Isla Kokotero

September 22, 2008

‘A (im)possibilidade de ficar’, por EDUARDO PITTA / ‘Arlés’, una fotografía de LUIS MARIGÓMEZ

 'Arlés', una fotografía de Luis Marigómez

A (IM)POSSIBILIDADE DE FICAR

Um quadrilátero de angústia
as mais das vezes vago.

Para alí convergem
todos e ninguém.

Um alinhavo de linhas
que é um bocado a menos de ontem.

Dias a gotejar
a (im)possibilidade de ficar.

A certeza que não chegou.
A dúvida que teima todos os dias.

EDUARDO PITTA
(Um cão de angústia progride. Ed. Arcadia. Lisboa, 1979)

July 3, 2008

LUIS MARIGÓMEZ sobre MARGARET ATWOOD

 

Luis MarigómezMargaret Atwood

La poesía escondida de MARGARET ATWOOD

Una entrevista de VÍCTOR M. DÍEZ con LUIS MARIGÓMEZ,
traductor al castellano de la poesía de la escritora canadiense.

(Haz click en las imágenes para leerla) 

June 27, 2008

‘Variación sobre la palabra sueño’, por MARGARET ATWOOD

Granadorojo, una foto de Luis Marigómez

VARIACIÓN SOBRE LA PALABRA SUEÑO


Me gustaría mirarte durmiendo,
lo que puede no ocurrir.
Me gustaría mirarte,
durmiendo. Me gustaría dormir
contigo, penetrar
en tu sueño como su ola suave y oscura
se desliza sobre mi cabeza

y caminar contigo a través de ese bosque
luminoso y vacilante de hojas verdiazules
con su sol acuoso y sus tres lunas
hacia la cueva que debes descender,
hacia tu miedo más tétrico

Me gustaría entregarte la rama
de plata, la florecilla blanca, la palabra
precisa que ha de protegerte
de la desdicha en el centro
de tu sueño, de la desdicha
en el centro. Me gustaría seguirte
y subir la gran escalera
otra vez y convertirme
en la barca en que remarías a la vuelta
con cuidado, una llama
en dos manos oferentes
a donde tu cuerpo yace
junto a mi, y entrarías
en él con la facilidad del respirar

Me gustaría ser el aire
que te habita por un instante
sólo. Me gustaría pasar así de inadvertida
y ser así de necesaria.

    MARGARET ATWOOD (De ‘Historias verdaderas’. Traducción de Luis Marigómez) 

June 13, 2008

Sobre ‘Año’, de LUIS MARIGÓMEZ, por ANGÉLICA TANARRO

 Luis Marigómez. La foto es de GABRIEL VILLAMIL

DE LA VIDA Y DE LA MUERTE
Icaria publica Año, el debut de Luis Marigómez en la poesía

Por ANGÉLICA TANARRO
(Publicado en el diario EL NORTE DE CASTILLA el 30 de mayo de 2008) 

Todos los libros tratan de la vida y de la muerte. Y en una postura muy radical, no habría mucho más que añadir. Año, el primer poemario de Luis Marigómez añade a esta evidencia la de haber ordenado estos conceptos en sus poemas, casi enfrentándolos, como si los de un lado —la muerte— y los del otro —la vida— se miraran desde las paginas opuestas del libro recién publicado por Icaria.

    La historia de Año comienza en A través, la última novela del escritor nacido en Nava de la Asunción (Segovia), pero afincado en Valladolid. Su protagonista coleccionaba fotografías de muertes violentas de las que a diario suministran los periódicos procedentes de las guerras que arrasan el mundo. Pero también era un gran aficionado a la botánica que disfrutaba viendo cómo las plantas alcanzaban su esplendor ya fuera en los estrechos límites de una maceta o en la libertad del campo.

    Aquí, en Año, están esas dos realidades inevitables. La sangre, la muerte de las guerras cotidianas, y la naturaleza, la vida, abriéndose paso pese a todos y a todo. «Eran materiales que, aunque estaban en las descripciones del libro, yo sentía que no había acabado de contar lo que quería. Y eso me parecía que debería tener un tono poético, aunque de alguna forma estuviera ya en la prosa. Para mí, esos materiales tenían un valor por sí mismos, despojados de acción y de personajes».

Original
El lenguaje, el tono del libro, con una voluntad minimalista, une esos dos polos opuestos. «No hubiera podido elegir sólo uno. El de la vida, de no tener ese contraste hubiera quedado ñoño o ya sabido. El otro es demasiado terrible. La originalidad del libro es que aparezcan juntos».

    Para Luis Marigómez supone además adentrarse en un género que aunque había tocado esporádicamente, nunca había alcanzado el estatus de libro. «Reducir tanto los elementos tenía un peligro: cargar las tintas en lo minimal, que se quedara vacío, pero me di cuenta según los trabajaba que entraban de lleno en un tipo de lenguaje, el poético, que me interesaba mucho como lector, pero que nunca me había decidido a llevarlo tan lejos».

Y aún cree que se ha dejado cosas en el tintero. Que los materiales de A través, aún pueden dar lugar a otro libro, esta vez no poético, «con lo que se convertiría en una trilogía que mezclaría novela y poesía».

