‘La paz del abismo’, por SUSANA BARRAGUÉS

La daza de Siva: Ensayos sobre arte y cultura india

“El arte no está en el lienzo, sino en el corazón, y su cualidad más importante es la de ser capaz de tocar los resortes más íntimos del individuo haciéndole vibrar.” Esta idea se conjuga en la teoría india de rasa, el primer sistema organizado de valoración estética que surgió en la India.
Rasa es un término que significa “sabor”, “gusto”, de lo estético: la emoción estética o el poder evocador de la obra. Rasa hace referencia al estado subjetivo que el espectador experimenta ante la obra y que le permite vivir una experiencia idéntica a la de la iluminación budista (nirvana) o la liberación brahmánica (moksa). Una emoción que no puede explicarse ni demostrarse, que hay que experimentar, “que palpita en torno de nosotros, entra en nuestro corazón, lo invade, y hace desaparecer por completo toda otra sensación”.
Según Visvanãtha, “es una experiencia pura, indivisible, que se manifiesta por ella misma, compuesta por igual de alegría y de consciencia, inconfundible con ninguna otra percepción; es, en definitiva, la hermana gemela de la experiencia mística y su auténtica esencia es el sentimiento de admiración y asombro suprasensual (lokot-tara).

Coomaraswamy reclama el papel del arte como parte fundamental de la vida cotidiana; destaca la finalidad práctica del arte indio, su carácter esencialmente utilitario, mágico y protector, reinvidica la importancia de la artesanía y rechaza los objetos artísticos fruto de la moda, que no responden a las necesidades de la sociedad. El arte, como la filosofía, en la India, no responde a especulaciones abstractas, restringidas al ámbito de unos pocos intelectuales, sino que es una disciplina eminentemente práctica que ayuda al hombre a desenvolverse en su vida diaria y que es tan necesaria como el pan de cada día.

El artista (en cualquiera de sus variados y significativos nombres: sadhaka, mantri o yogi) debe retirarse a un lugar solitario después de una ceremonia de purificación. Allí celebrará el oficio sétuple, que comienza con la invocación a las huestes de los budas y los bodhisattavas, a los que dedica una ofrenda de flores reales o imaginarias. A continuación debe lograr con el pensamiento los cuatro estados de ánimo infinitos: la amistad, la compasión, la simpatía y la imparcialidad. Después meditará sobre el vacío —sunyata, o la no existencia de todas las cosas, pues se dice que “el fuego del abismo destruirá para siempre los cinco factores” de la conciencia del ego. Este tipo de ideas es frecuente en la estética moderna: según Goethe, el que alcanza la visión de la belleza se libera de sí mismo, Riciotto Canudo señala que el secreto de todas las artes es el abandono de uno mismo, y Lawrence Binyon afirma que “también nosotros debemos vaciar nuestros seres, para que la gran alma del universo pueda llenarnos con su aliento”.
Sólo entonces debe el artista invocar a la divinidad deseada mediante la pronunciación de la palabra adecuada —bija— identificándose plenamente con la divinidad que ha de ser representada. Por último, es al pronunciarse el dhyana mantra que describe los atributos de la divinidad cuando ésta se hace visible “como un reflejo” o “como un sueño”, siendo esta imagen brillante la que servirá al artista como modelo.

En cualquier lugar de Oriente donde el pensamiento hindú o budista haya calado lo suficiente, existe la firme convicción de que la mente concentrada y dirigida hacia un punto tienen acceso directo a toda clase de conocimiento, sin necesidad de la intervención directa de los sentidos. Es probable que todos los inventores, artistas, científicos y matemáticos hayan tenido más o menos contacto con esta realidad a través de sus experiencias personales. El yoga —unión— no debe entenderse como un mero ejercicio mental o como una disciplina religiosa, sino como la preparación práctica más efectiva para acometer cualquier empresa. Hanuman, por ejemplo, antes de comenzar la búsqueda de Sita por el bosque de Asoka, “rezó a los dioses y recorrió el bosque con su imaginación hasta encontrarla”; sólo entonces saltó desde las murallas de Lanka como una flecha de un arco, adentrándose en carne y hueso en el bosque.

