Isla Kokotero

July 21, 2009

Avance la programación de la Fundación Segundo y Santiago Montes (de Valladolid) para el otoño

 © Fotografía de LUIS MARIGÓMEZ


Avance de la programación de la FUNDACIÓN SEGUNDO Y SANTIAGO MONTES (C/Núñez de Arce, 9. Valladolid) para el próximo OTOÑO (con fotografía ‘al aire’ de LUIS MIGUEL MARIGÓMEZ)

· Miguel Suárez (2 de octubre. Presentación de su ‘Poesía reunida’).
· Tomás Sánchez Santiago (16 de octubre. ‘Antología’. Presenta Amelia Gamoneda).
· 65 años de Ullán (desde la revista ‘El signo del gorrión’), el 30 de octubre (su cumple).

May 25, 2009

‘Amenaza primera’, por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

 Portada: 'Como para setenta pájaros', de Tomás Sánchez Santiago

   AMENAZA PRIMERA

Por donde no debiera
he abierto el laberinto de los años.

Con las manos vendadas
en el fuego del tiempo
y los labios como dos viejos muebles
malvendidos al aire
igual que dos banderas necesarias que vuelan,
bajé la cremallera de la vida
y así me vi, difícil como un fruto
olvidado sin piedad a hostiles seres,

desconsolado de hombros, triste por las caderas,
sin recurso ninguno y en el medio de todo.

No es el tiempo negocio conveniente
y sí trampa mortal, encrucijada
sin ningún remedio como no sea la muerte
ni otra esperanza
que la de embalsamar la luz en la memoria;
y sólo una verdad
pasa constante:

se nos huye la vida de las manos
como un anillo demasiado grande.

TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
(Este es el poema primero -y por tanto seguramente el más antiguo-
de ‘Cómo parar setenta pájaros’. Antología poética 1979-2009.
Diputación de Salamanca, 2009)

March 24, 2009

‘La llegada’, un poema inédito de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO para celebrar la primavera…

 Museo Vostell (Malpartida. Cáceres). Foto de Elo


    LA LLEGADA

He venido a buscar
tus dientes inmediatos,
la pequeña pasión de tu pisada
y el humo blanco,
el humo
que despiden tus palabras más largas,
las de plata callada,
las que salen al convite del mundo
entre las aberturas de lo obvio.

Todo he venido a buscarlo.
Y a ti con todo.

TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
(Poema inédito)

 

December 13, 2008

‘León Palimpsesto’ se presentó en el MUSAC

 Imagen de Corullón en el Bierzo, con toda su gama cromática. Una fotografía de MANUEL MARTÍN
Imagen de Corullón en el Bierzo, con toda su gama cromática.
Una fotografía de MANUEL MARTÍN

 La historia no oficial / Reescribiendo la historia de León

‘León Palimpsesto’,
el cuarto libro de la colección ‘Soñando futuros’,
se presentó en el Musac


Por JOAQUÍN REVUELTA
para La Crónica-ABC León

(También puedes leer Letras, luces y música,
una crónica de SUSANA MARTÍN en EL MUNDO de León,
y el relato ‘Sermón del centrífugo’
de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
incluido en el libro)


Presentación del libro 'León Palimpsesto' en el Musac   El Musac acogió el jueves, 11 de diciembre, la presentación del libro-disco ‘León Palimpsesto’ que forma parte de la colección ‘Soñando futuros’ que edita con carácter anual la Fundación Forcal (Foro para la calidad) perteneciente al grupo de empresas Inzamac de Zamora. Bajo la supervisión del editor Gonzalo Blanco la obra propone una mirada nueva sobre temas que giran en torno a la realidad leonesa y que van desde lo geográfico hasta lo antropológico pasando por lo identitario y lo histórico. En este volumen de gran formato y generoso despliegue de maquetación y fotografía se da cita un nutrido grupo de gente de la cultura que responde al perfil buscado por el editor, “autores caracterizados por una cierta sensibilidad social y con reconocidos valores literarios y artísticos”. Todos ellos han contribuido a dar forma y contenido a un libro que, al igual que los tres anteriores de la colección, responde al carácter de “coral o poliédrico” en el sentido de que en sus páginas tienen cabida catedráticos, escritores, ensayistas, poetas, artistas plásticos y fotógrafos. La nómina de autores de ‘León Palimpsesto’ es realmente extensa y en la misma podemos encontrar nombres como Valentín Cabero, Fulgencio Fernández, Rafael Doctor, Ángel Fierro, Víctor M. Díez, Eloísa Otero, José Luis Puerto, Tomás Sánchez Santiago y Pedro Trapiello. Especial relevancia tienen igualmente los apartados fotográfico, a cargo de un veterano en estas lides como Manuel Martín, y fonográfico, donde se recogen una antología musical de piezas tradicionales del Alto Torío y un sumario de composiciones del grupo Sin Red.
   Iniciada hace cuatro años, la colección ‘Soñando futuros’ constituye una de las iniciativas culturales más interesantes llevadas a cabo últimamente en la región. Contempla la edición anual de un libro de cada una de las provincias de Castilla y León. Tras la publicación de los correspondientes a Zamora (’Agua sedienta’), Burgos (‘Burgos Nexus’) y Salamanca (‘Salamanca fronteras’) le toca ahora el turno a León con un libro-disco que cumple a la perfección el objetivo que se ha marcado la colección y que no es otro queproponer una mirada nueva sobre la realidad vigente, y que responde esta vez al sugerente título de ‘León Palimpsesto’, un término que hace referencia al manuscrito que todavía conserva huellas de otra escritura anterior en la misma superficie y que ha sido borrada de manera expresa para dar lugar a la que ahora existe.
   Gonzalo Blanco cree que el eslogan “un libro desobediente y hermoso” define muy bien lo que es ‘León Palimpsesto”, donde lógicamente la belleza la ha puesto Manolo Martín con su magnífico muestrario fotográfico y la ‘desobediencia’ es compartida por los distintos autores que a través de sus textos proyectan una visión alternativa a la ‘historia oficial’ de esta provincia.
   “No es un invento mío pues el término desobediencia literaria lo he visto aplicado en algunos de los trabajos, críticas o reseñas que han hecho a la escritura de Tomás Sánchez Santiago y que alude a un cierto carácter independiente, a no ser excesivamente tributario de lo oficial. Me parecía que era un adjetivo que llamaba un poco la atención y que expresaba algo”, reconoce Blanco, para quien otro de los autores claramente alineados en esa postura de insumisión es Fulgencio Fernández, redactor jefe de este periódico y que en opinión del editor aporta dos aspectos fundamentales a la publicación. “El primero tiene que ver con el tema, la provincia femenina. Fulgencio refleja el lado oscuro y profundo de la mujer en la medida en que hay un abanico de personalidades que en unos casos fueron silenciadas y en otros castigadas, empresarias que no podían tener la cuenta corriente a su nombre o las mujeres mineras, la ‘patrulla del talco’ que llama el autor. Después está la manera tan peculiar que tiene de contarlo”.

