
ENTREVISTA / MARCOS ANA (Poeta y ex preso político):
«VOY COMO UN SONÁMBULO URGIDO POR EL MUNDO»
Por ANTONIO LUCAS
(Entrevista publicada en EL MUNDO,
el domingo 11 de octubre de 2009)
Tiene el extraño récord de ser el reo
que más tiempo pasó en las cárceles de Franco: 23 años
Entre condena y condena a muerte, comenzó a escribir poesía
y se convirtió en un icono de resistencia
Almodóvar, tras leer su autobiografía, ‘Decidme cómo es un árbol’,
prepara con ella el guión de su próxima película
LOS AÑOS DIFÍCILES. «Lo más duro de los 23 años de cárcel fue, paradójicamente, la libertad. Adaptarme de nuevo al mundo. Yo nací de nuevo a los 41 años»
PRISIÓN. «Mi primera relación con una mujer fue cuando por fin salí de prisión. Ella era una prostituta muy dulce que cuando supo mi historia no me quiso cobrar»
Al portal se accede por un patio de carros que remata al fondo en un gimnasio de mucha maquinita. En el primer piso espera con la puerta abierta Marcos Ana, ensayando una sonrisa elástica que fulmina la cortesía tirante de los primeros encuentros. «Pasa, pasa. Mira lo que quieras. Ya despido a estos amigos. Vienen de Chile para grabar un documental sobre mi vida». Marcos Ana tiene 90 años y ejecuta movimientos de gran elasticidad con un esqueleto que se acostumbró a ir al galope tras dejar la cárcel.
Descubrió la poesía en una celda en la que no había más lenguaje que el miedo. Hasta entonces era un muchacho casi analfabeto que abrevó en las fuentes del socialismo como antesala de la órbita comunista. Entonces, con la Guerra Civil en marcha, expedía consignas revolucionarias hasta que le dieron caza y lo arrojaron al sumidero de la Historia.
Pero 23 años preso no le hicieron perder el equilibrio de palabra que mantiene como credencial. Fue el reo con más horas de prisión del franquismo. Un récord siniestro. Este salmantino honesto, magro y elegante, nació en 1920 en la bancada más mísera de la escala social. Llevaba por nombre Fernando Macarro Castillo. Pero cuando publicó su primer libro de poemas, ya en prisión, quiso rendir homenaje a sus padres asumiendo como identidad sus nombres: Marcos, que murió en un bombardeo de la aviación alemana, y Ana, «que falleció agotada de seguirme cárcel tras cárcel».
Sentado frente al ordenador, Marcos Ana tiene a la espalda una litografía de Picasso y una liricografía de Alberti. Más allá hay una foto del Che, una librería forrada de ediciones de Neruda y una bicicleta estática. Del cráneo a los pies está sostenido por un entusiasmo incalculable. La mañana le golpea en la calva y de la bola de la cabeza le salen recuerdos como un pan recién nacido.
– Al dejar la cárcel me convertí en un ciudadano de la Vía Láctea. No he parado de viajar. Empecé a hacer todo aquello que siempre quise, aunque mucho más tarde. Voy como un sonámbulo apresurado y urgido por el mundo. Soy capaz de ir por la mañana a Estocolmo a dar una charla a la universidad y regresar por la tarde. Eso lo he hecho. Para muchos soy como un extraterrestre. Hace unas semanas tuve un ligero mareo, pero no fue nada. Cosas de la tensión. Ahora tengo que ir a Patagonia, donde vamos a acabar el rodaje del documental que los amigos chilenos realizan sobre mi vida.
Este hombre con testa de patricio está sentado en la butaca del salón, repasando una vida que en verdad son dos. Entró en la cárcel a los 19 años y salió de ella a los 41. Lo entrullaron en 1939 y lo soltaron en 1961. «Me dejaron libre por un decreto que obligaba a soltar a los presos que llevaran más de 20 años ininterrumpidos en prisión. Yo era el único», afirma con una sonrisa.
Salió de allí desnortado y virgen. «No había estado jamás con una mujer. Tuve que aprender a vivir de nuevo. Mi primera relación sexual fue con una prostituta en Madrid. Imagínate. Tenía más de 40 años. Cuando le conté mi circunstancia, la muchacha me trató con una delicadeza enorme. No me cobró las 500 pesetas que habíamos pactado. Así que al día siguiente fui a esperarla a la salida del local donde trabajaba con un ramo de flores enorme. Fue una experiencia preciosa». Por vez primera en su vida, aquella noche, sintió un cuerpo de mujer junto al suyo, la carne como un ascua, miel lenta y milagreada.
Cuando Almodóvar leyó en las memorias de Marcos Ana – tituladas como uno de sus poemas: Decidme cómo es un árbol (editorial Umbriel)– esa aventura de su primera vez, adquirió los derechos para adaptar al cine la autobriografía. «Hemos hablado varias veces. No lo conocía personalmente, pero en el primer contacto descubrí a un tipo con una gran densidad humana. Y muy conmovido por mi historia. Su preocupación es cómo llevar a la pantalla eso que algunos compañeros y yo hemos sufrido, sin malear la intensidad. Lo va a hacer bien, pero aún tenemos que hablar más».
En la prisión de Porlier, Buero Vallejo le presentó a Miguel Hernández. «Sólo compartimos unos días, porque él estaba de paso. Iba a la cárcel de Ocaña. Era excepcional. Siempre rodeado de gente. Enseñaba a leer, a escribir, daba clases de poética, de arte… Las cárceles se fueron convirtiendo en universidades clandestinas. Una vez vencidos los años primeros, los del odio y el hambre, los presos logramos crear un frente carcelario. Era sobrecogedor ver a los condenados a muerte estudiando… Ya ves, con las pocas posibilidades que había de salir vivo de ahí… Aún recuerdo una escena conmovedora: estaba en mi celda y a mi compañero lo llamaron en una saca [asesinatos de reos]. Él estaba leyendo. Y cuando escuchó su nombre dobló la esquina de la página y dejó el libro cerrado sobre el jergón, como si esperase volver. Leer y estudiar, aun condenado a muerte, era una forma de dar salida a nuestros vacíos y desalientos. Sabíamos que muchos no llegaríamos, pero queríamos ir lo más formados posible al improbable encuentro con el futuro. Yo le debo a la cárcel mi educación».
Marcos Ana fue de los afortunados. Estuvo condenado en dos ocasiones al paredón, pero le cambiaron las penas por 30 años cada una. Del terror hizo resistencia y costumbre.
Sobre la mesa acumula un repertorio de papelillos de fumar escritos con caligrafía de hormiga. Por las noches cambiaba la picadura del tabacazo por la brasa de unos versos que después sacaban clandestinamente las visitas para difundir aquellos poemas por medio mundo a través de correos furtivos: «Se disimulaban en capachos de comida, en refajos, en sostenes… Con la poesía estábamos creando un arma nueva», afirma. Después se reproducían en imprentas de tapadillo y en las sacristías de algunas iglesias con techo de uralita.
En esas miniaturas escribió Marcos Ana algunos de sus libros mojando en tinta un alfiler: Poemas desde la cárcel o España a tres voces. Y mientras fundaba tertulias y periódicos libertarios en el penal, enseñaba a escribir y lo torturaban cada cierto tiempo mientras las bayaderas revolucionarias coreaban su nombre desde lo alto de un mitin.
Cuando le abrieron el cerrojo de la calle, le dio un vértigo de aire limpio al que tardó en acostumbrarse. La libertad es bella y, a veces, venenosa. Al mes se fue a París como un evangelista insurrecto. Y regresó definitivamente en 1976.
– ¿Guardó rencor?
– Ni tuve ni tengo de eso. Y no porque sea un vegetariano en política, sino porque cuando uno tiene ideas no lucha para vengarse. Me sentiría muy desgraciado si me impulsara el rencor. Eso es cosa de delincuentes comunes. Y yo no lo era.
– ¿Qué fue lo más difícil de aquellos 23 años de cárcel?
– La libertad. Adaptarme al mundo. Cuando salía al campo en aquellos primeros meses fuera de prisión me mareaba hasta el vómito. Y era, según los médicos, porque el nervio óptico se había acostumbrado a espacios cerrados y verticales. Así que nací de nuevo a los 41 años. A esa edad tuve que descubrir la trama excitante de la vida, como un niño. Las dos especies más cambiadas que encontré al salir de la cárcel fueron las mujeres y los coches.
– ¿El comunismo tiene sentido?
– Sin duda. Pero mi mensaje no es para los comunistas, sino para aquellos que no están con nosotros. Yo estoy en contacto con los jóvenes. Tenemos que comunicarnos, en vez de enviarnos comunicados. No soy un comunista de cuartel. Diferencio el ideal de los instrumentos. Aspiro a una sociedad donde el sol caliente para todos. Llámalo como quieras. Hay que aprender de las ideas de los demás y crear un comunismo nuevo. Este mundo debe cambiar.
Marcos Ana tiene algo de ejemplar único. Desde el voladizo de la calva contempla aún el mundo con asombro, como si abriera por vez primera la trampilla. A los 90 años tiene un vago rumor de héroe humilde rehogado de proteínas. Viaja de un lado a otro como un joven explorador. No sabe lo que es una aspirina. Fibroso y noble, es un comunata de los que levanta el puño cerrado en plan trofeo democrático. Y hoy va con la prisa del superviviente, como un pura sangre de recuerdos sin un gramo de revancha en el galope.