DIURNO DE CHILE
Por MIGUEL MARINAS
En todo viaje hay pérdida y encuentro. Se deja atrás más de lo que uno premedita, se quedan las formas cotidianas viviendo sin uno. Es la soledad del avión. Como ir sin piel, a la búsqueda de otra rutina en el punto de destino.
En éste se halla también más de lo prometido: el país, la ciudad, la gente, el grupo con el que uno se encuentra, son más que lo anticipado. Son, propiamente hablando, otra cosa. Bajo los mismos nombres hay mudanzas. Y también hay nombres y presencias nuevas. Chile limita al norte con el Perú / Y con el cabo de Hornos limita al sur.
Las horas, las estaciones
Chile está lejos, pero no más que otros lugares. Trece horas de avión, pero cuatro de diferencia horaria. Ese es el misterio de los tiempos diversos y simultáneos con los que casi estamos acostumbrados a vivir. La redondez de la tierra, la sincronía de las distancias.
La luz deslumbra porque es verano, casi, y uno llega del invierno. El verdor es pujante, de estreno, sin mezcla de sepias ni oros. Sólo en la mañana, el cerro de Santa Lucía juega a agazaparse en el nimbo otoñal, pero le dura poco. Se dispara la luz y se descubren las siluetas potentes de los árboles, arbustos, hojas, el trenzado misterioso que aísla al parque de la ciudad que lo rodea de forma tan ceñida que lo convierte en un parque urbano, cuando es un lugar de distancia y misterio.
Las horas que en el telefonillo pueden verse a simultáneo: qué hora es en Madrid, qué hora en Munich, qué hora en Chicago, qué hora en México, circulan con la misma parsimonia sin tregua del supuesto Tiempo universal. Pero en el fondo del sueño, en la constelación del despertar, cabe una espina de duda: ¿cómo puede ser que vivamos en tantos tiempos diversos, a la vez?
Es la pregunta que resolvió el comienzo del sigo XX, cuando decretó que hay otros mundos, pero están en este; que hay otros tiempos pero gravitan sobre este instante. Ahora.
Otra cosa son las estaciones. Mudan dándose el relevo. Sobre las últimas señales del otoño de Madrid se trenza la despedida de la primavera andina. El campo abierto, el colosal despojamiento de la cordillera, es el lugar de reunión de los tiempos. Allí se dan cita, en increíble lucha mortal, sin testigos, invierno y verano.
Transmisión
Qué llega a quién y cómo, de lo que uno transmite. El espacio del seminario, decía Barthes, es falansteriano. En el circulan siempre saberes, pero también posiciones de los sujetos, lo incierto de la representación y lo indiscernido del deseo.
Llega una estudiante de Antofagasta como el testigo de un mundo distante y presente que merodea las ciudades. En realidad nadie merodea ninguna ciudad en este país que tiene 4000 kilómetros de largo (de Madrid a la India, casi). Alguien viene del norte, a tiro hecho, a Santiago o a Viña. A este merodeo celebrado lo llama Lucho, el tabú del incesto académico.
Al acabar el seminario sobre El malestar en la sociedad de consumo, una señora madura, venerable, atenta, me interpela:
—¿Sabe quien tiene resueltas todas estas contradicciones que usted plantea? ¡Mao Zedong!
—¿El gran timonel?— replico yo, entre sorprendido y zumbón.
—El mismo.
—Pues tendré que volverlo a leer.
En medio de las preguntas, se encadenan las de Gisela: sobre productos de consumo, sobre la mujer dimidiada, sobre la mística, sobre…Los esquemas del llamado Power Point permiten algunas excursiones a los ejemplos vitales y a las cuestiones que desbordan las disciplinas.
Seguramente eso es lo que llega, lo que va y viene. Haciendo vínculo.