Estructura
Año alude a cómo están estructurados los poemas, agrupados en capítulos que son a la vez un calendario. De enero (los días son más largos/ ¿hay más luz?) a diciembre (las flores de la hortensia/ como disecadas/ pierden los matices/ ahora todas de color tabaco/ a punto de dejar de ser). El ciclo de la naturaleza, claramente expresado en las flores de temporada, en el cambiante color de la tierra y de sus frutos (en las manzanas que empiezan a hincharse/ los pétalos secos de lo que fueron sus flores/ esperan un golpe de viento para/ desaparecer).

    Muy lejos, pero al lado mismo de nuestras vidas, merced a la televisión, la muerte en directo: (dos soldados se van/ gorras, botas, mochilas y un fusil/ cada uno/ arrastran un cuerpo entre los dos/ por los pies/ lo sacan fuera del camino/ hacia una valla de madera).

    O, en otra ‘fotografía’, (soldados jóvenes/ echados en el suelo/ cintas blancas encajan sus bocas/ los rostros como si descansaran).

    El libro contiene bellas imágenes de la naturaleza que equilibran el horror, en el que, por otra parte no hay truculencia sino relato objetivo. (es tierra levantada/ el rastro de los topos/ en la hierba// con el riego vuelve/ a aplanarse/ la señal de la herida). Y siempre la vida imponiéndose: (a los lados del río/ tallos bajo el agua/ asoman multitud de flores blancas/ al cielo).

June 12, 2008

‘Mayo’, por LUIS MARIGÓMEZ

MAYO 

la fucsia que se heló
rebrota

L. M. 

Fotografía de Luis Marigómez(…)

los capullos del camelio
de color sepia oscuro
secos, se deshacen
al arrancarlos

juntos en un cuenco
ahora parecen
delicadas bolas de tela
color canela o caramelo

(…)

la hortensia verde
llenas de hojas grandes sus ramas
con huevas verdes en el centro
de sus extremos
a punto de abrirse

el canto del cuco
y el del grillo
uno aquí mismo
el otro en la arboleda
los dos llaman
se esconden

pajas
en el nido de golondrinas
abandonado

entra y sale
un colirrojo

los castaños de indias
pierden sus capirotes blancos
se estancan en el verde
oscuro de sus copas

babas secas
cuelgan de los álamos

las acacias también ya sólo verdes
no huelen

la hierba espiga
y amarillea

LUIS MARIGÓMEZ (De su nuevo libro Año, en Icaria) 

February 20, 2008

LUIS MARIGÓMEZ sobre el primer libro de poemas de MIGUEL BERMEJO

 'Tierra', una foto de Luis Marigómez
LOBO Y HOMBRE

Presentación de Lúpulo Fernandes da Silva,
de MIGUEL BERMEJO,
en la Fundación Segundo y Santiago Montes
de Valladolid (21 de enero de 2008)
 
Por LUIS MARIGÓMEZ

    Hace algunos años, Christine Monot escribió: “Miguel Bermejo no se cansa de mirar. Tiene múltiples ojos y los objetos le hablan. En su trato con los materiales se considera un aprendiz, aquel que busca, que se deja sorprender.” El último material que ha descubierto, al parecer, son las palabras, y sus posibilidades poéticas.
    La primera noticia que tuve de él, a finales de los años 70, fue la de alguien que se dedicaba a fabricar y vender juegos del antiguo Egipto, que había recuperado fisgando en documentos raros.
    En los 80 diseñó bisutería y joyería. Al parecer, con cierto éxito. Abandonó la aventura.
    En las navidades del 94-95 Tomás Salvador nos llevó a Zamora a ver la exposición de esculturas de un amigo que resultó ser… Miguel Bermejo. Allí había un gato de hierro, un cocodrilo de bronce, una señora hueca y bastantes alambres. En el catálogo el autor se explica: “Hubo desde siempre la tendencia a añadir al trabajo necesario otro innecesario y gratuito. Este es el trabajo que os presento, el más artístico e improductivo de los que hago.” Al cabo de unos años, esa tarea “improductiva y artística” se vio en otras ciudades, entre ellas Valladolid.
    Entonces creí que Miguel, definitivamente, había decidido ser escultor. Después de algunos bandazos, parecía una buena manera de definirle. Además, lo hacía muy bien.
    Pero no puede estar quieto, “no se cansa de mirar”. Con el herrero que le ayudaba con sus piezas “artísticas”, inventa una máquina de trenzar metales y entre los dos montan una empresa.
Miguel Bermejo    En 2002 publica una novela, De espaldas a nosotros, un texto donde los vivos parecen estar contaminados por el virus de la muerte y los muertos se mueven a sus anchas. Entre unos y otros hay una corriente que los comunica y mantiene despiertos a unos y otros en un escenario que nunca deja de ser terrible, maravilloso y, de alguna manera, familiar. El libro bebe de Juan Rulfo,  de John Berger y, sobre todo, de la tierra donde nació Miguel, la Alta Sanabria.
    Nos habíamos equivocado, Miguel no era escultor, en realidad lo suyo era la narrativa, como bien saben sus amigos, es un magnífico contador oral, desde siempre, y había decidido usar ese don para transcribir en papel su mundo.
    Hace algo más de un año, un amigo común llama por teléfono y dice que ha encontrado por casualidad a Miguel en algún pueblo de la región y que le ha dado un libro para nosotros. ¡Un libro de fotos!, El dedo en el ojo, imágenes de paredes de ladrillos desnudos, de campos, de casas “raras”. Resultó que quiere ser también fotógrafo. Hay una concepción peculiar de la belleza en sus imágenes. Se fija en lo que nadie atiende, utiliza a menudo material de derribo, lo que se podría llamar deshechos. En el principio del libro hay una foto del autor, de pie sobre las aguas, y bajo ella una reseña biográfica que no me resisto a leer:
    «Miguel Bermejo nació en Lubián, un pequeño pueblo de la Alta Sanabria en Zamora en 1952. A pesar de los numerosos estudios iniciados nunca obtuvo ningún título académico y su biografía está plagada de experiencias desastrosas. Fue expulsado de colegios, declarado en busca y captura antes de la muerte de Franco, expulsado de Holanda en 1972 y despedido de varios empleos. (…) La dedicación a la fotografía, según él, es fortuita, “forzada por algunas preguntas personales surgidas ante un fenómeno común: la sensación de mismidad y asombro que se produce en el reconocimiento de objetos e intervenciones nuevas o desconocidas, casuales o deliberadas”, y por otro lado “para documentar la eficacia expresiva del azar y la necesidad”.»
    El otro día llegó a casa un librito en el que aparece de nuevo Miguel Bermejo como autor. ¡Ahora resulta que es poeta!
    Tras un momento de desconcierto en el que uno está tentado de insultarle por pretender meter el dedo no en el ojo, ni en la llaga, sino en todas partes, se da uno cuenta de que, a través de tantos oficios, Miguel nos quería decir que lo suyo es la poesía y que en sus distintas actividades, con hierros, alambres y metales nobles, con los personajes terribles y cercanos De espaldas a nosotros, con las fotos… en realidad siempre ha estado haciendo poemas.

    Pero, ¿es Lúpulo Fernándes da Silva un libro de poemas? Desde luego, no uno al uso. Si leemos el primer texto, más parece un cuento terrible, con muchas licencias, que un poema con su metro, su rima y toda la pesca de metáforas, metonimias, paranomasias, etc. Leo la primera página del libro, en prosa:
“Vi a mi padre tendido boca arriba, enseñando sus partes íntimas como si fueran los ahorros de toda una vida y levantarse después con el rabo entre las piernas, la cabeza colgando, humillado por un animal más joven y audaz, de bigote recto y largas patillas, que montó a mi madre en sus propias narices sin que él, que estaba dispuesto a ceder en todo lo demás, lo pudiera evitar.
─¿A qué casa? Ya no tenemos casa, hijo.
Dijo esto mirando la llanura que nos rodeaba mientras se sacudía el polvo de los hombros. Los dos oímos el giro chirriante de la llave.
Frente a la gran explanada, mi padre, bastantes centímetros más bajo que yo, recién regresado a la edad adulta, trataba de ofrecerme algo, un gesto (…esto es lo que hay) de despedida.
Nos fuimos dándonos la espalda. Todavía le eché un vistazo de reojo y, efectivamente, era lamentable, al gran lobo de siete carreras de dientes le sobraban por lo menos siete tallas del abrigo.”
    Hay, en cambio, vergüenza, tragedia, humor, un cierto ridículo en lo expuesto, ese padre tan pequeño podría ser el lúpulo, lobo diminuto. Hay, del lado de la poesía, muy poderosas imágenes oníricas. El punto de vista básico a lo largo del libro es el del animal salvaje que tiene un contacto esporádico pero fundamental con los hombres. Es un texto más cercano al género del sin género, ni narración ni poema, ni carne ni pescado, o mejor, todo ello junto en un aderezo singular. Quizá eso sea privilegio de la poesía.
    Hay elementos del cuento infantil. En la página 16 se habla de “un prado enooorme”, con tres oes, y de “La señora cuerva”. Por momentos, encuentra uno hallazgos de delicadeza peculiar: “ella no dirá nada. Al contrario / pondrá rocío en las axilas.” (Pág. 19)
    En la página 22 se hace por fin, la descripción completa del protagonista del libro, su ficha: “Lúpulo Fernándes da Silva, lobo de nacimiento y natural de Tras Os Montes (Portugal) llegó precoz a la edad madura, cosa que lamentó siempre a pesar de haber vivido una vida larga que a la postre juzgó rica en todas sus etapas y, en general, con más recuerdos buenos que malos.(…)”
    A partir de ella, se aclaran algunos elementos en el relato del libro. Además del lamento por la madurez, al parecer prematura, el lector puede ordenar lo que ha leído y lo que tiene por delante. Sabe desde donde se habla, de quién se habla, aunque no está claro el sujeto poético, quién habla. “Intento hablar como un lobo / que supiera hablar”, se dice al principio de un texto (Pág. 27). Poco a poco, el libro se abre al verso y hay poemas al uso, eso sí, modernos:
“Brotamos
como pájaros

