Isla Kokotero

June 11, 2008

Laberintos de silencio

María José Gil Bonmatí me cedió graciosamente este mes su espacio en la revista Kiliedro, para hablar de poesía. Y la verdad, yo prefiero sus artículos en la sección ‘Los libros que nos cuentan’, que siempre me descubren algo. Pero ahí va la colaboración, que no deja de ser un pequeño muestrario de lo que se puede encontrar en Isla Kokotero:

Kiliedro, revista española de cultura contemporánea

LOS LIBROS DE POESÍA HABLAN, PERO NO CUENTAN

por ELOÍSA OTERO

me he empavorecido, me he engrisado,
me he atardecido,
mi lengua no sabe.

A. Pizarnik
 
    Es curioso cómo abordan el tema de la poesía algunos poetas. Así que, como canta la Mala Rodríguez, “deja que te empape / con lo que yo me empapo”.

    "Si la joven poesía española es buena, irá hacia el fracaso. Esto es: le importará la obra en sí, le importará el silencio creador". Me siguen dando vueltas estas palabras de Vicente Luis Mora, escritor mutante que entiende los libros como “lugares” en los que a veces se encuentran pasadizos (secretos) que comunican unos con otros, o que se abren, a su vez, a otros sitios. "El lenguaje es un laberinto de caminos // un tráfico", dice la poeta gallega Chus Pato.

    La poesía es hoy, quizá más que nunca, una manera radical de pensar el lenguaje.  "El poema es la red donde todas las criaturas / imaginarias caen. / Uno puede coger la red y extenderla / pero en el suelo de la losa de papel / lo que fue nuestro muere. No me interesa nada / de lo que cae en el poema sin romperlo". (María do Cebreiro)

    Pero la poesía, lugar de confluencia y de rotura, tiene también mucho de voz callada y abisal. Música interior. Fosforescencia en las profundidades de un pensamiento súbitamente transformado por la palabra. "Los poemas, aun si brotan de la imagen más aérea, más luminosa y diurna, más visible, bucean y avanzan como un pez hacia un espacio propio y silencioso —lo visible y su luz están también allí”. (Olvido García Valdés)
     “Escribir. La escritura como abs- / tracción. También llenar una botella / con abertura pequeña. O limpiar / la arena del gato. // La voluntad / ausente”. (Chantal Maillard)

    La poesía no puede ser hoy mas que radical, cruce de límites, fronteriza y extraña. Sobre todo en los denominados poemas de amor, que vienen a ser todos. Porque “si te enamoras / te vas y no vuelves. / O llegas / y miras todo / como una extranjera”. (Lupe Gómez)

    En sí, funciona también como metáfora del silencio creador. “No enseñar nada. / Adentrarse en la niebla / de qué mirada”. (José-Miguel Ullán)

    Como resume Adam Zagajewski, “el escritor que lleva un diario íntimo anota en él lo que sabe. En el poema, anota lo que no sabe”. Y algo de eso es lo que hemos anotado aquí, un no saber que se demora, como en las coplas de Juan de Yepes (que diría Gamoneda): “Entreme donde no supe / y quedeme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo. // Yo no supe dónde entraba, / pero cuando allí me vi / sin saber dónde me estaba / grandes cosas entendí / no diré lo que sentí / que me quedé no sabiendo / toda ciencia trascendiendo”.

* NOTA: Aprovechamos para recomendar una vez más, desde aquí, dos estupendas páginas de poesía: www.poesiadigital.es y criticadepoesia.blogspot.com

March 29, 2008

‘Todas las novelas felices son iguales’ / MARÍA JOSÉ GIL BONMATÍ sobre MÓNICA GUTIÉRREZ SANCHO en Kiliedro

TODAS LAS NOVELAS FELICES SON IGUALES
Los libros que nos cuentan
por MARÍA JOSÉ GIL BONMATÍ, en la revista Kiliedro

Mónica Gutiérrez SanchoEste mes voy a arrancar tergiversando a mi favor el famoso comienzo de Ana Karenina, para decir que, hoy por hoy, “todas las novelas felices son iguales”. Y no creo que Tolstoi se ofendiera porque haya cambiado su visión de la familia por la mía de la literatura actual; a fin de cuentas, los vínculos que los lectores creamos con los libros que nos gustan se parecen a los lazos familiares, puesto que, como estos, se alimentan de algún tipo de necesidad.
    Pero ¿qué necesidades tenemos los lectores de hoy? o, dicho de otro modo, ¿qué nos gusta y por qué? Traigo aquí estas preguntas porque pensar en alto abre la posibilidad de que pensemos juntos y, sin embargo, tengo la impresión de que hace ya tiempo que alguien se hace esas preguntas por nosotros sin que nos importe. Y quizás no nos importe porque, como a los niños el catálogo de juguetes de El Corte Inglés, las novelas de hoy parecen dispuestas a proporcionarnos una gran y variada oferta de satisfacciones, incluso de las necesidades que no creíamos tener.
    A eso me refería al hablar de novelas felices, a que nos hemos acostumbrado a que las novelas sean ese espacio que nos permite soñar otra vida en la que, al menos en el tiempo que dura la lectura, podemos vivir emocionantes aventuras, sentir que nuestras virtudes van a tener el reconocimiento que merecen o saber, sin ningún género de dudas, que nuestro príncipe azul está por llegar. Y, a fuerza de lecturas destinadas a satisfacer unos deseos que ya ni siquiera sabemos si son propios o ajenos, hasta hemos llegado a convencernos de que es posible que algún día, por qué no, ese tipo de justicia novelesca nos alcance.
    Sin embargo, mientras tanto, medio escondidas entre las torres de novedades, unas pocas novelas ‘infelices’ siguen buscando despertarnos, como diría Tolstoi, cada una a su manera. Si vuelves te contaré un secreto, la primera novela de Mónica Gutiérrez Sancho, publicada por Caballo de Troya, es precisamente, aunque parezca un contrasentido, una novela infeliz para los lectores felices de hoy. Porque solo podremos escuchar ese secreto del que habla su argumento si sabemos leer en la historia de sus personajes nuestra propia historia de necesidades y satisfacciones lectoras.
    Si vuelves te contaré un secreto habla –y deshago así un secreto que, en realidad, aquí más que con el misterio tiene que ver con lo que uno preferiría no saber– sobre la felicidad posible y las posibilidades de esa felicidad, y lo hace a través de unos personajes anodinos y comunes, como somos todos en definitiva, que ven llegada esa oportunidad de otra vida posible. Poco a poco, sin embargo, a ritmo de una música de jazz que se encarga de recordarnos que la felicidad siempre pasa de lado y casi sin ser vista, iremos descubriendo junto a los personajes de qué está hecho ese territorio de las oportunidades y, en definitiva, que la esperanza –lícita– de una vida mejor nunca será lo mismo que el necio consuelo de unos sueños imposibles.

March 4, 2008

En casa de Emejota / ‘Una soledad demasiado ruidosa’, de BOHUMIL HRABAL

María José Gil Bonmatí y Eloísa Otero

 Esta foto nos la hizo Lola Velasco, en 1991 o así…
…bajo un grabado de ¿Kima?

Emejota mantiene actualmente una estupenda sección en la revista Kiliedro:
"Los libros que nos cuentan"

UNA SOLEDAD DEMASIADO RUIDOSA 

"Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, curante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos. (…)"

BOHUMIL HRABAL 

December 10, 2006

MARÍA JOSÉ GIL BONMATÍ sobre LOLITA BOSCH

 Lolita Bosch

"A través de los fragmentos de un álbum de recuerdos, de algunos gestos aparentemente escogidos por el azar de la memoria, a través de palabras y frases prestadas cuando las propias se vuelven escasas, la protagonista irá desgranando su relato con la voz firme de quien quiere saber, pero con el tono vacilante de quien siente que intentar explicar algunas cosas es traicionarlas". 

Me gustan las críticas de María José Gil Bonmatí, a quien ha fichado la revista de literatura (digital) Kiliedro (donde tiene una sección titulada ‘Los libros que nos cuentan’). Cada vez que MJ Gil recomienda una novela es por algo. La cita anterior pertenece a una reflexión suya, publicada en el suplemento Caballo Verde, sobre ‘La persona que fuimos’ (Mondadori), un libro de Lolita Bosch:

     No resulta fácil hoy por hoy –aunque, soy consciente, haría falta– dibujar un mapa de las corrientes narrativas por las que transitan los autores jóvenes que cada día surgen, y con mayor o menor eco, y necesidad de tenerlo, se suman al confuso panorama literario. Sin embargo, creo que es posible, y que ayuda a orientarse, trazar una frontera entre dos tipos de escritores o intenciones narrativas: por un lado, aquellos que piensan que tienen algo que contar, y, por otro, aquellos que desconfían de que lo que nos ocurre –y de lo que se alimenta la literatura– pueda realmente ser contado. Sin duda, Lolita Bosch, recientemente aparecida en el panorama literario con el extraño aroma de sus Tres historias europeas (Caballo de Troya, 2005) y que acaba de publicar la también extrañamente conmovedora novela corta La persona que fuimos, pertenece a ese territorio de los que, desconfiados tanto del mundo que nos cuentan como de su propia mirada sobre él, se asoman con perplejidad a una realidad que necesitan explicarse.

    La persona que fuimos, hermoso título que apunta en la doble dirección de lo que el tiempo –y no siempre nosotros– va dejándonos atrás y, de otra parte, de lo que hemos sido alguna vez –y tampoco siempre nosotros– con alguien, cuenta una de esas historias de amor que intenta terminarse aun cuando ya está terminada. Y veo que acabo de decir «una de esas historias» como si hubiera otras, y me corrijo, porque, en realidad, de lo que habla la protagonista de La persona que fuimos –y resuena inevitablemente en las que los lectores podemos haber sido– es precisamente de la necesidad de entender, en medio de las contradicciones que dibujan nuestros miedos y caprichos, cómo, cuándo y por qué dejamos de ser esa ‘persona que fuimos’.

    Una llamada, al cabo de cinco años, hecha con la determinación de quien ha aprendido en ese tiempo que, para poder olvidar, es necesario no olvidar primero, es el resorte para que la protagonista empiece a contarnos ⎯y a contarse⎯ su historia con G. O lo que es lo mismo, su historia sin G. A través de los fragmentos de un álbum de recuerdos, de algunos gestos aparentemente escogidos por el azar de la memoria, a través de palabras y frases prestadas cuando las propias se vuelven escasas, la protagonista irá desgranando su relato con la voz firme de quien quiere saber, pero con el tono vacilante de quien siente que intentar explicar algunas cosas es traicionarlas. Quizás por eso, más que contar, en el sentido anecdótico del término, lo que el relato de Lolita Bosch consigue, con una eficacia que resulta sorprendente, es hacernos pisar las huellas de un daño que, bien ganado y bien sufrido, y ahora ya, por fin, casi homenajeado con esta despedida, hace diana en el sentimiento cómplice de que podría haber sido o llegar a ser el nuestro.


    MARÍA JOSÉ GIL BONMATÍ






















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