato sobre León en el libro ‘León Palimpsesto’) 

December 7, 2008

11-D / El libro(+disco) ‘León Palimpsesto’ se presenta en el Musac

La obra ‘León Palimpsesto’ es un nuevo
título de la colección Soñando Futuros
León Palimpsesto

Decía Ítalo Calvino en Las ciudades invisibles que a veces "la mirada recorre las calles como páginas escritas". Pero quien observa con atención no sólo persigue las huellas palpables para encontrar la esencia de la ciudad o el territorio, sino que va detrás de las intangibles, las que son memoria, presente y futuro de ese espacio, las que son el fruto del alma inquieta de quienes lo habitan.

Unas y otras forman un cúmulo de voces que se superponen hasta formar un todo. Voces como las que integran León Palimpsesto, un nuevo título de la colección Soñando Futuros, de la Fundación Foro para la Calidad del grupo zamorano de empresas Inzamac.

Un libro, editado y coordinado por Gonzalo Blanco, en el que late el pulso del León actual con su geografía, sus gentes, sus tradiciones y su cultura.

Una vida que ponen negro sobre blanco escritores, periodistas, artistas y geógrafos como Pedro Trapiello, Ángel Fierro, José Luis Puerto, Tomás Sánchez Santiago, Eloísa Otero, Fulgencio Fernández, Rafael Doctor, Víctor M. Díez y Valentín Cabero.

Una vida iluminada con las fotografías de Manuel Martín. "Estampas capturadas en el escenario leonés, en un diálogo a veces entrañable y a veces devastador con la realidad a lo largo de una vida", apunta Blanco.

León Palimpsesto incorpora también una antología de poesía leonesa actual (Crémer, De Nora, Antonio Pereira, Gaspar Moisés Gómez, Gamoneda, Agustín Delgado, Angel Fierro, José Antonio Llamas, Eleuterio Prado, Colinas, Margarita Merino, Antonio Merayo, Alfonso García, José Enrique Martínez, Aldo Z. Sanz, Ildefonso Rodríguez, Andrés Trapiello, José Luis Puerto, Julio Llamazares, Adolfo Alonso Ares, Juan Carlos Mestre, Tomás Sánchez Santiago, Eloísa Otero, Marifé Santiago Bolaños, Vicente Muñoz Alvarez, Luis Artigue, Víctor M. Díez, Rafael Saravia, Silvia Zayas) y una antología musical, seleccionada por Fierro en un CD, con piezas tradicionales recogidas del Alto Torío y un sumario de composiciones del Grupo Sin Red.

El libro se presentará el próximo 11 de diciembre en el Musac (
Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León) a las 20 horas. En el acto intervendrá el grupo Sin Red con una acción de música improvisada y poesía.






















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