Congreso
La convocatoria principal es un congreso titulado Marx 160 años del Manifiesto. Es un pretexto decidido y cuidadoso para revisar la obra de un autor vivo. De toda una escritura. De un extemporáneo al que se puede leer todavía como a un clásico. Porque tiene un texto abierto, peleón, docto, rabioso, un texto joven. Y, al mismo tiempo, carga con la etiqueta del prohibido, del peligroso (estamos en Chile). Existe, sigue existiendo una mirada comprometida, militante, a la búsqueda de razones o de formulaciones sólidas para un sentimiento libertario que no niega las contradicciones sangrantes del presente.
La mirada militante latinoamericana. La sensibilidad de quien toma las teorías como posible bagaje para la vida.
El ritual del congreso impone sus modulaciones. Su subir y bajar escaleras, ocupar butacas, comer por grupos, entrar en una vida cotidiana como de convalecientes de balneario.
Los retazos que quedan son nítidos. La presentación del campo de problemas es brillante y alentadora, a cargo de Nelly Richards. La rotundidad de las ponencias que abren lecturas (Etienne Balibar), lo demasiado académico del venerable Martin Jay. Los paralelismos de las búsquedas (Christian Retamal, a quien presento, además de sus títulos académicos, como amigo mío). La presencia sabia de Eduardo Sabrowsky. La intervención sagaz de Francisca Pérez Prado, que interviene como feminista y psicoanalista en una mesa de propuestas gay, y se cuestiona sobre el sentido del término “Manifiesto”.
Y un grupo numeroso de jóvenes de discurso apretado, sin sujeto que enuncia, como si fueran nietos de Althusser —a quien no sé si han leído— y que con unos pocos autores contemporáneos (Laclau, Negri) arman una escolástica un tanto cerrada y autosatisfecha, sin ventanas a la calle.
—Hay Marx para rato, dice, al concluir, Sabrowsky.
Hay otros congresos paralelos. Uno lo forma la reunión para celebrar, en casa de uno de los componentes de Las yeguas del Apocalipsis, Francisco Casas que, con Pedro Lemebel (para Bolaños, el mejor poeta de su generación) fundaron en la dictadura pinochetista una firma gay de intervención, arte, fotografía, escritura, cuya valentía y talento se siguen admirando.
El otro congreso simultáneo, efímero y feliz, es la celebración del 100 cumpleaños de Claude Lévi-Strauss. Con un grupo de treintañeros, profesores de ciencias sociales, convocados por Marjorie Murray, nuestra estudiosa en Madrid de las culturas materiales de varias familias, de varias redes. Nuestra Oscar Lewis particular.
Un asadito y mucha risa. Algunas citas de los propios libros en boca de lectores tan inteligentes como irrespetuosos. Compartir la capacidad de sorprenderse, de anular las jergas académicas, de llamar a las cosas por su nombre.
Cerro
Tan cerca de las casas y las calles y tan distante en sí mismo. Un lado da sobre la calle de nombre desmesurado, Victoria Subercaseaux, en donde vivieron los Allende antes de que empezara todo. Otro sobre la O’Higgins, otro sobre la Alameda. No alcanzo bien a precisar el perímetro. El cerro Santa Lucía es un espacio mágico, delicadamente trazado, construido con palacetes de ladrillo, con jardines británicos que pasan misteriosamente por franceses (a Vicuña Makenna, su promotor le acusaron de afrancesado), con explanadas en desnivel como bancales refinados, con kioskos, marquesinas. Es un respiro, un lugar de abducción, una trama vegetal para ir directamente al país de los cuentos fantásticos. Disfrazada de parque de recreo, es la otra escena de la ciudad, temida y anhelada.
Esperando la aparición de la Bella y la Bestia al merodear el castillo, Sanhueza, mi guía, recomienda no exponerse al sol.
De Bolaño, lo nuestro
Traigo un par de libros uno de Bolaño, Entre paréntesis, que contiene sus columnas de prensa gerundense, los pregones de fiestas en Blanes, diario de su vuelta a Chile veinticinco años después, cientos de libros leídos y comentados. Y otro sobre Bolaño, Bolaño Salvaje, colección de testimonios de sus amigos, recogida por Paz y Faverón, más un CD con su viuda Carolina y otros escritores: Vila Matas, Fresán, Villoro, etc.
