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El método Coué
de JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES
El método Coué [pronúnciese «cué» ] es una novela que, en palabras de Antonio Colinas, bebe de las fuentes clásicas, por estilo y concepción, pero además es un libro de su tiempo, como demuestra el hecho –hoy día aún insólito– de ser una novela que surgió de internet. Descubierta por el editor Max Lacruz a través del blog del autor, el libro recrea una historia real, la aventura de Manuel Llamazares –un antepasado del escritor– durante la Segunda Guerra Mundial. Y Editorial Funambulista apuesta por esta novela y decide producir un book-trailer promocional, dirigido por el cineasta José Luis Santos, que también se difunde a través de la red. Está disponible en la web www.elmetodocoue.com, donde puede encontrarse más información sobre la novela y espacios especialmente ideados para la participación del público, como un novedoso sistema de videoreseñas, en el que cualquier lector puede grabar y añadir un video con sus propias opiniones.
Argumento.– A principios del siglo XX, el psicólogo francés Émile Coué ideó una peculiar terapia, capaz de materializar el poder de la mente. El paciente ha de repetirse cada mañana: «Hoy me siento mejor, me encuentro mucho mejor…». A través de ese curioso método –que da título a la novela– aseguraba que era posible la curación de enfermedades, incluso graves. El empecinamiento a la hora de modelar la realidad será una constante en la singular peripecia del protagonista de esta historia, inspirada en hechos reales. El joven Manuel Llamazares, piloto de la Escuadrilla Azul –unidad aérea española que combatió junto a los alemanes en la II Guerra Mundial– deja atrás en 1941 una España rota y sumida en la posguerra, para vivir el apogeo de la Alemania nazi, primero como aviador en el Frente de Moscú y posteriormente como personal diplomático en la embajada española en Berlín. Allí descubrirá el mundo de los corresponsales extranjeros (a medio camino entre la literatura y el espionaje) y conocerá a una bella alemana, Claudia Stolz, secretaria en el Ministerio de Propaganda, de la que acabará enamorándose. Pero este paseo por el amor y la muerte le conducirá hasta la Prinz-Albrechtstraße, sede de la temible Gestapo…
El autor.– JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES nació en León en 1973 y estudió en las Universidades de León, Colonia y Cantabria. Es titulado en Biblioteconomía, Lingüística y Tecnologías de la Información. En los años noventa inició una prometedora carrera, con algunos premios literarios y pequeñas publicaciones de difusión local y regional, pero abandonó la escritura para trabajar como documentalista en Colonia (Alemania), como periodista en La Bañeza (León) y posteriormente como editor en Santander, donde reside desde 2004. Actualmente es columnista del diario Alerta, y en internet mantiene el blog Cómo ser nadie.
Tras más de diez años de silencio narrativo, con El método Coué, su primera novela, reinventa una antigua historia familiar, la aventura de un legendario tío abuelo al que no llegó a conocer.
¿Quién dice que en 1938 nadie se enteraba ni existía conciencia en el mundo de lo que ocurría en la Alemania nazi?
cuando su autora tenía ya 91 años. Katherine Kressmann murió un año después, en 1996. Había nacido en Portland, Oregón, y cuando en 1938 publicó esta pequeña novela el editor pensó que la historia era demasiado dura para aparecer firmada por una mujer, por lo que se publicó con el seudónimo de Kressmann Taylor, nombre profesional que ella aceptó y conservó el resto de su vida.El relato está basado en las cartas que se intercambian un judío estadounidense que vive en San Francisco, Max Eisenstein, y su antiguo socio, Martin Schulse. Dos amigos que se querían como hermanos, y que juntos habían abierto una galería de arte en California. Cuando en 1932 Martin decide regresar a Alemania con su familia, Max se quedará a ocuparse del negocio. Desde el primer día se escriben cartas, pero cuando Hitler asciende al poder en 1933, la tierna complicidad de la primera correspondencia empieza a bascular hacia el horror. Con admirable economía de medios, este breve epistolario retrata el horror ideológico de la Alemania nazi y, al mismo tiempo, la mecánica intemporal que separa a víctimas y verdugos. A través de las cartas se va dibujando la situación política de Alemania, describiendo la tragedia íntima y colectiva del nazismo y del Holocausto.