Una foto de Manuel Martín. Mercado en la Plaza Mayor de León, día de Nochebuena 1962
(Una foto de Manuel Martín:
El mercado de la Plaza Mayor de León el día de Nochebuena de 1962)

Un libro desobediente y hermoso

Diseñado en gran formato y con un generoso despliegue de maquetación y fotografía, ‘León Palimpsesto’ se nutre de textos que suponen una nueva mirada en torno a la realidad leonesa. ‘El palimpsesto del lenguaje’ de Vicente Cabero o ‘Si León hubiera sido Leona’ de Fulgencio Fernández dan fe de la versatilidad temática que ofrece esta obra que incorpora sendas antologías poética y musical elaboradas por José Luis Puerto y Ángel Fierro. La obra incluye las semblanzas del escultor Amancio González y la pintora Teresa Gancedo.


De la antología poética de Puerto

a la antología gráfica de Manolo Martín

    Gonzalo Blanco sólo tiene palabras de elogio para los autores que han hecho posible ‘León Palimpsesto’. De Pedro Trapiello destaca su“estilo trepidante, socarrón, irónico y lírico al mismo tiempo”. A José Luis Puerto, además de reconocer su afición por la etnografía que le ha convertido en todo un experto y un profundo conocedor de los entresijos de las costumbres, le agradece sobre todo el gran esfuerzo realizado en la elaboración de la antología poética. “Me parecen unos textos a los que se vuelve continuamente porque están magníficamente seleccionados y donde inevitablemente aparecen los nombres de Crémer, Gamoneda o Mestre”.
   Sobre la aportación de Eloísa Otero, Blanco quiere dejar constancia del carácter novedoso que supone el recuento completo de las webs y los blogs referentes a León y que están creciendo cada día. “Eloísa hace un diagnóstico certero de lo que significa ese mundo, las posiciones y propuestas existentes, aportando el link concreto para poder acceder a cada una de ellas”. Victor M. Díez es otro de los autores presentes en el libro que ha aportado todo lo novedoso referente al contenido musical. En este sentido el editor señala que el libro es “un poco extremista” porque recoge la tradición oral más pura pero hecha con claves sinfónicas y al mismo tiempo se hace eco de la trayectoria de un grupo como Sin Red, “que es el que más ha reflexionado e innovado con relación a la música improvisada”.
   Gonzalo Blanco confiesa que conoce a Manuel Martín desde su etapa de Ámbito y al que le une una larga amistad. “De Martín tengo que decir que tiene un fondo tan brutalmente bueno que se ha podido elegir con verdadero placer y se ha logrado una mezcla de fotografías que no responden a la inmediatez (algunas datan delos años cincuenta y sesenta) y que constituyen otra antología gráfica de innegable valor”.

Paisaje leonés. Una fotografía de Manuel Martín
Paisaje leonés. Una fotografía de MANUEL MARTÍN.



December 8, 2008

‘Sermón del centrífugo’, un relato de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO en el libro ‘León. Palimpsesto’

 Un relato de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
(incluido en el libro ‘León. Palimpsesto’)
en el que el zamorano errante recuerda su llegada a León, en el verano de 1993, y sus primeros contactos y sensaciones en la ciudad durante aquellos días, durmiendo en un piso prestado en el barrio de La Sal, al otro lado del río y de las vías del tren, descubriendo personajes y explorando los bares por las calles del Crucero…

Estación de ferrocarril de León

SERMÓN DEL CENTRÍFUGO

I

    Vine también a León a buscar nombres. Eso fue lo primero. Cuando alguien entra en una ciudad para quedarse, no sólo hay que prestar los ojos a la crema de la novedad; está también la fuerza del oído, donde estallan palabras nunca esperadas que provocan la fiesta de las nomenclaturas. Está también el dominio de los nuevos olores, los más inmediatos, los irremediables (aquí serían el olor verde oscuro de la humedad en muchos portales y el olor a sudor viejo de los castaños del Paseo de la Condesa).
   Pero yo venía sobre todo a oír lo sobrevenido.
   Mi llegada a la ciudad era una visita de escucha, un cuidadoso espionaje verbal. Así que me preparé a recoger cucharadas de palabras y a ver menciones sueltas: los comercios y las lápidas y los rótulos de las calles. Me orientarían sobre la sustancia de la ciudad y sus intríngulis, que acaban asomando su hocico, sí, en el plumaje breve de los nombres.
   Llegué entonces en el verano de 1993. Solo. Yo solo. Con el estímulo secreto de una desorientación total. Me habían prestado un piso hundido en la parte sur, en el barrio de La Sal (pero yo entonces no sabía que se llamaba así ni por qué) y hacia allí me dirigí con dos o tres pistas en la cabeza que me habían dado: pasar las vías que rompían de parte a parte el barrio de El Crucero, dejar a la espalda el ruido de la ciudad, buscar el fondo de una calle que se llamaría Doña Urraca, preguntar en una pequeña tienda de ultramarinos económicos, la única de toda esa zona. Ahí me darían la llave. Ya me estaban esperando, cuando llegué.
   Le di importancia a los primeros nombres propios porque el dueño del comercio se llamaba Isidoro (también se llamaba así quien me había prestado el piso). Le di importancia a aquellos ángulos de calles retiradas, con alusiones emplomadas en cierta extraña severidad (Calle Tizona, Calle Babieca, Calle Doña Constanza, Calle Cofradía del Ciento) que formaban un inesperado ensamblaje reticular. De esa tarde inicial me queda ese recuerdo, además del calor desazonante de primeros de agosto y algo más: el recado que aquel hombre me dio como consuelo amistoso: “Si sale allá al atardecer llévese algo encima, que luego hará fresquín”. Fresquín. Eso dijo el dueño de los ultramarinos. No encajaba aquel diminutivo, casi una palabra de puntillas, de esas que parecen hacer burbujas efervescentes, en los usos particulares de aquel hombre, algo hosco y con trato espinoso, como su bigote de cerda apretada y su pelo entero y grifo, así que deduje  que el diminutivo sería un uso patrimonial del lugar, como en efecto lo era. De modo que cuando recorrí aquella casa a ciegas, ya llevaba conmigo la calderilla agradable de unos cuantos nombres sueltos, flotando como larvas nerviosas en el solar de una memoria aún sin amueblar, aún sin haberse hecho con las primeras tramas de la ciudad, de la verdadera ciudad.

II


    La ciudad. La ciudad era un cogollo de calles tentaculares que irradiaban desde las inmediaciones de la catedral. Deseché esa tarde de agosto acertar con eso que da en llamarse arterias urbanas. Preferí esa otra capilaridad menor y de calibre gastado: calles secundarias de traseras de almacenes con antiguos letreros despintados, ya inválidos (pero no para mí); fachadas sin carne, saltada por el tiempo; platos con bombillas muertas en lo alto de algunos chaflanes. Emprendí una descubierta por los aledaños. Cuando regresé a dormir, ya tenía claro algo más. La ciudad tenía memoria, una memoria húmeda y oscurecida de despensa. También se me impuso una primera visión del mundo del carbón, la presencia de su charol muerto emborronando el contorno de muchas ventanas abiertas a ras de suelo para volcar allí los sacos y los serones a lo largo del invierno. Las manchas tiznadas aquí y allá lo delataban. Froté un dedo contra uno de esos borrones atormentados. Fue como una unción obligatoria. Pero ya no quise saber más. Era como si hubiera captado el color de la respiración de la ciudad. Con eso bastaba.
   También al día siguiente hice por huir de visiones primordiales, como quien se conforma con recibir cartas de alguien a quien decide no querer conocer. Todavía. Así yo mismo, el centrífugo, sólo quería saber de la ciudad por los nombres recién llegados hasta mí:
Isidoro. Fresquín. La Sal. Carbón.