desde dentro alarga
el brazo, el ojo
el labio, hacia la puerta

besa a los hermanos
(aquí no llega el sonido)
y huye.”
    La voz que escribe el libro es y no es la de Lúpulo…: “de ti, Lúpulo, tomo directamente tu garganta tanto tiempo guardada en harina de centeno, (…) // El humo te hará salir de la hura, lloroso como yo aquella tarde cuando pasaste muerto como un perro (idiota) junto a las azadas manchadas de rojo.” (Pág. 49) Hay un proceso de identificación y de diferencia, de peligro de caída en lo más bajo (ser perro en vez de lobo), hay otra vez miedo al ridículo, piedad por la vida mísera de este lobo emigrante, y hay admiración por lo extraño.
    En el último texto del libro, de nuevo en prosa, se cuenta la historia de un indio sioux que ha ido a parar a este territorio mítico, extremo, que Miguel Bermejo explora desde hace tiempo, la alta Sanabria, convertida en sustrato de su mundo.
    ¿Es entonces Lúpulo Fernándes da Silva un poemario como Dios manda? No lo sé, pero está lleno de poesía.

May 29, 2007

Medio diario de junio, por LUIS MARIGÓMEZ

 
JUNIO

Día 2
Lirio
Café con Javier. Está todavía asombrado de la bronca con Rosa. No creía que fuera a ser tan fuerte. Hace tiempo que no entiendo nada. En un momento de la conversación se me ocurre una idea y la digo: parece que Rosa estuviera celosa. Me mira asombrado un momento y luego contesta que digo bobadas.
Duermo mal. Imagino a Rosa y Javier acariciándose mientras Marta, sentada encima de mí, ríe a carcajadas.

Día 5
Encuentro en Internet fotos de vulvas, hechas por una mujer. Dan miedo. No se ven los labios mayores y apenas queda un poco de vello. Están la abertura y los labios menores, con distintas formas, dentro de lo posible. Una tiene un anillo con una piedra negra brillante a la altura del clítoris. En las demás la diferencia es porque los labios son más o menos anchos, el hueco más o menos estrecho, hay un par abierto como alas de mariposa… Me siento un médico observando las gargantas o los oídos de un grupo de pacientes.

Día 6
Rosa encuentra en una maceta de la terraza el cadáver de un pájaro –¿un gorrión?– recién nacido, sin plumas, rosado y blanco.

Esta tarde, en un paseo por la playa, nos acercamos al agua por uno de los senderos de madera; al final, junto a la orilla, se vestía una mujer mayor que no esperaba compañía a esas horas. Tenía un cuerpo y un rostro vulgares, en los que no me habría fijado de no ser porque entre su piel ajada dejó sin querer al descubierto unos pechos delicados, pequeños, tersos, muy hermosos. Era difícil relacionarlos con el resto de ella, tan anodino.

Día 7
Junto al río. La orilla pajiza, seca. La nieve horizontal en el aire de las semillas de chopos y álamos. El agua, con manchas blancas, huele.

Paseo con Rosa y Marta al anochecer. Marta pregunta por el viaje a Italia. Salen el 17, van tres profesores, Rosa y otros dos varones. Dice sus nombres. Uno da Matemáticas y el otro Inglés. No conozco a ninguno de ellos. Van a ir a todas partes, que es la mejor manera de no ver ninguna, Venecia, Florencia, Siena, Pisa, Roma… Una semana. Está ilusionada. Dice que el grupo de chavales es muy bueno, y por eso se ha apuntado. Necesitaban una mujer. Nunca ha ido a excursiones escolares, y menos a esos viajes, tan expuestos a peligros por los excesos de los adolescentes. Estuvimos allí cuando nos casamos, y nos gustó mucho a los dos. Ahora va a ser muy distinto.
Marta ha empezado ya a ver ofertas para el viaje a Escocia. Salimos a primeros de agosto. Nos va a pillar una parte del Festival de Edimburgo. A ella le parece estupendo. A mi no me apetecen tanto las multitudes. Puede que veamos alguna actuación interesante, más de música o danza que de teatro, que en inglés nos va a resultar indigerible. Nos enseña fotos de una guía que ha comprado: montañas, lagos, verde, calles de Glasgow y Edimburgo… Todo precioso. Está muy ilusionada y no le importa encargarse de los preparativos. Así tiene algo que hacer y se olvida un rato de lo suyo.
    