Un libro visionario, incisivo y con un final imprevisible, que contiene un mensaje de advertencia estremecedor.
Editado en España por RBA, su lectura es absolutamente recomendable.
"Cada 21 de marzo una esquela en el diario el País. Y ante tanta originalidad más de uno ha pensado en un mensaje en clave, de la CIA incluso" (…).
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Para leer la historia, haz click en:
El bolsillo del albornoz lleno de notas.
NOVEDADES
Muchas veces no nos da tiempo a reflejar las novedades de algunas de las editoriales más activas e interesantes del panorama literario, como Calambur o Bartleby.
En esta ocasión, Calambur ha coeditado, junto con la Universidad de Concepción (Chile), ‘Lima la horrible’, de Sebastián Salazar Bondy, una indudable referencia de la literatura peruana de los años 60 y que ahora, 45 años después de su primera edición, está más accesible al lector español.
Esperamos sea de vuestro interés
Calambur Editorial
SEBASTIÁN SALAZAR BONDY
Lima la horrible
Obra coeditada con la Universidad de Concepción, Chile
Madrid, 2008. 148 págs.
ISBN 978-956-227-321-3.
15,00 €
De la mano de Editorial Calambur llega al lector español ‘Lima la horrible’, de Sebastián Salazar Bondy, título que hizo fortuna y se convirtió en una de las referencias de la literatura peruana de los 60.
Salazar Bondy, poeta, dramaturgo y prosista, consiguió su mayor fama gracias a este libro, que escribió desde Buenos Aires. Desde la perspectiva de aquella distancia, Salazar Bondy hizo un retrato muy personal de Lima. Un retrato desde un punto de vista muy particular, pues todo el libro es una diatriba contra el “Mito de la Arcadia Colonial”.
Salazar Bondy pasa revista a la arquitectura y el urbanismo de Lima, a sus costumbres, a sus músicas. En definitiva, a toda la tradición del criollismo limeño que se representa en las famosas Tradiciones peruanas de Ricardo Palma. Bondy le da la vuelta a todas las típicas excelencias limeñas y nos expone una Lima que es todo cáscara, todo representación. Y todo ello, según el autor, en favor de una clase dominante que mantiene las estructuras virreinales y las legitima a través de una visión edulcorada de las particularidades limeñas. Bondy critica a la alta sociedad peruana, que ha perpetuado su poder desde la época virreinal a la republicana, y que utiliza los mitos del pasado en su favor. Que ha hecho que todo cambie para que nada cambie, como diría el gatopardesco Príncipe de Salina.
El libro no sólo es interesante por esta particular visión de la Lima criolla, una visión que vuelve horrible todo lo cantado como bello anteriormente. Lo es también porque es un ejemplo de la visión del mundo de parte de la intelectualidad peruana —y americana— de los 60. Salazar Bondy nos habla de Lima, es cierto. Pero también —y sobre todo— nos habla de sí mismo. De sus ideas, de su manera de enfocar la vida, de su percepción del mundo. El libro es un recorrido por la idea de Lima y del Perú; pero no menos es un recorrido por la mirada de Sebastián Salazar Bondy en el que es su libro más representativo.
El estilo de Salazar Bondy hará también las delicias del lector. Un estilo de frases largas y palabras depuradas, de un sabor ineludiblemente criollo a pesar de su vocación de sobriedad. Un estilo muy personal, fino, de una cadencia elegante y muy limeña.
Y ese limeñismo es una de las características de la obra. Salazar Bondy se documenta a fondo y bebe de muchas fuentes para hablar de Lima —son abundantes las citas y referencias a otros autores—. Pero, a pesar de todos los esfuerzos del autor para criticar a Lima —o precisamente por ellos—, al avezado lector le va llegando el irresistible atractivo de Lima, su encanto profundo aunque la tilden de “horrible”. Y se queda con ganas de saber más de Lima, de leer más sobre Lima. Y de leer más a Sebastián Salazar Bondy.
Salazar Bondy murió muy joven —a los 41 años—, tras dejar una obra bastante considerable, fruto de una vida dedicada a la escritura, ya fuera literaria o periodística. Una obra que es muy poco accesible al público español. Un poco más, desde hoy, gracias al buen hacer de la Editorial Calambur.