Casi al final de la tarde del segundo día me dirigí por la izquierda hacia una mancha verde y airosa de árboles que divisé en un paseo extralimitado. Parque de Quevedo ponía en la verja (Quevedo, otro nombre aliado ignominiosamente con la ciudad). Pasé y me senté a fumar contra el calor, entre pavos reales ostentosos que primero se me acercaron majestuosidad pero que se iban acobardando entre quejidos dolorosos a medida que la noche se despachaba. “Se va a cerrar esto”, me dijo el vigilante. Y me volví al barrio de La Sal, al piso que me habían dejado por unos días, los justos para oler desde un ángulo la ciudad y decir a qué huele a través de sus nombres, de los nombres comerciales (MUEBLES “LA CONFORMIDAD”; GASEOSA “LA CANTARINA”), de la topografía casi burlona (Papalaguinda), de esa trenza esparcida de obispos (Almarcha), cardenales (Landázuri), generales (Sanjurjo), héroes (de un alcázar), mártires (doce) que la espolvoreaba con una onomástica estigmática que dice a las claras sobre qué se asienta la ciudad: sobre brillos de cruces y de bayonetas. Eso es lo que luego vi, cuando me lancé a descubrir el ruido cansado de los nombres de la ciudad. Pero eso fue al día siguiente.

III


   El atardecer anterior, el segundo atardecer que pasé en León, sólo llegué hasta ahí, hasta el parque de Quevedo, y no quise seguir, no quise buscar el curso prestigioso de la ciudad. Cuando era pequeño hacía lo mismo con las comidas, era incapaz de entrar en la tajada estrella del plato de buenas a primeras y prefería irla acosando como si se tratara de una operación militar: empezaba por la guarnición (no deja de ser una palabra también de alcance castrense) y jugaba a dejar relieves distintos en el paisaje del plato removiéndolo, hasta que al final, cuando los demás ya habían terminado, me decidía a atacar la tajada ya un peñasco frío y con barbas gelatinosas y estancadas. Y lo mismo cuando he saltado de una ciudad a otra. Nada de buscar su rutilancia ni su cara limpia, con comercios enclavados en mitad del presente; más bien entrar en ella de noche y sin ayuda, como un ser avergonzado, empezando por zonas desestimadas -aceras bien mordidas y bombillas bien baratas, luciendo incluso por el día bajo platillos flojos-, lugares cerca de lo hermoso infame, con rastros de huertas ya perdidas donde aún puede prosperar esforzadamente, junto a la insolencia azul del cardo con su botón exasperado, la memoria vegetal de lo que hubo y con bares de cortinas de piezas ensartadas, que producen al entrar un rugido muy especial, un restrallete sordo y decisivo.
   Así había encontrado el RENFE, el bar donde acampé mis primeras noches.
   Entré y me turbé cuando se giraron desde las sillas y dejaron de ver la televisión todos los que estaban allí dentro. Enseguida volvieron a colgar los ojos de la película. La muchacha que me sirvió a instancias de su madre se llamaba Camino (“Camino, te toca”, le dijo) y también seguía mirando la pantalla mientras abría la cerveza con el artilugio en forma de horquilla. La espuma salió embravecida, bufando. La mojó pero ella no se dio por enterada. Me puso un vaso al lado del botellín y se fue así, arrastrada por el mesmerismo, de nuevo a sentar. Ya nadie se ocupó de mí a partir de entonces. Tuve la sensación de que tenía que quedarme allí hasta que aquel grupo de ocho o nueve personas quisieran dejarme salir. No me importó. Me agarré al periódico local y fui leyéndolo cuidadosamente desde atrás. Otra manía como la de las comidas: mostrar prevención o indolencia hacia lo importante. Siempre tuve alma centrífuga para todo –comidas, periódicos, ciudades- porque siempre he estado convencido de que lo visible y lo importante se contraponen. Entré en la cartografía local del periódico: cuántas paradas de taxi había, cómo se apellidaban las farmacéuticas (Licenciada Villafañe, Licenciada Llamazares… todas mujeres, sí), las primeras esquelas, con nombres amojamados, fuera de actualidad (Antidio, Ursicino, Everilda, Benevolencia, Efigenio), que probé incluso a decir entre dientes a ver cómo sonaban así, masticados por mí, aunque quizás esto último lo hiciera para comprobar si aún era capaz de hablar, pues exceptuando las dos palabras (“una cerveza”) que había dicho al entrar, desde que había pedido la llave del piso a mi llegada no había hablado en todo el día. Una transfusión asimétrica. Como si yo no pudiera dar palabras pero sí recibir, al igual que ocurre con la sangre, ese otro fluido vital que se comporta así también. Igual pasa con el tráfico de las palabras: se producen transfusiones determinadas entre las que se emiten y las que se acusan. Unas inciden sobre las otras; las hacen más opacas o más transparentes, según. Al menos yo lo creo así.
   Vi anuncios flamantes (“Tierra de Montes: donde la calidad de su antracita solamente la supera la nobleza de sus gentes”), avisos de una espectacularidad envejecida (“La hermandad de retirados, viudas y huérfanos de las Fuerzas Armadas en León comunica a sus asociados que su oficina permanecerá cerrada durante el mes de agosto por vacaciones”), titulares raciales (“Se van a terminar las señoritas”), recados crípticos (“¡Sordos! No se dejen sorprender por la dicotonomía”), noticias rebozadas en la aureola de lo tópico (“los poetas supieron cautivar la emoción de sentimiento [sic] del público de La Valduerna, cortaron el aire con el frescor de sus poemas…”) o de una inocente furia rebelde (“Los peluqueros del Bierzo se manifestarán contra Hacienda”).
   Pero no hablé. Y no, no había comido tampoco. La extrañeza me mata el hambre. Lo único que se me eriza cuando llego a un lugar nuevo es el apetito del oído, el ansia del ojo en pos de los nombres que me sobrevienen como esos bruscos animales inesperados que sorprenden al buceador en la oscuridad abisal donde todo tiene la dolorosa belleza de lo que linda con el espanto. Coletazos, lametazos, ojos fulminantes. Como esos animales, como ciertas personas que no lo saben, los nombres entran a su manera en relación con quien los está esperando.
   También así entró él en el RENFE