Día 9
Epidemia de polillas. Sus alas pardas, con el envés blanco, su cuerpo enorme, monstruoso, su torpeza dentro de la casa, su batir, su zumbido, dan  asco.
Hablo con Marta por teléfono. Dice que podría trasladarme a su casa los días que Rosa esté fuera. No tiene por qué enterarse nadie. No quiero. Le contesto que ya lo hablaremos más despacio, que tengo que pensarlo. Al colgar, me entra una sensación de agobio.
Imagino las posibilidades de futuro con ella. Podríamos romper con todo y empezar a vivir juntos. Parece que ella no tiene mucho que ganar con Javier y mi relación con Rosa hace mucho que se parece a un túnel, un tubo oscuro, estrecho y largo que atravesamos con desgana, sin ver el final. ¿La quiero hasta ese punto? ¿Estoy tan desesperado con mi mujer? La segunda salida, la más sensata, es que dejemos de hacer el tonto y lo demás continúe como hasta ahora, vuelva Javier o no. Siempre habrá sido una experiencia agradable que, además, ha aumentado nuestra autoestima, ¿verdad? Una tercera posibilidad es que sigamos como hasta ahora, viéndonos de vez en cuando y guardando el secreto como un tesoro. Nadie pierde nada si todo va bien, aunque el vértigo tampoco va a desaparecer. Todavía queda una última opción: Rosa me deja y Marta no quiere volver a verme. ¡Por fin solo!
Habrá que ver qué ocurre a lo largo del tiempo para tomar una decisión, si estoy en condiciones de hacerlo.
    
Día 10
En la carretera. Apenas quedan parcelas verdes en los campos. El cereal está ya casi todo amarillo, con alguna mancha de espigas que se resisten a ser vencidas por el sol. Nacen girasoles; hojas verdes pegadas al suelo en hileras sobre tierras blancas. Álamos en su esplendor, tras soltar su semilla, con el juego opaco/brillante de sus hojas al viento.

Marta en Las Marías. Antes no quería venir nunca, le molestaban las incomodidades del campo. Hoy le parece todo estupendo. Después de comer, mientras toma el sol en el patio, avisa de la escena que ocurre: entra un lagarto verdinegro, por debajo de la puerta de afuera, corriendo. Tiene la cabeza azul. Los libros dicen que entonces es un macho. Se para en mitad del patio. Tras él va una comadreja, que cruza también la puerta, pero sólo unos centímetros,  se para, se levanta sobre sus patas traseras y mira todo con sus ojos pequeños, negros y brillantes, como dos bolitas de mica; sale a protegerse tras la puerta. Vemos sus patas. El lagarto sigue sin moverse, respira con fuerza, se nota el movimiento de sus pulmones junto a las patas delanteras. Está agotado. La comadreja, con su aspecto tan simpático, entra un par de veces más. Tiene a su presa muy cerca, pero no se atreve a lanzarse a ella. Al final marcha de vacío. El lagarto, al cabo de un rato, cuando ya ha descansado, también desaparece. Nunca habíamos visto una comadreja aquí.
Se ha ido la familia de carboneros comunes. Hay pájaros por todas partes, se oyen sus cantos, pero no están tan cerca como el otro día. La mancha amarilla, fugaz, de una oropéndola entre los robles
    
Día 13
Anoche había luna llena, su luz blanca, como un chorro, entraba por la ventana del estudio, al este, y ocupaba un rectángulo deformado en el suelo del cuarto, iluminándolo con su pátina lechosa.

Encuentro casual con Javier y Teresa. Un juego del destino. Ahora casi siempre que salimos vamos con Marta, pero hoy estaba cansada y prefirió quedarse en casa. Era imposible hacer como que no los habíamos visto; casi nos chocamos con ellos. Javier nos obliga a sentarnos en una terraza a tomar una cerveza. Teresa, muy guapa, ya bronceada, apenas habla. Rosa, con furia contenida, mira a todos y tampoco ayuda a levantar una conversación. Hablamos de las vacaciones. Ellos quieren ir a Londres, parece que hay unos conciertos que le interesan mucho a Javier y Teresa nunca ha estado allí. Nos despedimos al cabo de poco tiempo; a Rosa le duele la cabeza. Ellos se quedan tomando el fresco.
Pienso en la propuesta de Marta del otro día. Hoy no me parece tan mal. No me voy a trasladar con ella la semana que Rosa no esté, pero a lo mejor está bien pasar toda la noche juntos alguna vez. No lo hemos hecho nunca y no sé si habrá otra ocasión para que eso suceda. A la vez, me entra una sensación de pánico cuando se me ocurre que puede que Rosa, a la vuelta del viaje, decida que su aventura pase a mayores y me abandone. Apenas duermo.
    
Día 15
Algunos magnolios han echado flores, blancas, olorosas; son los que están en jardines cuidados, regados, bien orientados y protegidos. Otros apenas se mantienen en pie en algunas plazas y casi no tienen fuerzas para sacar hojas nuevas mientras pierden las viejas, que caen, amarillas, acartonadas.

Hay temporadas en las que aparecen fotos de muertos en los periódicos cada día, a veces más de una en el mismo ejemplar. Esta es particularmente horrible. Viene en portada. Una mano sale de unos escombros tras un terremoto. La piel de los dedos empieza a arrugarse, las uñas oscurecen. El antebrazo delgado y la manga azul claro de una camisa salen de la tierra. Un poco más arriba, cabello negro, largo, sin cabeza. Todavía unos dedos que se cierran en el borde superior. Bajo la mano, una viga de madera con manchas de sangre. Piedras.
Quizá debería dejar ya la colección.