CALAMBUR EDITORIAL, S.L.
C/ María Teresa, 17, 1º D. 28028 Madrid
TEL.: 91 725 92 49 - FAX: 91 298 11 94
calambur@calambureditorial.com
www.calambureditorial.com
En la Editorial Siruela. Para leer la noticia haz click en la foto.

"La bebida de la señorita Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: sólo así se comprende lo que vale la bebida de la señorita Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. Un obrero textil que no piensa más que en telar, en la fresquera, en la cama y vuelta al telar; este obrero bebe unas copas el domingo y se tropieza con un lirio de la ciénaga. Y toma esta flor y la pone en la palma de su mano, examina el delicado cáliz de oro y de pronto le invade una dulzura tan intensa como un dolor. Y ese obrero levanta de pronto la mirada y ve por primera vez el frío y misterioso resplandor del cielo de una noche de enero, y un profundo terror ante su propia pequeñez le oprime el corazón. Cosas como éstas son las que ocurren cuando uno ha tomado la bebida de la señorita Amelia. Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella."
CARSON McCULLERS (De ‘La Balada del Café triste’, fragmento)

Recordé algo que dijo un día Constantino, hace años, sobre cómo empezó a leer A la recherche… en una noche como ésta. Y lo empecé:
Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: "Ya me duermo". Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño: quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones, porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la obra, en una iglesia, en un cuarteto, en la rivalidad de Francisco I y Carlos V. Esta figuración me duraba aún unos segundos después de haberme despertado: no repugnaba a mi razón, pero gravitaba como unas escamas sobre mis ojos sin dejarlos darse cuenta de que la vela ya no estaba encendida. Y luego comenzaba a hacérseme ininteligible, lo mismo que después de la metempsícosis pierden su sentido los pensamientos de una vida anterior; el asunto del libro se desprendía de mi personalidad y yo ya quedaba libre de adaptarme o no a él; enseguida recobraba la visión, todo extrañado de encontrar en torno mío una oscuridad suave y descansada para mis ojos, y aún más quizá para mi espíritu, al cual aparecía esta oscuridad como una cosa sin causa, incomprensible, verdaderamente oscura… [MARCEL PROUST. En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann.]
LA LLUVIA EN MURANIA
Por VÍCTOR M. DÍEZ
(Publicado en Peatom.info)
Hacía tiempo que no caía en mis manos una novela contemporánea (española, además) que me trasportase de tal forma. Su brevedad —más parece un relato largo que una novela corta—, la justeza de su lenguaje, la exactitud y necesidad de lo contado me conmueven y excitan como lector. Campo de amapolas blanco, de Gonzalo Hidalgo Bayal, lo diré pronto, me parece oro en paño.
Hidalgo Bayal, cacereño de 1950, es profesor de literatura en un instituto de Plasencia. Es autor de ensayos literarios como Camino de Jotán (1994) y Equidistancias (1997). También es autor de varias novelas, como Mísera fue, señora, la osadía (1988), El cerco oblicuo (1993) o Amad a la dama (2002). Pero, sin duda, es su anterior novela Paradoja del interventor su obra cumbre y la que le ha dado a conocer ante el gran público.
Campo de amapolas blancas, su última entrega, desgrana la memoria de una amistad entre dos jóvenes antitéticos, sin concesiones ni autocomplacencia. Desde el primer capítulo, de los 15 en que se divide, su autor renuncia expresamente a los artificios que tan frecuentemente utilizan los novelistas para recrear el pasado.
La pseudo-exactitud y falsa minuciosidad en los detalles que solemos llamar verosimilitud nos aleja de la verdad, esa llena de lagunas, olvidos, visiones borrosas, dudas, personajes espectrales… Parece confiarnos el autor. Pero, en sus palabras,"no ha de entenderse lo que sigue, sin embargo, como un ejercicio inofensivo de recuperación, sino que ha de considerarse esa dificultad añadida a la empresa que acometo, a saber, la ilustración de cómo toda amistad genera su patología".