IV


   También miraron todos pero nada comparado al desconcierto que había provocado un rato antes mi llegada. Nadie le hizo caso pero él no se inmutó, como si ya lo supiera de antemano. Me miró y me dio la espalda. “Alguno atender a Hoyines”, dijo la mujer sin dirigirse a nadie en concreto. Pero todos siguieron encelados en la película. Era un hombre ya mayor, corpulento y no muy alto, con el pelo crespo desde la raíz y un bigote recto como un brochazo delineado sobre el labio. Yo diría que Hoyines se parecía a Faulkner, a esa foto de Faulkner en que el escritor está serio, con el aire ausente de quien se está sometiendo a algo que no le concierne; también debió de recordarme a Faulkner porque llevaba una camisa de cuadros y encima un peto azul (otra fotografía muy repetida del novelista). Se puso a fumar. Tenía abierto el paquete por el lado del revés, para agarrar los cigarros justamente por el cabo del tabaco y no por la boquilla, para no mancharla, como hacen siempre los hombres de oficios grasientos. Encendió con cerilla, haciéndose una abrigada exagerada, innecesaria también, poniendo una mano estudiada como caperuz. Otro gesto sobreviviente de toda una vida. Hoyines entonces había tenido el oficio al aire, eso estaba claro. Grasa y aire. Un garaje. Labores de asfaltado en las carreteras. Una carbonería, en todo caso.
Pero no. Había trabajado en el mundo ferroviario. En el repaso de trenes. Así me lo dijo. Todo el día haciendo labor de carenado, esperando a que llegaran aquellas máquinas llameantes. Y por las noches, sobre todo en época de lluvias o cuando había nevado en el trayecto, tirarse a las vías con un farol a repasar los niveles de grasa de las articulaciones o bien subir a vigilar el combustible del ténder. “Hasta que yo no lo decía, el tren no tenía por qué salir, ¿estamos?”. Me dijo la frase varias veces esa noche, como quien ha de dejar claro que en su vida hubo también un pequeño distrito de poder. Me la repitió al día siguiente, cuando quedamos para que me acompañara por la ciudad. “Le puedo esperar a usted en el Ferroviario, me propuso, a las diez, antes de que nos pegue más el sol”. A las diez. En el Ferroviario, especialidad en tapas de cocina. Allí me encaminaría, de acuerdo. Cinco minutos desde donde estábamos. No había pérdida.
   Lo dejé allí, en el RENFE. No me pagó la cerveza ni yo a él el café con gotas de orujo. La familia del bar seguía convocada por la película estruendosa de la televisión. Dejé las monedas en el mostrador, y cuando salí ya quería oscurecer del todo en el barrio de La Sal. En el camino a casa se cruzaron dos vecinos. “Ya bajó el fresquín”, dijo uno; “Ya”, contestó el otro con una cadencia en la palabra imposible de reproducir aquí –oh, la impotencia de la escritura-, como si la vocal se alargara adelgazándose, se levantara un poco de manos. Me dormí con esa música monosílaba en los oídos. La última palabra que oí ese día. Pura música ya, sí.

V


   Las mil voces de la muerte, desde luego, pero también el hueco desdentado de cualquier solar donde el día anterior había una fachada en la memoria de sus habitantes, el establecimiento de relaciones secretas –cuerpos arañándose entre bujías a espaldas de la luz pública-, el estallido insolente de la pubertad en esas muchachas que bajan aún más la vista en el avasallamiento del ascensor, la desaparición de comercios y fuentes y jardines, andamios amarillos que emparrillan varias semanas una acera entera y alteran los itinerarios de los ciegos, reencuentros alegres o reencuentros incómodos, la lluvia del verano que nadie habría dicho una hora antes, los adocenamientos silenciosos (cines, iglesias, museos)…
   …En una ciudad cada día se dan todas las formas posibles de la consternación.

   Pero yo venía de un pueblo demediado y lleno de culto al control. Once años allí, donde todo era consignado. Ahora en cambio se trataba de no preguntar “quién es” o “qué hace aquí éste”, como ocurría en aquel pueblo. Una ciudad supone otra manera de caber. Frente a la exhibición obligatoria de la identidad, el anonimato; frente a los usos rutinarios, la planificación de una incertidumbre. Y yo estaba allí, por fin. En ese anonimato y en esa incertidumbre. En esa ciudad que se llamaba León donde me importaban más de momento los nombres que los rostros, las curvas del idioma que la cartografía urbana que aquel hombre, “Hoyines”, me quería mostrar a la mañana siguiente. En el entresueño de aquella noche me siguieron visitando palabras como globos voraces. Se inflaban y se desinflaban. Se adelantaban hacia mí. Hacían ruido de trapos gruesos sacudidos. Desaparecían. Las dos primeras noches soñé, en efecto, con los oídos. Las imágenes y las sombras eran también palabras.

   A medida que abandonaba aquellos ángulos y me acercaba a los ruidos matinales de la ciudad, el aire iba perdiendo olor a hierba fresca. Crucé las vías y vi, en efecto, el Ferroviario. Hoyines ya me estaba esperando. Volvió a sorprenderme su estatura recortada, su corpulencia poco estridente. Silencioso, bañó la taza del café con orujo un par de veces mientras yo desayunaba. Antes de salir los dos juntos leí el cartón de la pared: “Tapas de cocina. Cecina. Gazpacho casero”. Y esta bomba, que todo lo echaba por los aires debajo del anuncio de Hay Habitaciones: “On parle français”.
   Cruzamos el puente sobre el Bernesga, desembocamos en la explanada solar de San Marcos, nos orientamos hacia la izquierda –la ciudad se iba a ensanchar por allí, evidentemente- y me plantó ante una calle larga de fachadas anodinas. “Por aquí entra usted de cabeza en la ciudad. Yo ya me quedo”. Me dejó estupefacto. Los límites de la relación con la ciudad terminaban allí para aquel hombre. Le insistí suavemente una vez pero me dijo que él nunca salía de allí. Que en la ciudad había muchas personas así, que jamás traspasaban esos perímetros, una especie de línea Maginot donde acababa su territorio. ¿Entonces? Entonces supe por primera vez algo que luego comprobaría más veces, cada vez con menos asombro, hasta convencerme de la naturalidad con que muchos hombres de la ciudad se planteaban eso mismo de no salir de un distrito propio que solía terminar en un cruce que ya no traspasaban o en la frontera vegetal de un jardín atrincherado por setos de boj. Más allá de esos hitos fronterizos la ciudad ya no les interesaba. Eran, en efecto, individuos centrífugos. Como yo mismo. Hoyines fue el primero de esa cofradía fantasmal que vi en León. Me despidió en aquella acera y se pegó la vuelta. “Por la noche paro un rato en el bar RENFE”. Así me dejó, plantado frente a una calle que me llevaría al centro. Calle Suero de Quiñones, se llamaba.

VI


   “Hoyines” no era “Hoyines” sino “Hollines” -ah, la impotencia de la oralidad-. Me lo aclaró en el RENFE, donde estaba como siempre, beiendo en silencio. No me dio la impresión de estar expectante ante mi primera aventura en la ciudad. Más bien lo encontré así, indiferente, sumido en esa opacidad que exhiben quienes aceptan terminar el día entre lo insípido sin que eso les vaya a conmover en lo más mínimo. Hombres de espíritu acostumbrado a una desolación silenciosa. De esa estirpe venía “Hollines”, llamado así por tener siempre la cara y las manos ennegrecidas por el polvo del carbón de los trenes.
   —¿Encontró usted lo que buscaba?
   —¿Qué podía buscar yo?
   —¿Qué va a ser?: la ciudad

   Me pareció que había algo de mitología en aquella indagación. La ciudad como algo externo y escurridizo, más allá de una configuración física, asentada en fundamentos geológicos. La ciudad como una de aquellas quimeras antiguas. Estar ya en ella, vivir en una de sus calles, añadir el nombre propio al censo municipal no parecían gestos bastantes para proclamar que se la conocía. ¿Qué era entonces la ciudad? ¿Cómo meterle en el alma los ojos y reconocerla? Hollines me acababa de descubrir que ni sus emblemas ni sus conmemoraciones identificaban a muchos de aquellos habitantes, hombres centrífugos, que preferían vivir sin salir de unos márgenes para no pertenecer del todo a ella. Ese era el secreto. Pactar una distancia, ser miembro de un distrito sin existencia catastral, más bien una figuración mental que implicaba no entrar en las redes voraces de la ciudad, que como una bicha pluricéfala iba domesticando a sus hijos. Salvo a algunos como “Hollines”, que bebía orujo tristemente en un barrio ferroviario y guardaba lealtad inquebrantable y silenciosa a una decisión compartida por otros individuos en otros cantones de León.