“Se puede sentir una obligación de mirar fotografías que registran grandes crueldades y crímenes. Se debería sentir la obligación de pensar en lo que implica mirarlas, en la capacidad efectiva de asimilar lo que muestran. (…) La mayor parte de las representaciones de cuerpos atormentados y mutilados incitan, en efecto, interés lascivo.”
                    Susan Sontag (’Ante el dolor de los demás’)
 
Foto: Gabriel Villamil (El Norte de Castilla)
    LUIS MARIGÓMEZ (Fragmento extraído de ‘A través’, su nueva novela)
 


January 5, 2007

LUIS MARIGÓMEZ sobre ANTONIO GAMONEDA

Luis Marigómez
LUMBRE DE ANTONIO GAMONEDA
 
    El 27 de agosto de 1962, muere Leopoldo Panero. Acaba de  participar en el jurado que concede un premio de poesía de Astorga que recae en Antonio Gamoneda y hace saber eufórico, a sus compañeros, que acaban de encontrar un auténtico poeta.
    Para entonces, Antonio Gamoneda tiene ya 31 años y lleva escribiendo poesía desde, al menos, 1947. En realidad, todavía falta algún tiempo para que realmente le descubran.
    Nace en 1931, con la República, ese fogonazo que acaba nueve años después entre las ascuas de unas cenizas que queman todavía durante una larga época. Gamoneda es, como pocos, un hombre de su tiempo que trasciende su tiempo. Al año de nacer muere su padre, también poeta. Aprende a leer en los versos del libro de su padre, convirtiendo su ausencia en una representación íntima de presencia. El aire pestilente de la primera postguerra, la atmósfera podrida que enmarca y caracteriza el periodo de Franco y de la que todavía nos llegan, de cuando en cuando, efluvios, va a contener el espacio en el que empieza a desarrollarse su obra. “Arráncate la luz de la mirada”, dice uno de sus primeros versos. Los cadáveres que flotan en el Bernesga, las cuerdas de presos, el hambre, el vivir inmerso en todo tipo de miserias, forman la conciencia, la mirada atormentada del poeta. En la adolescencia, llega a “la convicción de que la poesía existe porque existe la muerte.”
    Su primer intento de publicación, hacia 1950, como tan a menudo ocurre, se frustró. Se llamaba La tierra y los labios. El título es una muestra de lo que será siempre su poesía, una confrontación entre la carne (los labios) y la muerte (la tierra que acoge el cuerpo sin vida). El primer poema que se mantiene de entonces se abre con una figura, el cabello, (algo material que sale del cuerpo) que se mantendrá hasta el último libro.
    En 1962 hace ya dos años que ha aparecido su primer libro de poesía, Sublevación inmóvil, finalista del premio Adonais de 1959, un libro que se ha gestado durante seis años. Aquí están ya buena parte de los elementos que van a configurar la poesía de Antonio Gamoneda. ‘Luz’ es una de sus palabras fundamentales, y se va a mantener hasta el final. Su poesía reunida se llama Esta luz: “pero la luz / es sombra de la nada.” También aparecen el fuego, la nieve, el corazón… “Ante mi rostro, / piedras heridas, cuerpos / endurecidos en el dolor”.
    En 1962 ya ha empezado un nuevo libro, Blues castellano, que no acabará hasta 1966 y que supone un avance en el abandono paulatino del uso hasta entonces virtuoso de la métrica tradicional ─con el soneto como paradigma─ , y la incursión en otros modos que terminan de perfilar lo que se llama la voz del poeta. El título del libro dice bastante, ‘blues’ es una música que viene de la esclavitud de los afroamericanos en los campos de algodón de EEUU. Gamoneda ha hablado alguna vez de su gusto por esta música. El poeta busca en estas maneras foráneas cómo expresar lo de aquí, lo ‘castellano’. Este libro choca de frente con la censura franquista (hace poco la revista Espacio / Espaço escrito publicaba el informe emitido al respecto) y no se publica hasta 1982. En Blues castellano hay otros ritmos, están la repetición y la pequeña variante; están la conciencia de clase obrera, la alienación en el trabajo; surgen la vergüenza, el miedo y la culpa como sensaciones básicas. “Al hombre cuyo oficio y vigilancia / es la vida, feroz como el mercurio / una bolsa de pena lo acompaña. / Está cansado sobre el propio rastro / como un ave de plomo. Dormiría / sobre todas las cosas: las miserias / y las humillaciones y el olvido.” (p. 108) Una figura fundamental es la madre, con sus manos protectoras, encarnación de un sufrimiento callado del que el hijo toma conciencia: “A las cinco del día, en el invierno, / mi madre iba hasta el borde de mi cama / y me llamaba por mi nombre / y acariciaba mi rostro hasta despertarme.” (p. 99) La luz que predomina en Blues castellano es la de las madrugadas negras, la de las noches de hielo. No hay sol.
 