El poder de este relato radica en su habilidad para esbozar, por contención, un retrato generacional con una desnudez conmovedora. Para ser arquetípica sin caer en los tópicos, jugando con la realidad de una época trufada de ellos, en lo que tienen las décadas de los 60, 70 (de una manera señalada en nuestro país) de mitomanía y de descubrimiento de la vida, de la libertad. De una generación que despierta al mundo, de unos adolescentes que se arrojan a él de formas bien diferentes, pero siempre entregadas.
Qué difícil, la literatura dentro de la literatura como leit motiv, sin resultar cargante. Los beatles, el existencialismo, los míticos viajes a París, el cine, las drogas… Todo con una naturalidad que le confiere un tono ajeno a lo sentimentaloide, sin dejar de lado los sentimientos y de lo intelectualoide sin aparcar una apasionada inmersión en la cultura del siglo XX. Luis Landero, que lo define como ironía, lo cuenta muy bien en su magnífico epílogo: "Cuando digo que [el tono] es irónico, quiero decir que es poderoso. Yo tengo la sensación de lector de que Gonzalo rehuye sistemáticamente, poderosamente, el encuentro frontal con las emociones. Prefiere dar un rodeo intelectual, pero como yo creo que el tono intelectual tampoco le convence del todo, al final usa la ironía para defenderse de la tentación intelectual y de la tentación sentimental. Esa ironía que serpentea entre los sentimientos y la razón, sin entregarse nunca a ellos, es parte esencial del estilo inconfundible de Gonzalo".
Y ese personaje crepuscular, monocorde, una figura al fondo del relato, (un guardia civil cansado, desposeído, enfermo de vivir, que es padre de uno de los protagonistas) se convierte en el tono enfermizo, moribundo del mismo. La búsqueda fracasada de la felicidad, la pérdida de la juventud, incluso de la vida, suenan al fondo como un contrabajo desafinado. Esto es lo que fue, esto lo que queda de aquella promesa.
Los dos protagonistas se reparten el tablero. Uno es el relatado y otro el relator. Blanco y negro como el cine antiguo, como el ajedrez. En los tiempos en que una era de Paul o de John, de los Beatles o de los Rollings, de Keaton o de Chaplin, de Fischer o de Boris Spassky. En el alegato final, afirma el superviviente de la pareja protagonista, cuyo nombre desconocemos: "A mí me quedan los eslabones del tiempo en la memoria: la espinela, los tribunos de la plebe, la naúsea, ay, infelice, Butch Cassidy and Sundance Kid, das Ewigweibliche, la mansarda de Les Halles, Charlie Parker, Lucy in Sky whit Diamonds, el sueño de la script, una sonrisa triste y bondadosa y la persistencia plural de la lluvia, la lluvia que se esconde en las palabras y los libros, la lluvia que azota la ciudad y las ventanas, la lluvia que cae sobre el olvido y la ceniza. Por mi parte, he contemplado campos de fresas, de trigo y de algodón, oigo a veces el sonido compacto de Starawberry fields forever, he sabido de campos de batalla, magnéticos y santos, pero por más que miro a los lados de la carretera cuando viajo en coche por tierras de murgaños, aun no he encontrado campos de amapolas blancas".
El otro personaje principal es nombrado como H, una letra muda para un hombre sin sonido. H, lo mismo que se puede leer en algunos excusados de los establecimientos hosteleros (H de hombre), el que creyó en la maravilla de la vida y se fue por el desagüe. Lo cierto es que después de leer Campo de amapolas blancas, lo he visto sobre la mesa como un traje prestado que ajustaba a la perfección a algunos figuras que conocí, que conocimos… Pruebo y ajustan esos nombres, escribí en un poema hace tiempo. Gracias por esta ropa de muerto, por este traje prestado. Tanto en tan poco.
FICHA DEL LIBRO:
Campo de amapolas blancas
Gonzalo Hidalgo Bayal
Tusquets Editores. Mayo 2008
Col. Andanzas. 109 pags
Epílogo de Luis Landero
En la página de Rebelión, a la derecha, hay una sección de libros libres, desde la que te puedes descargar en formato pdf, entre otros, El padre de Blancanieves, la última novela de BELÉN GOPEGUI, publicada por Anagrama (2007).