Sólo cuando miramos al pasado como filósofos más que como artistas, (o, si somos también artistas —una rara combinación— más con el lado filosófico que con el estético de nuestra mente), percibimos la belleza de una obra de arte como algo independiente de su tema, tendiendo entonces a olvidar que la belleza nunca se ha alcanzado si no es gracias a la necesidad que alguien siente de tratar un tema determinado. Nos sentamos a pintar un cuadro bello, o nos levantamos a bailar sin que haya nada en nosotros que nos haga sentir que algo deba ser dicho, dicho claramente y a toda costa, y aún nos sorprendemos de que el resultado sea insípido y carente de convicción.

La poesía puede contribuir a la consecución de todos o alguno de los cuatro fines de la vida que todo hindú debe superar a lo largo de la existencia, es decir, el kãma (el amor físico y el placer de los sentidos), artha (la organización de la familia y la casta), drama (la observación de la ley moral) y moksa (la liberación o realización del más alto grado de la conciencia).
Una palabra aislada empleada y comprendida correctamente es como un cuerno de la abundancia, pues aporta toda clase de riquezas (…)
¿Cuál es elemento esencial de la poesía? Para algunos autores es el estilo, las figuras poéticas o la capacidad para sugerir. Pero los más grandes escritores rechazan estas ideas y coinciden en que el elemento esencial de la poesía es lo que ellos denominan rasa o gusto. Junto a este término, equivalente a la belleza o a la emoción estética en su estricto sentido filosófico, debemos considerar el adjetivo que de él deriva: rasavant, “dotado de rasa”, que se aplica a las obras de arte y también el sustantivo derivado rasita, “el que disfruta de rasa”, el conocedor o el amante, y por último, rasãvãdana, “saborear rasa”, es decir, la contemplación estética. Según Visvanãtha, el disfrute de rasa, la visión de la belleza, puede ser apreciado “tan sólo por aquellos que con capaces de ello”, y citando a Dharmadatta afirma que “en el teatro, los que carecen de imaginación son como las piezas de madera, los muros o las piedras”. De todos es sabido que es posible que un hombre dedique toda su vida al estudio de arte sin haber experimentado jamás la emoción estética. (….) La capacidad y el genio necesarios para esta apreciación son, en parte, innatos (antiguos) y en parte, adquiridos (contemporáneos), pero la educación por sí sola no sirve de nada; así como nace el poeta, así nace también el rasita, de modo que la crítica es también una forma de genialidad.
Es evidente que en la teoría india la finalidad del arte no es la de ser instructivo. Dhanamjaya se muestra bastante sarcástico en este punto. Dedica un homenaje a todo hombre simple y de poca inteligencia para quien el único beneficio de las obras de teatro que destilan alegría es el conocimiento, como en el caso de la historia y las otras ciencias similares (mera exposición, narración o ilustración), porque este hombre le ha vuelto la espalda al auténtico deleite.
La apreciación de la belleza por parte del espectador depende del esfuerzo de su propia imaginación, “al igual que los niños cuando juegan con elefantes de barro.”

La emoción estética —rasavada— no puede ser objeto de conocimiento, ya que su percepción es inseparable de su existencia: la belleza no tiene otra existencia que su percepción. Sin embargo, no por ello debe considerarse que sea eterna en el tiempo, o que pueda ser interrumpida, pues, en realidad, es atemporal. Como ya he señalado, es suprasensual, está por encima de la física (alaukika) y la única prueba de su existencia se encuentra en su experiencia.
(Las fotos son de Diego González y Susana Barragués)










La bitácora de poesía y cosas aledañas de ELOÍSA OTERO