    Descripción de la mentira aparece en 1977; es la segunda publicación poética en libro de Gamoneda, 17 años después de Sublevación inmóvil, y sale en la colección Provincia, de la Diputación de León, que él mismo fundó. Quiero con esto ejemplificar lo difícil que fue, durante muchos años, la vida editorial de la poesía que hoy celebramos. Si Blues castellano se aparta bastante de las maneras poéticas al uso, en este libro parece que el suelo desaparece bajo los pies de quien escribe, y del lector. La sensación fundamental expresada, que engloba a otras muchas, es quizá el vértigo, el pánico de quien mira atrás y alrededor envuelto en un aire espeso, oscuro, afiebrado. El metro utilizado es el versículo y su mirada, el paisaje que recorren los ojos, el cuerpo del poeta, es un a modo de infierno alucinado que al tiempo, resulta extrañamente familiar: “la tierra hirviendo (aquel clamor sin ruido), y la sustancia encarcelada hirviendo. Una extracción de hombres hacia lugares fosforescentes, hacia los lavaderos comunales, bajo el milano del amanecer” (p. 210). Recuerdos, sensaciones, deseos, miedos, lamentos, sentencias, preguntas… componen un organismo que palpita, que secreta una bilis luminosa capaz de penetrar hasta recovecos del lector que él no sabía antes que tuviera. Descripción de la mentira es un texto que le estalla a uno según lo lee y que transforma, y trastorna, de manera definitiva. El mundo no se ve igual que antes de leerlo. Hay una conciencia que hiere: “Sucio, sucio es el mundo; pero respira. Y tú entras en la habitación como / un animal resplandeciente (…) Los que sabían gemir fueron amordazados por los que resistían la verdad, / pero la verdad conducía a la traición. (…) Obscenidad, dulzura fúnebre, ¿quién no bebe en tus manos amarillas?”. El sujeto poético aparece disgregado.
    Es posible entender el poema como lectura de la atmósfera de la dictadura de Franco, pero su azada, su lápiz, su martillo, su gubia, su bisturí… llegan mucho más lejos en esa veta, atraviesan el tiempo y alcanzan el lugar de las emociones permanentes. Palabras como belladona, cíngulo, yodo, alheña, dátiles, chamariz, aulagas, acónito, almácigos, túnicas, láudano, etc. remiten a un espacio y a un tiempo más allá del histórico, cercano al mito, en el que habita el sujeto del poema, que en su desesperación declara: “Sólo vi luz en las habitaciones de la muerte.” (p. 213)
    Poco a poco, le van llegando reconocimientos al poeta. En 1985 se le concede el Premio Castilla y León de las Letras. En 1986 aparece Lápidas, en Madrid, y en 1987 una primera edición de sus poesías reunidas, Edad, en edición de Miguel Casado, por la que recibe el Premio Nacional de Poesía y que supone un enorme éxito de crítica y público. Por fin, la sociedad descubre la grandeza de la obra de Antonio Gamoneda, cuarenta años después de que empezara a germinar.
    Lápidas supone quizá una atención más reposada sobre el cosmos en el que el poeta ha decidido instalarse. En muchos poemas se explicitan lugares de la ciudad de León y sus alrededores. El pasado al que se mira es el larguísimo, histórico, de la postguerra. Consciente de lo imposible de mantener el ardor de Descripción de la mentira, el poeta baja el ritmo de su diapasón y las evidencias son más palpables, y hay un saber de la hermosura terrible del mundo que se expone: “y la belleza extiende su aceite sobre esos grandes durmientes, sobre sus llagas clamorosas / y la pobreza enseña su majestad corpórea” (p. 213). La luz está en la luminosidad confusa de la memoria: “Hay un mar incesante que desconoce la división del resplandor y la sombra, / y resplandor y sombra existen en la misma sustancia, / en tu niñez habitada por relámpagos.” (p. 235) En cualquier caso, el despliegue de la desolación es implacable: “Ved los símbolos negros: pesan las flores en el corazón y los habitantes de la ciudad viven en vidas del pasado. (Días clavados dentro de los ojos, lenguas que hablan incesantes, como el hierro en círculos.)” (p. 284)
    El Libro del frío aparece en 1992 y empezó a escribirse al acabar Lápidas. Durante un tiempo largo el poeta creyó que era su último libro, el de quien ya no tiene más que hacer. “Hierba de soledad, palomas negras: he llegado, por fin; éste no es mi lugar, pero he llegado.” (p. 313) En una segunda edición, en 2000, en lugar de las restas a que acostumbra en las reimpresiones, incluye una nueva sección, Frío de límites. El ritmo es pausado, los versos breves, las sentencias son quizá más rotundas. Aparece el erotismo de forma palpable en una sección, Pavana impura, forjado de tiempo, dolor y tristezas, además de las previsibles ansias, humedades y lascivia: “Ha venido tu lengua; está en mi boca / como una fruta en la melancolía. // Ten piedad en mi boca, liba, lame, / amor mío, la sombra.” (p. 361)  La luz, esa figura central que atraviesa la obra de Gamoneda, se va cargando de significados diversos, y resulta más compleja: “El animal del llanto lame las sombras de tu madre y tú recuerdas otra edad: no había nada dentro de la luz; sólo sentías la extrañeza de vivir. Luego venía el afilador y su serpiente entraba en tus oídos.” (p. 372) Ahora, con el tiempo, esa luminosidad ha cobrado un espesor inquietante: “Aceite azul sobre tu lengua, semillas negras en tus venas. En los últimos símbolos, ves la pureza sin significado. / Es la ebriedad de la vejez: luz en la luz. Alcohol / sin esperanza.” (p. 399) En realidad esta corporeización ocurre con las figuras que ha ido puliendo el poeta a lo largo de su obra: las manos, las serpientes, la madre, los párpados, el corazón… “¿Es la luz esta sustancia que atraviesan los pájaros?” (p. 403)