Sigo admirando la potente vitalidad, literaria y de la otra, la astucia minuciosa, la pasión de revolver entre todas las escrituras, clásicas, de ahora, altas o triviales, con la pluma en la mano. Una pluma tan sólida y certera, tan liviana en apariencia. Una reverberación de la vida que se fue y que sigue su pulsación en los cuadros de este libro. Retador, amistoso, vandálico. Capaz de hacer vivir, mejor que en el original, el gesto de Borges, o sea de un clásico:
”La historia es así. Borges va al teatro a ver una representación de Macbeth. La traducción es infame, la puesta en escena es infame, los actores son infames, la escenografía es infame. Hasta las butacas del teatro son incomodísimas. Sin embargo, cuando se apagan las luces y comienza la obra, el espectador, Borges uno de ellos, vuelve a sumergirse en el destino de aquellos seres que atraviesan el tiempo y vuelve a temblar con aquello que a falta de otra palabra mejor llamamos magia”.
Llaman la atención muchos párrafos, redondos, fugaces. Pero retengo lo nuestro. Dos alusiones a Miguel Casado y a Olvido García Valdés. Miguel Casado, poeta, reseña a "uno de mis poetas favoritos”, con quien se escribe y lee sus poemarios, aprecia su sobriedad, su altura: “entonces, para adaptarse al ancho de vía se detiene el tren, y justo en ese momento, antes de llegar a su destino geográfico pero habiendo llegado sobradamente a su destino creativo, se detiene el poema”. La poeta Olvido García Valdés narra el encuentro con aquella a quien conoce en Toledo, (como en persona a Miguel) adonde llega de visita con la familia, y con quien dice no compartir lecturas ni autores, pero cuyos libros le sorprenden y le conquistan. Como lo hace el paseo toledano exhaustivo, amistoso. Y que Olvido le compra a Lautaro, el chavalín, “en la primera juguetería que pasamos… tres juguetes”.
Ay, Allende: hay Allende
Para seguir descifrando qué se nos perdió en Chile —pregunta que vuelve una y otra vez— leo dos libros sobre Allende. Uno de la excelente periodista recién desaparecida Patricia Verdugo, Allende: cómo la Casa Blanca provocó su muerte, donde se recogen de manera sobria y precisa los papeles de la CIA desclasificados por orden de Clinton, y se asiste a un plan implacable que comienza al menos diez años del Allende Presidente. El otro, de un periodista y colaborador de su entorno, Eduarda Labarca, Salvador Allende. Biografía sentimental, abundante y muy bien documentado: en él aparece un Allende humano, demasiado humano, requebrador de damas y correspondido por ellas, pero sobre todo inmerso en el pulso de una multitud de retos, problemas, alianzas, logros, derrotas, vistas todas ellas desde el lado de la intimidad. La construcción de un antihéroe (un ser humano republicano, coqueto, seductor, frágil, padre, amigo, esposo, vecino de varias ciudades, enamorado de numerosos amores) en el bulto de la estatua que Allende mismo se encargó en sus últimos tiempos de publicitar, de modo trágicamente sublime: “Toca este brazo, es carne de estatua”, decía, “mira estas manos, son historia”.

Diurno de Chile, porque hay una ganancia en luz. Incluso la que ilumina a la vez la construcción de una cultura democrática y la persistencia de la animadversión de clase.
Luz de mediodía en las pendientes que descienden a Valparaíso. Fulgor de la Playa Grande de Quintay. Cocuyos encendidos de la tarde que señalan las costas de Reñaca y de Concón.
Ante la llegada de la noche, diciendo adiós a los amigos, la despedida irónica, con voz susurrada, de Claudia:
—Bueno, cuídate… En realidad no te cuides nada, ¿por qué hay que cuidarse tanto?
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