Este mes voy a arrancar tergiversando a mi favor el famoso comienzo de Ana Karenina, para decir que, hoy por hoy, “todas las novelas felices son iguales”. Y no creo que Tolstoi se ofendiera porque haya cambiado su visión de la familia por la mía de la literatura actual; a fin de cuentas, los vínculos que los lectores creamos con los libros que nos gustan se parecen a los lazos familiares, puesto que, como estos, se alimentan de algún tipo de necesidad.
Mensaje de Víctor M. Díez en el e-mail:
"Ha visto la luz la novela de Antonio López Peláez ‘NADA PUEDE EL SOL’ en Mondadori
os la recomiendo fervientemente
Aquí va la portada.
V."
Sinopsis: Basada en hechos ocurridos en 1990, este es un retrato crudo y sincero de una Liberia devastada por el sanguinario Charles Taylor. Un diplomático español viaja hasta Monrovia con la misión deencontrar a un compatriota desaparecido. Se trata de un funcionario que renunció a ser evacuado de la embajada de España para permanecer junto a los liberianos que buscaron salvar sus vidas dentro del edificio. Siguiendo pistas vagas, el diplomático se interna en las zonas más afectadas por la guerra y es testigo de la degradación de unos hombres que son a la vez víctimas y verdugos de la barbarie. Un reloj que podría ser del desaparecido o de cualquier otro será el único resultado de su fallida búsqueda.
LAS TRES LEYES ROBÓTICAS
Manual de Robótica
56ª edición, año 2058.

* * *

Quince hombres sobre el cofre del muerto.
¡Ja, ja, ja!
¡Y una botella de ron!
¡Ja, ja, ja!
El diablo y el ron se encargaron del resto.
¡Y una botella de ron!
R. L. STEVENSON (La isla del tesoro)
Esta tarde, a las ocho. La novela, en Ediciones Linteo, el sello que dirige Manuel Ramos (que, a su vez, presentó ayer otra novela en León: ‘Mi mundo no es de este reino’, del portugués João de Melo)
Esta foto nos la hizo Lola Velasco, en 1991 o así…
…bajo un grabado de ¿Kima?
Emejota mantiene actualmente una estupenda sección en la revista Kiliedro:
"Los libros que nos cuentan".
…
UNA SOLEDAD DEMASIADO RUIDOSA
"Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, curante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos. (…)"
(…Pero no se lo dieron –en el mismo caso está Andrés Martínez Oria y su novela ‘Más allá del olvido’, o incluso el premiadísimo y buenísimo Luis Mateo Díez–, ni se lo darán mientras estén en el jurado personajes como Gonzalo Santonja, Nicolás Miñambres, etc, que leen bastante poco y mal y prefieren darle el premio a Juan Manuel de Prada, ellos sabrán por qué… En fin. Sin comentarios. Y sé lo que me digo. Como tributo rebelde, dos páginas de Calle Feria –págs. 479-481–, la gran novela de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO, amigo, poeta y, sobre todo, gran escritor):
MI VIEJO AMIGO
Te escribo esta carta a esa dirección de Feria, 4 porque estoy seguro de que alguien la hará llegar a tus manos. Me extrañó que me colgaras tan bruscamente el teléfono el otro día. ¿Qué pasó? Volví a llamarte y ya fue imposible. Cuando supe que estaba ante Alicia, de inmediato me acordé de ti, de nosotros los de entonces, que ya no somos los mismos, como tú dirías.
Conseguí tu número porque hablé con los restos de mi familia, aunque ya ninguno vive en nuestra calle. Se lo dieron a regañadientes en la redacción de un periódico donde me dicen que a veces mandas colaboraciones (¡como Mature!). Pero sólo tenían eso de ti. Eso y un número de cuenta corriente. O tal vez no quisieron dar otros datos por criterios de tipo confidencial Lo cierto es que te estoy escribiendo como quien arroja al mar una botella con el pasado dentro, como entonces, lo mismo que entonces, cuando hacíamos aquellos juegos con los que salvábamos las tardes calamitosas de nuestras adolescencias. También Alicia nos socorrió. Cómo he vuelto a acordarme de aquellas mañanas de domingo y de sus simpáticos gestos de caridad corporal, que provocaron en nosotros entonces verdaderas tempestades íntimas. De todo tuve que olvidarme cuando falle el otro día en su contra. Ella me miró continuamente durante las sesiones del proceso con aquellos mismos ojos, dañados por el tiempo y las ofuscaciones. Pero no me dijo nada en ningún momento. Y yo se lo agradecí. ¿Tú crees que me reconocería?