   —Quédese afuera. Búsquese un barrio en cualquier ángulo, donde la ciudad no pueda encontrarlo nunca a usted.

   Y eso hice. Hace quince años.

Tomás Sánchez Santiago

TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
(un relato sobre León en el libro ‘León Palimpsesto’) 

December 4, 2008

‘CLAUDIO RODRÍGUEZ: entre lo local y lo universal’

 III Jornadas del Seminario Claudio Rodríguez en Zamora

III JORNADAS DEL SEMINARIO CLAUDIO RODRÍGUEZ EN ZAMORA
"CLAUDIO RODRIGUEZ: ENTRE LO LOCAL Y LO UNIVERSAL"

III Jornadas del Seminario Claudio Rodríguez en Zamora
III Jornadas del Seminario Claudio Rodríguez en Zamora
   Una vez más se produjo el milagro y en la pequeña, casi invisible ciudad del Poniente, del 27 al 29 de noviembre tuvieron lugar esas jornadas (las terceras ya) en torno a la poesía de Claudio Rodríguez. Sin duda han sido éstas las jornadas que han consolidado esa aventura sostenida que el Seminario Permanente "Claudio Rodíguez" (en realidad, un grupo de amigos lectores de Claudio) emprendió en 2004.
   En esta ocasión el tema monográfico era ése: el sentido de lo local y de lo universal en la poesía del zamorano. Sobre ello hubo intervenciones de Antonio Carvajal, Jaime Siles, Fernando Rodríguez de la Flor, José Luis Puerto y Agustín García Calvo. Como poetas —en esa doble mirada que ya es habitual desde las primeras jornadas— leyeron Tomás Segovia, Francisco Brines y Chantal Maillard. Asimismo, se presentaron las dos traducciones que en ese tiempo, desde 2006, en que se celebraron las II Jornadas dedicadas a la traduccion de la poesía de Claudio Rodriguez, han salido a la luz. Así, Laurence Breysse-Chanet pesentó su traducción al francés de Don de la ebriedad  (Ed. Arfuyen, Paris, 2008) y Luis Ingelmo la versión inglesa de la poesía completa del escritor, en colaboración con Michael Smith.
   También se dio a conocer como primicia la página web del poeta, que en breve podrá visitarse entrando desde Biblioteca Pública de Zamora o desde Seminario Permanente Claudio Rodríguez. En estos días la ciudad se llenó de asisentes a las Jornadas. Especialistas y críticos como Michael Mudrovic, Fernando Yubero, Philip Silver y otros interesados en la poesía de Rodríguez se acercaron hasta Zamora. Así, la ciudad del alma, como el poeta la llamaba, respiró estos días fríos de otra manera.
   Larga vida y buen viento al Seminario Permanente, al Instituto de Estudios Zamoranos y a quienes siguen haciendo posible este pequeño milagro de convocar a todos los que se mantienen cerca de la palabra del gran lírico del siglo XX que fue Claudio Rodríguez. Dentro de algunos meses se publicará el número 3 de la revista "Aventura", monográfica del escritor, donde se dará cuenta pormenorizada de estas III Jornadas.
Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

III Jornadas del Seminario Claudio Rodríguez en Zamora
III Jornadas del Seminario Claudio Rodríguez en Zamora
 [Publicamos estas fotografías por gentileza de Teresa Fernández]
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Un poema de Claudio Rodríguez
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October 24, 2008

ANTONIO GAMONEDA: “En la poesía es el lenguaje el que genera pensamiento”

 Entrevista con Gamoneda en 'Campo de Agramante'

Una entrevista de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO y ELOÍSA OTERO con ANTONIO GAMONEDA en el nº 10 de la revista ‘Campo de Agramante’ (Cádiz, Otoño-Invierno de 2008). La puedes leer (haz click:) en Faro Gamoneda.

July 12, 2008

TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO sobre JOSÉ LUIS PUERTO

José Luis Puerto. La foto es de Vicente García

QUERER PERDER EL PASO DEL MUNDO:
LA VALENTÍA DE JOSÉ LUIS PUERTO
 
(Reproducimos este artículo de Tomás Sánchez Santiago
publicado hoy en el periódico digital PEATÓM
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    La falta de estridencia y la insistencia en la capacidad primordial del ser humano para la dicha a partir de una alianza con la elementalidad —incluidos aquí el dolor o las formas múltiples de la derrota— son las dos componentes que configuran desde sus inicios la poesía de José Luis Puerto (La Alberca, Salamanca, 1953) que, a estas alturas, se ofrece como una salmodia rumorosa, esencial y distintiva en el panorama poético en lengua española. Fue Kafka quien dijo aquello de que escribir es una forma de orar. Y así sigue siendo con este autor. Acaban de aparecer dos nuevos libros que no son sino reafirmaciones sobre estos mismos ejes de súplica y sigilo.

    Uno de ellos es Proteger las moradas (Ed. Calambur), donde se sigue dando cuenta de un espacio retenido, a la contra de la inercia ciega del mundo, en poemas cuyas palabras conforman un perímetro sencillo y llamado a la transparencia, tal como si ya el poeta (“el encargado”, como se dice en el hermosísimo texto que cierra y culmina este libro) no pudiera hacer otra cosa que nombrar las palabras del origen, a ver si así el sortilegio pudiera producirse y llegase la perduración a aquello que parece abocado a perderse, fusilado en la indefensión. El título, así, se constituye en explicación del alcance oracular que se quisiera para estos poemas. Proteger las moradas (con la alusión teresiana así de explícita) sería aviso de una necesidad que se resuelve en secciones como “Protección de lo blanco” donde la nieve, la leche, las pequeñas lombrices nerviosas o el propio blanco purificador de un cuadro de Tapiès son signos que configuran el bastidor de una memoria clara que el poeta reclama para que, en efecto, no se vaya definitivamente del mundo aquella trama que un día vio él y tomó, para siempre, la forma del sentido de la vida. Junto a esta sección, otras dos (“Once motivos semíticos” y “Signos que graba el tiempo”) remiten al mundo del autor de Estelas, un mundo siempre cerca de la inocencia de la naturaleza o del esfuerzo humano y anónimo por responder con lo elemental ritual —convertido en sagrado— a la llamada  de la fuerza germinativa de la tierra, una llamada que no es sino continuo, incesante reclamo “para llegar al centro del jardín”, otro de los motivos constantes de la poesía de José Luis Puerto. Dejemos aquí, a modo de testigo resplandeciente, este poema de Proteger las moradas:

(reportero francés)

Dejó Ouvert la nuit de Paul Morand
En la pensión en la que se alojara
Del oeste español
Y unas notas de hoteles y de citas
En la hoja de respeto.
Sabemos en qué página
Quedó de su lectura
Y los bordes del libro
Hablan de las mochilas y macutos
De quien cubre la guerra como corresponsal.
En un fuego cruzado
Murió en Beirut
En la guerra del Líbano.
Se llamaba Jean-Marc.
Acaso nada quede
De su existir sino los datos
Que estas líneas recogen
A partir de unas huellas
Que aún se hallan en un libro
Perdido u olvidado
En pensión española


    Pero es que, casi a la vez, ha aparecido Un bestiario de Alfranca en esa aventura editorial de Gregorio Fernández Castañón que es la colección “Los libros de Camparredonda”. Con el peculiar sello del editor, siempre pendiente de un tratamiento particular para cada uno de estos libros, este bestiario maravilloso vuelve los ojos a las distintas clases de animales (insectos, aves, peces, bestias domésticas…) que entraron en emocionada relación con el niño de Alfranca y, a su manera, adquirían desde una inicial aparición el significado de símbolos, más allá de su mera función de compañía, peligro o alimento.

