Qué lujo ibérico aquellas columnas de JOSÉ MIGUEL ULLÁN…
… pues sí, qué lujo, como cuando estuvo en el suplemento Culturas de Diario 16, o en el ABC cultural (y no sólo por Ullán, sino por los colaboradores a los que dio cuartel). ¡Quién pudiera volver a encontrarse una columna así cada semana!. Las devorábamos. Tan bien hiladas que están (todavía sorprende), hable de lo que hable. Especiales.
Tuve el privilegio de aparecer en una de ellas. Ese día me llamaron todos los amigos que la leyeron, desde Burgos a la Conchinchina: "¡Tía, que sales en la columna de Ullán!".
Ayer la encontré, con otros tesoros, en la caja de las cosas perdidas (debería decir la caja de los imperdibles, más bien), mientras buscaba un viejo artículo de Manuel Rivas sobre Ferrín. Me encantó toparme con ella. Y vuelvo a devorar ahora las viejas columnas de Ullán, que acaba de reunir su obra completa en el libro Ondulaciones (Galaxia-Gutenberg / Círculo de Lectores, con estudio-introducción de Miguel Casado)–. Resulta que tengo a mano otro libro libro titulado Como lo oyes (Articulaciones) –Ed. Dossoles, Crítica, Burgos, 2005–, en el que se reúne una selección de las columnas que José Miguel Ullán publicó semanalmente en El País, entre abril de 1994 y julio de 1998, y que constituyeron un espacio singular en la prensa española que debería estudiarse en las facultades de Periodismo.
Por asociación, el lujo de encontrar la columna de José- Miguel Ullán me llevó también a empaparme de la Mala Rodríguez, que llevaba tiempo sin escuchar ni rapear.

Dedicatoria del libro "Ni mu" de JOSÉ MIGUEL ULLÁN:
"El autor le dedica Ni mu, secuencia muda ("¿qué no decirte, / en fin, / a estas alturas y a renglón seguido?") a Manuel Ferro. Y, de paso, aclara que el poema se fue haciendo al son contagioso de la Mala Rodríguez, en su disco Lujo ibérico, y al fluir de su palabreo: Deja que te empape / con lo que yo me empapo… Por lo demás…."
* * *
Pero ahí va el artículo de El País (26 de abril de 1996):
De vértigo
Por JOSÉ-MIGUEL ULLÁN
Pasa por Madrid el novelista libanés Rafic Harès, huyendo de los bombardeos, y aún conserva agudeza y templanza para observar que en España la gente se desploma, a menudo, sin más, en plena calle, venga o no venga a cuento. Y a cuento viene su observación, pues antes yo le había preguntado: "Después de 15 años sin pisar por aquí, ¿cómo ves ahora esto?". Me acordé de Ved Mehta preguntándole a Ludwig Wittgenstein: "¿Cuál es su meta filosófica?". Y volví a estremecerme con la madre de todas las respuestas que uno no quisiera escuchar, sino decir: "Mostrarle a la mosca la salida del frasco". Pero acordarse y estremecerse son sensaciones que siempre llegan tarde, con lo que Harès tuvo su tiempo para mostrarme su sorpresa: "Son muchas las personas que van caminando tan tranquilas y, de pronto, ¡zas!, caen redondas". Y le extraña muchísimo que no se hable de ello en las tertulias radiofónicas, en los copiosos programas sociológicos de las televisiones o en las columnas razonables de los periódicos. No me extrañaría que tuviese razón. A lo mejor hemos perdido el racial equilibrio y, turbados, ni llegamos a ver que otros pierden la vista, la cabeza y hasta el sentido. Rafic Harès, a todo esto, ayer tarde se fue a París y, desde allí, es bastante probable que se extienda la idea de que España está al borde del síncope, precisamente ahora cuando no pasa nada de nada y a nadie se le ocurre pensar en otra cosa que no sea cómo salir del frasco en el puente florido de mayo.
Desmayarse no está mal, como los curas no ignoran, pero todavía es peor no caer en la cuenta. Acongojado, he pensado por un instante o dos en escribirle una carta a Eloísa Otero, que acaba de publicar un tembloroso y venenoso libro de poemas, Cartas celtas, en la colección Provincia, de León. Pero la facilidad me ha llevado a descolgar el teléfono para hablar con Martín Casariego, que también acaba de publicar nueva novela, Mi precio es ninguno (Plaza & Janés, Barcelona), trepidante y feliz por encima de todas las desdichas pasajeras. Casariego le da la razón a Rafic Harès, pues, en efecto, él mismo se había olido el fenómeno, aunque pensó que era exclusivo de adolescentes y no cosa mayormente española. El pintor Rodrigo, a quien llamé a continuación, opina que él está con María Zambrano en que tales caídas en picado ocurren porque, en realidad, tenemos varias almas en un solo cuerpo y es propio de esas almas enzarzarse en discordias sin ni siquiera percibir que cuerpos hay, en fin, que no lo aguantan.
Tal vez lo más curioso sea que, en esta feria finisecular de sensaciones a ras de tierra, no hubiesen ya previsto los viejos escritores que esto era lo que venía. Don Gaspar Núñez de Arce, ministro modernista de Ultramar en el Gabinete de Sagasta y declamado a la perfección por Rafael Calvo, tuvo el insigne mérito de adelantarse al aturdimiento nacional, que colea, con sólo darle por escribir El vértigo. Luego, en 1919, hizo buen uso de ese mismo título el argentino Armando Discépolo, hermano del famoso autor de tangos, figura alto aturdida del boedismo. En un alarde de coherencia, 10 años más tarde, el propio Armando escribió el drama titulado ¡Levántate y anda! Y en pleno Mayo del 68, más o menos, un boliviano, Gastón Suárez, pisaba la moralizante escena con su otra Vértigo o el perro vivo. O sea, que aquí no hay nada peor que haber perdido el hilo de la tradición con tanto decir amarla.
Dan vahídos. Y, según Rafic Harès, que lo andará contando por París, las que más se desploman aquí son las mujeres. De ahí que me haya ido a ver a las hermanas Ten. Y las dos coinciden, entonadas, en no achacárselo a la prueba gratuita de carne de vaca loca ni al ejemplo de Ana García Obregón. Ellas me hablan de vértigo doméstico, que las mujeres no se atreven a consumar en la cocina, pero que luego, al ir tan ricamente por la calle, les viene a la cabeza… y cataplaf. Me dejan la pregunta machacada: " ¿Tú crees que se puede resistir, impunemente, día tras día, la visión de una espumadera plastificada, renegrida por culpa del dichoso ragout recomendado por Arguiñano?".
Por qué no voy a luchar
La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO


