SEAMUS HEANEY
(Poeta y Premio Nobel)
«La poesía siempre trae noticia de algo nuevo»
EL OFICIO. «La poesía debe ser una revelación, manifestar un pálpito de descubrimiento en aquello que nos viene a decir: de excitación, de estupor, de rareza»
LOS ORÍGENES. «La mía, la de Irlanda del Norte, es una cultura dividida, donde, a pesar de todo, no se pierde la cortesía. Pero lo peligroso repta por debajo de la superficie»
PROYECTOS. Está preparando un nuevo libro de poemas, ‘Human change’, sobre la experiencia de superar un infarto
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Por ANTONIO LUCAS
(Entrevista publicada en EL MUNDO el 1 de Marzo de 2009)
En la mano hospitalaria aloja un vaso de cerveza este hombre alto, con envergadura de dolmen, que arrastra por todo patrimonio unos cuantos poemas memorables y el fulgor de un Premio Nobel. Visto así, en la pecera del Círculo de Bellas Artes, donde una vez más acudió a leer versos, Seamus Heaney extrema su aspecto de leñador, de campesino que no quiere perder del todo el mito profundo del campo, ese rayo de aroma, ese trueno de asombro que tiene la tierra adentro.
Es un irlandés curtido en el momento más salvaje de Irlanda. Aquellos años en que silbaban las balas por las calles y la sospecha marcaba las cuatro esquinas de la convivencia. Diríamos que este hombre se construyó en el centro de dos fuerzas contrarias. Heaney es un producto genuino de Irlanda del Norte. Exactamente del condado de Derry, donde nació en 1939 al cobijo de una familia católica de pedigrí humilde, agricultores y tratantes de ganado. De aquel paisaje extrajo el poso mitológico de su poesía, y de la alquería con techo de paja donde pasó su infancia le viene el sustrato de humanidad que le desborda, esa energía hecha con la condición de la risa.
Hay, en él, una fuerza de Nobel atípico. Debe ser esta cercanía de profesor bien entendida, o esa inteligencia que anula los méritos extraordinarios en favor de la virtud de una conversación que salta de un lado a otro marcada por la intuición.
Aquel día de 1995 en que le ungieron con el galardón de la Academia sueca, Heaney andaba con unos colegas comiendo higos de pala en una remota isla de Grecia. Le llamó su hijo Christopher, le soltó el scoop como un ladrillazo y lo que vino después ya forma parte del mogollón de estos juegos florales. «No creas que he tenido una convivencia fácil con el Nobel. Uno se siente profundamente examinado. He pasado años casi negándolo, distanciándome de la idea del premio. Necesité levantar un refugio donde mis poemas siguieran siendo mis poemas, evitar las condiciones de todo tipo que impone un reconocimiento así… Pero ahora que han pasado tantos años lo voy aceptando mejor», ataja.
—La poesía como revelación.
—Sin duda. Para mí es importante que la poesía tenga ese sentido. Que manifieste un pálpito de descubrimiento en aquello que nos viene a decir, de excitación, de estupor, de rareza. Y a la vez debe llevar implícito un reto, como lleva en sí la sorpresa. Un buen poema es lo más parecido a la idea del viaje, a la experiencia del shock. Pienso, por ejemplo, en L’a tierra baldía’, de T. S. Eliot, un libro que es imposible entender ni sentir si no se aprecia esa conmoción permanente que lo impulsa, si no se siente en esos versos un golpe íntimo que te deja noqueado.
Seamus Heaney es hombre de poco gesto. Clava los ojos diminutos en el reborde que hace la prisa de la espuma dentro del vaso quieto y va desanudando conceptos, emociones, recuerdos y otras mercancías como quien rinde culto a los cinco sentidos de la memoria.
—Mira, hay poemas que te cambian la onda. Incluso los hay que te modifican la manera de escribir o de palpar el mundo con las palabras. Podría decirte ahora ‘Aullido’, de Allen Ginsberg, que alteró la música de la poesía norteamericana contemporánea. Eso sucede muy pocas veces, claro, pero si ocurre es cuando la poesía alcanza una de las cimas de su magia.
Empezó a trazar sus primeros poemas en el perímetro de la granja paterna, cuando aún el destino le ponía en la encrucijada de escoger entre cavar o escribir. «Mis vecinos en el campo siempre me decían lo mismo, Seamus escoge el lápiz, te será más útil que la pala. Y es mucho más ligero», apunta entre dos risas. Decidió aferrarse al verbo y empezó una formación regulada con becas que le permitieron enriquecer el barro primigenio del poeta que le aullaba dentro mostrándole un mundo más ancho que el que acogía el condado de Derry, en Irlanda del Norte.