    Surge así el que es para nosotros uno de los textos más sostenidamente emocionantes de José Luis Puerto. Esta especie de álbum no entra en la fantasía de otros bestiarios conocidos ni es una mera colección de episodios que pudieran pertenecer solamente al territorio de la evocación meramente costumbrista. Alfranca —lo sabemos los lectores de Puerto— es desde Las cordilleras del alba, aquel libro de 1991, trasunto de La Alberca, el espacio natal del poeta, geografía fundamental en su escritura y a la que él siempre acabará por volver. Allí transcurren los distintos pasajes de Un bestiario de Alfranca. De nuevo la llamada a la protección (“Protección de las aguas”, se denomina una de las nueve secciones del libro, y la cifra no es en vano) parece insistir en esa necesidad, también presente en el libro de Calambur, de defenderse de las asechanzas de lo exterior renovando un pacto personal con lo pequeño, lo frágil, lo que se presta a servir para un provecho ajeno, como se dice en el texto que transcribimos:

Ilustración de Cristóbal Aguilar    “El gallo como animal sacrificial. Es la imagen que de él te llega siempre. Se sobrepone a la belleza de su plumaje, a la gallardía de su actitud en los cortinales y en las cuadras, a ese reinado efímero sobre el resto de las aves de corral, a sus cantos de amanecer o de otros momentos del día, no pocas veces verdaderos indicios meteorológicos.
El pueblo, que lo incluye en sus cuentecillos, que explica el sentido de su canto en ocurrentes fórmulas rimadas, también lo sacrifica (…) Pero tu memoria te lleva por algunas de las calles de Alfranca, en compañía de tu madre, camino del hotel, a vender un gallo, muy lozano y de vivísimos colores, que ella lleva colgando, atadas sus patas y empuñadas de una de sus manos, por el que os darán cincuenta pesetas.
A ti te acompaña la tristeza, porque sabes el destino del gallo que conoces desde que era un polluelo y al que has echado el grano y al que has contemplado en no pocos momentos de salida al cortinal, donde gallos y gallinas picoteaban la tierra (…)”.

    Libros éstos de José Luis Puerto que, como los anteriores, buscan lectores que aún sepan que el desacuerdo con el orden y el color que dan al mundo los administradores del dolor, de la injusticia o de la mezquindad pasa por arrojarles a la cara palabras que aún escuecen porque traen encerrada la verdad insobornable y cruda de los juegos de los niños, las nanas de las madres, el temblor de algunas flores o el gesto detenido de esos animales que nos miran al paso un momento y sostienen en los ojos el aviso afilado de una recriminación silenciosa. Eso nos queda, sí. Arrojar palabras limpias como arena a la cara de aquéllos. Pero es mucho, no lo duden…

TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

May 7, 2008

8-M / Presentación de ‘Desprovisto de esencias’, de RAFAEL SARAVIA

RAFAEL SARAVIA acaba de publicar su segundo poemario, Desprovisto de Esencias, en la Editorial Renacimiento. Tomás Sánchez Santiago lo presentará en León mañana, 8 de mayo, en compañía del autor. La cita es en el Instituto Leonés de Cultura, en la Biblioteca Regional Mariano Berrueta (a las 20.30 horas).

April 22, 2008

Dedicatorias ~~~ onduladas~~~ de JOSÉ-MIGUEL ULLÁN

XXIX

Amo de llaves,
me alcanzaran tus ojos
para atrancarme. 

(A Manuel Ferro) 

XCII

Publicidad.
Un masaje en el ojo:
CAsuaLIDAD.

(A Tomás Salvador González) 

CLXIX

Hueso molido.
En el ojo de Olvido,
taba en su nido.

(A Olvido García Valdés) 

CLXXVI

¡Cuánto se alegra
la garganta del ojo
que se marea!

(A Cova Villegas)

III

Amante enigma:
es el ojo cubero
de seda anfibia.

(A Juan Carlos Mestre)

XXIV

Contrasentido.
No ver su rostro y verlo
adamantino.

(A Alexandra Domínguez) 

XXV
 
Liquen rehúsa
ese amor que no atisba
por donde aún nunca.
 
(A Eloísa Otero)

CXXII
 
Etruscas ganas.
Con tus ojazos, ¡zape!,
al mus arañas.
 
(A Víctor M. Díez)
XXXV
 
Doble ojeada:
"Contra el dolor se escribe":
"Mi bien, no es nada"

    (A Tomás Sánchez Santiago)

'agrafismo' de ullán dedicado 'a Elo'XXXIX
 
Gastar saliva
es gazmiarse a los postres:
—Esto no es vida…
 
(A Miguel Suárez)

 

 

 

 

 

 

JOSÉ-MIGUEL ULLÁN
(Del libro ‘Ondulaciones’
‘Amo de llaves’ [Rensaku], 2003) 

April 4, 2008

Entrevista a Antonio Gamoneda en la revista Ínsula

Hemos colgado en Faro Gamoneda la entrevista, entera, de Tomás Sánchez Santiago y Eloísa Otero al poeta ANTONIO GAMONEDA que se publica en el último número de la revista Ínsula.

Para leerla, haz click sobre la foto: 

 Antonio Gamoneda en una foto de MURCIEGO

 Antonio Gamoneda, en una fotografía de MURCIEGO

April 3, 2008

3-A / Lectura poética en la Biblioteca Pública de León

Alumnos de la escuela de música en el recital anterior
ANA MENEGHELLO, ALBERTO TORICES y TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO leerán hoy jueves (3 de abril) sus poemas en la Biblioteca Pública de León, a partir de las ocho de la tarde, en la Jornada de Primavera del programa Cuatro cuartetos de poesía y música. Pondrán música los alumnos del taller de improvisación de la escuela municipal de música de León, acompañados, entre otros músicos, por Javier Iriso e Ildefonso Rodríguez.
(En la imagen, alumnos del taller durante un recital anterior. En el centro, tocando el violín, Ana Meneghello, que esta tarde debutará como poeta) 

March 1, 2008

‘Calle Feria’, de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO, se merecía el Premio de la Crítica de Castilla y León…