    La vida sigue y la poesía va entreverada con la de Antonio Gamoneda. En 1993 empieza a gestarse otro libro que no terminará de cuajar hasta diez años más tarde, Arden las pérdidas. El último verso de El libro del frío dice: “ya sólo hay luz dentro de mis ojos.” (p. 407) El primero de Arden las pérdidas: “La luz hierve debajo de mis párpados.” (p. 413) A estas alturas, uno sospecha que toda su poesía de Antonio Gamoneda conforma en realidad un único libro, como ocurrió con Cernuda y su Realidad y el deseo, o Guillén con Cántico; con la diferencia de que estos poetas desde el principio gestaron esa organización y Gamoneda se ha encontrado con ella al cabo de los años. “Tengo frío bajo un arco que separa la existencia y la luz, / que separa cuanto he olvidado / y la última luz.” (p. 414) Las manos de la madre, protectoras, tan presentes en Blues castellano, reaparecen: “En las iglesias y en las clínicas / vi columnas de luz y uñas de acero / y resistí asido a las manos de mi madre.”  Pero esas manos llevan dentro de sí una luminosidad que lleva al fin al que el poeta no cesa de mirar, de ir hacia él, la muerte: “Vi luz en sus manos, luz / en los cartílagos y las venas. Luego, / descendieron las vértebras y ya / no vi más que eternidad y frío / ciego y azul en la mirada inmóvil.” (p. 428) Medio verso “He atravesado las creencias. (…)” (p. 432) nos lleva de vuelta a Descripción de la mentira: “Así fue nuestra edad: atravesábamos las creencias.” (p. 178) El poeta, el poema, vuelve sobre lo mismo en un movimiento espiral que se abre despacio, como el muelle de un reloj de cuerda, al compás del tiempo, de su vida. La paradoja forma una parte esencial de lo que podría denominarse el pensamiento poético de Gamoneda: “Hay luz dentro de la sombra, cunde / la centella bajo alas inmóviles. // Son mortales las médulas / ocultas en la luz.” (p. 412)
    En el apartado Claridad sin descanso resuenan los ecos, el ritmo ebrio, los hallazgos de medida de Descripción de la mentira. Pero ahora la muerte acapara todo el protagonismo: “Hay sangre en mi pensamiento, escribo sobre lápidas negras. Yo mismo soy el animal extraño. Me reconozco: lame los párpados que ama, lleva en su lengua las sustancias paternales. Soy yo, no hay duda: canta sin voz y se ha sentado a contemplar la muerte, pero no ve más que lámparas y moscas y las leyendas de las cintas fúnebres. A veces, grita en las tardes inmóviles. / Lo invisible está dentro de la luz, pero, ¿arde algo dentro de lo invisible? La imposibilidad es nuestra iglesia. En todo caso, el animal se niega a fatigarse en la agonía.” (p. 462) La luz de dentro del cuerpo incendia, y quema: “Arden los huesos, oigo la fermentación del rocío: alguien llora bajo los árboles roturados. Veo las llagas de la luz, altos patíbulos y serpientes y aceites industriales bajo los lóbulos de las amapolas.” (p. 470) La intensidad de estos textos hiere al lector, y penetra en sus entrañas como una infección. No se vive igual después de pasar por estas páginas.
    De nuevo parece que éste sería el último libro de Gamoneda. Pero la vida sigue y quien fue hijo único sin padre y es padre de tres hijas, es ahora abuelo; y del mismo modo que su madre es un personaje central de su poesía, ahora su nieta protagoniza su libro final, hasta ahora, Cecilia. Quien lleva toda su vida de poeta mirando de frente a la muerte se encuentra, en un momento avanzado de su vida, con un nacimiento, y es un hecho que lo perturba: “Como si te posases en mi corazón y hubiese luz dentro de mis venas y yo enloqueciese dulcemente; todo es cierto en tu claridad: / te has posado en mi corazón, / hay luz dentro de mis venas, / he enloquecido dulcemente.”

    Creo que he hablado demasiado de muerte y muy poco de otros elementos que acompañan y hace realmente grande a esta poesía, debería haber añadido ternura, compasión, carnalidad, canto a los amigos…
    En agosto de 1962 Gamoneda fue reconocido por Leopoldo Panero. En mayo de 2005 el poeta está a punto de cumplir 74 años. Tenemos la suerte de disponer en una edición accesible de su Poesía reunida, y tenemos la fortuna aún mayor de contar hoy aquí con su presencia.


    LUIS MARIGÓMEZ (Texto leído en la Feria del Libro de Valladolid el 2 de mayo de 2005)

NOTAS: 

Gamoneda, Antonio. El cuerpo de los símbolos, Huerga y Fierro, Madrid, 1997.