—Pero de los viajes de formación, el más intenso fue el que realizó en 1970 a la Universidad de Berkeley, en plena revuelta estudiantil…
—Imagínese el contraste. Yo fui directo de Belfast a Berkeley. Es decir, salí de una ciudad que en aquellos años era un catálogo de muerte constante por el terrorismo del IRA, de asesinatos, de rencores y de venenos nacionalistas. Todo eso me marcó muchísimo. No era mi deber de escritor, era mi problema de ciudadano. Aquella sociedad de la que yo venía estaba gravemente enferma. Y salté al otro extremo, a un lugar donde también ciertos valores estaban en crisis, con la guerra de Vietnam al fondo, pero donde todo se cuestionaba. La sensación era que se podía luchar por algo. Y eso no lo tenía en mi tierra. Es decir, aquella gente tenía soluciones, mientras en Belfast sólo teníamos oscuridad. En Berkeley hallé esa excitación que va aliada a la idea de que la poesía puede colaborar a cambiar las cosas. Aquello fue muy útil para ampliar mi visión del mundo, aunque mi escepticismo se mantuvo. No olvide que la mía es una cultura dividida, donde a pesar de todo no se pierde la cortesía. Pero lo peligroso repta por debajo de la superficie.
Para entonces, Seamus Heaney —«otra cerveza, por favor»—, había publicado su primer y revelador libro de poemas, ‘Muerte de un naturalista’ (1966), y trabajaba en el que daría cuerpo a ‘Resistir en invierno’ (1972). El IRA quiso reclutarlo y calzarle su collarón de fanatismo al cuello. Algunos de sus versos, incluso, aparecían en discos de exaltación nacionalista. «He sufrido de todo en ese sentido», afirma.
Al publicar ‘Norte’ (1975) atizó el avispero de los rabiosos nacionalistas, que lo acusaron de ambigüedad, sobre todo por la valentía de uno de los poemas del libro: ‘Wathever you say, say nothing’ (’Digas lo que digas, no digas nada’). Pero Heaney nunca ha meado fuera del tiesto, de su tiesto de equidistancias.
—Viviendo en el Ulster llegué muy acorazado a Berkeley sobre ciertas promesas y utopías que entonces enarbolaba la juventud de EEUU y de Europa. No creí demasiado en ellas. Vengo de un lugar donde nos costó 40 años encontrar el sentido común. Y eso marca. El tiempo fue aclarándolo todo. Y también desgastando la fuerza de esos movimientos estudiantiles que conocí.
Nada delata que quien habla es un Premio Nobel, porque tampoco está claro cuáles son los modales de un Premio Nobel. Heaney es lúcido e irónico, y parece confeccionado de una pasta natural capaz de romper cualquier impostura. Con una contundente amabilidad se deshace de una fotógrafa que lleva una hora lanzándole culebrinas de flash. Y liberado de la luciérnaga con tanga, regresa a la poesía. O a lo que sea.
—No sé qué le decía… Bueno, sigo: la poesía es también un acto cívico…
No era eso lo que me decía, pero por ahí vamos bien.
—La poesía siempre trae noticia de algo nuevo. Es el gran documental del mundo. Y me interesa mucho la relación entre el impulso lírico y la responsabilidad social. Aquí en España tienen un buen ejemplo. La respuesta de los poetas (y de los artistas en general) a la Guerra Civil fue algo que se sintió en toda Europa. Y de algún modo modificó una forma de entender la literatura no sólo en España, también en numerosos autores de habla inglesa.
—No hemos hablado de la crisis.
—Es un asunto muy grave. Pero los ciudadanos de a pie no somos responsables. La catástrofe nos viene dada de un territorio, financiero y político, que en la mayoría de los casos nos es abstracto. La esperanza, al menos para mí, está en Barack Obama. Aunque me temo que él también se desengañará… Lo que no podíamos era soportar más a una recua de gente nefasta como Bush, Cheney y Rumsfeld. No son más que vulgares provincianos.
Y arrea el vaso vacío en el aire. La cerveza viene sola por el saloon del Círculo de Bellas Artes. A su encuentro. Seamus Heaney brinda con el poeta Jordi Doce, su anfitrión en Madrid. Y con la copa reflorecida se queda muy fijo mirando algo, como dicen que miran los campesinos.
[Seamus Heaney, en una fotografía de Madero Cubero]