Portada del libro(…Pero no se lo dieron –en el mismo caso está Andrés Martínez Oria y su novela ‘Más allá del olvido’, o incluso el premiadísimo y buenísimo Luis Mateo Díez–, ni se lo darán mientras estén en el jurado personajes como Gonzalo Santonja, Nicolás Miñambres, etc, que leen bastante poco y mal y prefieren darle el premio a Juan Manuel de Prada, ellos sabrán por qué… En fin. Sin comentarios. Y sé lo que me digo. Como tributo rebelde, dos páginas de Calle Feria –págs. 479-481–, la gran novela de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO, amigo, poeta y, sobre todo, gran escritor):

MI VIEJO AMIGO

    Te escribo esta carta a esa dirección de Feria, 4 porque estoy seguro de que alguien la hará llegar a tus manos. Me extrañó que me colgaras tan bruscamente el teléfono el otro día. ¿Qué pasó? Volví a llamarte y ya fue imposible. Cuando supe que estaba ante Alicia, de inmediato me acordé de ti, de nosotros los de entonces, que ya no somos los mismos, como tú dirías.
    Conseguí tu número porque hablé con los restos de mi familia, aunque ya ninguno vive en nuestra calle. Se lo dieron a regañadientes en la redacción de un periódico donde me dicen que a veces mandas colaboraciones (¡como Mature!). Pero sólo tenían eso de ti. Eso y un número de cuenta corriente. O tal vez no quisieron dar otros datos por criterios de tipo confidencial Lo cierto es que te estoy escribiendo como quien arroja al mar una botella con el pasado dentro, como entonces, lo mismo que entonces, cuando hacíamos aquellos juegos con los que salvábamos las tardes calamitosas de nuestras adolescencias. También Alicia nos socorrió. Cómo he vuelto a acordarme de aquellas mañanas de domingo y de sus simpáticos gestos de caridad corporal, que provocaron en nosotros entonces verdaderas tempestades íntimas. De todo tuve que olvidarme cuando falle el otro día en su contra. Ella me miró continuamente durante las sesiones del proceso con aquellos mismos ojos, dañados por el tiempo y las ofuscaciones. Pero no me dijo nada en ningún momento. Y yo se lo agradecí. ¿Tú crees que me reconocería?
    Los laberintos de la vida nos han ido alejando. Yo jamás he vuelto a pisar la calle Feria. Y la ciudad sólo por inevitables asuntos de ritualidad familiar. De ti nunca más supe hasta ahora, según te he dicho. Pero me acuerdo mucho de aquel mundo que inventamos. ¿Cómo no nos volveríamos del juicio –permíteme esa expresión por deformación profesional– con aquellos juegos de palabras, aquellas entregas al azar objetivo, según tú las llamabas, aquellas invenciones pasadas por la tristeza de los días ordinarios en la ciudad? Creo que si no nos escapamos a tiempo de allí hubiésemos terminado con grillos en la cabeza. Estábamos demasiado pendientes de fundar una manera de vivir, la que queríamos, la que no nos daban más allá de nuestra calle. Tuvimos esta intuición de colorear la vida mejor de lo que ella estaba, tan pobretona y resignada a aquellas circunstancias. Pero seguir era una temeridad. Y cuando se terminó aquella edad maravillosa y aparecieron las alas grises –pero seguras– de la sensatez, lo mejor fue lo que hicimos: ponerse de espaldas a la calle y salir de todo aquello. ¿Te quedarán a ti dudas sobre lo juicioso de la decisión? No lo sé porque desconozco todo de ti. Quién eres ahora. Qué haces. Pero por si acaso te adjunto este relato de un desaparecido más –como nuestro Mature, como nosotros– que acabó por darle más cuerda al pensamiento de la necesaria. Lo contó alguna vez Paco el barbero, el novio de Palmira, otra desaparecida. Yo sólo lo oí empezar aquella noche porque mi abuelo no me dejó quedarme en el serano y enseguida me mandó a casa a acostar. Así que tiempo después lo completé por mi cuenta para que aquellas palabras iniciales de Paco ocuparan un lugar en el mundo. Acepta este "Manuscrito" –propiamente otra botella al mar, sí, dentro de la botella de la carta– como un homenaje a aquel tiempo delicado y a nuestra salvación. Ya me dirás, si quieres, qué te parece. Es lo único que desde entonces he escrito.

Tu amigo
MUÑOZ

(…) 

    TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO (Del libro ‘Calle Feria’, Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Ed. Algaida, 2007) 

October 24, 2007

Conferencias de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO y ANTONIO GAMONEDA en León

Jueves, 25 de octubre de 2007
Tomás Sánchez Santiago
Biblioteca Pública de León
c/ Santa Nonia, 5
Hora de inicio: 20:00 horas.
Martes, 30 de octubre de 2007
Antonio Gamoneda
Biblioteca Pública de León
c/ Santa Nonia, 5
Hora de inicio: 20:00 horas
 
Dentro del ciclo LA BIBLIOTECA DEL NÁUFRAGO
que organiza la Fundación Siglo

July 8, 2007

‘El que desordena’, por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

by BasquiatCuando se nombra, ¿qué se comete?

Los bordes de las palabras deberían soltar un poco de perdición. En vez de exactitud. Para no defenderlas en adelante, para que sobrepasen ellas solas el resplandor oscuro de sus límites.

Y el poeta debería ser quien nombrase sólo desde la injusticia de la imprecisión para dejar menos mortalidad en las certezas. Él es quien mira y ve otra cosa, el que deja entrar lo que nadie diría, el que sólo habla contra todo pronóstico, el que no probará la pasta de los agradecimientos.

El que se extraña de lo consabido.

Y el que desordena. 

    TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
(Del libro ‘El que desordena’)

 

June 30, 2007

Sobre ‘Calle Feria’, de TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

TOMÁS SANCHEZ SANTIAGO (Foto publicada en LA OPINIÓN DE ZAMORA)
CALLE FERIA
La obra es una fábula, una novela polifónica, que llega donde no ha querido asomarse la historia y trasciende el pequeño universo de esa zona comercial zamorana

(Artículo del periodista JESÚS HERNÁNDEZ, publicado en LA OPINIÓN DE ZAMORA el 25 de junio de 2007:)