Los laberintos de la vida nos han ido alejando. Yo jamás he vuelto a pisar la calle Feria. Y la ciudad sólo por inevitables asuntos de ritualidad familiar. De ti nunca más supe hasta ahora, según te he dicho. Pero me acuerdo mucho de aquel mundo que inventamos. ¿Cómo no nos volveríamos del juicio –permíteme esa expresión por deformación profesional– con aquellos juegos de palabras, aquellas entregas al azar objetivo, según tú las llamabas, aquellas invenciones pasadas por la tristeza de los días ordinarios en la ciudad? Creo que si no nos escapamos a tiempo de allí hubiésemos terminado con grillos en la cabeza. Estábamos demasiado pendientes de fundar una manera de vivir, la que queríamos, la que no nos daban más allá de nuestra calle. Tuvimos esta intuición de colorear la vida mejor de lo que ella estaba, tan pobretona y resignada a aquellas circunstancias. Pero seguir era una temeridad. Y cuando se terminó aquella edad maravillosa y aparecieron las alas grises –pero seguras– de la sensatez, lo mejor fue lo que hicimos: ponerse de espaldas a la calle y salir de todo aquello. ¿Te quedarán a ti dudas sobre lo juicioso de la decisión? No lo sé porque desconozco todo de ti. Quién eres ahora. Qué haces. Pero por si acaso te adjunto este relato de un desaparecido más –como nuestro Mature, como nosotros– que acabó por darle más cuerda al pensamiento de la necesaria. Lo contó alguna vez Paco el barbero, el novio de Palmira, otra desaparecida. Yo sólo lo oí empezar aquella noche porque mi abuelo no me dejó quedarme en el serano y enseguida me mandó a casa a acostar. Así que tiempo después lo completé por mi cuenta para que aquellas palabras iniciales de Paco ocuparan un lugar en el mundo. Acepta este "Manuscrito" –propiamente otra botella al mar, sí, dentro de la botella de la carta– como un homenaje a aquel tiempo delicado y a nuestra salvación. Ya me dirás, si quieres, qué te parece. Es lo único que desde entonces he escrito.
Tu amigo
MUÑOZ
(…)
TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO (Del libro ‘Calle Feria’, Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Ed. Algaida, 2007)
Así arranca ‘Más allá del olvido’, la primera novela del escritor y profesor maragato Andrés Martínez Oria:

" (…) Me engaño esas tres o cuatro veces al año en que añoro la intensidad, Goyo. Me engaño cuando te envidio. El equilibrio es un bien precioso y detesto a los que se creen con derecho a arrojar una piedra contra una superficie helada sólo para que pase algo, sin detenerse un segundo a pensar que con ese acto pueden abrir grietas, barrancos, o hacer que el agua se desboque poniendo vidas en peligro. No tenéis derecho a arrojar la piedra. En el fondo lucháis para que todo el mundo sea como mi familia. Dejadnos tranquilos. Dile a Susana que vuelva a casa y no siga celebrando como un avance increíble para la humanidad el que un hombre desesperado haya estado a punto de destrozar la vida de su madre, el equilibrio de su familia, esta boba e insípida placidez de ciertos seres felices de clase media que es, quizá, una de las conquistas más valiosas del género humano, más que cualquier sinfonía, cualquier cuadro, cualquier tratado científico. (…)"
"Cree la gente, de modo casi unánime, que lo que a mí me interesa es escribir. Lo que me interesa es recordar, en el antiguo sentido de la palabra (=despertar). Ignoro si recordar tiene relación con el corazón, como la palabra ‘cordial’, pero me gustaría que fuera así.