    Una fábula que llega donde no ha querido asomarse la historia. Posiblemente, eso es. Contar, sobrepasada la anécdota, nunca fue cosa fácil. Y aquí, en "Calle Feria" (editorial Algaida), se da con creces. Una gran historia hecha con pequeñas historias, una novela polifónica. Es un gran relato (a veces, pura imaginación; a veces, realista) con vidas que palpitan. Tomás Sánchez Santiago, su autor, crea y recrea, en ese breve territorio urbano, con establecimientos que se caracterizan por agrupar a un comercio «de inmediata necesidad», la vida que fue y la existencia que pudo ser, y obtiene una excelente recepción crítica. ¿La novela de Zamora? Más, mucho más que todo eso. Con personajes que tuvieron identidad y vida propias, el profesor y poeta escribe una crónica que trasciende el pequeño universo y lo aparentemente sentimental -no hay nostalgia en la descripción, sino una sencilla reivindicación de lo humilde y auténtico-, y pone en pie, con la ayuda de tenderos, dependientes y viajantes, una trama.
    "Calle Feria" es una novela donde tiene su sitio una escritura brillante, donde la palabra posee frescura. Qué regusto: la voz exacta, sonora. Respira. Se escucha su latido… Por esos comercios tradicionales, familiares, pasaba la vida humilde: las gentes del barrio, de los pueblos. Y sus vecinos, que, en el buen tiempo, salían al serano. Los personajes, pues eso: una galería de oficios. Con sus nombres: auténticos y de los otros (figurados o así). Y, con esos seres de identidad supuesta, las personalidades que, un día "pasaron" por allí, por esa calle, como García Lorca, Rubio Sacristán, Delhy Tejero. La calle, una calle, puede ser un territorio inmenso. Y si se ha crecido en ella, más. Esa vía era un mundo. Ese barrio era mucho más que un mundo. En esas vidas sobrellevadas con dignidad, se mezclan realismo e imaginación. ¿A partes iguales? Eso solo lo sabe el autor.
    Sánchez Santiago inició la escritura de la obra de una manera premiosa: «Hace veinte años. Pero no nació con el destino de novela, sino de relato, que yo creí que se acababa en sí mismo. Después, de una manera extraña, fue creciendo para todas partes». Y llegó un momento, «no sé cuándo», que percibió esto: «aquello estaba llamado a ser una especie de microcosmos personal, que tenía que culminarse sin prisas». Y aparece, asimismo, el momento con la «necesidad instintiva de asegurar los fundamentos de la memoria». Pero es una fábula, y se equivoca quien lo lea de otra manera. El zamorano ha tratado «de alzar una épica para una modesta calle, con maravillosos vecinos y comerciantes, a los que me ha gustado investir de pequeños héroes».
    La narración se fue formando a sí misma. «Es como un polígono irregular». Con una gran complejidad de voces». Allí caben muchas cosas: el ensayo, la crítica cinematográfica, la receta… «A lo mejor es la única manera de percibir la cantidad de sensaciones que se guardan en una experiencia». Nunca pensó que esa escritura «acabaría siendo una novela. Se fue escurriendo entre los dedos lo que deseaba contar». La obra ganó «cierta autonomía, incluso en su estructura. Y, de pronto, me daba cuenta que un personaje y un relato entraban en el otro». O que una voz dominante aquí era una voz secundaria allí. «Y me di cuenta que la protagonista era la propia calle». Todo, lo inventado y lo real, estaba al servicio de ese espacio. «Detrás de eso hay una tradición».
    Tomás Sánchez cree que los fabuladores «tienen el deber de contar la historia que se quiere escamotear». Y quizá el primer origen de "Calle Feria" se halla en «la sensación que tuve alguna vez. hace muchísimos años, de estafa cuando quisieron contar a la gente de mi generación que Zamora era una ciudad inocua, donde no ocurría nada, se vivía bien y la existencia sucedía al margen. Y no hay ciudades inocuas. Me pareció que tenía que incluir esa clave» en la obra, más allá de «la exactitud». Porque también existe «la responsabilidad de la imaginación».
 
(La novela está recibiendo muy buenas críticas, como la de ANGEL L. PRIETO DE PAULA en el Babelia

December 17, 2006

Isla Kokotero, con GAMONEDA

Isla Kokotero
    Desde este rincón oceánico del ciberespacio nos sumamos a la ALEGRÍA por la concesión del PREMIO CERVANTES 2006 al poeta astur-leonés ANTONIO GAMONEDA, grande entre los grandes, de quien hemos incorporado a esta bitácora (y seguiremos haciéndolo) algunos versos, declaraciones, entrevistas y artículos.
    Y, para un mayor conocimiento en torno a su obra, recomendamos la lectura de los distintos y estupendos estudios críticos publicados por el poeta y crítico Miguel Casado, fundamentalmente en las ediciones antológicas de los libros de Gamoneda –’Edad’ (Cátedra), con la que el poeta leonés obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1987, ‘Esta luz. Poesía reunida (1947-2004)’ (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2004) y ‘Avida vena’ (Diario de León-Edilesa, 2006)–, pero también en otros libros del pensador vallisoletano, como ‘De los ojos ajenos. Lecturas de Castilla, León y Portugal’ (Junta de Castilla y León), ‘Archivos. Lecturas, 1988-2003′ (Dossoles) y ‘Los artículos sobre la polémica y otros textos sobre poesía’ (Biblioteca Nueva).       
    También recomendamos otras dos magníficas antologías de Gamoneda, recién salidas de imprenta: ‘Silabas Negras’ (Universidad de Salamanca), realizada por Amelia Gamoneda y Fernando R. de la Flor, y la ‘Antología poética’ (Alianza Editorial, colección de bolsillo), con introducción y selección de Tomás Sánchez Santiago.

TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO sobre ANTONIO GAMONEDA

Tomás Sánchez Santiago
COSA DE CORTEZA

    Es muy posible que ayer tarde, cuando Antonio Gamoneda se adentrase entre las sombras de un palacio, no fuera solo. Habría con él en el trance la sombra dulce de una madre con manos de olor a lejía y a maldita sumisión, un suicida que vigiló la nieve y todavía silbotea su canción, caballos sangrientos con las patas arañando el aire y, en fin, un coro de compañías atormentadas en las que todavía él cree, seres que se le aparecieron en la niñez y hasta hoy no han soltado de la mano a aquel niño huérfano que creció en León, se escondió en sus calles, fue echado de colegios y empleos, calló durante quinientas semanas antes de mojar la lengua en la espesa salsa de palabras que cayeron como trallazos sobre la poesía complacida de su época y, por fin, se sentó a esperar bajo el frío a que todo lo envolviera una disipación. “Este no es mi lugar, pero he llegado”. Seguramente este verso de Libro del frío pasaría ayer como una brocha lánguida por la cabeza de este hombre, uno de los poetas que aún acepta que la poesía es revelación y destino antes que otra cosa, y por lo tanto nada parecido a un ejercicio de suntuosidad literaria. Menos aún un lenguaje hecho para la complicidad.
    Y, sin embargo, llegaron los honores. El estruendo social que se producirá en estos días habrá de confundir a quien sacó su espléndida poesía chorreando desde pozos subterráneos que apenas nadie visitó durante los años del franquismo. La solidaridad, la justicia, la ira, la desesperación o la belleza eran conceptos a los que Antonio Gamoneda puso espesor y contorno en un lenguaje que distaba mucho de cualquier complacencia. Como decía en un temprano poema que luego tituló “Ferrocarril de Matallana”: “con el tren se aleja / algo que es cierto aunque no puede ser pensado; / es algo mío y no me pertenece. / Está dentro y fuera de mi corazón”. Esa sensación de estar en las afueras, de no pertenecer del todo a aquello que se le impone ha tenido que regresar a visitarlo desde ayer con otra contundencia más cercana aún a la perplejidad.
Pero cuando todo acabe y el orden secante caiga de nuevo sobre las cosas del mundo –también del mundo literario-, Antonio Gamoneda regresará a poner su vida “en heridas y sombras” y pensará entre insectos ciegos que todo fue un espejismo. Pólvora equivocada. Cosa de corteza que no afectó a las últimas sustancias de donde manó siempre su poesía, allá donde aún él oye conversaciones y ruidos luminosos que hacen una madre, un suicida y algunos animales atormentados.
    TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO (Este artículo se publicó en LA CRÓNICA DE LEON/EL MUNDO, el pasado 1 de noviembre de 2006).
    






















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