“En la fábrica, toda la gente es agradable con nosotros. Nos sonríen, nos hablan, pero no entendemos nada. Aquí es donde empieza el desierto. Desierto social, desierto cultural. (…)

“Se puede sentir una obligación de mirar fotografías que registran grandes crueldades y crímenes. Se debería sentir la obligación de pensar en lo que implica mirarlas, en la capacidad efectiva de asimilar lo que muestran. (…) La mayor parte de las representaciones de cuerpos atormentados y mutilados incitan, en efecto, interés lascivo.”

Mi abuelo solía llevar un sombrero gris, y continuamente escribía en un cuaderno de espiral y tapas azules con el bolígrafo Parker que le había regalado mi madre. 
"A través de los fragmentos de un álbum de recuerdos, de algunos gestos aparentemente escogidos por el azar de la memoria, a través de palabras y frases prestadas cuando las propias se vuelven escasas, la protagonista irá desgranando su relato con la voz firme de quien quiere saber, pero con el tono vacilante de quien siente que intentar explicar algunas cosas es traicionarlas".
Me gustan las críticas de María José Gil Bonmatí, a quien ha fichado la revista de literatura (digital) Kiliedro (donde tiene una sección titulada ‘Los libros que nos cuentan’). Cada vez que MJ Gil recomienda una novela es por algo. La cita anterior pertenece a una reflexión suya, publicada en el suplemento Caballo Verde, sobre ‘La persona que fuimos’ (Mondadori), un libro de Lolita Bosch:
No resulta fácil hoy por hoy –aunque, soy consciente, haría falta– dibujar un mapa de las corrientes narrativas por las que transitan los autores jóvenes que cada día surgen, y con mayor o menor eco, y necesidad de tenerlo, se suman al confuso panorama literario. Sin embargo, creo que es posible, y que ayuda a orientarse, trazar una frontera entre dos tipos de escritores o intenciones narrativas: por un lado, aquellos que piensan que tienen algo que contar, y, por otro, aquellos que desconfían de que lo que nos ocurre –y de lo que se alimenta la literatura– pueda realmente ser contado. Sin duda, Lolita Bosch, recientemente aparecida en el panorama literario con el extraño aroma de sus Tres historias europeas (Caballo de Troya, 2005) y que acaba de publicar la también extrañamente conmovedora novela corta La persona que fuimos, pertenece a ese territorio de los que, desconfiados tanto del mundo que nos cuentan como de su propia mirada sobre él, se asoman con perplejidad a una realidad que necesitan explicarse.
La persona que fuimos, hermoso título que apunta en la doble dirección de lo que el tiempo –y no siempre nosotros– va dejándonos atrás y, de otra parte, de lo que hemos sido alguna vez –y tampoco siempre nosotros– con alguien, cuenta una de esas historias de amor que intenta terminarse aun cuando ya está terminada. Y veo que acabo de decir «una de esas historias» como si hubiera otras, y me corrijo, porque, en realidad, de lo que habla la protagonista de La persona que fuimos –y resuena inevitablemente en las que los lectores podemos haber sido– es precisamente de la necesidad de entender, en medio de las contradicciones que dibujan nuestros miedos y caprichos, cómo, cuándo y por qué dejamos de ser esa ‘persona que fuimos’.
Una llamada, al cabo de cinco años, hecha con la determinación de quien ha aprendido en ese tiempo que, para poder olvidar, es necesario no olvidar primero, es el resorte para que la protagonista empiece a contarnos ⎯y a contarse⎯ su historia con G. O lo que es lo mismo, su historia sin G. A través de los fragmentos de un álbum de recuerdos, de algunos gestos aparentemente escogidos por el azar de la memoria, a través de palabras y frases prestadas cuando las propias se vuelven escasas, la protagonista irá desgranando su relato con la voz firme de quien quiere saber, pero con el tono vacilante de quien siente que intentar explicar algunas cosas es traicionarlas. Quizás por eso, más que contar, en el sentido anecdótico del término, lo que el relato de Lolita Bosch consigue, con una eficacia que resulta sorprendente, es hacernos pisar las huellas de un daño que, bien ganado y bien sufrido, y ahora ya, por fin, casi homenajeado con esta despedida, hace diana en el sentimiento cómplice de que podría haber sido o llegar a ser el nuestro.
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